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Mostrando entradas con la etiqueta Agua llovida [Antonio López Hidalgo]. Mostrar todas las entradas
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  • 23.11.20
Las mañanas de los domingos son un hábitat personal e irrenunciable que, en muy pocas ocasiones, abro a los demás. Me siento en la terraza, como hago también algunos sábados, y observo desde adentro los árboles quietos, los paseantes inquietos, la quietud del día a esta hora en que la mañana agoniza y la tarde, aún incipiente, invita al deambular sin rumbo, al café de primera hora. Anda el mundo hipnotizado de dudas, enajenado en una triangulación de conceptos intraducibles, deseoso, como siempre, de más fiestas.


Me siento en la terraza. En la mesa, el periódico. Algunos libros: Autorretrato, de Édouard Levé, un escritor necesario; Encuentro con Rousseau y Voltaire, de James Boswell, el inventor de la entrevista; El oficio de vivir, de Cesare Pavese, el maestro; Aires de las colinas, de Juan Rulfo, el genio enamorado de Clara, su mujer. Y una botella de cava a punto de nieve. ¿Qué hay que celebrar? Tal vez nada. Bueno, sí. Siempre la posibilidad de seguir existiendo, de aventurarnos en estos días de pronósticos inusitados a mirar siempre adelante cuando atrás hemos dejado tanto.

Alguna vez miro atrás, porque sé que no corro el peligro de transformarme en estatua de sal. No miro con miedo ni con nostalgia, sino con esa sensación sublime de saber que cualquier vivencia se queda para siempre con nosotros sin que altere el orden de otros días. 

A esta hora de la mañana, por segundos posiblemente, el día se detiene, se reduce a un tiempo que no es de ahora ni de después, que no sabemos por dónde vino pero que sí advertimos que ya se fue. En ese lapso mínimo de memoria alcanzamos a encontrarnos sin saber bien dónde y sin querer ni pretender regresar a ninguna parte. Allí, donde no sabemos con certeza dónde estamos o si apenas estamos, nos imponemos nuestras credenciales de empadronamiento para que nadie se atreva a echarnos a errar por las esquinas.

Las mañanas de los domingos son un paraíso inexplorado, tan sutil como la piel de una mujer ausente, cuyo recuerdo es lívido y embriagador. Me gustan las sensaciones que me atropellan, aquellas sin las que no puedes vagabundear por el mundo ni por dentro de ti, esos sentimientos inexplicables que te devuelven la felicidad envuelta en celofán, como una pieza única, como una piedra preciosa que no ha dañado ningún cincel. 

Los domingos, a esa hora del vermú, pasadas las doce, las horas son mansas y salvajes a la vez. En ellas caben los olvidos plastificados como minúsculos icebergs y los recuerdos indomables que te precipitan a un abismo sin laderas, al aire abierto de la mañana, al libro tantas veces leído que te persigue desde los sueños más quebrantados.

Es tiempo, ahora, de no estar con nadie, de otear un horizonte siempre lejano, un perímetro impuesto que te aleja de los demás y te conduce directamente a ti. Hay en ese momento un cansancio irreductible, desconocido, anónimo. El tiempo de la pandemia es también un tiempo de búsqueda. Cuando te expropian del paraíso, te vas con lo puesto: los zapatos, algún cuaderno para las anotaciones personales, una canción de la nostalgia, las cicatrices, los atropellos, los días nunca vividos que jamás volverán a estar.

En esa huida obligada, el futuro es una distopía, una palabra que pertenece al pasado. Ahora, aquí sentado en esta mañana de domingo, dos mundos se cruzan en dos vidas paralelas; se muerden las espaldas y no se reconocen; se huelen los labios y una mascarilla rompe el hechizo. Adonde miran esos cuatro ojos no hay un espejo, ni un reconocimiento, ni un alma melliza. Solo hay dos mundos. Uno que agoniza. Y otro que busca, a regañadientes, una excusa para doblegar a la impostura, a los dobladillos de la duplicidad.

Abro la botella de cava, escancio líquido en un vaso, más de medio vaso, no en una copa, y bebo con sed de conocimiento. El sol, generoso, empuja a confundir el otoño con una primavera anticipada. Hay en este mediodía una proximidad a la tristeza más austera que conozco, tan frágil que se puede confundir con fragmentos de una felicidad desbrozada por la memoria, donde habitan otras vidas que no son nuestras y algunas muertes que tampoco nos pertenecen. El cava, a punto de nieve, reconforta como un beso robado.

Me pongo en pie y, por un momento, adivino el resto del día. Será como otros: fugaz, bello, azul y sombrío. Y por detrás de aquellas colinas verdes y grises, el sol esconderá, en sus intenciones, otros párrafos que nadie escribirá, o que ya alguien escribió, palabras apócrifas que van de allá para acá buscándonos como sus auténticos autores y que nosotros rehuimos por miedo a que sean verdad, por ese temor desatinado a saber cuanto no deseamos, aun adivinando que es así, que la vida es ya otra.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 16.11.20
Durante años, los astros se cruzaron en mitad del paisaje para que el nombre de Manuel Chaves Nogales se perdiera entre las sombras. Nadie reivindicó su nombre desde su muerte, en 1944, hasta que, de manera sinuosa, volvieron a reeditarse sus obras y su nombre ocupó, por vez primera, el lugar que se merecía. Probablemente, Chaves haya sido el mejor periodista de la primera mitad del siglo XX y su reconocimiento, hoy, es aplaudido y reivindicado en todos los ámbitos, más allá de las academias y de otros ámbitos.


Tanto es así que el próximo 23 de noviembre saldrá a la luz la Obra completa, en cinco volúmenes, con prólogos de Antonio Muñoz Molina y Andrés Trapiello, editada por Libros del Asteroide y Diputación de Sevilla. Un total de 3.664 páginas, pero, con bastante probabilidad, tampoco incluya la totalidad de la obra del periodista sevillano. 

La edición ha corrido a cargo de Ignacio F. Garmendia. Por alguna razón, se prescindió de María Isabel Cintas, que durante todos estos años ha sido la investigadora responsable de la recuperación de un nombre que estaba perdido en el precipicio del olvido.

Ya son de todos conocidas las trifulcas entre Andrés Trapiello, Abelardo Linares y María Isabel Cintas en torno a Chaves. Pero me cuesta entender –o lo entiendo– por qué se achica o se pretende achicar el nombre de Cintas cuando –y de eso no cabe duda– ha sido la principal investigadora en torno a este periodista. 

En 1993 ya se había publicado la Obra narrativa completa. Un año antes de que Trapiello reivindicara su nombre en Las armas y las letras, obra publicada en 1994. En 2001 la Diputación de Sevilla publicó, en dos volúmenes, la Obra periodística de Chaves, edición de Cintas, junto con La agonía de Francia. En 2006 se reeditó la Obra narrativa completa. Y en 2013, la Diputación de Sevilla publicó, ampliada, la Obra periodística, ya en tres volúmenes, edición también de María Isabel Cintas Guillén.

No se entiende, o cuesta entender, cómo no se ha contado con ella para esta última edición de las obras completas de Chaves Nogales. Dice Cintas que sí lo hicieron, pero querían que solo fuera colaboradora. Es lógico que no quisiera estar en segunda fila en este acontecimiento, y dice también que apoyó a Garmendia en todo lo que pudo para hacerle más fácil el trabajo recopilatorio. Y confía, eso sí, en su rigor para que el resultado final sea espléndido. 

Tampoco ella sabe cómo será el cómputo final. A diferencia de las ediciones anteriores, en esta ocasión las obras aparecen recopiladas cronológicamente. E incluyen, además de los relatos recopilados en La bolchevique enamorada, casi medio centenar de cuentos, encontrados por Linares y Cintas, así como algunos artículos no publicados en libro. La propia Cintas desconoce el resultado final de estos volúmenes.

Sea como fuere, la obra de Chaves Nogales –independientemente de que aparezca algún que otro original– necesita ya de una profunda revisión bibliográfica donde cada texto se identifique con el género periodístico de origen. Donde no se confunda obra periodística y obra narrativa. Y donde los textos de ficción y de no ficción se diferencien claramente. 

Si así fuera, se evitarían errores de bulto, como los propiciados por Martínez Reverte y Trapiello, quienes asumen que, como Chaves se exilió a Francia y después a Londres, cuanto escribió en La defensa de Madrid era pura invención. Claro, ignoran cómo se investiga y se escribe un reportaje. Un argumento vacío y falso donde han tropezado otros investigadores que se suman a rebufo del humo de la pistola. 

¿Y por qué ocurre esto? Por el desconocimiento de los géneros periodísticos. Chaves Nogales no es precisamente aquel periodista que se preste a inventar una historia. Además, desgraciadamente, la Guerra Civil escupía historias a mansalva para escribir y para llorar.

En 2017 tuve la suerte y la oportunidad de dirigir la tesis doctoral titulada Manuel Chaves Nogales, antecesor del periodismo narrativo. De la crónica al reportaje. Un estudio de caso: ‘La defensa de Madrid’, de la doctora Remedios Fariñas Tornero, colaboradora también de Andalucía DigitalEs la primera y la única tesis defendida en la Facultad de Comunicación de Sevilla sobre el periodista sevillano, y la segunda después de la tesis de María Isabel Cintas en la Universidad Hispalense. 

Acaso ha llegado el momento de leer a fondo y de investigar con profundidad los textos de Manuel Chaves Nogales, de contextualizar su obra, de saber con precisión el lugar que ocupa en esta profesión siempre herida de muerte, de descubrirlo a los jóvenes estudiantes de Periodismo para que encuentren en él una clara referencia de excelencia y, sobre todo, para romper viejos litigios que tan lejos quedan de una obra tan necesaria y honesta. 

Mi especialidad como catedrático de Periodismo en la Facultad de Comunicación de Sevilla son los géneros periodísticos, la escritura periodística, los textos fronterizos entre literatura y periodismo, la influencia de las tecnologías emergentes que posibilitan otros formatos, las nuevas fórmulas narrativas del periodismo cómic y un largo etcétera. 

Para los nuevos periodistas, Chaves Nogales es y debe ser un ejemplo a seguir. A ellos y a nosotros nos corresponde enmarcar su nombre en el lugar que le corresponde, lejos de trifulcas vanas de quienes ignoran de qué se nutría su corazón de periodista sensato y honesto.

Para Maribel Cintas. 

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 9.11.20
No me gustan tanto las novelas norteamericanas como las francesas. Las primeras se desparraman en sí mismas sin alcanzar el final, cientos de páginas que pugnan entre ellas por alcanzar el millar, buscando la calidad también en la cantidad, y ahí tal vez junto a la máquina de escribir el autor debería contar también con unas afiladas tijeras. En ocasiones, resulta un arma de trabajo imprescindible. Van de una digresión pensada a otra intuida, se extienden en pasajes prescindibles en loor de una extensión que nunca será su principal valor.


Las novelas francesas, por el contrario, son breves, precisas, exactas. Verdaderas obras de orfebrería. En castellano podríamos hablar de novelas cortas o novelitas. No contamos con una palabra que defina el género en toda milimétrica extensión. Los franceses, sí: nouvelle

Los grandes escritores franceses son maestros que manejan con justicia y cadencia el género. Albert Camus, Jean Echenoz, Emmanuel Carrère, Patrick Modiano y tantos otros. La perfección, no siempre, al menos en este género literario, es incompatible con la abundancia y el derroche. La cirugía y la creación literaria, a veces, se complementan matemáticamente para alcanzar la obra maestra.

Cuando leí El extranjero de Albert Camus supe, en ese mismo instante, que el Premio Nobel francés sería para siempre uno de mis escritores de cabecera. Y así ha sido. Me impactaron las primeras líneas de esta breve novela. José Luis Alvarado, que califica la novela de maravillosa, sostiene, por el contrario, que el comienzo es de una vulgaridad abrumadora: “Hoy, mamá ha muerto”. Esa sería, en todo caso, la primera frase. Pero el arranque no termina ahí: “Hoy mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo. “Madre fallecida. Sentido pésame”. Nada quiere decir. Tal vez fue ayer”. 

Ahora, eso sí, el arranque es perfecto y único. Frío, distante, ajeno a todo sentimentalismo. Un hecho irrevocable al que todos nos enfrentamos sin posibilidades de renuncia. A partir de ahí, la historia se deja llevar con una mecánica indisoluble.

He leído estos días a otra autora francesa, maestra lógicamente de este género. Leo el arranque de Una mujer, de Annie Ernaux, y no puedo evitar compararlo con el de Camus: “Mi madre murió el lunes 7 de abril en la residencia de Pontoise, donde la había ingresado dos años antes. El enfermero dijo por teléfono: ‘Su madre se ha apagado esta mañana, después de desayunar’. Eran más o menos las diez”. 

El libro está escrito con una frialdad y una distancia imperturbables, pero en ese abismo que abre entre ella y la madre ya ausente se escurre un velo de humanidad indescriptible. Se lo han reprochado, de hecho. Cómo no.

En Francia, el origen es un estigma, una vergüenza social, escribe Patricia de Souza, y Ernaux discurre por esos páramos identificándose con el paisaje, describiéndolo como el contexto de su propia vida, narrados desde una clase inferior a la clase media alta. No lo hizo Marguerite Duras, ni Simone de Beauvoir ni Colette, añade De Souza. Es la antítesis de Beauvoir. 

A su lado no está Sartre, no hay burguesía. Ernaux escribe de casas pequeñas, sin ducha, con baños en el jardín, silos, supermercados, trenes de cercanías en los pueblos olvidados. Un paisaje que nunca conoció Beauvoir. Ernaux cuenta que, paseando con su padre por Biarritz, siente vergüenza por no llevar ropa de baño para bajar a la playa. Toma conciencia de clase. Ella no tiene al lado a nadie que se llame Sartre.

Mezcla el estilo clásico con el popular, se rompe cuando escribe con la agilidad de un maestro de esgrima: te roza, pero no te mata. Deja vivir a lector para que apure las páginas restantes, en una estructura matemática fuera del concepto de cualquier género concreto. 

Ella misma lo confiesa al final del libro. Dice que no sabe de qué género se trata: “Esto no es una biografía, ni una novela, naturalmente, quizá algo entre la literatura, la sociología y la historia. Mi madre, nacida en un medio dominado, del que quiso salir, tenía que convertirse en historia, para que yo me sintiera menos sola y falsa en el mundo dominante de las palabras y las ideas al que, según deseo, me he pasado”.

Por supuesto. No importa el género. Hay textos que se escriben para romper los moldes, para hibridar los ya existentes, para crear una nueva teoría donde antes no había nada. Hay libros que se escriben con el pulso firme y el corazón machacado, con la identidad definida y el dolor goteando sangre o sudor pese a los años. 

Hay un dolor que nunca se extingue y que solo se puede escribir con la tinta indeleble de la memoria antes de que el olvido arrase con los días. Hay en este libro una verdad que el lector percibe como propia, nada impostada, que nace de las horas vividas, que también pueden ser las nuestras. De hecho, son también nuestras.

Annie Ernaux escribe por necesidad. Ese dice. Cuando termina de escribir un libro, se siente vacía. No se siente liberada, sino vacía. Por eso siente la apremiante necesidad de escribir las primeras líneas de otro. La vida, para ella, es escritura. Y su escritura es el reflejo inmediato y natural de su vida, donde el mundo dominante son las palabras.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 2.11.20
Me siento perimetralmente enganchado a la vida. Como un adicto sin cura. También perimetralmente solo. Aislado de los otros en los bordes impuestos. Leo mis propios pensamientos en el abismo de sus mismos límites, como si escapar unos centímetros más afuera implicase abordar sin justificación el cerebro de un vecino y trastocarles sus proyectos de vida; sacudirle en lo más íntimo mis más hondas sospechas acerca de todo este dolor que circunda nuestras vidas desde hace ya meses; imponerle, quién sabe, tantos sueños desbaratados que se me escapan por doquier cuando despierto. Siento que mis dudas bordean sus contornos con intenciones muy poco confesables, pretendiendo, tal vez, asaltar la corteza de sus contornos buscando otro hábitat más diáfano.


El cauce de los ríos transita entre dos orillas, pero la vida que nos desborda ahora ha crecido sin fronteras, creyéndose libre y todopoderosa, entendiendo que los perímetros y otros límites no van con nosotros, desoyendo el coro de musas que nos enajena y nos rompe. Ahora, exhaustos, más exhaustos, entendemos que las restricciones vienen a imponernos que la voluntad se someta a este tiempo de incertidumbre que ya no es tal.

España es el tercer país de Europa con más mortalidad por el virus desde julio. Ya no nos asustan las cifras. Vivimos, desde hace meses, midiendo las estadísticas para ver si andamos en ellas. Hay que sentir un respeto por este virus. Ha venido para quedarse. Es una frase que está en boca de todos. 

Ahora, ya perimetralmente aislados, sabemos que no es necesario logísticamente atiborrarse en la compra de papel higiénico. Lo dice un vecino mientras paga con la tarjeta de crédito: “A este virus hay que tenerle su miedo, pero tampoco es para cagarse”. Así que el buen señor sale del establecimiento sin papel higiénico y provisto con dos botellas de cava. Irá, con toda probabilidad, a celebrar su propio descubrimiento, su desahogo personal.

La luna naranja ayuda, en parte, a dibujar un círculo de nostalgia en mitad de una noche que vemos diferente. La noche ayuda a entender que mañana, cuando amanezca, no podremos viajar a ninguna parte. Esbozaremos un espacio delimitado por normas invulnerables y por un espíritu cívico que cuesta arraigar en esta esquina del mundo. 

Dicen las crónicas, impresas y digitales, que esta segunda ola nos llevará a Navidad con 8.000 fallecidos más. Pasarán las fiestas y estaremos más viejos, como decía la canción, e iremos sumando días sin esperanza a un futuro contorneado con fuego en nuestras propias narices.

El Día de Todos los Santos nos ha traído este año un recuerdo diferente de las pérdidas, de aquellos seres que no conocieron este tiempo de pandemia y que creyeron abandonarnos en un mundo seguro e iluminado. Cada vez más, a costa de palparnos la epidermis, mutamos las sensaciones por otras más creíbles y modestas, porque los sueños tampoco son tan grandes y libres como quisiéramos. Ahora se nos vienen en la proporción que estos días nos deparan, más chiquitos y reales, más asequibles incluso, más austeros y cercanos. Sobre todo, más reales.

Nos cuesta, cada día más, componer un mañana sin brechas, esbozar una primavera ausente de enfermedades olvidadas, añadir al quehacer cotidiano unas briznas de modesta felicidad. En una carpeta, hasta ahora en blanco, vamos anotando nuestros deberes por cumplir o incumplidos, las pesadillas recurrentes de días vacíos, las ventanas sin horizonte que circundan nuestra vida. 

Perimetralmente hablando, pisamos las calles y respiramos el mismo aire envenenado de ayer, y bebemos cerveza congelada en la misma mesa del mismo bar, pero sabemos, más adentro, que los días se repiten con otros números y otras variables posibles, que aquí, después de todo, la espera –o la cuarentena, depende a quien le pille– no hay quien se la salte. Hay un perímetro interior que ahora sí nos aprieta el cuello y nos doblega a entender cómo es este dolor compartido.

Tenemos aforo limitado para casi todo, menos para entender, para solidarizarnos, para emprender nuevos retos, para abrir la fiesta si hay razones sólidas, para inaugurar celebraciones convincentes y seguras, para comprender el sinsentido de las cosas. 

De nuevo, sentados en las terrazas, nos encontramos con nuestras propias sombras. Volvemos a llenar el frigorífico como si otra guerra estallara a nuestros pies. Aprendí con el anterior confinamiento a congelar el pan. Antes no se me había ocurrido. Después pasé a congelar los sueños truncados, los encuentros pospuestos, los amores siempre alerta, los libros que siempre vivieron congelados en mi alma y en los anaqueles.

A estas alturas, la casa se asemeja a un iceberg. Y solo escribo de la parte que flota y se ve. Más abajo, sumergida, conservo esa otra parte de la vida que nadie conoce, que yo mismo construyo en horas muertas, en esos momentos en que la realidad me abandona y logro sobrevivir a tantos proyectos que sé que serán tangibles cualquier día. 

Lo sé tanto más en estos días en que perimetralmente mis sensaciones cruzan las orillas de otros ríos sin que mi voluntad pueda contenerlas. Y más allá, donde se agota una luna naranja, sé que el vuelo no atiende a perímetros posibles. Y ese pensamiento ayuda. Claro que ayuda.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 26.10.20
Las palabras nos traicionan. Si no las manejamos con prudencia, se nos escapan de los labios y de las manos. Si no construimos las oraciones con coherencia, el mensaje será fallido. Si no decimos con precisión lo que queremos decir, las palabras nos desalojan del entorno y se instalan con la legitimidad de su propia autoridad hasta cambiarnos la vida.


Los pensamientos los formalizamos en frases coherentes, pero a veces dilapidamos esos mismos fundamentos atrapados en la ingeniería torpe de nuestra oratoria. Hablamos y escribimos de la covid-19 como quien se encuentra un polluelo que se ha caído del nido y nos disponemos a olvidarlo al cruzar la esquina, desatendiendo el piar desesperado de un huérfano.

Con estado de alarma o sin él, está claro que nos cuesta aceptar que este virus nos ha cambiado la vida. Tantos meses después, cualquier giro que le damos a nuestro devenir pasa por recuperar un mundo moribundo, unas ciudades agotadas de seres humanos que cruzaban calles y avenidas ajenos a una tempestad, tal vez inmerecida, pero que ahora baña cada gota de nuestra existencia. Todo cuanto hacemos y pensamos pasa por desandar y recuperar aquellos días felicidad usurpada. 

Y, claro, a estas alturas el paisaje es ya otro. O debería parecérnoslo. Escucho por la radio –da lo mismo cuál- si este año podremos salir a la calle con nuestros hijos para enseñarles el sueño viviente, como cada enero, de la cabalgata de los Reyes Magos. Y pienso, obstinado, si no es hora ya de olvidarnos por meses o por años de los Reyes Magos, de la Feria, del Rocío o de la Semana Santa, para solventar de una vez por todas este dolor que nos atenaza.

Antes íbamos de fiesta en fiesta y de verbena y en verbena, asistíamos a la celebración de la primera comunión de un nuevo católico con 300 invitados alrededor, como si el vendaval que nos amenaza no fuera con nosotros. 

Nos cuesta deshacernos de tantos encuentros sociales en los que la música y la risa fácil, el exceso de alcohol y el olvido momentáneo de una vida dilapidada entre pagos de hipoteca y horarios excesivos, donde otra manera de entender la cotidianeidad nos parecía pura entelequia, cualquier posibilidad de extravío fuese una entelequia. 

Vivíamos tan felices en un país de sol y algarabía, que un verano sin playa y sin turistas se nos antojaba como una boda sin novia o –valga mejor esta metáfora– como un reino sin rey o con dos, según se lea el momento.

Ahora nos piden que descubramos los rincones desvencijados de nuestras casas y nos miremos en el espejo hasta encontrar un rostro que se parezca lo más posible al nuestro, en el que rija, si acaso, esa media sonrisa que nunca supimos esbozar con deferencia. 

Nos piden que seamos cautos y recatados en paseos para que cuando las luminarias de la Navidad entrante invadan nuestras calles hasta entonces vacías, podamos, una vez más, masificarlas, atestando comercios y bares y restaurantes, con el fin inmerecido de despertar al virus aletargado que vigila nuestros días. 

Una vez más los mensajes nos engañan y traicionan, y sobre todo condena a políticos y empresarios que, en nombre del bienestar contrahecho, nos mueven a un suicidio colectivo con la imprudencia de su ignorancia y sus ambiciones.

"Un pasito palante y otro patrás", como enseña la canción en estas noches de infortunio. Se trata siempre de volver al escenario quemado, de abrir un paréntesis que, pretendidamente, en un futuro sin fechas, abrirá las ventanas de una melancolía que ya costará demasiado aliento salvaguardar. 

Me pregunto por qué no aceptamos de una vez que debemos aprender que este nuevo vecino atenaza cualquier proyecto que pretenda ignorarlo. Por qué no rompemos intencionadamente esas esperanzas que alimentan una pronta vacuna que no es posible. Por qué husmeamos en esa zona de confort donde las alimañas retozan en los mismos sillones y en las mismas mecedoras donde antes alimentábamos siestas que siempre sospechamos eternas y acogedoras.

El continente asiático vive esta segunda ola del coronavirus de manera más benévola que Europa. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han solo encuentra una razón en esta desproporción de los hechos: el espíritu cívico, una mayor responsabilidad ciudadana. 

La sombra de esta pandemia debería habernos enseñado que ya no necesitamos de tanta alegría impostada como creemos, ni de tanta fiesta innecesaria, ni de tanta felicidad que se sustentaba sobre unas botas de barro que se deshacen a nuestros pies. 

Algún día, y ojalá sea pronto, abriremos la puerta de casa y encontraremos un lugar acogedor donde escondernos de un mundo ingrato y soez. Desde la ventana, como hacíamos durante el confinamiento, nos daremos la vuelta y veremos un espacio, quizás estrecho, donde habitaban nuestras sombras.

La pandemia ha reforzado la idea de que el coche ya no es el rey de nuestras vidas. El modelo actual de movilidad no es sostenible. Y no solo por problemas ambientales. Hemos dedicado el 85 por ciento del espacio público a nuestros vehículos. Ahora necesitaremos aceras más amplias y calzadas peatonales, donde no nos atropellen las bicicletas y los patinetes. 

Ahora es el momento de viajar hacia adentro, hacia una metamorfosis inevitable. Hemos abusado de la naturaleza, pero ahora la naturaleza se ha vuelto del revés, como algunos jerséis, a los que se les daba la vuelta para lucir otro diseño y otro color. Pero en este caso, el reverso del mundo anuncia una tormenta perfecta.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 19.10.20
Eric Vuillard publica estos días un libro titulado La guerra de los pobres. En esta novela breve trata los acontecidos en el año 1954 cuando los campesinos se sublevan en el sur de Alemania. Al escritor francés no le gusta la ficción, prefiere desentrañar las claves que nos atan a esta tierra, perseguir el significado oculto de la Historia, que se repite y se vuelve a repetir a través de los siglos como un estribillo pretencioso y fallido, siempre fallido.

En este y en otros libros, Vuillard insiste en conocer las claves de estas sublevaciones populares que unen en rebeldía a artesanos, obreros, mineros, campesinos, pescadores, carpinteros, herreros, administrativos, camareros, albañiles y ese tan largo etcétera de seres humanos que viven con aprietos a final de mes, que sueñan con un futuro ostentoso y feliz para los hijos, que sueñan sabiendo que los sueños, sueños son, sublevaciones que siempre caen en saco roto.

Para él, el 14 de Julio con el asalto a la Bastilla o la revuelta campesina dirigida por un teólogo radical en la Alemania del siglo XVI mantienen una estrecha relación con las protestas de los chalecos amarillos o del movimiento Black Lives Matter. Porque todas son segmentos troceados de una revolución común que se pierde en la Historia, que fracasa en cada tramo y se reanuda de nuevo en otro siglo y en otro país. 

Pero siempre son movimientos que se encienden con el mismo combustible que enardece la injusticia y se disuelven por la misma razón que Vuillard rechaza de plano: por el simple hecho de que los pobres estén condenados a ser pobres para siempre.

En su novela 14 de Julio, el escritor francés narra el asalto a la Bastilla. No hay personajes ficticios, solo reales. De algunos, solo han llegado hasta nosotros algunos datos: el oficio o cómo murieron en este asalto. Los protagonistas del relato son gentes anónimas impulsadas por el hambre y la miseria, individuos sin derechos que convulsionaron un régimen arcaico para dar un nuevo sentido a la Historia. Ahora, en La guerra de los pobres, Vuillard nos describe la rebelión campesina dirigida por Thomas Müntzer contra los príncipes alemanes en el contexto de la Reforma, muy lejos del discurso oficial.

Este levantamiento se extiende, gana pronto adeptos en Suiza y Alsacia. El teólogo Thomas Müntzer lucha junto a los insurgentes. Su vida es de novela, pero él es también protagonista de la Historia. Su final será trágico, como el de sus seguidores. 

Dice su autor: “Decidió asumir sus quejas y exigir la igualdad no sólo en el cielo, sino en la tierra. Hay muy pocos intelectuales, y menos curas, que toman el lado del pueblo de forma tan clara”. Claro, si los pobres heredarán el paraíso del más allá, qué necesidad habrá de que también gocen en esta vida.

La Iglesia –todas las Iglesias– lo ha proclamado durante siglos a los cuatro vientos. Dejad a los ricos su alegría fugaz y libertina, someteos como posesos a la miseria y a la pobreza, a la desesperación y a la bienaventuranza, porque vuestra felicidad está en el cielo. 

Pero ellos, los pobres, de vez en cuando olvidan su sino y vuelven a tomar las calles, a romper escaparates, a quemar coches. Hay en el fondo, pensarán los ricos, una obstinada tendencia a no escatimar en aspiraciones, a desear lo que no les pertenece, a no entender que su condena es eterna.

Vuillard se niega a pensar que la lucha de los pobres ha sucumbido para siempre. Lejos de esa presunción, sospecha que un día u otro volverán a rebelarse contra un destino impuesto. En su última novela escribe: “Las querellas sobre el más allá nos llevan en realidad a las cosas de este mundo. Tal es el efecto que ejercen sobre nosotros esas teologías agresivas. Solo así entendemos su lenguaje. Su impetuosidad es una expresión violenta de la miseria”. Y añade: “La plebe se enfurece. ¡A los campesinos el heno! ¡A los jornaleros el polvo! ¡A los vagabundos la moneda! ¡Y a nosotros las palabras! Las palabras, que son otra convulsión de las cosas”.

Las palabras, claro. Las palabras que son piezas mágicas y mordaces del discurso, del sermón, del mitin, de la falacia, pero también de la verdad. Al final del libro, el pueblo está en pie, dispuesto a cambiar el rumbo de la Historia. Pero cómo se hace eso. Escribe Vuillard: “Comenzaba a propagarse un vago temor. ¿Qué decisión tomar? Jamás se había visto eso. Todo el mundo dejaba tras de sí su casa, su choza, y se sumaba a la multitud errante. ¿Y adónde iba toda esa gente? Lo ignoraban”. 

Sí, lo ignoraban. Ignoraban cómo se cambia la Historia, porque solo les enseñaron el camino zigzagueante que los llevará a la otra vida, pero no el aliciente necesario para cambiar este mundo. Confundidos, se someterán hasta la siguiente intentona que, piensan, los llevará al poder, rezarán cada uno a su dios, pensarán en un más allá donde todos serán iguales. Los ricos, probablemente, también.

Y mientras tanto, votarán a fuerzas de derechas, se limitarán a cumplir su horario laboral y a pagar las letras de su hipoteca, a mirar con miedo al cielo porque dios es justo, pero también justiciero, muy justiciero. En esta y en todas las religiones. Conviene tener miedo a la disidencia para evitar un final como el de Müntzer. El escritor francés lo describe así: “Qué pequeño es un hombre, es frágil y violento, inconstante y severo, enérgico y lleno de angustia. Una mirada. Un rostro. Una piel. De repente cae el hacha y troncha el cuello”.

Los libros de Eric Vuillard no son novelas históricas. Ese es un género falso, no sirve para contar cómo es el alma humana. Sus relatos son una mezcla de Literatura y de Historia, una hibridación donde estos seres que vivieron y fueron protagonistas de hechos reveladores están dotados también de esa fuerza espiritual que la Historia no alcanza a describir con detalle pero que la Literatura moldea a sus anchas. 

A fin de cuentas, son criaturas que siempre encabezan la guerra perpetua de los pobres, una guerra perdida siglo tras siglo pero que siempre renace con igual ímpetu y en la que Eric Vuillard cree a pies juntillas y en la que nosotros también debiéramos creer y participar. Igual es cierto que la Historia siempre da otra oportunidad y no hay que esperar al más allá para pensar que la igualdad puede ser posible mientras estemos vivos.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 9.10.20
Le pregunto a Yoko que cuándo volveré a verla. Y ella me responde desde Japón que no tiene un avión para poder saltar de un continente a otro. La covid-19 ha provocado la suspensión de muchos vuelos internacionales. Me dice también que no tiene plumas. Es decir, que no es un pájaro para poder cruzar los cielos y entrar por la ventana. 




Alguien podría pensar que esta segunda excusa es prescindible o que, en sí misma, solo es una broma. Pero no. Cualquiera de nosotros ha soñado alguna vez que volaba. En realidad, volar siempre fue el más amado e inalcanzable sueño de la humanidad. Ya Miguel Ángel mataba los minutos muertos pintando alas y alzando la mirada al cielo intuyendo que el vuelo sería algún día, más que un sueño roto, una realidad tangible.

Antes que el avión, el ser humano ya celebró la marcha lenta e interrumpida de los primeros automóviles cuando avanzaban con dificultad por las primeras carreteras desplumando el vuelo desvariado de tantas gallinas como se tropezaban a su paso. 

Igual ocurrió unos años más tarde cuando los primeros aviones aterrorizaban a tantas bandadas de pájaros que no entendían cómo aquel intruso de metal se atrevía a violar y a compartir su paraíso celeste y, desde más abajo, nosotros no alcanzábamos a comprender cómo era posible tal milagro suspendido en el aire.

Stefan Zweig recuerda en El mundo de ayer el optimismo con que recibían en los años inmediatamente anteriores a la Primera Guerra Mundial al aviador francés Louis Blériot cuando realizó el primer vuelo a través del Canal de la Mancha, y cómo el júbilo era tal que en realidad parecía el homenaje a un héroe nacional. Y añade Zweig: “Los triunfos de la tecnología y la ciencia, que se sucedían hora tras hora, habían construido por primera vez un sentimiento europeo de comunidad, una identidad europea. Qué inútiles eran las fronteras, nos decíamos, si cruzarlas era un juego de niños para cualquier avión”.

Muy pronto, el escritor, que siempre espía estos inventos inusitados de la humanidad para cambiar su vida, también los aprovecha para mirar el mundo desde otro ángulo, con la sospecha certera de que detrás de la distancia abierta entre el cielo y la tierra siempre la manera de observar permite crear nuevas narrativas para contar el mundo. 

El periodista sevillano Manuel Chaves Nogales no pudo escapar a la fascinación que le provocaba el vuelo de estos pájaros artificiales en mitad de un cielo aún por descubrir o desbrozar. Su experiencia la contó en el libro La vuelta a Europa en avión, en unos años en los que la aviación nadaba en sus albores y la seguridad en lo alto de estos inventos aéreos era toda una aspiración con muy poca base científica.

Pese a todo, Chaves se sentía a gusto observando el mundo desde las nubes. Y escribió: “El tiempo es aviador y hay que hacerse un poco aviador. Una buena butaca y un cigarrillo a dos mil metros de altura, en el interior de uno de esos confortables aviones modernos, puede transformar la estética contemporánea más hondamente que cien polémicas a ras de tierra”. 

En efecto, él quería mirar el mundo desde arriba para contarlo desde una nueva perspectiva, para describir con detalle que, desde la tierra monda y lironda, nadie es capaz de percibir o escudriñar el mundo en su total plenitud. 

Así lo percibe Chaves: “El paisaje lo ha ido construyendo -interpretando- el hombre a lo largo de los siglos, según su visión puramente horizontal. Pero visto ahora vertical u oblicuamente, el viejo paisaje del terrícola repugna a la mirada del aviador. El mundo es feo desde arriba: feo y mezquino”. Más adelante, añade: “En un viaje aéreo, lo primero que salta a la vista es la despoblación. Pasan bajo el aeroplano kilómetros y kilómetros de corteza terrestre sin un vestigio de vida, y se tiene la impresión de estar volando sobre un planeta deshabitado”. Ahora, si viviera, y observando de nuevo el mundo, igual cambiaba de opinión.

Pronto, los pilotos de aviación, cansados o sorprendidos de observar la corteza terrestre desde las nubes, entendieron que su mejor escapatoria para entender la vida sin vértigo consistía en descifrarla con palabras. La escritura les llevó inevitablemente a un género concreto, la fábula, y a describir el vuelo a su modo y manera o a inventar y viajar por otros planetas. 

Richard Bach describió su obsesión por la perfección del vuelo en Juan salvador Gaviota. Por su parte, El principito es una narración corta del escritor francés Antoine de Saint-Exupéry, que trata de la historia de un pequeño príncipe que parte de su asteroide a una travesía por el universo, en la cual descubre la extraña forma en que los adultos ven la vida.

No sabemos con precisión en qué momento el ser humano dejó de mirar el paisaje desde la ventanilla del avión y metió en la aeronave su zona de confort para no perderse a miles de kilómetros de casa. Maluma, el famoso cantante colombiano, rompió a llorar, tiernamente emocionado, cuando recibió su primer avión privado. La noticia, claro está, dio la vuelta al mundo a través de las ondas, se entiende. 

Rosa Montero escribió al respecto: “Vaya imbécil, pensé cuando lo leí. Y luego, también, qué ingenuo, porque fue él mismo quien publicó las imágenes en las redes, alardeando de pajarraco y de lágrimas sin darse cuenta de la penosa impresión que producía”. La periodista advierte que el precio de un jet privado como el suyo oscila entre 20 y 22 millones de euros, “un lujoso derroche del que resulta obsceno vanagloriarse”, denuncia.

El avión del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, no tiene nada que envidiar al de aquel tonto de la canción. Desde hace dos años, intenta desprenderse de él como símbolo de austeridad. En realidad, fue una promesa electoral. La aeronave, un Boeing 787-8 de lujo, comprada por el expresidente Felipe Calderón y estrenado por Enrique Peña Nieto, costó 7.500 millones de pesos (unos 187 millones de euros. Un avión así no lo tuvo Barack Obama, ni lo tiene Donald Trump. 

De los 242 pasajeros que admite este modelo, dejaron espacio solo para 80 personas. Cuenta con una habitación especial para el descanso del mandatario, así como con servicio de Internet, comunicación vía satélite y sistemas antiespionaje. Sin entrar en más pormenores.

Un día, no sé cuándo, el ser humano dejó de mirar por la ventanilla del avión el mundo que dejaba allí abajo, para tenderse en el colchón hecho a su medida y soñar otro mundo mejor fabricado y a su medida desde las nubes. Ese día, los pájaros sintieron un alivio conmovedor en todas las esquinas del mundo porque, cuando el hombre duerme, el mundo se desbarata y se ordena y se equilibra a sus espaldas. 

Cuando el hombre descuida el planeta, la covid-19 se arrastra por todas las rendijas de nuestra existencia. Es ahí cuando supimos, o nos obligaron a entender, que ahora bandadas de pájaros espían y vigilan los hangares atestados de aeronaves sin servicios que cumplir ni océanos que cruzar. 

Hay una celebración oculta en el planeta que no ayuda a que entendamos que la vida hay que cambiarla sí o también. Porque no nos conformamos con mirar desde arriba la vida que dejamos atrás, sino que instalamos nuestra zona de confort en el mismo aire a varios kilómetros de altura. Y es ahí, precisamente, cuando la aeronave se tropieza con vientos cruzados y se precipita inexorablemente hasta el vacío, que es el presente.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 2.10.20
Se ha dicho y escrito hasta la saciedad que estos días son otros y que la vida ya no es la misma de antes. Dicho así, parece como si todos hubiésemos asumido de buenas maneras otro hábitat que nadie sabe quién diseñó y que todos asimilamos sin parpadear. Si estos son otros tiempos, tal vez habrá que plantearse echar a un lado del camino nuestra identidad y adoptar un nuevo look para lo que se nos viene encima.



Si alguna vez quisimos ser otro u otra, ahora ha llegado el momento en el que estas posibilidades se incrementarán de manera descontrolada, y quienes solo aspiramos a ser quienes ya somos, tenemos entre las manos las herramientas suficientes para aventurarnos en otras situaciones nunca previstas.

Pero hay que ser preventivos y prevenidos. Los cambios de era conducen inexorablemente a la impostura. Ser otro sin serlo ha sido uno de los pecados de la humanidad. Vivir en otro cuerpo creyendo que en realidad sí es otro. Mirarnos al espejo y entender que la mirada tan castigada que se proyecta no es la nuestra. Andar y en la estrechez del camino soñar con un mar bravo o un horizonte que se proyecta hasta el cielo. De vez en cuando, eso sí, la lluvia nos previene de las tormentas no asumidas y de las pesadillas que desmarañan cualquier acción o sospecha ilusas.

Se empieza por poco y acabamos diseñando un porvenir tan abstruso que, una vez ya construido, no nos caben los pies en esos zapatos recién comprados. Porque sabemos que andar descalzos por la vida es como ir desarmados en un conflicto bélico. Se empieza por poco y, cuando miramos de golpe la vida de alrededor, no reconocemos ni nuestra propia piel.

La covid-19, sin duda, ayuda a toda impostura. Pero, hasta para falsearnos a nosotros mismos, necesitamos manejar con destreza la retórica de la mentira. Para que no nos ocurra como a Carlos Galiana, concejal de Innovación de Valencia, cuando la semana pasada defendió la candidatura de su ciudad para ser la Capital Europea de la Innovación. Título que, al final, recayó en la localidad belga de Lovaina.

Galiana fue el único de los seis representantes municipales de las ciudades aspirantes al título que intervino provisto de mascarilla. Su inglés, presumiblemente, sería de aeropuerto, ajeno a cualquier academia. Porque supo hilar toda su alocución en inglés, pero la voz no era la suya. Un playback sin tachaduras, salvo la ética. La mascarilla tapa nuestra boca, pero no es herramienta suficiente para doblegar al discurso. En los políticos, se sabe, el inglés sigue siendo una asignatura pendiente.

De hecho, el confinamiento ya nos trajo a las calles algunas imposturas, mentiras y caras duras que se volvieron videos virales. En este país no hay que esperar a los carnavales para que la sorpresa se proyecte en una mueca, una sonrisa o un rostro de espanto ante lo que nos ocurre.

Todos recordamos aquellos videos que mostraban a personas que desafiaban las normas impuestas por el estado de alarma. En Murcia, alguien salió a la calle disfrazado de dinosaurio y, para colmo, intentó bromear con los agentes de la policía. Que lo detuvieron, obviamente. En Toledo, otro ciudadano se puso una peluca blanca y un disfraz y salió camuflado de perro. En Palencia, un hombre, ni corto ni perezoso, sacó a pasear a su perro de peluche. Otro se superó a sí mismo y sacó a pasear una estufa con ruedas por la calle. Los hubo también quienes entendieron que cualquier animal vivo era válido como pasaporte para salir a dar un paseo y lo hicieron con un cangrejo, una oveja o una tortuga.

La anécdota acaba aquí. Ahora estos días piden a cada cual su propia metamorfosis, su adaptación al vacío, a veces, y su implicación en otra vida que nadie acaba de estructurar del todo. Ya no es una broma. No son pocos los ciudadanos que sufren el síndrome de la cabaña y viven encerrados en su propio dolor incapaces de pisar el barrio donde viven. Los hay que no se adaptan al trabajo de siempre porque las herramientas telemáticas –nadie se engañe– no son válidas ni suficientes en todas las profesiones. Y, sobre todo, el entramado social en el que vivíamos imbuidos se ha hecho trizas.

Ya no estamos confinados, pero nos cuesta vivir con nosotros mismos. Nos cruzamos en los pasillos de casa con nuestra sombra, y no la reconocemos o la evitamos. Nos adentramos en sueños que nos parecen mundos prestados. Hay, en toda suerte, un tamiz liviano que nos separa del pasado y que no confluye en ninguna parte.

En esta búsqueda donde la impostura no ha lugar, ni las bromas vienen a cuento y las dobleces nos recortan el perfil, hay una ausencia de voluntad que se nos rebela en la piel y nos moquea los días de ahora. Hay en cada cuerpo que cruza esta avenida, o sube en aquel ascensor, un deseo irrefrenable de saber qué será de nosotros. Si estamos de paso, como antes, o habitamos un globo sonda que vuela por los aires sin dirección ni objeto.

A veces, observo el video viral de nuestras vidas intentado reconocer en él el disfraz o el perro de peluche o la mascarilla que nos gradúa en cualquier idioma. También en el del alma. Y no lo encuentro. Después miro adentro de mí, y sonrío. Sé que soy yo en otro mundo. Menos mal.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 25.9.20
La semana pasada una tormenta endiablada se metió en las playas de Isla Cristina hasta donde ya no había sombrillas ni turistas, sino solo dunas, matorraje mediterráneo y pinos. El único chiringuito de la Playa Central levantó una barricada de arena para protegerse de aquella amenaza que venía del otro lado del mar.



Era un día hermoso y apocalíptico, sensorial. Las gaviotas volaban cercando el chiringuito y los turistas –nacionales, por supuesto– las fotografiaban como si las hubiésemos puesto allí para entretener a los forasteros que apuraban los últimos días de un verano que se apagaba día a día.

Después del confinamiento, las gaviotas entendieron que los seres humanos habíamos abandonado para siempre su territorio y, quizás, el mundo. Así que, cuando inauguramos los baños estivales, a estos pájaros carroñeros les costó entender que el ser humano es el único mamífero que siempre vuelve al lugar del crimen.

Este verano no esperaron al anochecer para ocupar su espacio, sino que compartían la arena con los intrusos que se tendían en la toalla a olvidar una pandemia que les costaba asumir. Veías a un niño y, a dos metros, la gaviota. Y otra. Y otra. Como palomas que se alimentan de cuanto desechamos u olvidamos. No agreden. Al menos, de momento. Pero vuelan por las poblaciones costeras a dos metros de tu cabeza. Se creen con el derecho a recuperar la patria arrebatada.

No me gusta la mirada de la gaviota. Porque toda ave carroñera se embravece frente a la posibilidad de perder la carne muerta de la que se nutre. No es casualidad que Alfred Hitchcock pensara en la gaviota cuando filmó en 1963 Los pájaros (The Birds), una película de suspense y terror basada en una novela corta homónima de 1952 basada en cuentos de terror, y escrita por Daphne du Maurier.

Volví a cambiar de opinión cuando leí otra novela brevísima y hermosa de Richard Bach, Juan Salvador Gaviota, una extraordinaria fábula que era un canto a la libertad y que enseñaba a cualquier lector que la libertad es posible siempre que se luche por ella.

La gaviota, terca y de vuelo corto y raso, como la mayoría de los seres humanos, prefiere no moverse de su zona de confort. Juan Salvador Gaviota fue traducida a más de treinta idiomas, lleva vendidos más de treinta millones de ejemplares, ha sido llevada al cine y ha inspirado obras musicales, como el álbum del mismo título de Neil Diamond, su mejor obra.

En ocasiones, parece que el mundo se volviera del revés, que se retorciera hacia adentro y nos enseñara sus entrañas. No solo las gaviotas se rebelan, aunque estas ya lo hicieron hace tiempo buscando alimento. Caco Senante cantaba Una gaviota en Madrid, pero si hubiese indagado un tanto se hubiera percatado de que estos pájaros se habían metido tierra adentro buscando la vida en los estercoleros de todas las grandes ciudades.

Cuando nos confinamos –o mejor, el Gobierno nos confinó– muchos madrileños escucharon por primera vez el canto de los pájaros en la Gran Vía. La SER reprodujo este descubrimiento como si fuese una primicia y, a través de las ondas, con detalles exhaustivos, nos informaron que dentro de nuestro mundo habitaba un mundo menor cuyos habitantes se pasaban todo el día gorjeando. En el asfalto vacío de toda España los gorriones reinventaron su existencia y los vencejos volaban de locura descubriendo el cielo usurpado.

Cualquier día, la rebelión en la granja, como escribió George Orwell, se torna real y, abandonando una esclavitud de siglos, los animales se nos rebelan para siempre. Quizás será la revolución más moderna y legítima, también la más aplazada. No solo la tierra y el cielo están en peligro.

Desde agosto se han conocido varios casos de orcas que golpean barcos en las costas gallegas. A finales de este mes, un velero francés llamado Daito fue golpeado ligeramente a la altura de Ons mientras navegaba hacia Baiona, aunque sin sufrir desperfectos. Las acometidas se han repetido en distintas ocasiones.

Primero fue el Mirfak, buque de la Armada, al que embistieron y arrancaron el timón mientras navegaba cerca de Corrubedo. El sábado pasado le tocó al velero británico Beautiful Dreamer, que fue golpeado hasta quince veces cuando pasaba cerca del cabo de Prior. Lo mismo ocurrió después con tres embarcaciones de recreo.

Nos parece un mito, claro, la posibilidad de que los animales se puedan rebelar después de siglos sometidos a la voluntad humana. Tal vez necesitemos de unos cuantos confinamientos más para entender que la vida ha dado un vuelco, y mirándola ahora, del revés o bocabajo, la ecuación no es ya la misma.

Hemos abusado tanto de este planeta que el cambio climático no es una amenaza sino una sombra cada vez más visible en el horizonte. Insiste Hare Jahren en que la pobreza del mundo no existe porque somos demasiados o porque la Tierra tiene sus propios límites, sino porque no compartimos. Dice la geobióloga estadounidense: “Si todo lo que tiramos lo guardásemos, podríamos dar de comer a todas las personas que habitan hoy el planeta”.

Y quizás, añado yo, las gaviotas no tendrían que cruzar montañas y mesetas de nuestra península en busca de estercoleros urbanos donde alimentarse. Claro, que también algunos cantautores tendrían que inspirarse en otros pájaros menos carroñeros para componer sus canciones pegadizas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

  • 18.9.20
Releo algunas páginas de Patria, la novela de Fernando Aramburu publicada en septiembre de 2016 y que Aitor Gabilondo (San Sebastián, 1972) ha adaptado para crear la serie de título homónimo para HBO y que se estrena hoy viernes en el Festival de Cine de San Sebastián y el 27 de septiembre en HBO, plataforma que la ha producido.



Gabilondo compró los derechos cuando el libro aún no se había publicado. Aramburu se mantuvo en todo momento al margen del proyecto televisivo, y le dijo a Gabilondo: “Yo ya hice mi novela, ahora haz tú tu serie”. La novela, imprevisiblemente, vendió un millón de ejemplares, un superventas en tiempos de bajas tiradas y cuando el nivel de lectura anda por los suelos.

El primer sorprendido fue el propio novelista. Me lo dijo entonces, recién publicado el libro. Me dijo que él era un escritor de minorías, que de cada libro se tiraban dos mil ejemplares, como mucho. Tiene su mérito. Él también escapó del País Vasco, pero no por miedo, sino por amor. Se enamoró y se expatrió en Alemania.

No engañó a su mujer. Ella le apoyó. Le dijo que quería ser escritor y que abandonaba la docencia. Ella aceptó ese reto sin sentido, al menos por un tiempo. Él aportaba al matrimonio los beneficios por sus derechos de autor y los complementaba con los beneficios que recibía por sus crónicas deportivas. En 2014, cuando publicó Ávidas pretensiones, me confesó que había decidido dedicarse al periodismo deportivo y tomarse unas vacaciones literarias. “Me permiten pagar mis facturas mensuales, claro”, me dijo. Pero, en realidad, andaba ya pergeñando las páginas de Patria.

Lo conocí en 2012, con motivo de la publicación de una novela breve, Años lentos. En ella hablaba del terrorismo de ETA, de aspectos acaecidos en su niñez y que, como ciudadano, no le dejaban indiferente. La novela dibujaba el perfil de un cura, de aquellos curas, que adoctrinaban a jóvenes para ingresar en la banda terrorista.

Él mismo, lo dijo en aquellos años, pudo ser miembro de la banda. El adoctrinamiento no funcionó con él. Quién sabe por qué razón. En aquellos días ya andaba metido en otro libro que todavía no sabía que sería Patria. Decía que quería contar más cosas y que aquellas cosas estuvieran relacionadas con su pasado y con su país.

Volví a verlo en 2014, cuando publicó Ávidas pretensiones, una novela en la que predominaba el humor de un autor que, al menos aparentemente, era de todo menos gracioso. Podría decirse que es un humorista modesto. El libro era una sátira en la que recreaba lo que sucedía en un congreso de poetas celebrado en un colegio de monjas.

Ni los poetas ni las monjas lo distrajeron de volver a su tierra y meterse de lleno a desenredar la telaraña oxidada del terrorismo. En un hombre como él, poco dado a las risas, sorprendía su interés por un humor avieso, retorcido, negro, que “no prescinde de la inteligencia”. Porque él no asociaba el humor a la alegría, ni al optimismo ni a la fiesta.

De golpe, como si un huracán invadiera su vida, dejó de ser un lector de tiradas pequeñas. Ni él mismo se lo esperaba. Patria, una novela 646 páginas, estructurada en capítulos breves y de prosa ágil, supo abrir a todos el dolor que el terrorismo había dejado en Euskadi. No solo era su obra más extensa, sino también la más ambiciosa.

Lo que ocurrió después ya se sabe. En septiembre, sentado frente a mí en mi despacho de la Facultad, sospechaba que aquel invento literario se le escapaba de las manos. Le pregunté si el título, Patria, tan breve, era el más rotundo y certero para una historia que todavía sangraba. Y él me respondió que, para algunos, la patria es un espacio físico. Y, para otros, un espacio sacralizado. Era el título.

En aquella entrevista, lo describí así: “Siempre viste de negro. Hoy su camisa luce diminutas flores blancas sobre un fondo negro. Los vaqueros y las deportivas también son negros. Las gafas, de pasta, negras. La mirada, serena. La calva, in crescendo. Es de ánimo sosegado. No se enciende, incluso cuando se adentra en aspectos de su pasado que le duelen. Es de una oratoria convincente. Sus palabras, medidas y correctas, sin dar pie al malentendido o a cualquier sentimiento indomable. Dice que ahora no hay atentados, pero reconoce también que algunos presos vuelven investidos en homenajes, rodeados de pancartas y parapetados de bandas de música”.

De aquellos años de fuego ha quedado, sobre todo, el dolor y sus secuelas. No sabemos su opinión sobre la serie televisiva. Sabemos, eso sí, que Gabilondo le envió a Hannover los guiones antes de rodar, sin que él se lo hubiera pedido. Aunque tampoco él espera ver en la pantalla su novela.

Hace solo unos años vendía dos mil ejemplares, como mucho, de cada novela. Así que igual no le molesta cómo el cine ha interpretado su historia, cómo se ha descrito con otro lenguaje: el audiovisual. Un millón de ejemplares vendidos no es ninguna broma en un mundo en el que la lectura va siendo, cada vez más, el reducto de unos cuantos que, por si acaso, también nos asomaremos a la pantalla para observar cómo un libro bien escrito sobrevive al mismo papel.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 11.9.20
Hoy veo el mundo a través de la ventana cuando todavía no ha amanecido. Hay ya un otoño que apuesta por arrebatar su espacio a un verano impostado, diferente, extraño. Hay una luz que no es la de siempre, pero es, quizás, nuestra mirada la que no está limpia y observa por el retrovisor del cerebro para escudriñar el paisaje muerto del ayer. Hay, a lo lejos, huellas equivocadas, restos de confeti, colgajos de alegrías innecesarias, de promesas incumplidas. Hay en los ojos que no han visto esta vida de ahora una sensación encogida de no querer aceptar la tiranía impuesta.


Hoy amanece con una luz desviada que anuncia lugares irreconocibles, bosques deshilachados, playas muertas de olas vivas, ciudades que duermen sueños embalados en cajas de azufre, hospitales con tránsito de duelos preventivos. Hoy los pájaros buscan en el cielo vacío su libertad de otros días y las carreteras henchidas de asfalto conducen a ninguna parte o a túneles que buscan en la oscuridad la luz inexistente. No hay posibilidad de husmear en la tierra las hierbas baldías de una cosecha que ya nadie espera.

Andando a paso lento y medido, el viandante es capaz de sumar los latidos alterados de su vida hasta ahora inalterable, sus días cambiados por otros irreconocibles, horas mojadas de agua fina que alagan los pulmones, y afuera cada jornada es parte inamovible de una estructura en continuo movimiento, esa espiral de horarios elásticos y sordos que encubren otras posibilidades de la tristeza. 

Andando la ciudad, nadie reconoce los días pasados bañados de una felicidad torda que nos atrapaba hasta las cejas, aún cuando las tormentas desmochaban montes y arreciaban las calles de un lodo espeso como el chocolate y sepultaba en su alma salvaje una civilización que ya se nos iba al carajo.

En aquel mundo compartido hasta ayer nada era real ni onírico. Confundíamos los sueños con la falsa sensación de que algún día todo podría cambiar y anhelábamos de la realidad cuanto no nos iba a ofrecer. Ahora, las puertas están cerradas con un hermetismo imbatible y los puentes se mueren en su mismo proyecto de traspaso de uno a otro lugar. Los caminos, pedregosos, son intransitables y, a lo lejos, donde los ojos se pierden en un horizonte sin delinear, los árboles echan raíces hasta sumergirse en su propio tronco y alcanzar el centro de la tierra por miedo a perecer en su misma esencia.

Hay en todas estas sensaciones que amamantamos un espíritu infantil aderezado de una retórica compacta y muda, que nos encierra en nosotros mismos y nos muestra el rostro que ansiamos ver, que nunca es el nuestro. En esta equivocación que nos persigue como un perro manso, hay la sensación de que estamos en mitad del desierto con una cantimplora vacía de alternativas, apostados en las dunas a la espera de una guerra que nunca será la nuestra. Mientras tanto, escondemos los ojos a un sol inmisericorde que ciega otras dunas que tampoco esconden oasis ni rascacielos, ni señales de tráfico ni carteleras de cine.

Apenas se nos ha acabado el presente y ya escudriñamos en un futuro que no está en esa otra vida que no alcanzamos a definir. Nos gustaría construir un edificio como el de antes, donde ahora solo hay cristales muertos y recuerdos desvencijados. Hoy miro el mundo y solo veo otro mundo postizo que no entiendo. Entre el hoy y el ayer, hay una distancia ínfima que divide dos mundos que se bifurcan, aunque nunca compartieran las astillas del mismo desahucio, los olores demoledores de un adiós precipitado. Hay en todas aquellas palabras prestadas un tono de afectividad sin significado, un vacío que nunca conocimos, porque siempre lo llenamos de proyectos sospechosos e imposibles.

Ahora que amanece es otro el día, y mañana, cuando nos hayamos hecho a la vida que han fabricado a la medida de nuestro perfil, buscaremos en los lugares más inhóspitos los deseos adulterados, las pasiones sin control que logramos domeñar a base de frases en las que no creíamos. Y más abajo, donde los pies pisan una tierra de nadie, indagamos el camino dejado atrás donde nadie habita. 

Hay un color anaranjado en el cielo que se pierde a lo lejos y una imagen estática en la memoria colectiva, la fotografía de una ciudad que nadie reconoce como propia. Después de todo, la memoria solo es un depósito de ratos muertos, de rostros irreconocibles, de sueños desbarajustados.

Miro el mundo cuando amanece y, afortunadamente, sé que hoy el día será diferente, tal vez feliz, sobre todo reconocible, mío.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 4.9.20
En mi adolescencia una melodía edulcorada y melancólica invadió de lleno nuestras vidas. Se escuchaba en todos los bares, en todas las ventanas entreabiertas y en todas las radios, como si el mundo entero se muriera de amor a nuestros pies. Se trata de La distancia, la canción que Roberto Carlos hizo eterna.



En realidad, prácticamente todas las composiciones de verano hablaban de desamor, del sentimiento que un día se diluyó sin razón evidente. La poesía, en cambio, habla más de amores imposibles, de aquellos que no pudieron ser. Y se entiende, porque muchas canciones nacieron al calor de las tabernas y con el olor de la cerveza y el aguardiente.

Tal vez ahí radique su tono a veces cursi y su verdad sin remilgos. Estos días de distancia y de distanciamiento social se me ha venido a la cabeza en ocasiones aquella letra apasionada con la que fustigaba nuestro corazón el cantante brasileño.

La distancia a la que nos somete diariamente la covid-19 no encuentra, desafortunadamente, en el amor su causa más honrosa, sino en el peligro de infectarnos de otras fiebres que a todos nos trae de cabeza. Cabría preguntarse cuántas relaciones se habrá llevado este virus a su paso por cada huésped, cuántos se quedaron a mitad de camino y cuántos sucumbieron a una pérdida definitiva sin haber escuchado la letra trasnochada de aquella canción de mi adolescencia.

Pero no. Esta distancia es otra. Esta es una distancia que nos conduce a un abismo de consecuencias imprevisibles, que sin pretenderlo ya nos ha cambiado y seguirá haciéndolo cuando andamos metidos en sueños y en descuidos cotidianos. Ahora sabemos, como nunca lo aprendimos, lo vulnerables que somos. Pero, como dice la filósofa Claire Marin, muchos ya quieren volver a olvidarlo.

El otro día, hablando con unos amigos, decían que esperaban que el año próximo pudiera celebrarse la Semana Santa y la Feria. Los escuchaba atónito. Aunque así fuera, no pisaré las calles de Sevilla atiborradas de paisanos buscando las imágenes de los santos ni pisaré el real si para acercarme al lugar debo enlatarme en un vagón de metro como si fuera una salchicha empaquetada o una sardina enlatada en aceite.

Este tiempo de distancias y distanciamientos me ha permitido valorar que prefiero los bares moderadamente llenos o vacíos, las calles discretamente habitadas por peatones que caminan con una serenidad aprendida estos días, las playas en las que las gaviotas vuelven a compartir la arena con nosotros.

Había en aquel mundo olvidado por unos meses una sensación de agotamiento total, de espacios arrebatados de unos a otros, como si todos nos arrebujáramos en los mismos rincones y dejáramos el resto del planeta abandonado al caos.

La distancia, claro, provoca heridas que dejan sus secuelas para siempre en nuestra piel, pero también nos oxigena de un mundo acabado que nunca quisimos ver, de un calentamiento global que nos transporta sin remisión a otro planeta que no alcanzamos a imaginar pese a tanta información como recibimos a diario.

Silvia Ayuso pregunta a Claire Marin que, entonces, aunque las rupturas pueden ser una oportunidad, también habrá que calcular bien sus riesgos. Marin responde con esta frase imprescindible: “Sí, está la esperanza de encontrarse, pero también el riesgo de perderse. A menudo tenemos esa idea de que al cambiar seremos mejores. Cuanto más importante es la ruptura más pensamos que todo va a cambiar, y podemos encontrarnos con los mismos problemas en otros contextos. Me alucinan todas esas nuevas vidas que no son más que una repetición de la precedente, en otra ciudad o con una mujer más joven”.

La covid-19 ha llegado y nos ha puesto contra nuestra propia vida, nos ha enseñado a estar solos, nos ha empujado a estar con nosotros mismos. Y tal vez nos hemos acostumbrado o nos hemos asustado, pero ya es imposible mirar a otro lado y no descubrirnos en el espejo, saber que adonde vamos, nos llevamos; adivinar que los sueños, sin que los manejemos a nuestra voluntad, nos deletrea la vida con nuestra propia mano.

Hay entre tantas distancias y tantos distanciamientos impuestos un velo de elegancia, un tono recogido en la voz, un respeto hacia el otro que no lo había antes, donde todo eran voces altisonantes en los espacios públicos, abrazos innecesarios y arrebatados, un humo desvaído que no era precisamente la secuela de un cigarrillo, una terraza atiborrada de parroquianos que solo pensaban en romper la noche con su felicidad alquilada a una nómina insuficiente.

Hay en aquella vida que hemos dejado atrás una turbia mirada de frustración, una sensación inmadura de que algo no andaba bien en este mundo del bienestar social que ya andaba desmoronándose ante nuestras narices. Aquel sueño prefabricado se difuminó de golpe en un solo día, cuando nos aconsejaron confinarnos en nuestras casas y desde nuestras terrazas –quien dispusiera de ellas– observar el mundo parado, cayéndose a pedazos, sin que nosotros pudiéramos hacer nada, partícipes de una guerra muda que nos estaba matando por dentro.

Qué duda cabe. Este es el momento de cambiar aquella vida de saldo. Y volviendo a escuchar los estribillos cansinos y sobrepasados de azúcar de Roberto Carlos, podemos también imaginar, gratuitamente, que una mujer, a la que tal vez no conozcamos –o mejor, a la que ya conocemos–, nos espera para romper toda distancia artificial o artificiosa. Mejor será, porque mi terraza la tengo ya muy vista. Y afuera, el mundo no sé para dónde va.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 28.8.20
Ringo Starr ha cumplido 80 años. Lo vemos vestido de negro, con gafas oscuras y cascos, sentado a la batería e interpretando con la cantante californiana Sheila E. Come Together, la canción mítica que abría Abbey Road, el último long play de The Beatles, aunque en realidad al final lo fuera Let it be, grabado unos meses antes. Come Together fue un plagio involuntario por parte de John Lennon de la canción de Chuck Berry You can’t catch me.



Este le demandó y llegaron al acuerdo de que John debía grabar un disco que se titularía Rock’n’roll y donde incluiría una versión original de la canción de Berry. Pese a todo, Come togheter se mantuvo como uno de los himnos más identificativos del grupo de Liverpool.

Veo ahora a Ringo Starr pegándole a la batería con una edad impostada, una técnica más refinada y una pasión por la música insólita. Fue el último en incorporarse al grupo, el menos creativo, un cantante mediocre y músico con poco que decir, pero era simpático, no demasiado alto, narigudo, y siempre tenía una sonrisa abierta que ha logrado cultivar y mantener con los años.

John Lennon decía de él –bromeando seriamente– que había sido el peor batería de The Beatles. Desde luego, a los 80 años maneja los tambores mejor que cuando se unió a los amigos con los que obtendría la inmortalidad, en este y en el otro mundo.

Ahora es abuelo de ocho nietos y un bisnieto, sigue igual de dicharachero que siempre y el año pasado publicó su último álbum titulado Waht’s my name, en cuya canción con igual título y, con el mismo humor al que nos tiene acostumbrados, él se pregunta cuál es su nombre y el coro le responde: “Ringo”.

Como no era nada creativo, sus compañeros le incluían alguna vez palabras o alguna frase en sus canciones y por esa misma razón puso voz a dos temas icónicos del grupo de Liverpool: Yellow submarine y With a little help from my friends. Y solo alcanzó a componer entonces dos canciones: Don’t pass me by y Octopus's Garden.

Mi generación vivió con la música de The Beatles, pero a partir de su separación. En 1970 Ringo Starr cantaba en solitario It don’t come easy, canción producida por su compañero George Harrison y compuesta a medias con él, igual que ocurriría con Photograph, sus dos principales éxitos. Yo había cumplido trece años y el grupo ya llevaba un año separado.

My sweet lord, de George Harrison, fue el himno de mi adolescencia. Prefería al beatle tranquilo antes que al siempre controvertido Lennon, al vanidoso McCartney y al inoperante Starr. Conservo una foto de aquel entonces en Las Zorreras y mi semejanza con el Harrison del disco blanco, como dice también Manuel Bellido, es asombrosa. Nos mimetizabámos.

Ringo Starr siempre fue un tipo con suerte. Nació con estrellas y las ha lucido hasta ahora en su nueva vida de octogenario feliz. Se había criado en una familia obrera y había sido dependiente en la carnicería de un pariente, pero a sus 13 años ya sabía que quería ser músico. Ignoraba, eso sí, que el destino le reservaba un lugar privilegiado donde acomodar sus sueños de adolescente.

En 1960 sustituyó a Pete Best como batería del grupo musical. También hizo sus incursiones en el cine, pero el azar no le había reservado ninguna butaca en la primera fila del éxito. En 1975 se divorció de Maureen Cox, que murió de leucemia en 1994, madre de tres de sus hijos, y fue en 1981, en el rodaje de la película Caveman, cuando conoció a Barbara Bach, con quien lleva casado 39 años.

La vida le fue amable siempre, ha reconocido en alguna ocasión, pese a los excesos en sexo, alcohol y sobre todo drogas de los que abusó durante años, pero un día optó por una vida más serena junto a su mujer y en ella se ha alambicado con una energía que nadie sabe de dónde le brota. Tanto es así, que confiesa que seguirá tocando la batería después de los 80.

No era el líder, ni mucho menos, pero sí el más simpático del grupo, y servía de lazo de unión entre los demás. Nunca dio un palo al aire –sirva como metáfora, claro–. Nació de pie y vivió en la gloria todos estos años. No es nada vanidoso, porque sabe, a ciencia cierta, que todo su arte es haber formado parte del grupo más icónico de la música pop.

Siempre fue un cantante de medio pelo y batería mediano, pero supo poner una sonrisa a cualquier desaguisado entre John y Paul. George era con quien siempre le unieron mejores lazos de amistad. El beatle tranquilo vivía una soledad impuesta por los dos líderes y se dedicó a componer canciones de un triple LP para cuando el cuarteto se fuera a la mierda.

Ayudó a Ringo en la grabación de sus primeros discos y contó con él para grabar The Concert for Bangladesh. A nuestros trece años vimos el concierto en un cine de Córdoba. Nos acercamos a la capital en un tren de cercanías que tardó más de dos horas en poner punto final a su carrera de caracol. Cada vez que el maquinista veía un cortijo, hacía una parada. Logramos llegar a tiempo en aquel tren que nunca tuvo problemas con las prisas.

Ahora veo al octogenario Ringo Starr tocando la batería con más ímpetu que cuando lo hacía en aquel concierto por Bangladesh o en otros anteriores con sus compañeros de The Beatles, y veo que la vida ha pasado, no solo por él, sino por todos, y que, pese a los años, nos ha quedado en la piel un amor tan hondo por la música que sin ella sería imposible descifrar nuestras horas presentes e imponer a los días otro ritmo que no sea una secuela de aquellas melodías que nos transformaron para siempre en lo que ahora somos. El abuelo Ringo seguro sé que estará de acuerdo conmigo. Ahora lo veo sonreír. Como siempre. Y sigue sin dar un palo al agua. Pero ahora toca la batería mejor que antes. A sus 80 años.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 21.8.20
La periodista y escritora Laura Fernández ha escrito que la nueva normalidad no es la vieja normalidad con mascarilla. ¿Entonces de qué va esto? Bueno, es un pensamiento de ella pero que también es nuestro o lo ha sido alguno de estos días. No. La nueva normalidad es otra manera de mirar el mundo y de entender la vida.



No hay que recular al pasado, porque, como decía Joaquín Sabina, adonde uno fue feliz nunca has de volver. Esta, qué duda cabe, ya es otra vida. Y la mascarilla solo es el símbolo más visible e insignificante de un cambio mucho más profundo y no siempre negativo.

En aquellos días que dejamos atrás, hemos ganado en salubridad e higiene. Los baños de bares y restaurantes están aseados o más aseados que antes. Antes de sentarte en una terraza desinfectan sillas y mesa, te sirven servilleta personalizada, mantenemos una distancia prudente, aunque no siempre suficiente. Hay un respeto distanciado entre los ciudadanos que antes no alcanzábamos a imaginar. Se grita menos. Qué placer.

Se pone en duda, y con razón, si para ver una corrida de toros tenemos que estar apiñados como sardinas en escabeche. El argumento siempre es el mismo: no es rentable. Tampoco las discotecas son rentables ni otros espacios de ocio. No es así. Son rentables, pero no tanto como antes. Son los negocios del pelotazo. Turismo y restauración generaban generosos ingresos a los empresarios y creaban empleo estacional y precario. Pues tampoco será para tanto.

El permanente pelotazo de las empresas en este país, que nació con el franquismo en los años sesenta y se desarrolló con toda solvencia en plena Transición y años posteriores. Con el turismo, el ocio, el fútbol y la hostelería. Entre otros chiringuitos. Pero que nadie se engañe: esta crisis económica –también sanitaria–, además de apretar el cinturón a los desheredados de siempre, lo hará a su vez a los pilotos de Iberia y otras compañías aéreas –y no me refiero al cinturón de la cabina del avión–. Y a otros asalariados de la elite empresarial. Esta crisis, quién sabe, igual nos hace un poco más iguales.

Es cierto, como escribe Mar Padilla, que en el código del ser humano está escrita a fuego su condición de animal social. Y ahora, tan sociales como somos, resulta que tenemos que aprender a vivir con el imperativo de la distancia social. Incluso con la posibilidad de volver al confinamiento.

Ahora somos especialistas en abrazos rápidos, de lado y con mascarilla. Saludamos con el codo o con el pie, claro, y sonriendo, porque, en esta ceremonia del absurdo, hay aspectos que no entendemos o no queremos descifrar. Viajamos toda la familia en el coche: pero mejor callados y cubiertos.

Hay en esta nueva vida, pero tan real, un postureo de desconfianza que no es de nuestros días, aunque tampoco inventado. El miedo sigue siendo nuestro mejor aliado. Mar Padilla cita a la escritora Helena Fitzgerald cuando dice que el amor es lo contrario de la higiene: “De la saliva al sudor, nuestros flujos íntimos se contienen ante el riesgo de contagio”.

Hanif Kueishi, en su fabuloso libro Intimidad, escribe esta gran verdad antes de que la covid-19 contagiara nuestros hábitos más íntimos: “Por desgracia, nada es tan fascinante como el amor. Sé que el amor es un trabajo sucio; tienes que mancharte las manos. Si te mantienes a distancia, no sucede nada interesante. Además, debes encontrar la distancia adecuada entre las personas. Si están demasiado cerca, te aplastan; si están demasiado lejos, te abandonan”. Me da la impresión, en cualquier caso, que estos ejercicios tan íntimos los hemos abandonado para la última fase de todas las desescaladas que nos esperan.

No vale solo con la comunicación visual, aunque sí es cierto que en la profundidad de los ojos hemos descubierto un lenguaje que se perdía con el rostro descubierto. Aunque también la mirada engaña o puede engañar, claro está. Tal vez, como apunta Laura Fernández, se trata de afinar la puntería, de pensar en pequeño, de reducir nuestras posibilidades de felicidad a un mundo más estrecho, pero también real y cercano, para que no nos despisten de los sueños que se disipan en cualquier amanecer.

Ella siempre quiso pensar y soñar en pequeño, pero la normalidad impuesta hasta ayer se lo impedía, le obligaba a pensar en grande, había algo que siempre perdía y la pérdida, en realidad, eras tú, escribe: “Vivíamos desplazados, lejos de nosotros mismos. Puede parecer absurdo, pero nunca habíamos paseado tanto por el pequeño pueblo en el que vivimos como ahora. No conocíamos a nuestros vecinos, ni ellos a nosotros. La acción, la vida, siempre estaba en otra parte. Pero ¿lo estaba en realidad?”.

Ahora la película ha venido a nuestras propias vidas para meternos en ella, participamos en la redacción del guion, no inventamos, sino que sufrimos todos el mismo dolor y el mismo miedo. Hay un contagio participativo de querer vivir, de reinventarnos, o de inventarnos de una vez por todas, de saber quiénes somos aún con el pánico encendido de saber o de adivinar que todo se puede acabar, que toda película, buena o mala, tiene un final feliz o no. Pero lo escribimos nosotros. Ahora podemos arrimarnos o mantener la distancia con la vida, pero, sobre todo, habrá que inventar un nuevo método para no dejar de ser quienes realmente somos. O de una puta vez, para ser nosotros de verdad.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

  • 14.8.20
Hay historias nacidas de la Historia y para la Historia, aunque en realidad se parecen mucho más a la Literatura. La vida es así de caprichosa. Y basta con que le soples un sueño en el oído a un ciudadano que cruza la calle para que le salga un conejo de la oreja. La fantasía, en cualquier caso, tiene sus propias reglas y no le vale cualquier protagonista para generar una fábula inspirada en un tiempo pretérito o en el devenir.



La imaginación del escritor español siempre encontró en el pícaro uno de sus personajes favoritos, pero nunca desdeñó a la nobleza, incluidos los reyes, porque tampoco estos escapan a la engañifa que tanto engancha al lector. Hay dos reyes en la península ibérica que vivieron escenas de cine. El primero es el emperador de Brasil Pedro I. El segundo, Juan Carlos I, nuestro rey emérito.

En 2011, el escritor Javier Moro ganó el Premio Planeta con una novela titulada El imperio eres tú, una minuciosa crónica de la vida del emperador de Brasil Pedro I, que reinó en la primera mitad del siglo XIX, un hombre, que encarna, dijo entonces su autor, "la larga historia de la lucha del hombre por la libertad, en concreto el hombre que forjó la independencia de la primera nación latinoamericana" y que define como una de las personas "más sorprendentes, pintorescas y originales".

Moro también dijo entonces a Felipe VI, en el acto de entrega del premio, que Pedro I fue "español, nieto de Carlos IV, digno y glorioso antepasado vuestro, que estuvo siempre del lado de la Historia, en una época de monarquías absolutas".

Para quien no lo sepa o no lo recuerde, la Independencia de Brasil comprende una serie de eventos políticos ocurridos entre 1821 y 1824, que incluyeron conflictos entre Brasil y Portugal. La proclamación de independencia presentada por el Imperio de Brasil tuvo lugar el 7 de septiembre de 1822.

A diferencia del resto de guerras de independencia hispanoamericanas, la de Brasil fue un proceso independentista pacífico y además fue dirigido por un miembro de la familia real, el príncipe heredero Pedro I, que se convertiría en emperador.

El régimen resultante fue el Imperio de Brasil, una monarquía constitucional que perduró hasta 1889, el régimen monárquico independiente más duradero de América. Es decir, el príncipe heredero apostó a favor de la colonia portuguesa contra la propia metrópolis. Es la razón por la que Brasil es un solo país y no se diseminó como ocurrió con la independencia de las colonias españolas. Aún hoy, Brasil es el país más extenso de América Latina, con 8.514.877 kilómetros cuadrados. Le sigue Argentina, con 2.794.600.

Pedro I fue un marido desleal. Se le atribuyen 120 hijos y reconoció a una docena. No se olvide que por sus venas corría sangre borbónica. La familia de Pedro I se vio obligada a huir a América huyendo de Napoleón, y así aconteció, dijo entonces Moro, cómo “la primera vez que una monarquía europea se fue a las colonias y con ella el 10% de la población de Portugal, que trasladó la capital del reino desde Lisboa a Río de Janeiro". Lo que vino después ya es Historia y Literatura.

La segunda historia, protagonizada por Juan Carlos I, todavía es tiempo presente, pero ya comienza a ser leyenda. Es decir, Literatura. Vivió 58 años en La Zarzuela. Así que, una vez que decide salir de aquel palacete, extrañará su zona de confort.

El comunicado con el que la Casa Real anunció la marcha del Rey emérito, en la tarde del 3 agosto, tiene los cabos bien atados. Miguel González ha escrito en El País que cada palabra del texto estaba cuidadosamente medida, sobre todo siete de ellas: “Trasladarme, en estos momentos, fuera de España”.

Como apostilla González, para funcionarios y militares, trasladarse es cambiar de destino a otro lugar, ya sea de modo voluntario o forzoso. En este caso, el rey emérito abandona el que fue su reino –y lo sigue siendo de algún modo– obviando algunas obligaciones. Como dice el proverbio, el capitán nunca abandona el barco y, en caso de naufragio, siempre es el último en saltar al vacío.

Pedro Cruz Villalón, catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Madrid y presidente emérito del Tribunal Constitucional, nos ha aclarado estos días si el actual lugar de residencia de don Juan Carlos ha sido o es una cuestión puramente privada: “Este padre del Rey, como es frecuentemente el caso, forma parte de la dinastía histórica en cuya virtud la Constitución, con su nombre y apellidos, lo reconoció como Rey de España y cabeza del vigente orden sucesorio. En esa condición, don Juan Carlos en encuentra indefectiblemente incorporado al orden de sucesión en la Corona y, en su caso, a la provisión de la Regencia”.

Por esta razón, el rey emérito es hoy el tercero, como dice la Constitución, “más próximo a suceder en la Corona”. Salvado el supuesto, añade Cruz Villalón, “de que se hiciera efectiva una hipotética renuncia acompañada de la preceptiva ley orgánica”.

En cualquier caso, este catedrático emérito advierte: “Las Cortes Generales no pueden sustraerse a la inmensa responsabilidad de poner orden con sentido auténticamente político en un descomunal desaguisado constitucional del que como comunidad política debemos ser capaces de salir con la dignidad requerida”.

Mientras, tanto el Gobierno como la Casa Real eluden informar del paradero de Juan Carlos I. La razón que esgrimen es una boutade: se trata de un viaje privado. Pero, como recuerda Miguel González, no se trata de un ciudadano cualquiera: sigue formando parte de la Familia Real, viaja custodiado por escolta policial que pagan todos los españoles, está aforado al Tribunal Supremo y, como antes se ha dicho, no ha renunciado a sus derechos dinásticos sobre la Corona.

El príncipe portugués Pedro I se proclamó emperador de Brasil. La corona de Portugal se le antojaba que no le encajaba en la cabeza. Vivió como un rey sentado en el trono de un emperador. Juan Carlos I anda en paradero desconocido. También ha vivido como un rey siendo también monarca. Pero la vida, al final, reserva sus propias paradojas para quienes quisieron escribir en la Historia su propia Literatura.

Así que a nadie escapa que este trance nacional tenga final de novela. O, como ha escrito Manuel Cruz, recordándonos el cuento clásico y sin hacer referencia alguna a nuestro rey emérito: “No es que el rey esté desnudo: es que se ha quedado sin reino. Y lo que es peor: no lo sabe”.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
  • 7.8.20
"Tocata" es una palabra que proviene del italiano -toccata, «para tocar»-, cuyo significado hace referencia a toda pieza de la música renacentista y de la música barroca para instrumentos de tecla, como el clave o el órgano, normalmente con una forma libre que en general enfatiza la destreza del intérprete.



Leo que las tocatas, también denominadas praeludium, o preludio, tienen una estructura que consiste en una sucesión de secciones fugadas que se alternan con otras de estilo libre y con carácter de improvisación. Leo también que, en las fases más avanzadas del desarrollo de las tocatas, estas secciones fugadas serán la culminación y tendrán relativa independencia. En el siglo XVIII, leo además, la asociación de tocata y fuga era habitual.

Con menos frecuencia, se utiliza el término para referirse a trabajos con múltiples instrumentos. En la vida, que cada cual la compone a su modo y manera, se suele poner primero la fuga y después se componen la cantata y la tocata. Para el caso que nos trae ahora, debemos esperar a los carnavales de Cádiz para que le pongan música y letra. Los chistes, las viñetas y las tiras cómicas están al caer.

Para entonces, ya sabremos algo más del paradero de Juan Carlos I. Mientras tanto, Doña Sofía, desafiando los vientos más adversos, anda de compras por las calles de Palma de Mallorca. Y aquí medio país se las trae a regañadientes con la covid-19 y la otra mitad intrigada y cosiendo un traje a luces y sombras al rey emérito.

Los españoles nunca votamos a favor o en contra de que este país fuese una monarquía, porque ya nos la vendieron en el paquete constitucional. Con el paso de los años, esta falacia de ofrecer dos por uno en el mismo sobre la copiaron con esmero las grandes superficies en su afán recaudatorio y benéfico. Así que durante décadas fuimos una monarquía constitucional a regañadientes, pero efectiva, claro.

El debate de si un día seremos república nos lo ha puesto en las manos el puro azar. España es diferente, como hubiera insistido en calificarla Fraga Iribarne, y nos ha cambiado el guion de un día para otro. No hay precedentes en nuestra historia más reciente de que un rey abandone su país y nos deje a todos sin una explicación infundada pero creíble.

Algunos miembros del Gobierno aducen que el monarca no está imputado y, como consecuencia, es libre de viajar por este mundo de dios a donde le plazca. Iván Redondo, a quien han investido de un conocimiento extenuante en retruécanos mágicos que desconoce la propia ciencia de la comunicación institucional y política, también calla, porque no sabe cómo hincarle el diente a la picardía rocambolesca de nuestro rey.

Se dice que el presidente conoce su paradero y, por supuesto, lo debe saber también Felipe VI. Sea como fuere, un silencio tan prolongado –la comunicación institucional castiga los silencios y las mentiras (Iván Redondo debería saberlo y también la Casa Real)– ponen en solfa a Sánchez y a la corona. Porque el silencio deslegitima y condena, abre paso a otras versiones y cuestiona el derecho a hacerlo.

Donde no hay palabras que justifiquen los actos, los actos encubren, o suelen encubrir, presuntos delitos. Más allá de los amores del rey emérito con Corinna Larsen y sus detalles millonarios –que ya da para una telenovela– este silencio infundado abre paso a otras escaramuzas que esconden incuestionables sorpresas.

Pero Juan Carlos I no sabe bien lo que ha hecho, dónde se ha metido y qué mochila le ha colgado a su descendiente varón con la corona. Ha dejado a su hijo Felipe abandonado en un trono en tenguerengue, en un momento de crisis sin precedentes.

Sobre todo, cuesta entender cómo Juan Carlos ha dilapidado todo un currículum que, con sus luces y sus sombras, había logrado atar el cariño de muchos, el reconocimiento de unos, la alergia también de otros. Su perfil de hombre bonachón y cercano, amante de las mujeres, del buen whisky y de las motos, se ha desbarato como por arte de birlibirloque. Sus implicaciones o sus distancias en la intentona del golpe de estado del 23-F es una escena de este sainete aun por vislumbrar sin las dudas que todavía alimentan muchos españoles.

Hay en esta tocata y fuga de este rey emérito una música de verano pellizcona y fácil de interpretar y una letra de serpiente estival que todos los periódicos alimentarán para vender más papel estos meses, que falta hace.

De entre todas las versiones posibles, yo mantengo mi propia teoría, que es la siguiente. El rey emérito tiene una nueva amante, también rubia, mucho más joven, inteligente y tierna, que le canta su música favorita al oído y le hace carantoñas a cada paso.

Están tendidos en una toalla doble, en las arenas blancas de una isla paradisiaca que adquirió hace años nuestro monarca con fondos opacos a cuenta de sus inagotables comisiones. Ahora le está diciendo que viajarán a África, le apetece ir de safari antes de que los elefantes se extingan de la faz de la tierra, pobrecitos. E

lla le mira incrédula y nada enamorada, pero supuestamente feliz. Y después, le dice también, no te preocupes, volveremos a España. Él la mira con media sonrisa y le susurra muy cerca de sus labios embriagadores: “Igual están preguntando por mí”.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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