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  • 17.5.19
Ayer tuve todo el día el corazón encogido. Todos los días, a las siete y media de la mañana,  hay un mendigo de pelo blanco y barba larga de nieve sentado con su perro, un bonito pastor alemán, y un trocito de cartón en el que reclama alguna ayuda a los viandantes. Pero ayer estaba solo y esta vez el mensaje del cartón era distinto: "Me han robado a mi perro".



Un hombre que leyó su desesperación, se paró e intentó animarlo. "Seguro que aparece", le decía ante la incredulidad del otro. Un hombre mayor que deambula por las calles, con un amigo que lo quiere y acompaña. Y ahora su único amigo había desaparecido. Y entendí el amor de mucha gente a los animales, a su lealtad y cercanía.

Recuerdo la confesión de Eduardo Galeano sobre el dolor que la muerte de su compañero perruno le había provocado, él que siempre lo obligaba a volver a la realidad tras horas absorbido por las páginas de nuevos escritos...

Y, en este caso, el dolor era más grave: el hombre de la calle no posee nada, no tiene ninguna seguridad en su vida. Solo le acompañan los ojos oscuros y las orejas puntiagudas de su perro.

Pero esta mañana se ha obrado el milagro. Nada más salir a la calle, allí estaban los dos amigos de nuevo. Los pelos del animal daban cobijo a la fría mañana del anciano. Me he ido contenta... pero con la sensación de que algo estamos haciendo mal para que haya gente viviendo en la calle y para que las personas prefieran los animales a los humanos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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