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  • 29.12.19
En la actualidad están saliendo a la luz facetas de la mujer que han quedado injustamente relegadas a un segundo plano, ocultadas por una realidad y una cultura que infravaloran todo lo que creativamente procede del ámbito femenino. Esta es la razón por la que comienzo una nueva serie dedicada al trabajo de la mujer en el campo de las artes pictóricas. Mujeres cuyos nombres quedaron prácticamente enterrados en el anonimato o, en el mejor de los casos, solo conocidos por un reducido grupo de expertos.



Resulta curioso comprobar que si a alguien se le pregunta por los nombres de algunos pintores, seguro que al menos respondería con algunos de los más conocidos: esos que están en la mente de todos. En cambio, si se le hace la misma pregunta referida a pintoras, la negación sería la respuesta; como mucho, podría aparecer el de la mexicana Frida Kahlo por la singularidad de su vida y de su obra.

Como contribución a este injusto olvido, en esta nueva serie intentaré ser lo más breve posible, pues mi intención es el de dar a conocer algunos nombres de grandes pintoras, aportando datos biográficos básicos y mostrando una escueta selección de sus obras para que se entienda el valor de sus trabajos.

Y comienzo por la italiana Sofonisba Anguissola (1532-1625), dado que, por un lado, en la actualidad hay una exposición antológica de su obra en el Museo del Prado (que comparte con otra italiana como es Lavinia Fontana) y, por otro, el hecho de que estuvo trabajando en España durante un tiempo al servicio de Felipe II.

Teniendo en cuenta que nos trasladamos al siglo XVI, para que una mujer de entonces accediera a un trabajo eminentemente masculino fue necesario que tuviera un padre dispuesto a apoyarla (hago referencia a la figura paterna, pues la oposición del padre a las aspiraciones femeninas se convertía en una auténtica ley en el seno familiar).

Esto nos lo expresa muy bien la escritora Ángeles Caso en su libro Ellas mismas. Autorretratos de pintoras cuando dice:

Contra todo pronóstico: cuando cuatro años atrás su padre las mandó a ella y a su hermana Elena a vivir en casa de Bernardino Campi para aprender el arte de la pintura, fueron muchos los que pusieron el grito en el cielo: ¿dos niñas nobles usando sus manos, manchándoselas y estropeándoselas entre pigmentos y almireces y barnices? Eso son cosas de personas de baja extracción, de humildes artesanos. Y además, esa capacidad sólo la poseen los hombres, nunca las mujeres” (pág. 40).

Pero es que Sofonisba, que había nacido en el año 1532 en la pequeña ciudad de Cremona al norte de Italia, contó con una madre, Bianca Ponzone, y un padre, Anibale Anguissola, que no solo eran dos personas de ideas avanzadas para su época, sino que también eran conscientes del enorme talento de sus dos hijas mayores, especialmente la primera de ellas.



Y el gran talento pictórico de la hija mayor se manifiesta en el lienzo que acabamos de ver, ya que a la edad de solo dieciocho años plasmó una auténtica obra creativa con el título de Bernardino Campi pintando a Sofonisba Anguissola.

La obra no solo es técnicamente impecable para una chica de su edad, sino que de forma similar al que Diego Velázquez realizara cuando se autorretrató en Las Meninas, Sofonisba lo hace como si fuera su maestro el que aparece como autor de su propio retrato. Genial solución, en la que incorpora a quien la guiaba por el campo de la pintura como protagonista de la escena, al tiempo que ella aparece como la persona retratada por el maestro dentro del lienzo.

Esa madurez para la pintura del retrato se consolida con el tiempo, de modo que la obra que he seleccionado como ilustración de este artículo se corresponde con un autorretrato de 1556 y que, en la actualidad, se encuentra en el Museo de Lancut (Polonia).

En el cuadro aparece mirando hacia el espectador, al tiempo que se muestra como autora que realiza una pintura en la que aparecen la Virgen con el niño Jesús. Como veremos a lo largo de esta serie, las temáticas de las pintoras eran bastante más restringidas que las de sus colegas masculinos, ya que las de ellas se circunscribían a retratos de personajes, especialmente femeninos, a temas religiosos o a bodegones con flores.



Un dato que llama la atención en los retratos y los autorretratos de las pintoras de aquellas fechas es que los personajes que los protagonizan aparecen con los rostros serios, sin que se esboce ninguna sonrisa ni se exprese ninguna emoción. Indico este detalle por el cambio producido con el paso del tiempo, dado que en la actualidad, de modo obsesivo, se busca la sonrisa cuando uno va a aparecer fotografiado.

Aquella circunstancia se podía romper si los protagonistas de la obra eran niños. Es lo que sucede con Lucía, Minerva y Europa Anguissola jugando al ajedrez, que Sofonisba realizó en 1555. En la escena, representa a sus tres hermanas pequeñas disfrutando con este juego bajo la mirada atenta de la nodriza. Como dato familiar a tener en cuenta: Sofonisba era la mayor de siete hermanos: seis niñas y un varón.



A finales de 1559, Sofonisba llega a Madrid como dama de compañía de Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II. La causa de la invitación hacia la pintora italiana proviene de que la joven reina consorte, con solo catorce años, estaba habituada al lujo de los palacios de Fontainebleau, por lo que el monarca piensa en Sofonisba Anguissola como acompañante de la nueva reina.

Sofonisba pasa a ser la retratista de la casa real. No solo lo fue con el monarca, sino también de su joven esposa. Así pues, muestro uno de sus retratos más conocidos, tradicionalmente atribuido a Alonso Sánchez Coello, hasta que, en 1990, los minuciosos trabajos de los especialistas le devolvieron a la pintora italiana la autoría de la obra.

Como podemos ver, a su lado aparece uno de los retratos de Isabel de Valois que realizara su dama de compañía. En plano entero, la joven reina sostiene en su mano derecha una pequeña medalla con el rostro del monarca, como prueba del vínculo que les unía.

Es cierto que, por aquellas fechas, el talento de Sofonisba Anguissola llegó a ser reconocido. Sin embargo, con el paso del tiempo su nombre intencionadamente desaparece. Para que entendamos su marginación, no me resisto a traer un párrafo de Ángeles Caso extraído de la obra anteriormente indicada.

“Su obra no dejó rastro en las colecciones reales. Algún especialista la mencionaría siglos más tarde como una dama de la corte ‘aficionada a la pintura’. Cuando se inauguró el 1819 el Museo del Prado, sus retratos fueron expuestos como lienzos de los pintores de la cámara del rey. Alonso Sánchez Coello y Juan Pantoja de la Cruz: el nombre de Sofonisba Anguissola había sido borrado de la historia del arte”.



Sofonisba murió en 1625, a los noventa y tres años. Solo había abandonado los lienzos a la edad de ochenta años, cuando sus problemas de la vista le habían dejado casi ciega. Magnífica retratista, no tuvo problemas en hacer una imagen se sí misma cuando la vejez mostraba las cicatrices del tiempo y en el que la belleza de la juventud era un lejano recuerdo. Es lo que contemplamos en este sereno autorretrato de los últimos que realizó.

Cuando falleció dejó tras de sí una extensa obra, dispersa por distintos museos. A ella le cupo el honor de abrir el camino a otras mujeres que se adentraron en el campo de la pintura al superar y enfrentarse a tantos prejuicios en una época en la que la mujer estaba destinada exclusivamente a mantener ‘la llama del hogar’. Hoy, Sofonisba Anguissola empieza a ser reconocida como una gran artista que merece aparecer con todo derecho al lado de otros autores de renombre dentro del mundo de las artes.

AURELIANO SÁINZ

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