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DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

Mostrando entradas con la etiqueta Anestesia ética [Dany Ruz]. Mostrar todas las entradas
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  • 8.6.21
Ahora que vemos la luz en esta travesía varada en mitad del mar me surgen varias dudas acerca de cómo va a sobrevivir la cultura y, en concreto, la música. Sin duda, ha sido uno de los sectores más perjudicados por las restricciones sanitarias. Ahora toca recuperar el espacio que ocupaba en cuanto al ocio y como expresión artística. Incluso debería ocupar entornos nuevos, como método de supervivencia. Debe volver para ser mejor. Pero también debe mejorar para poder volver.


¿Cómo va a sobrevivir el músico amateur?

Durante la pandemia todos hemos encontrado en las redes sociales un espacio de expresión, ya sea de opinión o artística. Esto tiene sus pros y sus contras. Dentro de los pros encontramos una democratización del mercado musical, igualando las posibilidades de expansión y proyección de cada uno de los artistas.

Pero, en relación a esto, encontramos también uno de los contras que más ha maltratado la industria: no hay demanda para tanta oferta. Dicho en otras palabras: no hay público para tanto músico. A pesar de tener las mismas posibilidades de visibilización, el músico amateur se enfrenta al poder de influencia de los músicos consagrados por lo que, ante tal avalancha de nuevos músicos y nuevos contenidos musicales, el público consume aquello que conoce y que sabe que le gusta. El público reduce el porcentaje de nuevas búsquedas y descubrimientos. Se acrecienta así la brecha entre el músico amateur y el músico de renombre.

¿Habrá más canciones propias?

La música ha sido desde que tenemos registros un elemento de expresión. Yo defino la música como "el lenguaje del alma". De este modo, vemos cómo las grandes obras y los grandes artistas han avanzado en la música a través de la expresión de sentimientos colectivos y, “normalmente”, cuando la necesidad ahonda, es cuando necesitamos expresar nuestros sentimientos más tristes y depresivos.

Por poner un ejemplo, encontramos las raíces del flamenco andaluz con la expulsión de los árabes de la Península. O a Elvis Presley y The Beatles, después de una gran depresión tras la Segunda Guerra Mundial. O el punk, como rechazo a las políticas de Margaret Thatcher.

Podemos reconocer que la calidad musical de estos hechos son de gran calibre, representando un antes y un después para la música, tal y como se entendía entonces. Mi hipótesis, no obstante, trata de dilucidar si la calidad musical y los puntos de inflexión están directamente relacionados con el estado del bienestar y con los momentos de crisis.

Esto no significa que, durante los años en los que estamos mas “cómodos”, no haya una calidad musical que merezca la pena transcender sino que, a nivel de masa social, no entendemos la buena música como la predominante –entendiendo como "buena música" aquella que sirva al objetivo primario de ésta (el lenguaje del alma) y no como un elemento comercial a merced de la economía–.

Hemos visto durante todos estos años el auge de estilos musicales y músicas en general de un gusto un tanto dudoso, como el reggeaton en su faceta más comercial y machista o un pop adolescente que derramaba pus de acné en cada acorde –y que conste que no considero estos estilos como algo inferior o peor: sólo me refiero a la utilización de estos estilos como herramienta de capitalización monetaria–.

Hemos tenido unos años de ausencia de referentes musicales a nivel social. ¿Estamos ante las puertas de un nuevo paradigma musical? ¿Estamos ante un nuevo ciclo musical realmente “referente” en la historia de la humanidad como propiciaron en su día Mozart o The Beatles?

¿Habrá una democratización de la música?

Ahora no necesitamos saber solfeo o tocar un instrumento para poder componer. Basta con tener nociones de informática para crear un hit del momento. Al tener acceso de forma igualitaria a los medios de producción musical, cualquier persona puede expresarse a través de la música. Y como ya he dicho varias veces, hay cosas que se pueden decir con palabras pero hay otras que tan solo se pueden decir a través del lenguaje musical.

Dado que hemos pasado una etapa –la del confinamiento– marcada por un exceso de emociones intensas, necesitamos expresarlas. Y, en este caso, la música es de las mejores formas para exteriorizar lo que día a día sentimos.

En definitiva, con las tres cuestiones que he planteado encontramos un escenario musical nuevo, nunca antes visto. Tenemos un acceso ilimitado a los medios de producción, tenemos las ventanas de proyección y una crisis social aún por resolver. ¿Qué música nos encontraremos en el futuro? ¿Será la música la que nos marque el camino? Para saber la respuesta, debemos mantener la mente abierta.

DANY RUZ
  • 18.5.21
Corren tiempos difíciles para reconocerse, para intentar buscar en uno mismo una verdad que, al menos, nos marque el camino que hemos de seguir. Y no es una cuestión moral ni algo propio de un esteta. Tan solo es intentar ser fieles a nosotros mismos, escuchar qué nos dice nuestro cuerpo de adentro hacia fuera.


Corren malos tiempos para la reflexión. Por ello, quiero compartir con vosotros este ejercicio: mirar hacia dentro y deciros qué veo. ¿Quién soy? Sé que voy cambiando como cambian las mareas, que aunque siempre suban y bajen, nunca es el mismo agua. Tengo la sensación de ser un continuo estático. Sin embargo, cambio.

Los objetivos que me marco hacen que viva en un constante pasado y futuro, sin darme cuenta de que mi cuerpo está ahora cambiando. En este preciso instante. Confundo infinidad de conceptos, incluso el de amor. Lo único que me pertenece es la palabra con el que lo defino. Solo la palabra. Y es paradójico porque ésta se convierte en dueña cuando aparece y se transforma en esclava cuando callo. Yo soy un esclavo de mis palabras.

Yo soy. No sé qué soy, pero soy consciente que soy. Me resisto a pensar que soy solo un amasijo de carne y huesos, pero ¿quién soy yo para creerme algo más que materia? Hay una parte de mí que percibo pero que no logro encontrar palabras para definirla. ¿La divinidad la creamos para dar explicación a todo aquello que no entendemos de nosotros mismos? ¿Para comprender aquello que yace en el más profundo fondo de nuestra mente?

Como no tenemos acceso a esa información pero la sentimos, creamos la divinidad y lo explicamos a través del cielo, como espejo de nuestro cerebro. Qué casualidad que conforme avanzamos en conocimiento del cielo, del universo, más conocemos de nuestro adentro.

Qué casualidad que sea en la misma década cuando el hombre pisó la luna y cuando se instauró la neurociencia como estudio interdisciplinar totalmente aprobado. Cuando miro al cielo y me preguntó qué hay allí, tan solo pregunto “quién soy”.

Soy cinco sentidos, y son el oído y la vista los más desarrollados, capaces de identificar la minucias de la realidad. La piel es el menos desarrollado de todos ¿Y si son los estímulos sensitivos del tacto que no entendemos los que catalogamos como divinos? Ya sé qué soy: soy un Dios creado por mí mismo.

DANY RUZ
  • 4.5.21
Cada vez hay menos jóvenes que se dedican a la agricultura. Cada vez es más grande la fractura entre el trabajador de lo rural y el trabajador de lo urbano. Cada vez es más palpable que el oficio del campo es un refugio para las personas que no han elegido el camino de unos estudios reglados.


El hecho de trabajar en el campo se ha convertido, paulatinamente, en un fracaso social. Nuestros padres, con o sin estudios, han formado parte de una generación de transición desde rural hacia lo urbano. El sustento vital de ellos, de una forma u otra, ha estado en la agricultura o en la ganadería.

La gran mayoría ha trabajado el campo en su infancia y adolescencia y, con suerte, algunos pudieron llegar a estudiar y poder acceder a un nivel de vida mejor. Los que no llegaron a estudiar pudieron, igualmente, llegar a un estilo de nivel sostenible y con un poder adquisitivo digno como para formar una familia.

Está claro que la agricultura y la ganadería eran un activo importante para la formación y el desarrollo de un núcleo familiar. De esta forma, podemos encontrar a uno de los mejores médicos que ha tenido sus orígenes laborales en el pastoreo, a un gran ingeniero que ha pasado su infancia entre olivos o a un artista referente que ha trabajado la vid desde que tiene uso de razón.

Es innegable que el origen de la sociedad que hoy disfrutamos ha tenido la base y el sustento en los oficios del sector primario. Trabajar el campo nos ha hecho a lo largo del tiempo conscientes de dónde venimos y cuánto cuesta conseguir lo poquito que tenemos, ya que es un sector que no está del todo reconocido, ya sea por su baja compensación económica o por el gran esfuerzo físico que hay que realizar durante la jornada. Por ello, se estudiaba para salir del campo, para tener mayor calidad de vida.

El paradigma ahora ha cambiado. Las generaciones más jóvenes no han tenido contacto con la agricultura, la ganadería, la pesca y todos sus derivados Cuando antes se estudiaba para salir de lo rural, ahora se estudia para no tener que terminar en lo rural. Hoy por hoy el campo se ve como un refugio de las personas que no tienen estudios.

Existe una visión intrínseca del fracaso cuando una persona se dedica al campo. Significa que ha fracasado en su vida al no poder acceder a un puesto de trabajo “digno”. Esta visión del sector primario creo que ya ha caducado, que ya no es útil para la sociedad en la que vivimos. El siguiente paso, a partir de esta nueva etapa que estamos viviendo, es introducirnos de nuevo en lo rural, en el campo, en el mar, en los oficios más tradicionales.

La dignificación de dichos trabajos pasan por la introducción de jóvenes formados en este sector e incorporar nuevas técnicas de producción, innovación y perspectivas nunca antes vistas. El sector primario debe vivir una revolución, quizás digital o quizás tan solo en la forma en la que miramos al sector. Lo que está claro es que nuestro futuro pasa por la conservación de nuestro sustento de vida.

DANY RUZ
  • 6.4.21
Empezamos de nuevo, en el mismo lugar, pero con el alma más vieja pero ¿más sabia? Más sabe el diablo por terco que por viejo. Si no fuera así, el diablo, en algún preciso instante, puede cansarse de su quehacer y emprender vida en otros lares diferentes al infierno. Y es muy terco. Milenios lleva enclaustrado en su marmita de dolores, penas e injurias. Porque él no entiende una vida a la que no se le castigue por sus pecados.


Me surge una duda: ¿el Diablo es mi instinto animal? ¿Son mis sentimientos? ¿Es acaso Dios mi razón? Comparemos. Infierno: lugar donde se consumen los pecadores de alma y cuerpo. Inconsciencia: lugar donde se recogen todos nuestros instintos. Instintos: voluntad abandonada a la satisfacción de una necesidad emocional y/o sensitiva y que no obedece a una moral ni a ninguna ética.

En definitiva, la inconsciencia es la parte del ser humano más animal y el ser humano, al racionalizarlo, es consciente de que sus actos tienen una consecuencias a largo y corto plazo, tanto para él como para los que le rodean.

El ser humano debe medir la forma, el cuándo, el dónde y con quién satisfacer sus necesidades emocionales para encontrar cierta armonía entre él y el entorno. Encontramos, pues, en la razón un atisbo de peculiaridad, ya que gracias a este mecanismo evolutivo, podemos adaptarnos unos con los otros y reglamentar nuestra conducta acorde al avance del conocimiento humano.

Por lo tanto, cuando el ser humano abandona la razón y es esclavo de su parte animal perece en el infierno, en la eterna culpa de ver las consecuencias de sus actos y no poder controlarse a sí mismo. El cielo lo encontramos arriba y es nuestra paz perpetua.

Los grandes reyes, predicadores, profetas, amantes, profesores, médicos, físicos, músicos y un sinfin de atributos varios, están allí celebrando la victoria al sentir animal. Le han hecho claudicar, fluctuar. Son dueños de la razón porque, si hay algo evidente, es que la razón no te posee, tú la posees y, en cambio, un sentimiento nunca lograrás poseerlo: él te posee, porque es una interacción entre el individuo y el entorno.

Nosotros podemos llegar a poseer el cielo, hacer lo que nos plazca en él, pero a veces nos posee el infierno, nos poseen los sentimientos. Uno no es mejor que otro. Son tan diferentes que se necesitan para existir, para darse vida. Adquiere su significado a partir de su opuesto.

Y aquí estoy yo, cuerpo, en mitad del Infierno y del Cielo, en lo terrenal. ¿Necesito explicar los procedimientos emocionales y racionales de mi alma a través de la explicación de los procedimientos físicos y químicos de mi entorno? Necesitamos conceptualizarlo todo.

Cuando no existe un conocimiento exacto de nuestro entorno nosotros nos lo imaginamos a través de nuestro sentir, no de la razón, ya que ésta es análoga al conocimiento del alma. Y me refiero a "alma" como un todo: la conjunción del inconsciente, consciente y mi cuerpo. Esa es mi alma: todo aquello que habita de mi cuerpo para dentro.

Pero, ¿qué hay de mi cuerpo para fuera? ¿Solo hay piedras? Pienso que no. Es más, lo siento. Siento cómo alimenta mi alma, que la prepara y adapta, pero ella siempre es rebelde. Aquello que forma el entorno es algo independiente de mi alma, pero los dos interaccionamos, podemos modificarnos y plasmar lo más profundo de nosotros. ¿Y cómo puedo llamar esa conjunción? Las dos almas independientes ellas, forman otro uno: forman Dios.

DANY RUZ
  • 16.3.21
¡Cuánto nos cuesta decir “te quiero”! Parece que desgarramos una parte de nosotros y la tiramos al vertedero cada vez que utilizamos esta conjunción de palabras. Parece que nos abrimos en canal y quedamos vulnerables ante la otra persona. Parece que, por orgullo o por miedo a quedar por debajo, nos callamos y encerramos ese sentimiento para no exponernos al sufrimiento por no ser correspondidos.


¡Cuántos problemas se hubieran solucionado con un buen “te quiero” a tiempo! En un mundo donde triunfa un programa de televisión que juega con los sentimientos de sus participantes como si fuera la vaquilla del Grand Prix, es difícil que las palabras “te quiero” tengan algún valor a nivel social.

Quizás se haya prostituido y banalizado el hecho de mostrar nuestras emociones y estemos en un punto de no retorno, donde lo estadístico y lo racional tienen más validez que lo cualitativo y lo emocional. No creo, sinceramente, que sea un paso hacia delante atender cada vez menos lo sensible. Ya lo decía Unamuno en su libro El sentimiento trágico de la vida: el Homo sapiens sapiens no es un ser que se defina exclusivamente por lo que piensa sino porque siente.

“El hombre, dicen, es un animal racional. Y, acaso, lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón. Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar. Acaso llore o ría por dentro, pero por dentro acaso también el cangrejo resuelva ecuaciones de segundo grado”.

Por lo tanto, ¿qué significa hoy por hoy mostrar nuestros sentimientos hacia otro ser? Significa ser humanos y dejar de ser personas. Sería realizar la mayor acción que nos define como humanos, como especie. Y abogo por dejar de ser cada vez más personas, ya que atendiendo a la etimología de la palabra “persona”, vemos que viene del latín y que significa “máscara de actor”. Es decir, abogo por caminar hacia lo que nos define de dentro para afuera y dejar atrás aquello que nos define de afuera para dentro.

No hay algo más humano que sentir todo aquello que nos rodea, ser conscientes y racionalizar este sentimiento. Y no hay gesto que llene tanto a un ser como decir “te quiero”, siempre que sea sentido, huyendo de las inseguridades y de las expropiaciones del alma.

Porque un “te quiero” es un continente que cada ser lo llena de un contenido subjetivo. Porque no es lo mismo un “te quiero” para tu padre, que un “te quiero” para la persona que acabas de conocer y de la que te has enamorado. Un “te quiero” como despedida de un ser querido, como bálsamo, como receta para los males del alma.

Un “te quiero” para despedirme de ti, lector que me lees. Y que seguro que conforme me has leído te han venido varios nombres a la cabeza. Pues cierra esta página y hazle saber a esas personas lo que sientes de verdad por ellas.

DANY RUZ
  • 2.3.21
El lenguaje es para nosotros, los seres humanos, un mecanismo de supervivencia. La complejidad que ha ido adquiriendo nuestro sistema de sonidos, signos y símbolos es un ejemplo claro de la importancia que posee el lenguaje en nuestra vida. Y si nos remontamos a nuestros ancestros podemos observar que su sistema de organización, cultural y de creencias, ha ido avanzando gracias a la herencia del lenguaje, aunque siempre ha estado ligado al sistema cultural predominante.


De hecho, es el lenguaje, tanto hablado como escrito, el que marca las pautas primeras de un núcleo de habitantes. El idioma es vital para una sociedad, ya que determina su forma de pensar y qué pensar. Es una realidad la diferencia existente entre el pensamiento de un portugués al de un alemán, ya que sus estructuras y procedimientos mentales están organizados de forma distinta. Aunque el significado llegue a ser el mismo, el significante varía. 

En definitiva, el lenguaje nos marca de forma inimaginable en nuestra cotidianidad y nuestro quehacer. Incluso una rama de la Psicología estudia tal fenómeno, ya que las consecuencias de un mal uso o de un uso inapropiado del lenguaje puede llevar a un determinado condicionamiento. 

Asumida la importancia de la herramienta principal de nuestra comunicación, veamos la situación actual en la que se encuentra nuestro objeto de reflexión. En primer lugar, debemos ser conscientes de que se ha impuesto a lo largo de los últimos años un sistema de comunicación alternativo al convencional, es decir, al lenguaje directo entre una persona y otra o más personas. 

La implantación de Internet en nuestro día a día ha modificado nuestros métodos de comunicación ya que, aunque el contacto sea directo, el acto de comunicación carece de elementos informativos importantes como el tono, la expresión corporal, los gestos, el volumen... Prevalecen, en cambio, los mensajes cortos con mucha información, las imágenes, lo efímero y lo actual. 

Demos por hecho, pues, que la forma de comunicarnos y nuestro lenguaje están cambiando y nosotros nos encontramos en la cúspide del auge de la nueva era, la de la comunicación. Pero, ¿nos comunicamos correctamente? 

Para responder esta pregunta debemos analizar las variantes situacionales del propio lenguaje, es decir, según la situación, el contexto y los individuos se aplican unas fórmulas u otras del lenguaje. No es lo mismo lo dicho en una entrevista de trabajo que en una cena con los amigos. Cuando la situación genera estrés o presión al emisor, su comunicación se ve afectada, por lo que éste utiliza un lenguaje con mucha más precisión, acentuando los procedimientos de puntuación y con una pronunciación correcta, aunque son inevitables las distorsiones dialécticas, ya que son patológicas. 

Cuando el emisor, en cambio, actúa sin presión, el lenguaje, con frecuencia, carece de validez. Se abusa de las impropiedades lingüísticas. Nuestra mente, ya relajada, olvida las estructuras y normas aprehendidas y surgen los modelos innatos, las redes que forman nuestro lenguaje más primitivo. 

Cuando nacemos y empezamos a hablar utilizamos mecanismos de repetición de sonidos. No pensamos en la grafía. Articulamos palabras de forma inconsciente porque nuestra voluntad así lo precisa. Algo tan primario como comer, orinar o dormir. Aprehendemos y no aprendemos, ya que es algo que adquirimos de forma constante. 

Nos desborda el cambio paulatino del lenguaje pero ¿y los sentimientos? Es aquí donde reside el gran problema del ser humano: racionalizar mentalmente, a través de palabras, algo irracional. Todo lo que nos rodea, objetos todos, es obra del ser humano por no poder expresar lo que siente con unas palabras exactas. 

Necesitamos personificar lo que somos y eso no se hace con palabras. En una entrevista de trabajo podemos esforzarnos por hablar bien. En una reflexión como ésta me he obligado a expresarme acorde con las reglas de la lengua que hablo e intento mostrar, también, algo de lo que soy. Pero el tiempo deteriorará la interactividad que posee este documento, por lo que pierde su esencia total. 

Sin embargo, algo tan cotidiano como Whatshapp soluciona de una tajada este problema temporal. Pero adolece de imprecisión. La comunicación es inexacta y fría: los sentimientos se muestran pálidos; se utilizan estructuras predeterminadas que recuerdan a nuestro aprendizaje innato. 

Vemos, por tanto, que cuando no existe una presión en los interlocutores, el lenguaje es vulgar y con abundancia de imprecisiones léxicas. Necesitamos de un carácter formal para hacer un buen uso de la lengua. ¿Qué sucedería si, en situaciones donde nos encontramos cómodos, usáramos un registro formal y cuidado? Ocurriría que la conversación dejaría de ser fluida, aunque seguro que no se maltrataría la lengua que hablamos. 

Imaginemos, por un momento, que hablásemos con nuestros parientes más cercanos como si de una obra de Shakespeare se tratara. Deberíamos dar por hecho que la educación, la buena educación escolar, es igual para todo el mundo, sin tener en cuenta el nivel socioeconómico o la procedencia demográfica. En ese caso, las variaciones de la lengua surgirían solamente por las zonas geográficas, por lo que utilizaríamos el mismo lenguaje tanto en una situación formal como en una informal. 

Pero la duda llega de nuevo. ¿Lograríamos expresar los sentimientos adecuadamente? Ni con la mejor educación conseguiríamos dar en el clavo con la palabra exacta de lo que sentimos. Cada sensación, cada sentimiento o cada emoción son únicos y diferentes, por lo que, cuando utilizamos una expresión como “¡qué feliz soy!” estamos aludiendo a una palabra comodín que se acerca al significado que sentimos. 

Por ello, por ser tan efímeros e ínfimos los sentimientos, no logramos expresarlos correctamente y, si podemos hacerlo, es pasado el tiempo. Por desgracia, se han conjugado dos variables: las nuevas técnicas de comunicación y la expresión de nuestros sentimientos, creyendo que la segunda se soluciona con la primera, aceptando la pantalla como vía adecuada para expresar lo que sentimos, siendo la más viable al poseer interactividad directa y precisión, dejando a un lado las variables lingüísticas. 

Como he dicho, el gran problema del ser humano que piensa su pensar son los sentimientos y, con este tipo de lenguaje y comunicación, tan solo se autoengaña, eliminando todo el calor que una persona puede dar.

Tendemos hacia el perfeccionismo, pero hay que ser conscientes de que lo perfecto es frío y sin sentimientos, que se mueve por la lógica. ¿Para qué queremos una comunicación con un lenguaje perfecto si las personas no muestran su alma? Y en cuanto al alma, me refiero a la esencia, a nuestro ser. Sin duda, las mutaciones del lenguaje permiten que una persona, cualquier persona, pueda racionalizar sus emociones.

DANY RUZ
  • 16.2.21
Ante la crisis que estamos atravesando en este momento, es inevitable poner el centro de atención en nuestros mayores, ya que se encuentran en un estado de vulnerabilidad constante. Pero pienso que cometeríamos un craso error si les atribuimos el papel de víctimas y no el de supervivientes. Si hay quienes pueden dar lecciones en estos momentos, son ellos sin duda alguna. Si hay alguien del que tenemos que aprender, es de ellos.


Antes, “la vejez” era la encargada de comunicar la experiencia y la sabiduría. Y ese concepto amplio estaba formado por personas llenas de veteranía que servían a la población como referentes, sobre todo a la población joven. 

En cambio, hoy por hoy se han cambiado las tornas y son los jóvenes infuencers los que sirven de ejemplo a los jóvenes. Recuerdo en mi adolescencia, incluso más atrás, en mi infancia, que mis referentes o ídolos sobrepasaban de largo la juventud: no eran personas cercanas a mi edad. Y los tomaba como referentes por su buen hacer en alguna de las disciplinas artísticas, por su ideología o por su experiencia. En definitiva, personas adultas que destacaban por la virtud construida por sus vivencias. 

En contraposición de ese “abuelo cebolleta”, abrazamos hoy al “joven inveterado”, que podríamos definir como un ser lleno de experiencia teórica que nos la comunica con la misma vehemencia que un señor mayor que ha sobrevivido a la guerra. 

Este joven influencer disfruta de una vitalidad intachable, una felicidad estoica impermeable y una experiencia en asuntos vitales que se podría considerar ardua y firme. Pero la realidad detrás de esos personajes no es más que una fragilidad sustentada en textos e imágenes. 

Estos influencers pocas veces se convierten en referencias reales de opinión, de crítica y de un camino que puedan seguir las jóvenes generaciones. Al menos, a largo plazo. Sustituyen a las personas mayores como fuentes de información y de sabiduría. Te dicen qué has de pensar pero no te ayudan a pensar. 

Los mayores, tras una larga vida, con traspiés y con la sabiduría que les da la experiencia, han pasado a un segundo plano, incluso a un tercero, al no ejercer con la misma sensación de vitalidad y entusiasmo. Los jóvenes, con la experiencia que les da la sabiduría, intentan aplicar de forma teórica soluciones no-prácticas a problemas antiquísimos de la humanidad. 

De esta forma, los jóvenes recogen el testigo de las personas mayores como fuentes de sabiduría y de experiencia Hay una distancia terrible entre la generación de los mayores y las nuevas, quedando los hijos de los primeros y los padres de los segundos en un lugar de enlace, no llegando a entender con exactitud qué necesitan unos ni otros, sin ser capaces de satisfacer sus propias necesidades por vivir para sus padres y para sus hijos. 

Podemos decir que se ha perdido una generación en el entramado social que, simplemente, ha servido de nexo de unión. Como ya he escrito varias veces, mi generación no ha sido criada para vivir una situación del calibre que estamos viviendo: hemos sido criados para trabajar para el Estado del Bienestar, sin cuestionarnos qué es el bienestar. 

Tengo claro que el concepto de bienestar no es lo que veníamos haciendo. Nuestra generación tiene un compromiso de responsabilidad y no es otro más que el de redefinir el Estado de Bienestar sin huir de nuestro sistema de valores primarios recogido por nuestros abuelos: La cultura del esfuerzo, del no despilfarro y de la conexión natural.

DANY RUZ
  • 2.2.21
Querido porvenir: le escribo desde el pesar de mi corazón, teniendo como motor de mis palabras el ahínco por querer deshacerse de este sentimiento de pena. Le insto a que no se preocupe en demasía. Entienda que todo pasa y nada permanece. Excepto sus intenciones: ellas siempre quedan reflejadas en la memoria de todos.


Le comunico que las palabras que reciba en su funeral dependerá de los propósitos que ha adquirido en cada una de sus acciones. Por lo tanto, no tema errar y procure cuidar su voluntad, pues no hay mayor insensato que aquel que se entrega a los placeres mundanos. Incluya en esta taxonomía el dinero, pues es el volante que direcciona todo en este momento.

De nada sirve un ser humano que done su alma a los resquicios de la carroña. Le llenará el estómago, seguro, pero se habituará a no mancharse las manos para alcanzar alimento. Tendrá que esperar a que un ser ajeno a usted haga el esfuerzo y, sin mucha dignidad, cebarse de los restos. O esperar a que un cuerpo yazca muerto. Así que, de esta forma, podrá involucionar y tomar un camino distinto al que le dicta su naturaleza.

Quizás el cuerpo le agradezca ese gozo hedonista. Sin embargo, será una empresa difícil apartar las embestidas de consciencia que surjan de su cabeza. Atienda, pues, con esmero su conciencia, puesto que es el único individuo al que jamás podrá engañar. Y será ella la primera persona con la que hable al despertar y la última antes de acostarse. De usted depende su salud mental.

Desde la lucidez le confieso que es inevitable apartar de uno mismo las obras de la carne: eso es lo que hace que luego nos sintamos vivos. Sírvase de sus valores para reconocer aquellos que menos dañen su integridad y los que le rodeen. Se topará con actos injustos, instantes en los que prevalezcan la miseria moral, episodios forjados por el odio y escenas interpretadas por la antipatía.

Se sentirá indefenso cuando sufra estos hechos y entrará en cólera cuando los protagonice. No se atemorice, pues, como ya he dicho, es el mayor síntoma de estar vivo. Alármese, no obstante, cuando actúe ante estos incidentes de forma indiferente. Eso supondría embargar su alma, entregando como aval noches de insomnio. Eso sí, actúe de forma coherente a su conciencia: es la única a la que debemos obedecer y entregarnos a su tiranía.

Me preguntará usted: ¿Y cómo escucho mi conciencia? Y le diré yo: váyase al campo, sírvase del reflejo de las hojas y del agua. Sitúese en su hábitat natural y será lo natural de usted lo que se exprese. Así que levante el vuelo de su conciencia, aterrice el cuerpo, concentre su esencia... Recuerde que estas letras las estás escribiendo con motivo de la pena que le provoca la intranquilidad de las injusticias serenas.

DANY RUZ
  • 19.1.21
Me abruman los azotes de realidad que estamos viviendo en estos días. No considero que sean malas noticias: creo que, tan solo, son atisbos de realidad. Y cuando nos golpean a nosotros, entonces ponemos el foco sobre ellos, tratándolos como desgracias o fatalidades. Es como si el rango de catástrofe se midiera de acuerdo al ojo que lo mira. Y si lo hace un ojo mal acostumbrado a los tiempos de bonanza, el desastre es algo que llega al más mínimo traspiés.


Pienso que hemos pasado un ciclo de cierta estabilidad. Décadas en las que los altibajos no han sido muy pronunciados. Y este hecho se puede traducir como equilibrio social. A grandes rasgos, todos hemos tenido la oportunidad de prosperar, dado que no ha ocurrido una hecatombe conjunta que frenara nuestro progreso. 

Creo que a partir de los años ochenta, nuestro umbral de “desastre” se redujo a las consecuencias que podía provocar un temporal, un apagón, la caída de un edificio, un parricidio… En otras palabras, hechos puntuales y aislados que afectaban a un núcleo de población en un lugar y tiempo concretos, en los que se encuentran unas víctimas muy bien localizadas mientras el resto mirábamos desde el confort. En cierta forma, nos animaba ver que a nosotros no nos había ocurrido aquello que observábamos.

Ante este paraje de calma y prosperidad, no existió la queja sobre asuntos que nos incumben a todos. Encontramos una sociedad “unida”, sin una latente polarización y con cierta serenidad ante materias de Estado. Nos encontrábamos unidos porque habíamos salido de una dictadura de cuarenta años, en la que sí se notaban de forma destacada los altibajos. No encontrábamos polarización porque todos entramos en un sistema de gobierno realmente nuevo para muchas generaciones.

Y la serenidad surgía a partir del disfrute del nuevo orden: si nos engañaban con algo u ocurría alguna injusticia, lo asimilábamos y mirábamos para otro lado porque nuestra posición social y económica no se sentía amenazada. Al menos, de forma directa.

Teniendo entonces los ingredientes de unidad y de serenidad, el resultado es una sociedad vulnerable, desvalida y, ante todo, inerme. Y si no lo veis así, pensad en un vaso de leche con Cola cao –o Nesquik, no se me vayan a ofender sus señorías–. Así, cuando dejas reposar la leche ya mezclada con el Cola cao, vemos cómo poco a poco todo se va asentando: cada elemento va ocupando su lugar, adquiriendo identidad propia y separándose del resto de ingredientes. Y para evitar que esto ocurra, necesitamos batir de forma constante y suave: así jamás perdemos la mezcolanza.

Pues pienso que España, en este preciso momento, es un vaso de leche con Cola cao que se ha dejado durante mucho tiempo reposar. En los años ochenta todo era unidad y serenidad, como he dicho. Pero vinieron los noventa y la entrada al nuevo milenio. Y dejamos que todo se asentara demasiado. 

Durante estas décadas ha habido un abuso de serenidad, ya que no hemos luchado por lo que era nuestro ni hemos mantenido un poquito de ajetreo en la escala social. Creo que el dogma era el siguiente: "si me va bien a mí, ¿por qué tengo que alzar la voz para que la situación global mejore?". Así llegamos a tener un país sin armas para enfrentarse a los tiempos de vacas flacas. Y cuando la impavidez gobierna, la polarización preside. La leche y el Cola cao dejaron de ser uno: abandonaron la unidad.

Y así lo vivimos en la crisis de 2008 cuando, estando todos bien recostados en nuestro sillón, vimos cómo aquello que no hicimos en su tiempo, indirectamente, nos daba en la cara. Y como he dicho antes, nuestro ojo, mal acostumbrado a los tiempos de bonanza, vio y sintió tal crisis como una catástrofe. Todos nos quejamos y nos lamentamos, pero cada uno de nosotros vimos como culpables a diferentes entes. Y es ahí, amigos lectores, donde nació la polarización que nos afecta hoy.

La polarización en España no busca localizar a quien tenga la mejor solución. Solo pretende encontrar al culpable de la miseria que nos asola, eludiendo nuestra responsabilidad cívica. Y si miramos con vista de águila, todos somos los culpables: yo soy culpable; tú eres culpable... Es buen momento, quizás, para dejar de pensar que ellos son los culpables, ¿no crees?

DANY RUZ
  • 1.12.20
Cuánto ha cambiado el amor. Recuerdo cuando era pequeño una escena un tanto dantesca, aunque este adjetivo se lo atribuyo ahora, ya que cuando me ocurrió no era más que una situación “normal” desde mi punto de vista. De algún modo viví aquello como un making off del amor. 


El asunto giraba en torno a una pareja de novios, una chica y un chico, que entra en crisis tras una gran temporada juntos que, desde fuera, permitía predecir que se jurarían amor eterno en un altar. Sinceramente, no recuerdo el motivo real que les hizo desembocar en aquella situación pero puedo intuir que podría haber habido otras personas de por medio. Pero el motivo real de aquella crisis de pareja no es relevante en este momento: lo que importa es qué hicieron para solucionar de forma misericordiosa aquel conflicto.

Ellos estaban en la calle, mirándose como si con los ojos se pudiera empuñar una espada y batirse en duelo. El silencio, marcado por el ritmo del corazón, fue cortado en seco por una mujer mayor. Ellos estaban en plena disputa y sin intención alguna de enmendarla. De hecho, las gasas que utilizaban no curaban, sino que hacían mas grande la herida.

Vi cómo la señora mayor les quitó de un puñado las espadas de los ojos y ellos enfocaron sus pupilas hacia el suelo, por si fueran a encontrar allí alguna forma, aunque fuera inexcusable, de que la tierra se los terminara tragando.

Aquella señora les invitó a entrar en su coche. La dueña del vehículo entró primero, después la chica y, por último, el chico. Sin que nadie me impidiera mirar, me quedé expectante fuera. Entendía que no era asunto mío conocer las palabras que allí se iban a cruzar, aunque sí entendía que de allí iba a salir un conflicto solucionado a la fuerza. Y sí, reconozco que sentía curiosidad por saber cómo solucionar conflictos en la vida real.

Desde fuera vi cómo la señora mayor, sentada en la parte delantera del coche, les hacía ver que el uno estaba hecho para el otro, que la tradición familiar, social e individual les empujaba a perdonarse en todo aquello que hubieran hecho y en todo lo que hubieran de hacer en adelante para estar juntos. Casi como una condena por no haber hecho del cuerpo un alma.

Seguro que el chico vio en ella un fin, no un medio para llenar el alma. La chica seguro que vio un fin en él, la estabilidad social para cumplir con las obligaciones que marcaban a la mujer en la época. La señora mayor, en aquella conversación, puso sobre la mesa su experiencia matrimonial y sentimental. Al menos, eso creí ver en su cara cuando salió del coche.

Casi les ordenó a vivir a través de esa decisión que tomaron de estar juntos, porque una vez que tomas esa decisión, las consecuencias que se derivan de ella tienes que tragártelas y convivir para siempre con la misma. Esa era la experiencia de aquella mujer mayor: que una pareja no se elige; una pareja se impone por lo que te marcan las normas no escritas de la sociedad.

Vi cómo se empañaban los cristales del coche, supongo que por la aceleración de los corazones de los tres cuerpos que había presentes en su interior. Me imagino a la señora mayor diciéndoles: “vosotros estáis juntos y eso conlleva unas obligaciones. Tenéis que cuidar de la otra persona llegando a perdonar lo imperdonable, porque vosotros habéis hecho el uno al otro y el otro al uno”.

Lo que se le olvidó decir a la señora mayor fue que el amor tiene obligaciones, pero también tiene derechos: el derecho a renunciar a redimirse ante el pecado del otro; el derecho de poder basar el perdón en uno mismo y no en la persona que has ofendido...

Porque aquella situación no era más que pedirse perdón entre los dos para poder llevar la culpa a medias, sin darse cuenta de que cuando llevas la culpa de otra persona a cuestas, esa culpa será eterna, mientras que la otra culpa, la tuya, podría ser perenne y desaparecer en algún momento.

No habrá un instante de amaine entre las dos culpas porque ninguna ha obtenido el perdón original. Porque si existe un pecado original, debe haber un perdón original y es el de Eva perdonándose a sí misma sin la necesidad del perdón de Dios ni de Adán.

La señora mayor salió primera del coche, con el sentimiento de haber hecho bien los deberes. Ellos, cabizbajos, con lágrimas en los ojos pero aguantándolas en los lagrimales como el que agarra a un hermano colgando sobre el vacío, miraban al suelo.

Y como si yo no estuviera presente, la señora mayor les dijo: “Venga, daos un beso que yo lo vea”, como si el hecho de que ella lo viese dotara de más emoción y sentimiento ese beso; como si el beso visto por ella valiera como un juramente ante el juez de que vas a decir la verdad y solamente la verdad.

Y yo entendía que aquello eran los entresijos del amor, el making off, el cómo se construye una pareja a base de ahínco y de perdón misericordioso. No recuerdo la edad exacta de mi concupiscente cuerpo, pero podría tener yo por aquel entonces unos ocho años.

Ahora, veinte años después, creo ver la cara de aquel chico y de aquella chica y encuentro en sus ojos aún empuñada aquella espada, a punto de batirse en duelo al más mínimo tropezón del otro. Porque aquel perdón impuesto, sin sentir ni abrir de par en par la puerta de ese sentimiento exacto, les condenó como pareja a vivir hasta su muerte; a tener dos hijos que no entenderán nada hasta que su alma se desquite de los problemas heredados de aquella conversación en aquel coche.

Una charla que les condenó a vivir el amor como obligación y no como un derecho. Una charla que les condenó a vivir juntos como compañeros de celda y no como compañeros de viaje.

DANY RUZ
  • 17.11.20
Desde hace un tiempo me pregunto el motivo principal del auge de la ultraderecha y de los nacionalismos extremos y debo confesar que no tengo una respuesta clara y concisa sobre ello. Pero sí tengo algunas sensaciones y reflexiones que me gustaría compartir en este espacio. No obstante, mi intención no es juzgar ni situar el límite entre el bien y el mal. Tampoco justificar ni excusar a nadie. Tan solo quiero compartir algunos aspectos que llevo observando durante meses.


Pienso que uno de los motivos principales del auge de la ultraderecha es la gran crisis de identidad que ha sido provocada, en gran parte, por la globalización. Este hecho ha permitido conectarnos de forma inmediata entre todos los habitantes del mundo, generando una gran red de comunicaciones y de comercio. 

Ahora nos puede influir directa e indirectamente lo que ocurre en otro lado del globo. Un ejemplo es la importación de la cultura norteamericana a Europa: si vemos las películas con más recaudación en España en los últimos años, podemos observar que los primeros puestos están siempre copados por las grandes producciones estadounidenses.

La globalización nos permite nutrirnos de la cultura y el quehacer de otros países y continentes. Pero ocurre desde hace muchos años que este trasvase provoca una sustitución de la cultura propia por la cultura que se importa desde fuera. Esto está causando, de forma indirecta, una gran crisis de identidad.

Conceptos como "identidad nacional", "patria" o "sentimiento patriótico" están asentándose en los mensajes políticos porque la población, realmente, no tiene un sentimiento de pertenencia o de identidad. Y no es algo que esté ocurriendo tan solo en España: está pasando en diferentes países que, a priori, son referentes democráticos. Ser español o francés ya no nos dota de una personalidad y de unos valores en concreto: tendemos más hacia la homogeneización de la cultura.

Esta crisis de identidad hace que no tengamos claro cuáles son nuestros principios ni nuestros valores, cuál es la herencia que hemos recibido ni a qué grupo pertenecemos. Me gustaría compartir un ejemplo que clarifica un poco más esta reflexión: en los años ochenta y noventa vivimos el auge de grupos suburbanos de pequeños grupos de población, como los punks, heavies, emos, canis, raperos, rastafaris... Todos vinculados a un estilo musical que determina unos valores, una estética y un comportamiento en concreto y que surgen, en la mayoría de casos, como movimientos-protesta o en contra del Estado, con ánimo de cambiar el sistema imperante. 

Las nuevas generaciones ya no se ven identificadas con estos grupos y colectivos, pues ahora estos grupos suburbanos están más relacionados con la identidad, con unos valores en concreto que tienen que ver con cómo te sientes o quién eres. 

Podríamos decir que los nuevos “grupos suburbanos” –y las comillas no son caprichosas en este caso– serían el colectivo LGTBI, los ecologistas, las feministas, los animalistas... Movimientos que surgen no como oposición sino como reclamación de derechos e integración.

En las tribus que se daban antes existía una influencia, por así decirlo, de afuera hacia dentro: ahora, estas tribus se definen más por lo que ocurre dentro de nosotros y lo expresamos hacia fuera. Es una cuestión mas de identidad individual que de pertenencia a un grupo. No se definen tanto por un estilo musical o por una estética en concreto. Lo determinante es la identidad. 

Y el hecho de que no pertenezcas a alguno de estos grupos no significa que vayas en contra de ellos. Para las personas que rechazan estos movimientos ya existe un grupo: la ultraderecha y los nacionalismos extremos, que defienden la identidad patriótica, la identidad única de un grupo de personas que pertenece a un territorio en concreto.

La globalización ha traído diversidad y la diversidad desencadena en heterogeneidad. Cuando en un país conviven tantas personas de diferentes pensamientos e identidades, renace el sentimiento de identidad nacional para resaltar nuestro sentimiento nacional que define cómo somos y hacia dónde debemos ir.

DANY RUZ
  • 3.11.20
Llevamos meses escuchando a medios de comunicación y a personas de nuestro círculo más próximo decir algo así como: “Pobrecitos los jóvenes de hoy en día, que no han salido de la crisis del 2008 y ya están entrando en otra peor”. Confieso que me siento identificado con esta afirmación, pero no me representa porque en esa frase hay una lamentación implícita con un ápice de compasión.


Y que la sociedad sienta compasión por la juventud sería admitir que se ha criado y se ha educado a toda una generación débil, pasiva y sin instinto de mejora. ¿Qué generación lo ha tenido fácil? De sobra son conocidas las “batallitas” de nuestros abuelos y abuelas, compartiendo con nosotros sus aventuras de postguerra y cómo pudieron sacar adelante a sus familias, pese a las circunstancias. Sin saberlo, nos estaban contando cómo hicieron para tener la sociedad y los avances que hoy disfrutamos. 

Así que, cuando se nos pase por la cabeza pensar que “el coronavirus nos va a robar los mejores años de nuestra vida” estará bien responder con un par de preguntas: “¿Y cuántos años nos han regalado? ¿Cuánto hemos luchado, nosotros los jóvenes, para conseguir lo que tenemos?”. 

La queja, siempre que no esté acompañada de una solución, no sirve para nada. Pienso en todo lo que he recibido de mis padres, de mis abuelos y, definitiva, de todos mi antecesores. Y me siento muy afortunado. Porque no he tenido que levantar la voz para poder optar a unos estudios o a un sueldo digno: los que se han levantado a primera hora de cada mañana han sido mi padre y mi madre, todos los días, para conseguir un sueldo y, a través del mismo, la posibilidad de darme una vida aún más digna. 

Y la mejor forma que tengo de agradecerles su esfuerzo es seguir esforzándome yo para tener mejores condiciones de vida. Pero ocurre que cuando me relaciono con mis iguales (cuando digo "iguales" me refiero a un grupo de personas situadas en una franja de edad entre los 20 y 40 años), las conversaciones que me encuentro son de queja, sin solución aparente, y rebelándose contra “Papá Estado”, sin ser muy conscientes de que, realmente, todos formamos parte de tal entidad, y que la mejora de nuestras condiciones parte de nosotros mismos. 

Porque entendemos que ser rebelde hoy en día es no ponerse la mascarilla, saltarse el toque de queda, quedar con un grupo de amigos para beber, reír y bailar hasta las 6.00 de la mañana y, con el vaso en la mano, decir: “Por mucho que quieran los políticos, a mí no me van a quitar los mejores años de mi vida”. 

Esto no es rebeldía, no. Esto es cobardía. Porque nos han regalado todo lo que tenemos, porque nos quejamos de que nos pueden quitar lo que nos han regalado y, nosotros, lo único que hacemos es quejarnos entre nosotros para alimentar la visión de que todos los derechos laborales, sociales, judiciales e individuales se nos deben poner en bandeja como los Ferrero Rocher a Isabel Preysler: sentaditos, con el brazo estirado y la palma de la mano bien abierta, esperando a recibir lo que consideramos nuestro. 

¿Cuándo hemos salido a la calle a reclamar unas mejores condiciones laborales? Nuestra generación, nunca. Nos hemos ido a otros países a generar economía. ¿Pero a la calle a luchar por mejores condiciones? Nunca. Como generación “maltratada”, nunca hemos salido a la calle a poner al sistema entre las cuerdas. Y quien me lea me dirá: “¿Y qué significó entones el 15-M?”. 

Al cabo de los años he descubierto que los precursores del 15-M utilizaron el malestar general de una generación como herramienta para crear un nuevo partido político. Nos hicieron ver que la única forma de cambio estaba en la organización de las personas que habitan la queja y llevan esa queja al Parlamento a base de votos. 

¿Y si toda la energía puesta en todos esos movimientos hubieran desembocado en la acción de barrio? Pues seguro que tendríamos una sociedad mucho más activa. Dudo que fuéramos mejores, pero tendríamos una actitud productiva, conociendo los problemas de nuestro vecino, teniendo contacto en la rutina con los que nos rodean y proponiendo soluciones reales a problemas reales. 

¿De qué me sirve hablar de la bajada del PIB si tengo personas que conviven conmigo que no tienen para pagar el recibo de la luz? Tras estos movimientos del 15-M a los jóvenes se nos alineó de una forma muy inteligente hacia un nuevo modelo político, situándonos como agentes del cambio siempre y cuando les votáramos. Nos querían hacer ver a toda una generación que tendríamos portavoces dentro del Gobierno, pero eran portavoces de quejas, simplemente, no de soluciones. 

Y es lógico, porque las soluciones depende de nosotros: de nadie más. La solución solamente depende de cada uno de nosotros, siendo conscientes de que la rebeldía se tiene que actualizar de acuerdo con la época. Ser hoy rebelde no significa lo mismo que serlo en los años de la Transición. 

Ser hoy rebelde sería montar una empresa, comprar una casa o crear una familia, porque las circunstancias no lo permiten y no favorecen ninguna de estas tres cosas. Ser rebelde, por mucho que nos duela, no es estar de fiesta saltándonos el toque de queda con un vaso en la mano, quejándonos de todas las restricciones. Nunca hemos tenido tantos derechos para poder seguir consiguiendo libertades. 

DANY RUZ
  • 20.10.20
En la sociedad actual, los límites de concepto "artista" no están bien definidos, pues se confunde la fama con el arte, como vimos en el anterior artículo. Por eso ahora me gustaría compartir con vosotros mi visión sobre el arte y el concepto de "artista".

Estamos en un momento de la humanidad en el que muchos conceptos necesitan ser reformulados para que su significado coincida con la utilidad práctica. Y en el caso de los límites tan difusos del arte, tenemos que detenernos y reflexionar sobre este concepto, para poder diferenciar bien la artesanía del arte, el artesano del artista. 

Para mí es muy importante diferenciar el arte de la artesanía. En ambos casos hablamos de objetos creados, manufacturados y/o editados por el ser humano. Y para que sea arte, antes ha tenido que ser artesanía. La principal diferencia es la utilidad temporal que tiene la obra. 

Me explico: cuando un carpintero realiza un mueble con una manufactura precisa y detallada, no lo vemos como una obra de arte sino como una obra de artesanía. Lo concebimos como un objeto que tiene una utilidad concreta, realizada con las técnicas, herramientas y diseños que impera en ese momento. 

Estéticamente nos puede agradar más o menos, pero sobre todo valoramos la utilidad práctica de dicho objeto. Al adquirirlo, sabemos que es una obra de artesanía y que lo compramos por una necesidad concreta. Dicho con otras palabras: una obra de artesanía es un objeto que es útil y satisface la necesidad de una o varias personas en una franja temporal concreta.

Si este mismo mueble, hecho con unas técnicas y diseños propios de una época, sigue siendo útil a las generaciones venideras, este mismo objeto se convierte en arte. El valor temporal y la utilidad a lo largo de los siglos y generaciones es lo que convierte la artesanía en arte. 

Esta definición quizás sea difícil identificarla en un simple mueble de un carpintero. Por eso os voy a poner otro ejemplo, quizás un poco mas ilustrativo. Todos conocemos a unos de los grupos españoles referentes en el pop de la primera década del siglo XXI: El Canto del Loco. Este grupo puso voz a toda una generación adolescente, pues recogía las preocupaciones, motivaciones y sentimientos de muchos jóvenes y las convertía en canciones. En su momento fue realmente útil para estos jóvenes, ya que el grupo convertía sus emociones en música y palabras. 

Con el paso del tiempo, estos mismos jóvenes pasaron a edad adulta y han venido nuevas generaciones. Los que ahora son adultos, miran hacia atrás y ven esas canciones como himnos de una época pasada pero no se ven ya representados en sus letras. 

Y los nuevos jóvenes se sienten ahora identificados con otros referentes musicales que conectan con los problemas y sentimientos que los jóvenes tienen hoy. Por tanto, El Canto del Loco es un grupo generacional, que fue útil en una franja de tiempo concreta a un grupo de personas en concreto. No valoro si el grupo fue bueno o malo: solo la utilidad de su obra. Y la utilidad, como ya hemos visto, ha sido finita. El Canto del Loco fue un grupo totalmente generacional, como otros tantos. Sus canciones, como ocurre con las obras de la Movida madrileña, sirven de recuerdo de una época. Nada más. Por lo tanto, la obra de El Canto del Loco sería, según esta lógica de pensamiento, puramente artesanal. 

En cambio, si tomamos como ejemplo a The Beatles, vemos que este grupo sí ha trascendido a la generación del momento y sigue dando voz a los problemas y emociones de las distintas generaciones. Técnica y estéticamente ha podido haber grupos y músicos mucho mejores que ellos, pero no han pasado de generación en generación porque su obra no es útil ni atemporal: satisface unas necesidades y a unos individuos en concreto, en una franja de tiempo concreta.

¿Qué quiero decir con todo esto? Simplemente que el hecho de hacer música, o un vídeo, o un cuadro, o una escultura, o un poema no te convierte automáticamente en artista: te hace ser artesano y, como tal, satisfaces una necesidad en especial: ya sea la tuya o la de cualquier persona que se exponga a tu obra Pero, eso sí, únicamente en una franja de tiempo en concreto. 

Para que esa misma obra de artesanía se convierta en arte tendrá que seguir siendo útil en el tiempo a diferentes generaciones futuras. Por tanto, una persona que se autodenomine "artista", está pecando desde mi modesto punto de vista de vanidad y de soberbia. Porque deberá ser el tiempo y los que vengan detrás los que determinen si, en efecto, eso era arte o no. Y si no, echemos la vista atrás y veamos qué pasó con Vincent Van Gogh.

DANY RUZ
  • 6.10.20
A lo largo de mi vida me han llamado a partir de muchos apelativos. Unos cariñosos, otros no tanto; algunos definen mi personalidad y otros, mi estilo de vida. Todos los he aceptado e integrado en mi vida. Menos uno: artista. Para mí, el concepto "artista" es muy elevado, ya que considero que debería otorgarse a alguien por parte de diferentes generaciones que no han convivido en una misma época y, siempre, en función del tiempo transcurrido y de la utilidad de su obra. Por ello me gustaría compartir mi opinión y definir al artista de hoy en día y ver qué diferencias hay entre el arte y la artesanía.



El ser humano es, ante todo, comunicativo. Para ello, utiliza el lenguaje verbal, la expresión corporal, los códigos o los símbolos. Pero hay ciertas emociones y sentimientos que son imposibles de comunicar a partir de este tipo de lenguajes.

Ante esta necesidad de expresión nace el arte. Tal expresión, que no tiene palabras sino conceptos, se genera en lo más profundo del ser humano, ahondando en la persona como ser, como especie. Es aquí donde Kant recoge una de sus máximas al analizar el arte y la belleza: "Para que sea arte debe ser tan individual que se convierta en universal". ¿Pero cuándo es arte y cuándo es artesanía? ¿Cómo diferenciamos a un artista de un artesano? ¿Qué significa hoy ser artista?

Desde mi punto de visto, creo que hoy en día hay mucha confusión en torno a los conceptos de arte y artista. Para ilustrar con un ejemplo, os invito a hacer una búsqueda en Google escribiendo lo siguiente: "Artistas mayores de 50 años".

Como podéis comprobar, hasta la página 10 de resultados de búsqueda no aparece un listado de artistas “reales” que superan esa edad. El resto son un listado de famosos, actores y actrices que superan dicha edad. Es decir, en la sociedad actual, los límites del concepto de artista no están bien definidos y, de hecho, se confunde la fama con el arte.

El artista del siglo XXI ha dejado de hacer arte, de representar en obras sus emociones y que aquellas personas que se expongan a su obra se sientan atraídas por ella porque expresa aquello que siente y que no puede explicar con palabras.

El artista ha convertido su propia persona en la obra. Como bien dice la investigadora italobrasileña Claudia Giannetti, hemos dejado abandonada la visión neorromántica del artista, como un observador externo, un nómada, un voyeur, un creador autónomo y subjetivo: un purista intelectual, un excéntrico.

Ahora se va imponiendo la consciencia de su aportación, como un agente interno, que vive y trabaja en el contexto de su sociedad. El artista actual ya no tiene nada que ver con el de hace doscientos años. Ya no buscamos representar algo bello, sino provocar y comunicar de una manera personal una realidad o un sentimiento íntimo que, al mismo tiempo, te refleje a ti y al mundo una nueva forma de ver.

En consecuencia, pienso que el nuevo significado que va tomando el concepto de artista en la actualidad es mas próximo al de artesano que al de artista. Lo veremos en una próxima entrega de esta Anestesia ética.

DANY RUZ

  • 22.9.20
Todas las personas que formamos parte del ámbito de la cultura alzamos en estos días la voz en protesta por la delicada situación de nuestro sector, por las pocas ayudas que se aprueban por parte de las instituciones y por las graves restricciones que sufrimos para desarrollar nuestro trabajo. Pero me surge una duda: ¿Desde cuándo la cultura ha disfrutado de una situación laboral digna en España?



A no ser que seas un artista con renombre, un técnico que pertenece a los grandes circuitos culturales nacionales o un productor consagrado durante los años óptimos de la cultura, has estado compaginando tu pasión con otros oficios. Esta es la realidad de la cultura en España.

Ya estábamos mal mucho antes de que explotara la crisis sanitaria del coronavirus. Ya nos dábamos por abandonados por las instituciones tras las crisis del 2008. La subida del IVA Cultural lapidó un poco a los artistas principiantes y generó una fractura enorme entre artistas consagrados y noveles.

Internet y las nuevas plataformas de generación de contenidos hizo que la cultura tomara una nueva dimensión, dando pie a un sinfín de contenidos culturales digitalizados. En este paradigma digital prima la cantidad y no la calidad. Y ante este panorama cultural, tuvimos que desterrar de la ecuación el apoyo hacia la cultura y encontrar un aliado en el público.

El consumo de cultura ha cambiado de unos años a esta parte, haciendo un mercado cada vez más competitivo y democrático, en el que el flujo económico es cada vez más indirecto para el autor, que se ha convertido en un mero generador de contenidos que percibe ingresos no por la obra en sí, sino por la cantidad de personas que la visualizan o por los productos comerciales que aparecen en sus obras. El hecho de cobrar un caché se está quedando obsoleto.

Encontramos, pues, un público con acceso infinito a contenidos culturales y que cada vez gasta menos en cultura. Toda persona con acceso a internet se convierte indirectamente en consumidor cultural. Ir a un concierto sin conocer al artista se ha transformado en todo un acto heroico y sibarita, ya que arriesgas tu dinero al consumir algo sin un conocimiento previo.

Y si entramos en el fondo del debate, creo que el público de una zona rural, a grandes rasgos, se deja llevar más por el “compadreo” que por la calidad real de lo que está consumiendo. Es decir, una persona va a un concierto, a una obra de teatro o a una exposición porque el artista es un conocido o un familiar.

Quizás en una gran ciudad haya un público más comprometido. Y esto puede ser porque la oferta cultural es más amplia y se vive tras el anonimato. Sé que esta afirmación puede generar estupor entre los lectores pero voy a compartir una frase que me ha acompañado desde el inicio de mi andadura en este bonito sector: “¿Cómo? ¿Qué la obra de teatro vale veinte euros? Por ese dinero me voy a Córdoba y veo allí una obra de calidad y en un teatro de verdad”.

Este tipo de actitudes me sorprenden muchísimo por varios motivos. ¿Acaso en un pueblo no puede haber teatro de verdad? ¿Ir a ver una obra a una ciudad garantiza la calidad e ir a un pueblo es sinónimo de principiantes? ¿Por qué pagar en una ciudad veinte euros parece barato y, sin embargo, en un pueblo, nos resulta carísimo?

Si antes estaba asentada esta idea, a partir de la crisis del coronavirus se ha acentuado aún más, por culpa de las restricciones y de los aforos limitados en los espacios escénicos. Y doy por hecho que el abandono por parte de las instituciones va ser una realidad, ya que no van a asumir el riesgo y la responsabilidad de contagios en un futuro.

Por tanto, el sector cultural queda al amparo del público, de la forma de consumir cultura y de la iniciativa privada. Dependemos del público para no caer: es nuestro colchón. Si el cantautor del pueblo, que está empezando, da un concierto en un bar, lo ideal es que vayamos a apoyar a ese establecimiento que arriesga y que apuesta por la cultura; que vayamos a apoyar a ese músico que no ha elegido esa profesión porque vaya a ganar mucho dinero, sino porque no conoce otra forma de ganarse la vida.

Eso genera una sinergia en tu localidad a largo plazo. Y, además, en ese ratito tu alma se alimenta. Pero si solamente vas a la obra de teatro de tu amiga o de tu vecino, al concierto del sobrino de tu cuñado, a la presentación del libro de tu compañero de colegio o a la exposición de tu prima, lo siento, pero eso no es consumir cultura: eso es compadreo.

Si no cambiamos nuestros hábitos de consumo de la cultura, para nada sirven las manifestaciones, las ayudas institucionales, las campañas por redes sociales o ver a los artistas consagrados reclamar más apoyo. La cultura vive a partir de quien la consume: no hay más. Siempre ha sido así.

La cultura sin el público está condenada al vacío. Y, para ello, el público deber tener cultura. Siento que la solución está en reconciliar al público de todo tipo con la cultura de todo tipo. Y que conste que la cultura nunca va a desaparecer porque es la expresión del alma. El día que dejemos de ser humanos será el momento en el que la cultura se esfume.

Mientras tanto, sentiremos la necesidad de expresar aquello que, con palabras, no podemos transmitir a nuestros semejantes. Y estamos en un punto de inflexión que va a determinar de qué forma vamos a disfrutar de lo único intangible que ha creado el humano.

DANY RUZ
  • 8.9.20
Ya ha pasado todo un verano. Un verano totalmente atípico en el que cada uno de nosotros ha luchado por encontrar un atisbo de la “antigua normalidad” que nos pertenecía. De todas formas, confieso que en estos meses he encontrado una pseudonormalidad aplastante. Y es que estoy abriendo camino ante la adversidad, sintiendo fragilidad y debilidad, reconociendo tales emociones y dándoles cabida.



Es como estar atrapado en mí mismo sin tener la oportunidad de salir. Y aprovechando que estoy en mí mismo, ordeno todo aquello que no estaba en su sitio. Y una de las cosas que no estaban en su sitio es un concepto que a todos nos pertenece y al que pertenecemos a su vez: la libertad.

La libertad es un concepto muy abstracto, intangible y volátil. A partir de esta cuarentena he podido crear mi propio concepto de libertad: poder caminar por el campo sin sentir miedo. Eso es libertad, al menos para mí. No es poder salir a la calle a comprar, quedar con amigos o sentirse seguro.

La libertad no se rige por la seguridad; no se rige por lo que puedes consumir ni con quién puedes estar. Todo son estigmas que se apegan a la libertad como una garrapata al pelaje de un perro. Son fracciones de una realidad que apenas comprendemos.

En el momento que nacemos, estamos a merced y bajo el yugo de la propia vida. ¿Podemos alcanzar de manera individual una total libertad? Yo soy, a la vez, el que se aprisiona y el que se libera. Las circunstancias no las puedo cambiar, pero sí puedo exprimir este momento para entender que todo lo que me ocurre no depende de mí.

Y creo oportuno hacer una analogía para explicar esta idea mejor. Imaginemos que cada persona, antes de nacer, es una hoja caduca de un árbol, que ha crecido sobre una altura superior al suelo y que, tras haber cumplido la función de cubrir al árbol de su desnudez, cae sobre el agua de un río. Inerte, vaga flotando sobre las aguas, a veces turbias y a veces cristalinas.

Por mucho que quiera ser libre, por mucho que quiera ir a contracorriente, por mucho que le impulse su voluntad, el agua es la que dirige la hoja. Esa caída del árbol es mi nacimiento y el transcurso del agua, mi vida. La hoja soy yo.

En el momento que nazco estoy a merced de la vida, a merced del agua. No puedo hacer otra cosa que dejarme llevar, tratando de entender, eso sí, por qué me dejo llevar. Ejercer una fuerza que rompa la inercia me haría daño. Cuando viene el agua turbia, debo aceptar que, por mucho que mire al fondo, no entenderé nada. Y ahora, estamos en momentos turbios en los que no podemos ver qué hay debajo de nosotros.

Creo que, en estos momentos, todos compartimos unos mínimos y que, de forma individual, cada uno llega a sus máximos. Hasta ahora todo han sido emociones y ha pasado muy poco tiempo como para poder racionalizarlas. Pasan los días sin pena ni gloria, sin ajetreo y sin ver más que las nubes pasar o La Tierra dar una vuelta sobre si misma.

Y pienso muchas veces si esto es lo que de verdad se llama "vida". Conectar con nuestras emociones. Emociones que, a su vez, están generadas por la interacción con lo que nos rodea. Es extraño porque tenemos la sensación de miedo pero no vemos al "enemigo": tenemos la sensación de vulnerabilidad pero no sabemos cómo protegernos.

Entiendo que esta situación sea nueva para nosotros, sin unos precedentes claros de cómo gestionar estas emociones que no han quedado registradas en nuestra memoria colectiva aún. Creo que en estos momentos vienen a la cabeza, inevitablemente, muchos recuerdos y vivencias de lo que fuimos en el pasado. El otro día me vino a la cabeza un pensamiento: "Ahora tenemos tiempo para volver a ver las fotos del pasado y saber así quiénes éramos”.

Me vienen recuerdos muy intensos de cuando era muy pequeño: recuerdo los olores, los sabores... Muchas sensaciones juntas. Me gusta mucho tener estos recuerdos porque son la base de lo que soy, donde reside mi libertad. Creo que hay que mirar atrás para saber a donde vamos; coger el pasado de inspiración para construir el futuro. Siempre he pensado que el futuro se construye de acuerdo al presente. Y me gusta dejar al presente que sea el presente.

DANY RUZ
  • 28.7.20
Me cuesta mucho confiar en alguien que, a la pregunta de si cree en Dios, contesta de forma inmediata y con seguridad. Me es indiferente si es un “no” rotundo o un “sí” cargadísimo de fe. Dudar de la idea de Dios es uno de los actos que nos pertenecen como humanos. Y parece que lo establecido como normal en los tiempos que vivimos es negar su idea, bien desde el ateísmo o bien desde el agnosticismo.



Creer en Dios, como un ente hacedor de todo, como un demiurgo, como punto de referencia del Bien, ya no es útil. La palabra "Dios" ha sido sustituida paulatinamente por “energía”, al menos a partir de la Generación Millennial y las que le siguen.

Durante muchos años se ha asociado a Dios con la Iglesia, o así nos lo han hecho ver, ya que han actuado en su nombre y han creando manchas imborrables sobre una concepción de Dios que hoy por hoy no nos representa. Como bien dijo Nietzsche, "Dios ha muerto". Pero hay que especificar un poco más esta reflexión: puede que lo que haya muerto ha sido el concepto que hemos heredado de Dios.

La respuesta más habitual que me encuentro ante la cuestión de Dios es la siguiente: “No creo en Dios, pero sí creo que hay algo. La energía”. El Dios antropomórfico es el que hemos matado, pero sigue viviendo su “energía”. Lo que ha muerto es el contenido del concepto y nos ha dejado huérfanos de creencias. Si no es demostrable empíricamente, no existe. Todo lo basamos en pensamientos racionales, olvidándonos de que hay estímulos sensitivos que adquirimos que no logramos comprender ni racionalizar.

Ahora nadie habla de creencias y cobra mayor importancia todo lo cuantificable. Por eso no me fío de una persona que responde de manera firme a la pregunta de si cree en Dios. Y no me fío porque no duda de su razón; no duda de los estímulos que percibe; no duda del pensamiento imperante; no duda de la cultura que hemos heredado...

No utiliza su razón en base a lo que siente, no indaga en los sentidos. Para mí resulta indiferente si crees o no crees: para mí lo importante es que dudes y apliques la razón a merced de los sentidos y no lo sentidos bajo el yugo de la razón. Y cuando llegues a la respuesta, duda de nuevo, porque cada día recibimos estímulos nuevos. Porque un día nos levantamos con una ardua creencia en Dios y, al día siguiente, lo desterramos de nuestra creencia.

Creo que en el pensamiento occidental ya no es tan útil Dios como lo era antaño, ya que hemos creado un sistema racional donde podemos dar explicación a los hechos que ocurren a nuestro alrededor. Y cuando no entendemos o no logramos explicar un hecho concreto, se abre paso la conspiración.

El ser humano necesita dar explicación a lo que le rodea, ya que no contempla el azar como explicación lógica. El hecho de tener consciencia nos dota de cierta autoridad para entender lo que observamos, para construir una concatenación de hechos que nos han llevado hasta este preciso instante.

Lo que al principio fueron los Dioses para dar explicación a los hechos meteorológicos e “irracionales” (todo aquello que no podíamos dar explicación a partir de la lógica primitiva), la ciencia avanzó y se aunó todo en un solo Dios para dar explicación a todo aquello a donde la ciencia no podía llegar.

La conspiración caminaba junto a los dioses, junto a una explicación que diera sentido a nuestro lugar en el mundo y cómo el mundo interacciona con nosotros. Ahora que Dios ha muerto, que no tiene cabida en una sociedad sin tiempo para reflexionar, destinada a producir, es la conspiración la que da sentido a los hechos que nos rodean.

Atribuimos al ser humano el carácter místico y calculador que antes pertenecía a Dios. Hemos dotado al hombre y a la mujer de poderes para controlar y gestionar el mundo tal y como lo conocemos. Y esto ocurre, en mi humilde opinión, porque desatendemos el azar, desatendemos que nosotros estamos formados por miles de partículas que se mueven por azar, sin un motor consciente y sin un fin al que llegar.

El azar como elemento naturalizador. La conspiración como elemento desnaturalizado. Dios como elemento común entre todos los seres humanos. La consciencia y la duda como hábitat de Dios. Pero… ¿Dios existe?

Estoy en plena búsqueda de Dios, en una duda constante. Y confieso que es de los ejercicios más divertidos a los que le dedico tiempo. Siento que fuera un camino que no tiene fin y que cuanto más avanzo más consciente soy de que nunca llegaré al final. Quizás por eso ya nadie se cuestione la idea de Dios.

DANY RUZ
  • 14.7.20
Me pregunto concienzudamente qué retos y qué compromisos debemos adquirir los jóvenes para poder construir la sociedad que queremos. En la ecuación encajan muchas variables y todas deben convivir con la incertidumbre. Los jóvenes que hemos nacido en la década de los noventa somos hijos de aquellos que vivieron la movida de los años ochenta. Así que una mezcla de alegría, alivio y libertinaje es nuestra herencia.



Supongo que en la década de la movida se esnifaban en el aire las emociones que emergieron a partir de la entrada a la democracia que tanto se anhelaba. No se planteaba tanto la reconstrucción de una nación sino hacer todo aquello que antes no estaba permitido.

Nosotros, los jóvenes nacidos en los años noventa, recogemos el legado de un país que se ha preocupado más de la modernización y de encajar dentro de los países del Primer Mundo que de la construcción de nuestra idiosincracia propia, esa que debe guiar a las generaciones futuras. Nosotros hemos estado sumergidos en la incertidumbre de quiénes somos y, ahora, nos ha engullido la incertidumbre de no saber qué vamos a hacer.

Y confieso que nos hemos acostumbrado a esa incertidumbre: la adoptamos como una cualidad más en todos los ámbitos de nuestra vida. Cuanta más libertad de elección, más incertidumbre. Si viviéramos en la Edad Media, cada uno de nosotros estaría tranquilo porque, desde que el mismo momento del nacimiento, sabría a qué atenerse y a qué se iba a dedicar durante toda la vida. Tendría claro qué rol necesita la sociedad que interpretemos, esto es, el conjunto por encima del individuo.

Por suerte o por desgracia, ahora tenemos la posibilidad de elegir lo que nosotros sentimos que queremos ser y hacer. Nosotros elegimos qué rol interpretar dentro de la sociedad, dejando a un lado lo que la sociedad necesita de nosotros, es decir, el individuo por encima del conjunto.

El hecho de tener esta posibilidad de elección debemos considerarlo como un derecho y un deber que otros no pueden obtener, por lo que la posibilidad se convierte en responsabilidad. Tener el derecho a elegir quiénes somos y qué queremos hacer no significa que hagamos ni que seamos lo que nos apetezca. Pienso que debemos tener un compromiso y una alienación entre lo que queremos y lo que necesitan de nosotros.

Y nosotros que, como ya he dicho en otras ocasiones, somos la generación mas cómoda de la historia, será muy difícil que revisemos nuestros valores y adquiramos un compromiso que sacrifique los deseos individuales por las necesidades del conjunto.

Estamos acostumbrados al progreso, a la diversidad, a los cambios paulatinos y a los cambios bruscos, por lo que puedo llegar a entender que el momento que estamos viviendo ahora mismo lo interpretemos como otro cambio más de paradigma, en el que nosotros no podemos hacer nada. Tenemos más derechos que deberes y entendemos que las soluciones pertenecen a otras esferas de la sociedad.

Quizás sea el momento de dar un paso hacia delante, decir que los cambios son normales, que la incertidumbre forma parte de la vida, que los valores nacionales no son estáticos en el tiempo, que nosotros podemos crear el país que queremos… Quizás sean estos los principales retos y compromisos que debamos adquirir.

Pero para que ese momento llegue, primero tenemos que aprender a andar, después correr y, más tarde, disfrutar del paisaje mientras corremos. Es decir, primero debemos tener compromiso con nosotros mismos, interpretar lo que la sociedad necesita de nosotros y, por último, alinear nuestras necesidades con las necesidades del conjunto.

Sí, es una utopía. Pero las utopías sirven para poner el ideal bien alto, para intentar llegar a través de nuestras acciones.

DANY RUZ


  • 30.6.20
Me gustaría utilizar esta columna de opinión como un ejercicio de maduración, de compresión y de aprendizaje sobre la realidad que estamos viviendo. Los cambios nos inundan cada día y adaptarnos requiere un esfuerzo titánico y sin garantías, ya que pueden suceder cambios de forma constante y diaria. Por eso me gustaría pensar en voz alta y compartir esta reflexión sobre el mundo laboral que nos espera, sobre todo en el ámbito en el que me gano la vida: la cultura.



Estamos viviendo un momento de incertidumbre, un momento de cambio muy brusco de paradigma. Pero aunque el paradigma cambie, las personas seguimos siendo las mismas, a pesar de que el tiempo que hemos estado encerrados no nos ha afectado a todos por igual: cada uno hemos tenido una visión de lo que está ocurriendo, de cuál es nuestro papel dentro de este juego y si formamos parte de un modo pasivo o activo.

La sociedad como conjunto cambia pero el individuo permanece. Todos tenemos un mínimo (el mismo tiempo encerrados a causa de la cuarentena) pero cada uno alcanza su máximo (momento de reflexión, interpretación de las causas y las consecuencias o cómo se ve afectado en su trabajo). Y en este máximo encontramos diferentes visiones, perspectivas y, sobre todo, necesidades.

La función de este ejercicio reflexivo no es más que identificar cuáles son y serán las principales necesidades y, a partir de ahí, aunar las diferentes visiones y perspectivas. Creo firmemente que sería un error atender a un único sector productivo, ya que esta crisis nos ha tocado a todos y no entiende de clases, ni de segmentos de población en concreto.

Lo que está ocurriendo es el mínimo común denominador para la sociedad española, por lo que debemos mirar bajo esas gafas y entender que la especialización vertical no sería más que un paso atrás. Por ello, una de las propuestas que me parecen más interesantes es la sinergia horizontal: incluir y relacionar sectores que, a priori, no tienen relación directa.

Un ejemplo: los grupos de música necesitarán un local de ensayo y las tiendas de ropa necesitarán poner música y atraer de nuevo a los clientes. La sinergia horizontal permitiría que el grupo utilice este establecimiento como lugar de “ensayo” y la tienda utilice a la banda como cebo para atraer a clientes. Reconozco que se trata de un ejemplo loco e imprevisible y que, quizás, no sea válido, pero tengo claro que es importante crear relaciones atractivas tanto para el comercio como para la cultura.

Como decía antes, creo que dar pasos ahora mismo de acuerdo a nuestra especialización es ir con desventaja. Ahora es momento de entender la sociedad como un todo sin segmentar. Las necesidades mínimas serán comunes a todos.

Como hemos visto en redes durante todos estos días y veremos en los próximos meses, se han creado iniciativas culturales para amenizar, divertir y entretener a los usuarios de estas plataformas sociales. Podemos sacar muchas conclusiones a partir de aquí, entre ellas, que la cultura es un arma para “huir” de la realidad, para proponer soluciones a los problemas.

Así, podemos considerar la cultura como motor de avance intelectual; como puro entretenimiento; como herramienta para entender lo que ocurre,; para expresar las emociones que sentimos. En definitiva, la cultura es una propuesta de soluciones constantes.

Mi propuesta es relacionar e introducir la cultura en ámbitos donde antes no estaba tan presente. Ahora hablo en primera persona: yo me considero un artesano que intenta utilizar diferentes géneros y disciplinas para expresar lo que siente.

Para mí ha sido tan necesarios el arte y la cultura en estos momentos como la medicina, salvando las distancias, claro está. Intento explicar esto un poco mejor: la medicina cura lo físico, puede modificar el transcurso de una enfermedad o, simplemente, alargar la vida de alguien. Pero ¿quién cura lo metafísico?

A mí me gusta hablar del “alma”, pero entiendo que existen grandes posibilidades de que el alma, tal y como la entendemos de forma generalizada, no exista. Por lo tanto, hablo de aquello que podemos sentir pero que no es físico: de lo metafísico, en definitiva.

El arte y la cultura es la medicina del alma, la medicina de lo metafísico. Por ello, creo firmemente que, en los tiempos que estamos, es tan necesaria la cultura y el arte como la medicina. Ambos, en su conjunto, nos curan. Y a mí el arte me ha curado el alma en estos momentos de angustia, de ansiedad y de incertidumbre.

Quizás sea esa la solución mas acorde a lo que estamos viviendo: llevar la cultura y el arte a los sectores comerciales más afectados, creando una sinergia horizontal, dejando una huella positiva en nuestro entorno que tenga como arma la cultura. Y quizás la fórmula pasaría por aprender un poco del cultivo ecológico y trasladar su filosofía a otros ámbitos. Porque si a las personas que me rodean les va bien, a mí también me irá bien.

DANY RUZ
  • 16.6.20
Nos enfrentamos día tras día a medios de comunicación que dan cobertura a batallas dialécticas y casi de dignidad entre aquellos altos cargos políticos que hemos elegido. Y debo confesar que ha habido veces que, incluso, me he divertido y otras, sin embargo, en las que esos debates me han exacerbado. Como en cualquier entretenimiento, cuando dejo de tener en frente el estímulo que me entretiene, vuelvo a la “vida real”. No me hace pensar, reflexionar ni cuestionarme nada. Tan solo veo a personas desconocidas increpándose para gestionar a su manera el dinero de todos.



Quedan tan lejos para mí esos hombres y mujeres de chaquetas y maletín que todo lo que hacen y dicen me es ajeno... Me siento inútil cuando los veo recorriendo los pasillos del Congreso, del Senado, de los ministerios, en dirección a sus asientos para tomar decisiones bajo su ideario, sin lograr empatizar con las diferentes realidades que representan la sociedad española. Pero tras pensarlo de forma pausada y fría, me digo a mí mismo: “es normal que sientas impersonal la política nacional. Tu tienes que formar parte activa en la política local”.

Siguiendo las palabras del maestro Julio Anguita, el trabajo del ciudadano no debería terminar al echar el voto en la urna: debiera ser un trabajo continuo de años, para luchar por lo que es nuestro. Porque nadie va a luchar por ti ni por lo que te pertenece. Si tú quieres conseguir lo que es tuyo, lúchalo.

Pues siguiendo esta premisa me vuelvo a repetir a mí mismo: “tú tienes que formar parte activa en la política local”. Y a esta difícil empresa he dedicado el último lustro de mi vida: a combinar mi faceta profesional formando parte activa de la política local, pero desde una perspectiva ciudadana. Y me he encontrado con muchas sorpresas. Entre ellas, que el debate que está asentado en la política nacional se fragmenta y se adapta a la política local.

Muy lejos está la política local de satisfacer las necesidades de sus habitantes si se aplican medidas que no son acordes al municipio. Por ejemplo, ¿por qué se aplican en un pueblo de la Campiña Sur cordobesa medidas que se han aplicado en París? Se me ocurren muchas explicaciones y, entre ellas, no sitúo como causa real la necesidad.

Posiblemente, se apliquen porque se trata de una medida innovadora que ha cambiado el paradigma de un núcleo urbano y cosmopolita como es París. Puede que se haya aplicado, quizás, por combatir el cambio climático en un foco importante de contaminación. O puede ser porque esa medida está alineada con las necesidades que en ese preciso momento tienen las habitantes de esa ciudad.

Pero, ¿por qué mi alcalde o concejal ha importado una medida diseñada para una gran ciudad a un territorio muchísimo menos poblado? ¿Será para que todos veamos lo moderno que es nuestro pueblo? ¿Ha implantado esta medida para crear un gran titular para las redes sociales?

¿Cómo cubre mi Ayuntamiento mis necesidades como ciudadano si aplica medidas que satisface las necesidades de un parisino? ¿Para qué quiere un pueblo con una alta tasa de habitantes situados en la tercera edad una aplicación móvil para ver si el parking está libre o está lleno?

Soy un gran defensor de las influencias entre territorios, culturas y naciones, pero no de los “copia y pega”. Está bien inspirarse en lo que hacen los demás pero habría que mirar un poco hacia nosotros mismos, ver qué están haciendo mis vecinos para saber cuáles son sus necesidades.

Si un municipio tiene una cultura radicada en lo rural, no vale de nada aplicar medidas digitales directamente. Antes hay que pasar por una transición. Y por lo que he vivido, siento que no están alineadas las acciones políticas desde los ayuntamientos con las necesidades de los municipios.

Tomando a Platón como referente, vamos a analizar dos tipos de medidas: las sensibles –o, dicho de otra forma, las medidas acordes a la realidad– y las inteligibles –las que pertenecen a una realidad ficticia–. Cuando un ayuntamiento sigue un camino basado en un ideario que huye de la realidad de su pueblo está destinado a tener una vida en paralelo de sus conciudadanos: avanzan juntos, sí, pero nunca se llegan a tocar. El poder político pasa a otra esfera y deja un hueco que rellenan las asociaciones y los colectivos ciudadanos.

Son las asociaciones y los colectivos los que viven la realidad y los que forman parte activa del cambio. Son ellos los que dejan una huella positiva dentro del municipio. Y no pienso que esto sea algo negativo sino justo lo contrario: si las asociaciones y colectivos saben interpretar lo que necesita la población, desde la Administración hay que protegerlos, facilitar  recursos y herramientas.

Aunque sea un ideal utópico, tengo una imagen muy clara de este proceso: el Estado hace unas leyes y administra las riquezas de las comunidades. Las comunidades, bajo la interpretación de esas leyes y de acuerdo con las necesidades de cada una de ellas, administra el dinero. Los ayuntamientos, por su parte, ejecutan el dinero para cubrur necesidades propias del municipio. Los autónomos emprenden; el tejido asociativo propone. Y todo esto debería ir en un sentido bidireccional, un trabajo conjunto y piramidal.

Y ahora, en el momento que vivimos, somos los jóvenes los que tenemos que pasar a un modo activo, formando parte de la solución. No podemos dejar en manos de la Administración nuestro futuro. Debemos sentirnos responsables y dueños de lo que está por venir. Porque el político que está sentado en el Congreso le habla a su votante, no a la población; y el que está sentado en el ayuntamiento no vive en la realidad de su pueblo, por lo que debemos liderar nuestro hoy.

Pero, claro, siendo nosotros la generación "más cómoda" de la historia humana, que siempre nos han puesto un plato en la mesa sin preocuparnos de nada más, tenemos que dar un paso hacia adelante e impulsar una perspectiva nueva a la realidad. Porque la realidad, creo, es siempre la misma. Me imagino la realidad como un trocito de queso con agujeros y que cada agujerito pequeñito es una persona. Aunque el agujerito se muera, el queso sigue siendo el mismo.

DANY RUZ

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