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  • 8.4.19
Novelista, articulista y viajero, Julio Llamazares (Vegamiám, León, 1955) publica Las rosas del sur, diez años después de la aparición de Las rosas de piedra, un viaje por las 75 catedrales de España. Tras haber recorrido todas las del norte, el autor va de Madrid a las Islas Canarias, pasando por Extremadura, Castilla-La Mancha, Levante, Andalucía y Baleares, describiendo con detalle y humor cada una de las catedrales en esta zona de la geografía española. En conjunto, ha realizado 14 viajes en coche, barco y avión, ha consumido 16 años de trabajo, ha viajado 20.000 kilómetros y ha publicado, entre los dos volúmenes, 1.200 páginas. Como él dice, una “aventura catedralicia”.



—Me gusta su definición de nuestras catedrales: “Son las cajas negras de nuestra historia”. Ahora que las ha abierto, ¿desconciertan más por sus luces o por sus sombras?

—España es un país en claroscuro, como su pintura, la pintura del Siglo de Oro y del siglo XVII, y continúa siéndolo. A veces creemos que es más luminosa de lo que es y a veces creemos que es más sombría de lo que verdaderamente es. Y en las catedrales ocurre igual.

—Ha visitado las 75 catedrales en 14 viajes distintos en coche, barco y avión, ha consumido 16 años de trabajo, ha viajado 20.000 kilómetros y ha publicado 1.200 páginas en dos volúmenes. En efecto, el resultado es el fruto de una “aventura catedralicia”.

—Y quijotesca. Es un sueño de locos, como los sueños que llevaron a la Cristiandad a construir estos grandes libros de piedra que son las catedrales.

—Su libro nos muestra cómo hemos convertido España en un parque temático. ¿Lo intuía antes de iniciar el viaje o se fue deprimiendo conforme la realidad le ponía frente al estropicio.

—Lo intuía pero es que cuando yo comencé el viaje en 2001 todavía no era tan parque temático como es ahora. O no se había extendido tanto y agudizado tanto ese parque temático.

—En sus investigaciones ha constatado la pervivencia de dos Españas muy diferentes, que no son precisamente las de Machado. Descríbamelas.

—He descubierto varias versiones de las dos Españas de Machado mirando las catedrales y viajando por todo el país. Hay una España del norte y otra del sur, que se refleja muy bien en estos dos libros. La del norte es fundamentalmente gótica y románica. Y la del sur es renacentista y barroca, como el espíritu que las alimentó.

Y luego te diría que también hay dos Españas que cada vez están más agudizadas en el presente que son la interior y la periférica. Salvedad hecha de Madrid como ese badajo de esa campana que es España y que marca el ritmo de España, pero alrededor de ese trabajo ya está la periferia. Ahí hay un enorme vacío donde curiosamente están algunas de las más fabulosas catedrales.

—Me encanta esta frase: “Es más fácil ver a un japonés que a un cura en una catedral”. Tampoco encontró a dios. ¿No se equivocaría de establecimiento?

—No. Y después de 75 catedrales visitadas creo que tengo cierta autoridad para referirme a esto. Lo del japonés y el cura es normal. Cada vez hay menos curas y más japoneses viajando por el mundo. Y lo de encontrarse a dios en las catedrales es difícil cuando para entrar en la ciudad de dios te cobran seis, ocho o diez euros.

—El turismo ha invadido las catedrales y el país en general. Aunque fuente principal de ingresos, ¿no deberíamos poner puertas al campo?

—El turismo, como cualquier gran religión, y no deja de ser religión, tiene también sus daños colaterales. Crea riqueza pero destruye muchas cosas que tenían gran valor. Por ejemplo, la vida vecinal en los cascos históricos de los ciudadanos. Y otros muchos. Yo creo que toda fuente de riqueza económica hay que regularla también para evitar los daños colaterales.

—Siempre amó los viajes y las crónicas de viajes. ¿Cómo anda de salud el género?

—Yo creo que goza de buena salud. No mejor ni peor que el resto de los géneros literarios. La literatura de viajes es el género literario más antiguo porque los primeros libros eran de viajes, a veces disfrazados de novelas o romances. Pero el viaje y la literatura para mí es la literatura en estado puro porque el viaje es la metáfora más acertada de la vida.

—Como decía, muchas catedrales se han convertido en museos y la Iglesia cobra entradas por sus visitas. ¿Ya todo es negocio?

—Digamos que los mercaderes del templo, a los que echó Jesucristo, hoy en día son los cabildos catedralicios.

—En Córdoba tuvo que apelar a su condición de periodista accidental cuando le querían cobrar dos veces la entrada, por la mañana y por la tarde.

—No. Me querían cobrar cada vez que saliera y entrara. Y yo lo que acostumbraba era pasarme un día en cada catedral pero no dentro, sino fuera tras salir y visitar la ciudad. Recuerdo que le dije al de la taquilla: “Hasta las discotecas cuando yo era joven te ponían un sello en la muñeca para entrar y salir”. A veces en determinadas catedrales he encontrado una voracidad recaudatoria que le hace muy poca publicidad positiva a la Iglesia.

—La anécdota de Huelva huele peor. Faltaba una hora para el cierre y le echaron porque el canónigo quería oficiar una misa solo.

—Bueno, tiene que ver con el sentido patrimonial que determinada parte de la Iglesia, no toda. La Iglesia no es monolítica. Las catedrales y las iglesias son de todos. Porque todos las construimos y ayudamos a mantenerlas. No de quienes las administran, que son los curas, los cabildos, los obispos.

—En las catedrales no encontró ni a curas ni a dios, solo a turistas. ¿Pero había creyentes, devotos purgando por sus pecados, beatas llorando por el destino impúdico del mundo?

—Algunos curas sí encontré. Incluso en alguna catedral todavía había bastante vida. Hay creyentes en todos los sitios. Dentro y fuera de las catedrales. Y merecen mucho más respeto del que a veces tiene la Iglesia por ellos, reconduciéndolos a una capilla lateral para que puedan rezar cuando, a lo mejor, lo que alguien quiere es contemplar y extasiarse ante la maravilla espiritual que es una catedral.

—Dice usted que las catedrales son los edificios más bellos que ha construido el hombre de Occidente. ¿Se sabe cuántas almas perecieron durante tantos años en su construcción?

—No se sabe pero es fácil imaginar que muchísimas. En algunas catedrales yo he encontrado un cartel o carteles que dice esta parte se construyó siendo obispo Fulanito, arquitecto Menganito, y mucha más gente cuyos nombres dios conoce. Digamos que también hay clases dentro del reconocimiento divino de la labor de construcción de las catedrales.

—Habrá terminado exhausto. ¿Ahora toca novela en mesa camilla o mochila y viaje?

—Yo procuro alternar las dos cosas. Digamos que pondría en la puerta de mi casa aquellos carteles que había en las antiguas pensiones, por lo menos en Madrid y en otros lugares, que era: “Viajeros y estables”. Yo necesito combinar vital y literariamente las dos ideas. La de viajar y la de estar solo escribiendo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

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