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  • 21.12.18
Solo morbo y crispación en las noticias. Todo el tiempo el foco puesto en lo que no funciona, en la parte oscura del ser humano. Parece que el mundo es un lugar peligroso, en el que la humanidad ha desaparecido.



Llega el frío y con él, el cobijarnos en nuestra casa, con estufa y mantita. Esa reclusión voluntaria deberíamos utilizarla para preguntarnos qué es la vida, qué es lo importante, mirad alrededor y ver los pequeños regalos que nos ha dado la Madre Naturaleza.

Poder comer, vestirnos y tener un techo ya son presentes como para dar saltos y palmas de alegría. Si además tenemos a alguien que nos dé abrazos o besos –amigos, pareja, familia o cualquier persona linda con la que nos crucemos–, ya has ganado el Gordo.

Pero vivimos con un estrabismo perpetuo, que nos apremia a centrarnos en lo que nos falta. Y no es solo culpa de la educación judeocristiana negativa que algunos hemos tenido. También hay que tener en cuenta la sociedad consumista que nos rodea, que nos da con el látigo de la ansiedad.

Deseos y más deseos. Deseos vacíos de más ropa, zapatos o pendientes. Y mientras tanto, robamos tiempo a nuestro descanso y a nuestros seres queridos. ¿Me voy a llevar 30 pares de zapatos? No. Cuando parta de este mundo, no me llevaré nada material, solo portaré las risas, los abrazos, los besos y las miradas amorosas.

Y lo que me he encargado de dejar en este planeta es una energía bonita. Que alguien me recuerde con una sonrisa y bonitas palabras. No hay más. Lo demás es falso. Así que voy a aprovechar este invierno para utilizar mis sentidos, que son los que no me engañan,  y voy a disfrutar del encanto de lo cotidiano, como decía el otro día un joven filósofo.

La meta no puede estar fuera de uno. En realidad, no debe existir ninguna meta. Si me paro y veo el plato lleno delante de mí y sonrío... ese es un día vivido.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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