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  • 24.12.18
Con Una novela criminal, Jorge Volpi (México, 1968) ha obtenido el Premio Alfaguara de Novela 2018, un relato que indaga en un hecho increíble y en una verdad –como señala la contracubierta del libro– secuestrada por el poder y liberada por la literatura. En diciembre de 2005, Israel Villarta y Florence Casses fueron detenidos en el rancho Las Chinitas, a las afueras de la Ciudad de México.



El operativo policial fue transmitido en directo por Televisa y TTV Azteca. Días después se demostró que fue un montaje urdido por la policía y reporteros de estas dos cadenas. La pareja, en realidad, había sido detenida un día antes. El autor de esta obra de no ficción advierte que con este falso montaje los mejicanos se adelantaban a un discurso hoy muy en boga: las fake news o noticias falsas.

Su autor se adentra de este modo en un género más propio del periodismo que de la literatura, siguiendo las huellas perennes de Truman Capote o Gay Talese, Emmanuel Carrère o Gabriel García Márquez. Tres años anduvo documentándose. 20.000 folios de sumario. Cientos de páginas de entrevistas.

A veces aparece de puntillas la primera persona del autor, pero es discreta, solo cuando la documentación deja vacíos insondables. En realidad, el narrador es "tan solo el ojo que se pasea sobre los hechos y los ordena". Volpi es afable, de oratoria fluida y ordenada, delgado, bajito, pequeño, tan pequeño que parece fabricado con una porcelana frágil y quebradiza. Sin embargo, es contundente en sus convicciones.

Ha escrito novelas, como La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico, El jardín devastado, Oscuro bosque oscuro o Las elegidas. También ha escrito ensayos: La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968, La guerra y las palabras. Una historia intelectual de 1994 o Leer la mente. Caballero de la Orden de Artes y Letras de Francia, en 2011 recibió la Orden de Isabel la Católica en grado de Cruz Oficial. Sus libros han sido traducidos a treinta lenguas.

—'Una novela criminal' indaga en un hecho increíble. En diciembre de 2005, Israel Villarta y Florence Cassez fueron detenidos en el rancho Las Chinitas, a las afueras de Ciudad de México. El operativo policial fue transmitido en directo por Televisa y TTV Azteca.

—En efecto, los telediarios más importantes de la mañana en el país, los más vistos, anunciaron algo rarísimo ese día, que iban a transmitir en directo la captura de dos secuestradores y la liberación de tres víctimas. Que ya de por sí era raro. Durante dos horas y media, en efecto, los televidentes vieron un operativo policial muy espectacular que terminó con la detención de Israel Villarta, mejicano, y Florence Cassez, francesa, y la liberación de tres víctimas: un chico joven, una mujer joven y su hijo de once años. Y durante esas dos horas y media pues vieron armas, casquillos. Vieron identificaciones falsas y los periodistas paseaban por este rancho entrevistando a todos los involucrados.

—Días después se demostró que fue un montaje urdido por la policía y reporteros de estas dos cadenas. La pareja, en realidad, fue detenida un día antes. Pese a todo, la farsa mediático-policial no impidió que fueran acusados y condenados.

—Efectivamente. Que fuera condenada Florence. Israel sigue en la cárcel sin sentencia de primera instancia. Es decir, él no ha sido juzgado todavía después de doce años. Pero Florence, sí. Pese a este montaje, pese a que lo reconociera la policía, los jueces de la Primera Instancia, de la Segunda Instancia y de la Apelación volvieron a condenarla. No fue sino hasta que su caso llegó a la Suprema Corte de Justicia, que finalmente fue liberada.

—La farsa va, incluso, más allá. Testigos que nunca estuvieron allí, testimonios falsos logrados con amenazas y torturas, víctimas sin constancia de haber sido secuestradas. Y un jefe de policía, Gerardo García Luna, que se convertiría en ministro de Seguridad Pública. ¿Es posible tanto despropósito y que tantos años después no sepamos toda la verdad de lo que ocurrió?

—Sí. Eso es lo terrible. Por un lado, vivimos en el reino de la impunidad. O sea, ninguno de los que participaron en el montaje, en la tortura, fue castigado. Un reportero fue despedido, el de Televisa. Eso es todo. Pero ninguno de los policías que intervinieron en esto recibió ningún castigo. No solo eso, sino que el policía encargado, el jefe de la policía, fue ascendido a ministro, y el policía que estaba sobre el terreno recibió la Medalla al Mérito Policial, de parte ambos del presidente Calderón. Sí. Se volvió posible que un sistema completo hiciera todo para que no pudiéramos saber la verdad. El doble sentido del montaje. Y eso es quizás lo terrible. No solamente es crear una verdad alternativa, sino cancelar por completo la verdad.

—Tres años estuvo documentándose. La narración arranca en 2005. Entonces la mayor preocupación eran los secuestros. Pero Felipe Calderón se lanzó a la lucha contra el narco. Doce años después, la situación ha empeorado. Miles de muertos, de desaparecidos. En cifras, dice usted, propias de una guerra civil.

—Pues sí. La guerra contra el narco nunca se anunció que se planteó pésimamente mal. Lo que provocó fue un estado casi de guerra en México que a día de hoy nos tiene como 150.000 muertos, un número incontable de desaparecidos y desplazados de muchas zonas del país a lo largo de estos doce años. Y al mismo tiempo, el objetivo por el que se lucha, que es eliminar las drogas, no ha tenido ningún sentido. En cualquier parte del mundo de los países consumidores, España por ejemplo, basta hacer dos llamadas o caminar unos cuantos pasos para conseguir la droga que se quiera a los mismos precios de antes.



—El libro le ha supuesto la obtención del Premio Alfaguara de Novela 2018. El acta del jurado señala que usted coloca al lector y a la realidad frente a frente, sin intermediarios. El narrador es tan solo el ojo que se pasea sobre los hechos y los ordena.

—Más bien, lo que yo creo que sí es cierto, es que la investigación está hecha de haber revisado todo el sumario, que son miles y miles de páginas, de muchas entrevistas y de haber revisado todo el material periodístico previo también. Entonces, esa ingente cantidad de material termina convirtiéndose en el sustrato a partir del cual contar los hechos. Y luego darle la apariencia de que tiene orden ese inmenso caos de lo real.

—Su libro es una novela documental o novela sin ficción, en la línea que investigaron autores como Truman Capote o Gay Talese. Género en el que la ficción y la opinión del autor no tienen cabida.

—Aunque eso siempre es relativo. Es decir, yo creo que ningún texto es inocente. O sea, a fin de cuentas, este texto va a reflejar, de un modo u otro, incluso simplemente en la construcción o en la selección de los materiales desde mi punto de vista. Pues aun sabiéndolo, sí he querido luchar para que no sea mi primera persona más que una primera persona discreta. Solo de vez en cuando va guiando al lector.

—En los agradecimientos, al final de su obra, cuenta que Nona Fernández le hizo ver que era posible valerse de la imaginación en la novela documental. ¿Cómo se hace eso?

—Bueno, aunque yo ya estaba presente en el libro, cuando lo vi como recurso en su propia novela, que tiene que ver con la dictadura militar argentina, su novela permanentemente está queriendo imaginar cosas de las que no sabe. Y eso me pareció muy interesante como recurso narrativo para permitir imaginar cierta cantidad de situaciones que no están presentes en la documentación.

—Estos hechos provocaron un incidente diplomático entre los gobiernos de México y Francia. Las presiones de Nicolas Sarkozy condujeron a la liberación de Florence Cassez, después de ocho años de prisión, pero Israel Villarta aún sigue entre rejas.

—Como varios críticos del caso dicen, es como si hubiera dos tipos de justicia. Justicia para una francesa apoyada por su Gobierno y que consigue su mejor abogado francés, que a su vez consigue un gran abogado mejicano, frente a Isreal Villarta, cuya familia no ha tenido dinero para pagar un abogado, sino que tiene un abogado de oficio que tiene otros miles de casos que asesora como va pudiendo y con un sistema de justicia decidido a prolongar lo más posible el caso.

—Tenían una relación amorosa Israel y Florence.

—Sí. Ellos eran novios. Lo fueron durante más de un año, casi dos años. Cuando los arrestan finalmente es un momento en el que ellos están en una ruptura, pero habían tenido muchas también anteriormente.

—La policía reconoció meses después que todo fue un montaje televisivo. Es decir, abrió paso al caso más célebre de corrupción policial y judicial en México.

—Es uno de los más célebres porque es el extremo de la intervención de los medios con la policía. Es decir, no se trata solo de que aquí directamente la policía en complicidad con los medios crean una realidad alternativa. Crean una situación y la venden al público, que es real cuando está siendo falsa. En eso que, adelantándonos los mejicanos al discurso de ahora, llamamos en nuestros días fake news o noticias falsas.

—Cuando ocurrieron los hechos, usted se encontraba en su casa de San Sebastián y apenas se enteró de lo ocurrido. Fue en 2015, leyendo un reportaje, cuando decidió escribir un libro. ¿Qué encontró en aquellos hechos que no tuvieran otros para estar indagando durante tres años?

—Este género, desde el principio, ha estado casi siempre ligado a lo criminal. En la mayor parte de los otros casos para tratar de explicarse por qué alguien se convierte en criminal. Aquí es donde esta novela es distinta porque, para empezar, como no podemos confiar en el sistema de justicia mejicano, tampoco sabemos si son inocentes o culpables aquellos que han sido condenados o liberados. Entonces aquí viene también una reflexión creada sobre la verdad creada por el sistema de justicia.

—Una historia política, policíaca, pero también amorosa. Una historia enrevesada, llena de mentiras y de giros. Sobraba la ficción.

—Yo creo que sí. Cuando yo ya tenía las líneas generales, me pareció que debía contarlo así, sin necesidad de estar tratando de novelizar la historia. Era suficiente lo que la realidad daba como para que entonces los testimonios, el sumario mismo, fueran suficientes para contarlo.

—Escribió el libro a la manera tradicional. Es decir, no grabó, fue tomando notas.

—Al principio, empecé a grabar las conversaciones y luego a transcribirlas, y me di cuenta que ese sistema no me venía bien. Quizás porque yo nunca he tenido formación de periodista y respeto mucho el periodismo, pero a mí me venía mucho mejor observando al otro y tomando notas que luego llegar a mi casa con la grabadora y transcribirla.



—20.000 folios del sumario. Cientos de páginas de entrevistas. Libros e investigaciones periodísticas previas. No me extraña que dejara fuera la ficción.

—Creo que no hacía falta. La única ficción que aparece es cuando me permito especular ciertas lagunas del caso, pero siempre advirtiendo.

—Policía y autoridades manipularon el caso desde el principio, hasta destruir la posibilidad de saber qué ocurrió realmente. Hasta hoy.

—Hasta hoy. Luego el libro intenta aproximarse a algunas de esas verdades, pero también hay otras muchas que quedaron por completo hechas pedazos por la acción de la policía.

—Pero en México la mayoría de la gente piensa que Florence e Israel son culpables. Piensa que el libro invertirá esa posición.

—Pues ojalá lo haga. Porque nadie puede afirmar con certeza nada, pero por lo menos sí decir que hay muchas, muchas más posibilidades de ser inocentes de lo que se cree en México.

—Considera que Israel debe estar fuera de la cárcel. De hecho, ni siquiera tiene una sentencia de Primera Instancia.

—Exacto. Lo que es absolutamente extraño en un sistema de justicia es que puede permitir que pasen doce años antes de juzgar a alguien. La justicia liberó a Florence porque se había corrompido todo el proceso, pero si el proceso está totalmente corrompido, como dijo el ministro Zaldívar, entonces Israel también tiene que estar libre.

—Forma parte de la generación del Crack. Es decir, de aquellos escritores que nacieron entre 1961 y 1968, los años del Boom. Ustedes se enfrentaron a la grisura del postboom. ¿Qué aportaron en realidad?

—Creo que el Crack, junto con otros escritores y otros grupos, han demostrado la idea de que la literatura latinoamericana es mucho más amplia, variada y que tiene otras posibilidades que el mero cliché de lo exótico.

—Dice Eloy Urroz que usted sea probablemente el escritor vivo más importante de México y le augura que recibirá el Premio Cervantes en los próximos años. Amigos así debe cuidarlos.

—Exacto. Todo lo que dice es falso, pero, como es un buen amigo, pues hay que agradecérselo.

—Después de esta intoxicación de realidad, ¿no le habrá hechos ascos a la ficción?

—Sí. Después de esto, estoy seguro que lo siguiente que escribiré será ficción otra vez.

—¿Sabe ya por dónde le llevarán ahora sus musas?

—No. Desde antes de saber del premio, había decidido, porque cumplo 50 años, darme un regalo, no escribir nada este año. También para liberarme y aprender a describir y buscar otras cosas. Y eso es lo que haré. Así que no sé lo que voy a escribir después.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
REPORTAJE GRÁFICO: ELISA ARROYO

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