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  • 25.8.19
Dentro del campo del arte hay un grupo reducido de pintores, de diferentes corrientes artísticas, que son admirados de manera casi incondicional. Contemplar sus obras nos remiten de modo inmediato a los autores que las han realizado. Y uno de ellos, de nombre conocido de todos, es el holandés Vincent van Gogh.



Pero el iniciar este escrito por un pintor tan reconocido no nos lleva directamente a que el tema del mismo sea abordar su vida o su obra. Si lo nombro es precisamente porque el título del artículo me remite a las apasionadas imágenes que creó acerca de uno de los trabajos más nobles del ser humano: el campesino sembrando en la tierra que previamente ha sido preparada para recibir las semillas y que, con paciente e incierta espera, piensa en los frutos con los que le recompensará la madre naturaleza en el tiempo de la cosecha.

Y esa imagen de carácter netamente impresionista que muestro, no solo en portada sino en otras tres versiones que Van Gogh realizó en el año 1888, cuando se encontraba en Arles (Arlés en castellano), pueblo del sur de Francia, lugar al que acudió por consejo de su hermano Theo para recuperarse del lamentable estado psicológico en el que se encontraba.

¿Y qué son si no los padres y madres que muy tempranamente acogen a la criatura que llega a la vida y que, con la mayor de las ilusiones, y derrochando toda la paciencia posible, esperan que un día ese hijo o esa hija levante el vuelo e inicie su propio camino con las herramientas que le han proporcionado a lo largo de los años?

Pero esta faceta de sembradores que ejecutan los padres se complementa con otra que se lleva a cabo fuera de las paredes del hogar: la del maestro. Y hablo de maestro de manera genérica, refiriéndome a todos aquellos, hombres y mujeres, que asumen con vocación la importante tarea de formar a sus pupilos, de cualquier nivel, esperando que su trabajo germine y que un día lejano lleguen a buen puerto.

Creo que una clara manifestación de lo que expreso ahora se reflejaba ya en las cartas que se intercambiaron Albert Camus, premio Nobel de Literatura, y quien fuera su maestro en la infancia. Ambas aparecieron en el artículo Educar con pasión.

Esta idea de sembrador que, de un modo u otro, está presente en la conciencia de quienes trabajamos en este campo, volvió a renacer cuando leí el artículo Sementeras y cosechas, dentro de los que semanalmente publica mi buen amigo Miguel Ángel Santos, catedrático de Pedagogía, en el diario La Opinión de Málaga.

En su escrito, Miguel Ángel planteaba el paralelismo entre el agricultor que siembra esperando la futura cosecha y el maestro que lo hace con su labor, aguardando también los frutos de su trabajo, habitualmente logrados a largo plazo.

Puesto que sus artículos dados a conocer en La Opinión, posteriormente, se encuentran dentro de un blog titulado El Adarve, en el que habitualmente participamos docentes de distintos niveles, me ha parecido oportuno realizar un extracto del escrito que en esa ocasión le remití para expresarle mi criterio sobre el tema.



Comencé de este modo:

“Recuerdo, Miguel Ángel, que en los debates que manteníamos contigo hace años en los cursos de doctorado en Málaga, salió el tema de fondo que planteas en esta ocasión.

Puesto que yo había trabajado en dos profesiones distintas, como arquitecto y profesor universitario, comenté que los resultados del primero eran bien diferentes de los que se alcanzaban con el segundo.

Entonces, manifesté que el producto del trabajo de un arquitecto era palpable, visible, pues los proyectos terminados como edificios podían contemplarse y mostrarse a los demás.

Sobre esto, apunté, como ejemplo, que con aquellos amigos que visitaban Sevilla, lugar en el que comencé a trabajar, al pasar por el centro les invitaba a cruzar por una estrecha calle peatonal en la que se encuentra un pequeño bloque de viviendas que había sido el primer proyecto que yo había firmado, al que, lógicamente, le tenía un especial cariño. Era una manera clara y tangible de decirles: ¡Ahí está la primera obra que proyecté!

Sin embargo, la labor educativa es un proceso continuo que no acaba en un momento determinado, como sucede en el caso de la arquitectura; a menos que se considere el final del curso como el cierre y el comienzo del nuevo como el inicio de otro proyecto.

Además, el resultado de la educación no es tan visible, pues se trabaja con personas, con ideas, conocimientos, valores o actitudes, que son los ‘materiales’ que nosotros manejamos en nuestra profesión, lo que conlleva que no haya un tiempo determinado en el que se recoja la cosecha o los frutos de la educación”.

También, en el escrito que le remití a este amigo, le manifestaba que su artículo estaba cargado de bellas metáforas sobre la educación que podrían ser comprendidas por quienes aman esta profesión. Sin embargo, yo estaba seguro que si lo leía otro tipo de docente todo aquello le sonaría a ‘música celestial’, es decir, frases muy bonitas pero que con ellas no se pisaba la verdadera y dura realidad, ya que los estudiantes no son tan ingenuos, por lo que hay que ejercer una clara y dura disciplina con ellos.

Sobre la posible diferencia entre enseñantes y educadores, yo le preguntaba: ¿Crees que todos los que trabajan en la enseñanza también son educadores? ¿Consideras que todos esperan esas lejanas cosechas y que tan admirablemente describes en tu artículo?

Personalmente, tras muchos años en este trabajo, temo que no a todos se les pueden llamar educadores, dado que hay gente que llega a esta profesión para, fundamentalmente, ganarse el sustento, por lo que no conviene hablarles de vocación, inclinación, amor o disfrute; esas cosas no están dentro de sus mentes”. Con estas líneas cerraba mi primer escrito.



El intercambio epistolar continuó entre los dos, ya que, por aquellas fechas, me encontré con un caso que pasé a comentárselo posteriormente, puesto que siendo los dos profesores de la Universidad era posible que nos llegara algún estudiante que había sido suspendido varias veces y nos pedía ayuda para salir del atolladero en el que se encontraba.

En mi caso, resultó que a principios de curso había recibido el correo de un antiguo alumno, quien, tras presentarse como tal, me pedía que por favor le dirigiera el Trabajo Fin de Grado, puesto que se veía en una situación bastante desesperada. Según me indicó, resultaba que su antiguo tutor no le había atendido en absoluto y en las dos convocatorias anteriores del curso anterior había sido suspendido y, ahora, comprobaba que nadie quería hacerse cargo de él, viendo, además, que su promoción ya estaba fuera de la Facultad, sin que pudiera enlazar con los que se encontraban estudiando.

Puesto que le recordaba, y sabiendo que era bueno y trabajador, pero no de los mejores de la clase, le cité en mi despacho. Tras recibirle, me explicó su situación. Una vez que acabó, le hice la siguiente pregunta:

“Daniel, ¿por qué no me pediste en su momento que te dirigiera el Trabajo Fin de Grado, cuando tu hermana, que también era alumna mía, sí lo hizo y presentó muy buena investigación?”, le indiqué. “Esa misma pregunta es la que yo me he estado haciendo tiempo atrás”, me respondió bastante angustiado.

“Bueno, voy a ser tu tutor y te aseguro que aprobarás. Te voy a acompañar en este nuevo trabajo, que llevaré junto al de tu compañera Ana María, que la conoces y sabes que se atrancó en una asignatura que, por fin, ha superado. Pero debes prometerme que seguirás puntualmente todas las indicaciones y vendrás a todas las convocatorias que yo te haga”. Me afirmó que sí, que cumpliría y haría todo lo que le indicara.

Dado que Daniel y Ana María tenían una gran inseguridad en ellos mismos, y puesto que las defensas de lo que llamamos TFG son públicas, aunque no es habitual que los tutores asistan a ellas, cuando se acercaba el momento del examen extraordinario de marzo les indiqué que allí me encontrarían. De este modo, estuve con cada uno de ellos, para que sintieran confianza y seguridad al verme a su lado.

Al final, las calificaciones que recibieron fueron muy altas, muy por encima de las que habían obtenido a lo largo de la carrera.

Nunca se me olvidará el rostro de alegría de ambos al conocer los resultados y el agradecimiento que me mostraron. Sabían que habían superado la prueba que se les hacía tan difícil. Ya contaban con el título. Estaban verdaderamente felices, puesto que ahora podrían afrontar nuevos retos sabiendo que la barrera que les bloqueaba la habían dejado atrás.



Quisiera cerrar este escrito sobre el sembrador indicando que, como educador, he tenido a lo largo de mi vida miles de alumnos, que he dirigido bastantes tesis doctorales y muchos trabajos fin de grado. De todos mis antiguos doctorandos he recibido la gratitud y el cariño por haberles acompañado tantos años en las elaboraciones de sus tesis. Hoy, algunos son profesores universitarios que continúan con los aprendizajes que tuvieron conmigo. Esos son los frutos que siento haber recogido con ellos.

También, por ejemplo, estoy seguro que Ana María y Daniel siempre me recordarán y yo les recordaré. Sé que no olvidarán la ayuda que les ofrecí en unos momentos en los que se veían desamparados y habrán comprobado que algunos educadores, por encima de la inteligencia, valoramos el esfuerzo y la nobleza personales, puesto que, a fin de cuentas, lo que necesitan es que confiemos en ellos y que les prestemos ese apoyo que les ayuden a superar los momentos difíciles.

AURELIANO SÁINZ

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