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  • 13.3.20
El Covid-19 ha venido a cambiarnos las vidas, a decirnos que en casa hay un mundo propio que tal vez tenemos abandonado, que la primavera es un horizonte confuso en este mundo de alarmas impuestas y de libertad congelada. Las grandes superficies lucen espacios vacíos, como si una hecatombe hubiera inundado el lugar, los vecinos empujan carritos ahítos de alimentos que no comerán.



Hay un descreimiento contenido en todos y en cada uno de nosotros, y un miedo colectivo de varias generaciones que no conocieron la guerra ni las dictaduras militares, tan solo se vieron inmersos en una crisis financiera que les rompió los sueños de celuloide y los empujó para siempre a vivir con una nómina estrecha e inapetente.

Hay en los supermercados un paisaje de fin de mundo que habitamos como si no fuera con nosotros, como si nos retiráramos a unas vacaciones en casa para poner en orden las series que no vimos, a agotar las botellas de anís que la Navidad dejó a mitad, a buscar en una soledad compartida a la persona que habíamos descuidado hasta ahora y que un día era nada más que nuestra propia mitad. Tiene el Covid-19 una sensación de extraña pandemia, de enfermedad colectiva que no nos creemos del todo, como si no fuera con nosotros ni con nuestro tiempo.

Hay una alegría impostada en nuestros labios y una sensación agridulce de impotencia que no sabemos a dónde conduce. Vemos en las pantallas del televisor ciudades vacías, como si fuera el amanecer de un día festivo, nadie en las calles, campanas que llaman al primer rezo, un silencio falso que nadie quiere.

La primavera se apaga con los malos presagios, los bares acogen a gente que no sabe a dónde ir ni qué tomar, los restaurantes muestran mesas vacías, menús baratos sin bocas hambrientas. Hay por doquier hambre de conocimiento, de adivinación, la necesidad de que prestidigitadores sin prestigio esbocen un futuro falso y creíble que amansen a la fiera que llevamos dentro.

Hay relojes que marcan la misma hora en todas las ciudades. Una hora indefinida que desconocemos y que anhelamos. Hay un miedo hondo en nosotros, transmutado la mitad en cinismo y la otra mitad en un vacío interior a cuyo fondo no alcanzamos a llegar. Hay un miedo en cada uno de nosotros que no conocíamos y que ahora abre sus alas como la crisálida que espera en el interior del capullo el día para dejar de ser larva y lucir su traje de mariposa reciente.

Hay un miedo incubado en cualquier parte de nosotros mismos que no sabíamos que estaba allí y que se alimentaba de nuestros vacíos, de nuestras dudas irresolutas, de dudosas esperanzas, de aquellos sueños recurrentes que nos habitan cuando la noche abre su manto de tinieblas y la luna luce la redondez perfecta de una moneda.

Hay en estos días miradas extraviadas que no conocíamos. Un cansancio incómodo en los brazos y en los pies. Hay escaparates que muestran maniquíes de otros días felices y que, nada más observarlos, nos retrotraen a un pasado equivocado y apenas perceptible en los recuerdos más sólidos.

El Covid-19 ha demostrado ser ante todo una alarma necesaria que advierte de los días quemados sim haberlos vivido, de los libros que nadie leerá y que contienen la fórmula mágica de una felicidad posible y la demostración empírica de que el tiempo es un viento liviano que siempre nos lleva irremisiblemente al mismo rincón del que nunca quisimos salir sin billete de vuelta. Acaso extraviados en nuestro interior, una pandemia cualquiera nos dice quiénes somos en realidad antes de mostrarnos el abismo del infierno en el que nunca creímos.

Después de todo, el cine de Hollywood ya nos tenía acostumbrados a estos desaguisados que conducen inevitablemente al extermino de la raza humana. Me da que pensar, sin embargo, que estos miedos vienen bien de vez en cuando para recapacitar sobre nuestra función a llevar a cabo aquí en la tierra. Tiene la vida, cobijados bajo su manto, los resquemores tiernos de toda criatura confundida.

Hay, después de todo, un punto intermedio entre el desasosiego y las preguntas sin respuesta que alimentan todo temor y que alimentamos a escondidas, cuando cada cual anda en sus asuntos internos, y ahí andamos entonces con nosotros mismos, mirando a un espejo que nos muestra un miedo que ahora sabemos que también es de nosotros.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

DEPORTES - LA VICTORIA DIGITAL

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