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  • 11.1.19
Empieza a silenciarse la voz esa que siempre me ha exigido ser alguien que no soy, que no ha respetado mi esencia. Voy aprendiendo a bajar al cuerpo y a escucharlo: el cuerpo es sabio. Desde niña, en el colegio, con mis padres y en la iglesia siempre me sentido anulada o, más bien, como una atleta que no llega a la meta nunca.



Ser buena, modosita, no hablar mucho, no ser la voz disonante; ser una borrega más en la multitud y hacer lo que la sociedad espera de mí, o lo que Dios necesita de mí, o lo que mis padres querían. ¿Y cuándo me han dado la oportunidad de conocerme a mí misma?

Siempre corriendo sin llegar, cansada, exhausta, con las voces subidas cual auriga que no para de darme con el látigo. Yo soy el caballo al que hay que controlar, domar y, muchas veces, humillar. Estoy ante una página en blanco: yo. ¿Qué es lo que quiero? ¿Qué es lo que me gusta?

La mayor parte de las veces soy una mujer que adora la tranquilidad, la observación del universo; una mujer a la que le encanta dormir y para la cual, pasar el día tumbada es un día ganado. Un buen libro, música envolvente, una mantita y la mañana perfecta está ahí.

Pasear por las calles sin rumbo, solo por sentir el movimiento de mi cuerpo, el sol y el viento, y me sobran todas las joyas. Tiempo es mi regalo favorito. Tiempo para descansar, para reír con una amiga; tiempo para besar lento, para sentir su aroma y su calidez.

Salir de la rueda, dejar de ser el ratón tonto que solo corre. Desearme el bien, volar sobre la maldad, abrazar la ternura, la bondad y la sencillez. ¿Qué necesito ahora? Nada. Esta soy yo: la que vive dentro de mí, la que siempre está aunque a veces los gritos no la dejen expresarse. Esta soy yo...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


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