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  • 28.3.19
Este podría ser un titular de impacto si solo nos quedáramos en la superficie del mismo. Ciertamente, toda ruptura del conjunto familiar comporta daños colaterales que dejan secuelas más o menos serias, tanto en los adultos como en los hijos, dependiendo de la madurez personal de cada uno de sus miembros.



Casi sin darnos cuenta nos hemos convertido en una sociedad líquida, como dice en sus escritos Z. Bauman. Personalmente suelo llamarla “de usar y tirar” (clínex). Estamos rodeados de objetos de rápida caducidad para consumir más y más y eso lo hemos trasladado al ámbito vivencial donde es fácil desechar cosas y desalojar a las personas de nuestra vida…

Hoy la separación de parejas está a la orden del día. Se habla ya de algunos cientos de miles de casos anuales. ¿El personal se separa con mucha facilidad, casi con frivolidad? ¿No nos aguantamos? ¿Ha desaparecido la capacidad de soportar al otro? ¿Simplemente se agotó el amor, palabra que lo dice todo y no dice nada? Pues, tiramos por el camino fácil. La cifra de separaciones ha descendido a parejas con menos de 20 años juntos. Frivolizando, podemos pensar que ya son bastantes años.

España es el segundo país de la Unión Europea con más separaciones. Dicha separación puede llevarse a cabo de mutuo acuerdo o por el juzgado. El llamado "divorcio exprés" es un tipo de separación “a las buenas”. El otro modelo pasa por el juzgado con el arbitraje de juez y abogados, tarda más tiempo y dura más el proceso puesto que hay que pleitear (a malas). Que no quepa la menor duda, dicho modelo judicial hace más daño a adultos y a la prole, sean ellos adolescentes o infantiles.

Seguir a toda costa, una situación vivencial deteriorada, agresiva, opresora, de continuo enfrentamiento, tampoco es bueno para nadie. El “hasta que la muerte nos separe” no está vigente. Las cosas no salieron tal como esperábamos, no nos entendemos, lo hemos intentado, pero… Más vale separarse que machacarse diariamente.

Es importante saber y tener en cuenta que una familia llena de conflictos es mucho más perjudicial que la misma separación y que contar con la presencia del padre y la madre en el hogar no garantiza la felicidad o el desarrollo óptimo de sus miembros en dichas circunstancias de guerra psicológica y a veces física.

Posiblemente pensemos que es muy fácil emitir juicios de valor sobre este asunto. La casuística es tan amplia como parejas hay. Sin pretender agotar el tema ni menospreciar a los adultos implicados, me centraré en los daños colaterales ocasionados a los hijos, si los hay. Lamentablemente, ellos son los grandes perdedores en esta contienda, porque son los más frágiles.

Parto del hecho cierto de que hay exmaridos, exesposas, pero no debe haber expadres, salvo por desgracia, cuando la muerte está por medio. Y en tal caso, los recuerdos mantienen vivo al ser querido que, desgraciadamente, hayamos perdido.

Una separación conlleva, por su propia esencia, una dosis de hostilidad entre los padres. Si la hostilidad persiste después del divorcio, es difícil que no afecte a la convivencia de los hijos. Si la discordia se traslada a los hijos, intentando que tomen partido o que vean a la otra persona como un ser con muchos defectos, estamos haciéndoles un flaco favor.

En una separación y de cara a los hijos, es importante tener en cuenta y claro alguno de los siguientes aspectos: los hijos no pueden ser moneda de cambio; pelear delante de ellos es peligroso y dañino, porque aprenden modelos de comportamiento negativos (gritar, insultar); no se debe hablar mal de la pareja delante de ellos, y un largo etcétera.

¿Qué pierden los hijos con la separación? Además de la seguridad de saber que tienen unos padres con los que ya no viven, la ruptura conlleva convivencia forzada con uno de los padres (por lo general suele ser la madre la que tiene la custodia de los hijos). No siempre la elección del progenitor con el que convivir es la más acertada y la que el hijo quisiera, el cual también debe poder decir algo sobre el tema si es adolescente.

La respuesta de los hijos a la separación depende de la edad y de la madurez psicológica de cada uno en particular. Las reacciones más frecuentes observadas, sobre todo en los adolescentes, son múltiples y los daños, también. Del daño a los pequeños ni me atrevo a hablar porque es más complicado aunque digan que, al ser pequeños, no se enteran.

Aparecen dificultades emocionales como depresión, miedo, ansiedad, tristeza junto con un marcado sentimiento de pérdida que genera problemas de conducta y una bajada del autoconcepto. Es frecuente que se den manifestaciones de rabia contra los dos padres o contra uno en particular, así como inseguridad y que el sistema de valores ya adquiridos se resquebraje.

En el caso de los adolescentes, los fracasos personales les desmotivan aún más, por lo que son poco tolerantes con la frustración. Suelen actuar sin pensar en las consecuencias de su acción, sin plantearse el porqué de lo que van a hacer. Pasividad y desmotivación son otros de los síntomas que manifiestan.

No les preocupa su aspecto físico, incluso si están en la etapa de llamar la atención con su atuendo provocativo, no dudarán en hacerlo. Rechazarían taxativamente un uniforme oficial del colegio y, sin embargo, se uniforman para ser aceptados entre iguales.

El futuro les trae sin cuidado. El “carpe diem” es lo único que en apariencia les absorbe y se refugian en la pandilla. Presumen de poseer cosas valiosas (el mejor móvil, último juego de ordenador…) para así deslumbrar a los demás y ganárselos en el caso que estén chantajeando a un progenitor.

Como padres debemos transmitirles esperanza, tesón, dominio de las emociones, así como motivarlos lo máximo posible y, sobre todo, hacer que se sientan queridos pase lo que pase entre los mayores. Papá te quiere. Mamá también. Esta cantinela, aunque pueda sonar molesta e importunarles,  conviene repetírsela con cierta frecuencia.

Rastreando información me ha sorprendido leer que “casi todos los divorcios vienen provocados desde Facebook”, dado que brinda los medios, las excusas y las coartadas para comunicarte con gente masculina o femenina. Tampoco se trata de vivir como monjes. ¿Quedamos? Y en un momento salta la liebre. Me cuesta creer que este medio pueda tener tanta influencia, pero la soledad es peor que la carcoma.

Razones para separarse suelen ser la infidelidad de uno o de los dos miembros de la pareja, los celos de uno de ellos con o sin motivos, el disparo machacón de frases a medias, problemas de dinero, intrusos (suelen ser familiares) que con supuesta buena voluntad atizan el fuego: "ya te lo decía yo, que no era trigo limpio" (él o ella).

Al menos, cada uno de los padres debería mantener una relación cordial delante de ellos. No hablarles mal a los hijos del padre o de la madre pues dicha actitud no soluciona y sí agrava las circunstancias. Sería interesante asegurarles una vida lo más normal posible sin introducir demasiados cambios. Seguir demostrándoles el cariño que se siente por cada uno de ellos, lo cual no es ni debe ser un chantaje para tenerlo de parte de uno y en contra del otro (él o ella).

La situación de los hijos suele ser de ansiedad, problemas conductuales, fracaso escolar y vivencial con su entorno, la depresión está a la puerta junto al aislamiento y serios problemas de conducta. Mientras menos sufran por dicha separación, menos frustración y desamparo tendrán.

Una idea final sobre esta parcela familiar: de los 13 a los 18 años, la separación de los padres causará problemas y provocará, por lo tanto, fuertes conflictos. Los padres, independientemente de sus desencuentros como pareja, son padres. Como tal, su tarea es la de acompañar, guiar y orientar a sus vástagos.

El padre o madre que queda con la custodia de los hijos deberá tener mucho cuidado en la manera cómo explica a los hijos su nueva situación y, sobre todo, ser precavido en lo que pueda decir contra el padre o contra la madre. La custodia, por lo general, es compartida aunque no necesariamente al 50 por ciento del tiempo.

A largo plazo es más rentable exaltar lo positivo del otro que machacar con lo negativo. Soy consciente de estar pidiendo un imposible, pero por intentarlo que no quede. Hay que evitar utilizar al menor como mensajero y nunca como ariete para lanzarlo contra el otro, que siempre es el culpable (¿!?).

Un detalle final. ¿Qué pasa con los abuelos? Suelen quedar casi siempre en segundo plano y salir bastante perjudicados, puesto que en muchos de los casos tiene dificultades para poder disfrutar de la compañía de los nietos. Pero también puede que sean los mártires de la situación porque el padre o la madre no pueden atenderlos en el día a día y los abuelos vienen de perlas.

El tema en general es agrio, los daños cuantiosos. Nadie gana. Está claro que “vivir en la cárcel y asustado” no es la solución. Lo digo en referencia al malestar acumulado en el hogar por muchos desencuentros que surgieron.

PEPE CANTILLO

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