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  • 10.6.19
El lector que quiera decodificar y desbrozar un poco más el mapa político actual de Venezuela deberá adentrarse en las páginas de esta novela: La hija de la española. Su autora, Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982), hija de españoles y exiliada en nuestro país desde hace doce años, confiesa que lleva la culpa del superviviente en el pasaporte y que esta sensación es como si se hubiese dado de baja en el dolor de otros. Es pesimista respecto al futuro de Venezuela, de la que no alcanza a dibujar un horizonte de futuro. Siente también que la persigue la identidad y el desarraigo.



Es muy bella y muy delgada, con el carácter hondo y decidido heredado de los abuelos que cruzaron el Atlántico para nunca volver. Maneja con desenvoltura y cadencia su castellano de acento venezolano. Dice que su libro también es una novela sobre la pérdida. Habla de su hermana, que vive en Venezuela, sin Internet y leyendo por las noches alumbrada con una vela, sin agua, sin nada. Nació en Caracas, dice en la portada de su libro, cuando el país estaba a punto de incendiarse.

Trabaja como periodista especializada en temas culturales, aunque confiesa que escribe a todas horas. Ha publicado los libros de periodismo Caracas hip-hop (2007) y Tráfico y Guaire. El país y sus intelectuales (2007) y mantiene el blog Crónicas Barbitúricas. La hija de la española es su primera novela, que ya ha sido vendida en traducción a veintidós países.

—Tu primera novela y ya ha sido vendida a 22 países para su publicación. ¿Qué esconden estas páginas que despiertan tanto interés?

—Yo todavía me hago esa pregunta, porque la impresión fue devastadora. Sin embargo, creo que, con el paso del tiempo, realmente el libro tiene elementos de tragedia y de belleza universales en los que han encontrado eco muchas personas.

—Adelaida, tu personaje, usurpa la identidad a su vecina que yace en el suelo para huir del país. ¿A dónde vamos cuando escapamos del infierno?

—Vamos a un lugar en el cual no te puedes dar la vuelta. Adonde sea que vayas no puedes mirar atrás. Por eso este libro dice que el Atlántico es un mar donde la gente se dice adiós. Porque los españoles que vinieron y se quedaron en Venezuela, nunca miraron atrás. Y ahora, sus nietos se marchan a España y no pueden mirar atrás.

—'La hija de la española', en realidad, tendría que haber sido hija de la gallega. Caracas está llena de gallegos.

—Eso es cierto pero no del todo. Porque en este libro hay gallegos, canarios, extremeños, andaluces, catalanes. De hecho, uno de los grandes símbolos de la novela es una vajilla de La Cartuja de Sevilla.

—Dices que la novela, en realidad, trata de la culpa del superviviente. ¿Nunca se supera?

—Nunca se supera. Ni yo la he superado ni Adelaida Falcón como personaje la supera. Incluso ni siquiera sé si se matiza. Creo que permanece perpetuamente. Es como si, haberse marchado, hubiese sido darse de baja del dolor de otros.

—Tienes una sensación de desarraigo con Venezuela. De hecho, la novela es un homenaje y también un desengaño respecto a lo que os prometieron.

—Sí. Yo tengo un tema profundo que me persigue sobre la identidad y sobre el desarraigo. Yo tengo doce años en España, pero siento que he tenido un proceso al que han pasado dos cosas al mismo tiempo. Al mismo tiempo que tuve que superarme un poco de mi venezolanidad para entenderla, me fui haciendo española. Entonces, esta novela me permitió a mí purgar todo eso.

—Obviamente, Venezuela está reflejada en el libro, pero tú querías ir más allá, querías universalizar una tragedia contemporánea.

—En efecto. Yo quería que el libro fuera una gran alegoría de qué ocurre con las sociedades cuando son sometidas a un poder totalitario. Cómo se borran los individuos cuando el poder los persigue y los acorrala. Y La hija de la española en buena medida quería ser eso. También creo que es una novela de la pérdida. Aquí todo el que ha experimentado un proceso de pérdida, sea orfandad, de su casa, de su ciudad, va a sentir eco en este libro.

—Escribes en el libro: “Mientras redactaba la inscripción para su tumba, entendí que la primera muerte ocurre en el lenguaje”. ¿Cuántas muertes son necesarias para entender una pérdida?

—Hay tantas formas de morir en una misma defunción, en una misma desaparición. Tú puedes morir espiritualmente, como mueren los personajes de este libro. Tú puedes morir moralmente, como muere el país que estás retratando. Puedes morir de desmemoria. Puedes olvidar lo que has sido. Es tan profundo un proceso de pérdida en condiciones como las que ocurren en esta novela. Es muy profundo y muy amplio.



—Muchos venezolanos han salido del país o quieren hacerlo. Sin embargo, tu hermana sigue dando clases en la universidad. ¿Qué te dice de lo que ocurre allí que no sepamos?

—Me gusta mucho la pregunta de mi hermana. Mi hermana me habla de un infierno que ignoramos pero que ella asume como cotidiano. Para ella es normal tener quince días sin agua. Se acostumbró a no tener Internet. Se acostumbró a leer con una vela. Aparte, por supuesto, de la tremenda carestía que hay. De no haber, no hay nada. Lo que hay es miedo y desesperación.

—Esta frase es tuya: “El mundo se ha vuelto trashumante”. En efecto, 60 millones de seres humanos, de refugiados, van sin rumbo por la vida. Un éxodo mayor al de la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué nos está pasando?

—Creo que estamos viviendo lo que le pasa a los fines de ciclo. Es como los siglos crepusculares. El XIX estuvo lleno de fenómenos parecidos. Y en el fondo, en el siglo XX, lo que percibo es que está dando un coletazo. Y estamos viendo, por lo menos, si no la transformación o el colapso, sí un cambio apreciable en nuestra forma de movernos. Y creo que eso ocurre con los fines de ciclo. Como dice Félix de Azúa, que somos unos primitivos de nuestra era.

—Escribes periodismo y escribes literatura. En el fondo, ¿se trata de observar la realidad con otra mirada?

—Para mí no son distintas. Yo no distingo el periodismo de la literatura. Incluso a veces digo que es redundancia. Porque es cierto que hay que respetar la verdad, el dato. Sin embargo, sí creo que hay una aproximación con la palabra escrita. Y están hechas con el mismo material. Yo creo que se complementan. No son excluyentes.

Yo creo que son dos formas de mirar que normalmente coinciden. Quizás yo soy un novelista más aperiodistado o un periodista más novelado (ríe). No lo sé. Pero no hago distingos. Miro igual. Creo que miro exactamente igual. Otra cosa es qué haga con lo que mire.

—Eres dura con la izquierda europea, de quienes dices que les gusta irse de safari con los barbudos, a los que ven como especies exóticas. ¿Tan pijos nos ves?

(Ríe). No, no, no. Es una parte. No es todo. Es una parte de la izquierda europea y que tiene un lobby muy potente políticamente. Y yo creo que, bueno, ha contribuido a la confusión, a la creación de una mitología de procesos más autoritarios que otra cosa. Pasó con Cuba. Entonces, hay una cosa allí que es contradictoria y que no se resuelve. Lleva años sin resolverse.

—Te sientes desterrada. Ves a Venezuela quebrada y piensas que tardará mucho en recomponerse. A medio plazo, ¿cómo dibujarías el horizonte?

—Veo un camino largo, accidentado, lleno de piedras, en el que falta la luz, en el que llueve una tormenta, en el que hay forajidos por todos lados. Va a ser un camino largo y profundo de recuperarnos. Y yo ni siquiera sé si estamos cerca de comenzarlo.

—Viviendo afuera, en España, ¿duele más Venezuela?

—Sí, por supuesto. Duele mucho más profundamente, porque además llevas la culpa del superviviente en el pasaporte. No lo puedes evitar Y en mi caso es más complicado, porque yo soy hija de españoles y siento que por primera vez entendí a mis abuelos, porque ellos nunca miraron atrás.

Entendí que ellos habían perdido tanto que mirar atrás era mucho más doloroso. Era como recordar perpetuamente todo lo que se había perdido. Al país que yo quiero volver, ya no existe. Y eso hace que te duela todo mucho más. Todo el mundo es amor. El país es un desamor. En serio. Venezuela para mí es un desamor.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

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