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  • 19.1.22
Terminaba mi artículo anterior con una cita de Jenófanes de Colón sobre las dificultades de tener certezas acerca de los dioses. En esa misma línea, Lucrecio nos dice que los dioses “son sustancias tan sutiles, que el sentido no puede percibirlas, ni el espíritu apenas comprenderlas…”.


Lo que sí parece tener claro Lucrecio es que los dioses no han tenido ningún papel en la creación: “Suponiendo que yo mismo ignorara de los principios la naturaleza, a asegurar, no obstante, me atreviera, cielo y naturaleza contemplando, que no puede ser hecha por los dioses máquina tan viciosa e imperfecta”.

Unos cuantos siglos más tarde, el físico Stephen Hawking coincidiría en la innecesaria participación de dios como creador del universo. Pero, para este autor, por razones científicas y no filosóficas.

¿Por qué surgen los dioses? A juicio de Lucrecio, los humanos confrontados con los fenómenos extremos de la naturaleza y con los avatares que lleva a la caída y destrucción de ciudades y reinados, reconocen un poder más grande que el suyo “y una fuerza divina extraordinaria” que ha de dirigir el universo.

Y los demás fenómenos que observan en el Cielo y la Tierra los mortales tienen suspensas con pavor sus almas, las humillan con miedo de los dioses, y las tienen cosidas con la tierra, puesto que la ignorancia de las causas los fuerza a sujetar Naturaleza al imperio de dioses y a ponerles en sus manos el cetro, y se imaginan que algún poder divino hace las obras cuyo primer resorte ellos ignoran (…) caen en su inveterado fanatismo, y nos ponen tiranos inflexibles, a quienes para colmo de miseria les conceden poder ilimitado…”.

Tanto Buda como Mahavira (uno de los grandes predicadores del jainismo) negaron la existencia de un dios supremo de carácter creador. Mahavira sí admitía la existencia de los dioses, aunque no los consideraba inmortales.

Epicuro no niega la realidad de los dioses, aunque la considera resultado de una representación mental equiparable a la que producen los sueños o la fantasía. La materialidad de los dioses es comparable a la de los centauros.

Por otra parte, considera Epicuro que los dioses, en su distante superioridad sobre los humanos, viven de forma permanentemente feliz sin experimentar ninguna inquietud y sin producírsela a nadie; no les conmueve la cólera, ni la bondad y, por lo tanto, no se preocupan (ni se ocupan) por nada de lo que atañe a los humanos. Eso sería contrario a su perfecta serenidad.

Aunque a ellos les resulte indiferente cualquier tipo de veneración, Epicuro aconseja la oración y la contemplación piadosa por su conveniencia para la propia sabiduría y felicidad “porque los dioses son como un espejo, y el sabio goza en esta contemplación, que, al fin, es la de su propia imagen”.

Aristóteles, en su Política, también mantiene la idea de los dioses como imagen de los humanos: "los hombres nunca han dejado de atribuir a los dioses sus propios hábitos, así como se los representaban a imagen suya".

Sobre la relación entre los hábitos de dioses y humanos podemos encontrar múltiples ejemplos en las religiones y mitos griegos, hindúes, egipcios... Me resulta especialmente interesante la reflexión que Pio Baroja pone en boca de dos de sus personajes:

—Es raro que todos los dioses, en todas las religiones, para imponerse, tengan que hacer daño –dije yo.

—Hay una razón –contestó Chimista.

—¿Cuál?

—-La razón es que los dioses no son más que la sombra de los hombres. Los hombres son malos e injustos; los dioses tienen que serlo.

—Así que tú crees: dime quién es tu dios y te diré quién eres.

—Es evidente.


En consecuencia, si los dioses son “la sombra de los hombres”, habrá tanta clase de dioses como de hombres, y que cada sociedad, cada pueblo, tendrá sus propios dioses dotados de idiosincrasia singular.

Aunque los dioses no sean imprescindibles, la vida espiritual es importante, muy importante, para las sociedades humanas. Y las religiones pueden desempeñar una función positiva para la armonía y bienestar social, aunque también pueden ser destructivas. La religión es incluso más importante que los dioses, de los que puede prescindir o relegar a un papel secundario.

Los dioses como “verdad” irrefutable solo son necesarios para las instituciones sacerdotales: “porque los necios aman y admiran más lo que está envuelto en misteriosos términos; su oreja suavemente puede ser herida y embelesada con gracioso ruido: y el dulce halago a la verdad prefieren”.

Y como nos dice Lucrecio: “No es piedad el dar vueltas a menudo, tapada la cabeza ante una piedra, ni el visitar los templos con frecuencia, ni el andar en humildes postraciones, ni el levantar las manos a los dioses, ni el inundar sus aras con la sangre de animales, ni el cúmulo de votos: que la piedad consiste en que miremos todas las cosas con tranquilos ojos…”.

JES JIMÉNEZ SEGURA

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