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Mostrando entradas con la etiqueta El caleidoscopio [Remedios Fariñas]. Mostrar todas las entradas
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  • 13.4.21
Cuando Isabel Díaz Ayuso lo presentó, no podía creerme el eslogan de campaña que había escogido el Partido Popular para las elecciones a la Comunidad de Madrid: “comunismo o Libertad”. Posteriormente se quedaría únicamente en Libertad. ¿Qué entenderán ellos por comunismo? ¿Y qué sabrán ellos de libertad?


El Partido Popular fue fundado por un ministro del franquismo, Manuel Fraga Iribarne. En este partido tomaron asiento todos los falangistas, gentes del Opus Dei, derechistas del régimen y gentes de “buenas familias” que habían masacrado a socialistas y comunistas de la República, ellos o sus padres, de una forma u otra, por omisión o por participación.

Yo siempre creí que las ideas también se heredaban, que iban en el mismo lote que la educación y el catolicismo. Y no creo equivocarme, si bien estoy generalizando: la mayoría de los hijos de estas gentes son como sus padres y abuelos. De ahí han salido los del PP y, para más inri, también los de VOX.

La libertad de esta derecha retrógrada es salir a la calle porque no quiere una Ley del Divorcio, para que así los cónyuges tengan libertad para poder deshacer un error o una falta de amor. La libertad de esta derecha es salir a la calle y recoger firmas para que no se vote una ley que regule el aborto y así las mujeres –violadas o no– tengan libertad para elegir si quieren tener un hijo.

Libertad es protestar hasta el infinito por las leyes a favor de transexuales, protestar por la aprobación del matrimonio entre homosexuales, etcétera, etcétera, etcétera. Esa debe ser la libertad que proclama Isabel Díaz Ayuso en su eslogan de campaña electoral.

Nunca me ha sonado peor esa palabra que en los labios de estas personas herederas de Franco que, por cierto, hicieron cambiar el nombre de mi tía a mis abuelos: se llamaba Libertad y pasó a llamarse Concepción. Qué paradoja, ¿verdad?

Cuando banalizan y repiten la frase “comunismo o libertad” me hieren el alma. No puedo entender cómo pueden articular esa palabra. Con ella en sus bocas están fusilando y enterrando una y otra vez a los miles de españoles a los que un golpe de estado les quitó la libertad y la vida. Están negando a las buenas gentes que tuvieron que abandonar sus hogares para exiliarse porque los asesinaban. Por eso me rompe el corazón oírlos decir “libertad o comunismo.

Han de saber estas personas que los comunistas, junto con los socialistas, estuvieron tanto en el exilio como dentro de nuestro país jugándose la vida para traer la democracia. Pero sí, lo saben, y no lo perdonan; más de uno querría volver a otros tiempos.

Ellos, que no dejan ponerse a sus mujeres faldas cortas y que hasta hace poco tiempo no podían ni abrir una cuenta bancaria sin el permiso de su padre o marido, nos van a enseñar a nosotros qué es la libertad, cuando la libertad solo la quieren para unos pocos: esos pocos que no consienten que una persona pueda decidir su muerte, que sea libre de morir dignamente.... ¡Qué sabrán ellos de libertad!

REMEDIOS FARIÑAS
  • 9.3.21
Un simple rapero, maleducado y grosero, se ha convertido en el adalid de la libertad de expresión en nuestro querido país. Todo porque varios jueces han decidido encarcelarlo cuando, realmente, no merece la pena mantenerlo con fondos públicos en una cárcel. Y a esos jueces habría que explicarles que la libertad de expresión es un derecho constitucional y que, por muy sinvergüenza que sea un individuo, han de medir bien las consecuencias de sus sentencias.


Estas consecuencias ya se veían venir de lejos porque, por mucho que repugnen las letras de sus canciones, hay que respetar la libertad para que ese impresentable tenga sus derechos constitucionales a salvo y, de paso, los tengamos todos.

El rapero ha sido condenado por enaltecimiento del terrorismo e injurias a la corona, pero no ha sido encarcelado por esto, sino por reincidente y provocador. También tenía sentencias por atacar y agredir a un periodista, amenazar a un testigo y por obstrucción a la justicia.

De modo que a un chalado, niño de una familia adinerada y que tiene varias sentencias por otros actos que sí son delictivos y que nadie conoce por mucho rap que cante, lo han hecho famoso. Es más, lo han hecho cabeza de un movimiento necesario porque, a todas luces, lo que sí se está cuestionado es el derecho de cada uno de nosotros a poder expresarse libremente.

Estamos cansados y aburridos de tanta pandemia, de no poder abrazarnos ni reunirnos con nuestros amigos. Las personas ya están ahogadas de no poder respirar, de no ver sonrisas en los demás. Esta pandemia asesina nos ha quitado los sentidos: no podemos sentirnos los unos con los otros porque, además de no poder tocarnos, tenemos que guardar las distancias y es muy triste encontrarnos solos, aunque estemos rodeado de gente.

Los disturbios sucedidos a consecuencia del famoso rapero no cabe la más mínima duda de que también son consecuencia de esta situación: la gente está desesperada a causa de tanto encierro y se generan conflictos y depresiones que llevan a algunos a destrozar cosas o a suicidarse.

De este modo, la causa principal que es la libertad de expresión queda solapada por un espectáculo de lo más lamentable: heridos, rotura de escaparates, asaltos a tiendas... Incluso se prendió fuego a una furgoneta con un policía dentro. Y todo provocado por unos jóvenes convencidos –o no– de que los jueces van en contra de unas ideas que ellos pretenden representar.

Pobres diablos, que creen representarnos con una violencia desmedida que no es de derechas ni de izquierdas, sino simplemente fascista. Es decir, una serie de niñatos fascistas quieren representar a una gran parte de la sociedad que quiere que se respeten nuestros derechos. Pues no: no es así como se hace. Debemos saber que no es igual la desobediencia civil que el terrorismo callejero y, lamentablemente, es esto último lo que hemos sufrido en las últimas semanas.

Es lamentable que el debate principal y necesario sobre la reforma del Código Penal para que cualquier ciudadano pueda decir lo que quiera –siempre y cuando no ponga en riesgo los derechos de los demás– lo personifique un personaje tan insignificante como este rapero.

REMEDIOS FARIÑAS
  • 9.2.21
Nadie puede ni siquiera imaginar lo que debe sentir una persona cuando es condenada a pena de muerte. Nadie puede sentir esa agonía al saber que, tarde o temprano, más bien temprano, van a acabar con tu vida. Es evidente que no duermes porque pueden venir los verdugos durante la noche y sacarte para asesinarte y dejarte en una cuneta cualquiera. Todo esto y más debió sentir mi abuelo.


Luis Lázaro Barrera, Emilio Lorenzo Salgado, Hermenegildo Domínguez Blanco y Joaquín Fariñas Mallorca fueron condenados a muerte por “Rebelión Militar”. Mi abuela, después de recorrerse todas las instancias militares, pensó en otro pilar fundamental del franquismo: la Iglesia.

Su hermana estaba “sirviendo” en casa del arzobispo de Sevilla. Y era cuestión de vida o muerte. Además, su marido estuvo dispuesto a esconder en su casa objetos religiosos para que no sufriesen daño. Así lo declaró un testigo que era hermano de un sacerdote y que, valientemente, defendió a mi abuelo. Su nombre era José Wert Mora y será recordado siempre en mi familia.

Así se consiguió que fuera juzgado de nuevo en Valverde del Camino, en un Consejo de Guerra que tuvo lugar el 17 de diciembre de 1937. En las actas del mismo se puede leer:

Resultando que declarado el Estado de Guerra en todo el territorio en el bando de 18 de julio de 1936, Luis Lázaro Barrera, Emilio Lorenzo Salgado, Hermenegildo Domínguez Blanco y Joaquín Fariñas Mallorca, elementos marxistas y anarcosindicalistas de la Cuenca Minera de Riotinto, no prestaron el debido acatamiento a dicho bando, sino que se levantaron en armas contra la autoridad militar secundando el movimiento marcadamente comunista y se mantuvieron hasta el 25 de agosto del mismo año que fueron reducidos por la ocupación de la comarca por las tropas leales. Por tanto, debemos condenar a pena de reclusión perpetua a Hermenegildo y Joaquín como autores del delito de rebelión militar”.

Mi padre tenía ocho años cuando fue a la prisión de Huelva con su madre a despedirse de mi abuelo, al que trasladaban a la Prisión Central de El Puerto de Santa María. Nunca olvidaría cómo lo metieron esposado en un camión; nunca olvidó ese no saber qué ocurría ni dónde iban a llevar a su padre. Además, ¿qué hacía esposado como un delincuente? Eran muchas preguntas y emociones para un niño de ocho años. Después, con 78 años, aún lo recordaba como el día más infeliz de su vida.

Joaquín Fariñas tenía que cumplir una pena de 30 años de prisión: entraba el 14 de febrero de 1938 y, descontando los 89 días de prisión provisional, saldría el 9 de noviembre 1967. Posteriormente se la conmutarían por ocho años.

Mi pobre abuela compro un barril de vino y otro de aguardiente y puso una pequeña taberna para poder salir adelante. Todos los días iba el que había torturado a su marido a beber gratis. Entraba, se recostaba en la esquina de la barra y allí solo observaba a los lugareños que, en unas cuantas mesas de madera, jugaban al dominó.

Mientras, el desproporcionado número de presos del penal de Santa María, cerca de seis mil, provocaba que el estado sanitario fuese pavoroso. El aire en las celdas era irrespirable, los condenados dormían en colchones de paja o de hojas de maíz con un espacio máximo entre ellos de unos 45 centímetros.

Evidentemente, los chinches, piojos, pulgas y todo tipo de suciedad se acumulaban allí. El hambre y las enfermedades hacían estragos entre los presos y Joaquín ya empezaba a sentirse mal: tenía unos extraños dolores en el vientre y miccionaba sangre de vez en cuando.

No se sabe si por la masificación de presos o por qué razón, Franco empezó a conmutar penas y a conceder la libertad provisional a algunos encarcelados. En concreto, a mi abuelo lo excarceló y lo liberó con prisión atenuada el 21 de septiembre de 1940.

Llegó enfermo a su pueblo. Sus dolores cada vez eran más frecuentes. En su pueblo no le daban trabajo: estaba señalado como un rojo que, en aquellos tiempos, era como si tuvieses la peste. Entre el miedo y el odio, nadie quería darle trabajo. Estuvo en el pueblo algún tiempo hasta que mi abuela se quedó embarazada de su tercer hijo y mi abuelo decidió irse a trabajar a Alemania.

Al cabo de no mucho tiempo volvió al pueblo, cada vez más enfermo. Mi abuela lo llevó a médicos de Huelva, pero su marido no tenía solución alguna: tenía un cáncer de vejiga. Todos decían que había sido producido por las patadas y las torturas que había recibido por parte de Tomás Penis. Yo también creo que todo el infierno por el que había pasado contribuyó a ello.

Todos los miembros de mi familia tuvieron que convivir con el torturador. Es más, vivía enfrente de mi abuelo, que veía cada día al hombre que le estaba causando la muerte. Me contaban que los alaridos de mi abuelo, cuando le entraba el dolor, se podían escuchar desde el principio de la calle. Y el hedor que exudaba por un orificio que se le había abierto en el vientre era terrible. Murió, a fuerza de dolores, con 48 años. Y sufriendo lo indecible.

Falleció y dejó a cuatro hijos, el más pequeño con cinco años, mi tío Carlos, al que acosaba el torturador continuamente. Mi padre tenía 22 años y lo tenía que ver en el bar de su madre. Mi abuela lo único que les decía a sus hijos era que no hablaran, que tuviesen mucho cuidado.

Podemos imaginarnos el miedo que tendría la pobre mujer y así siguió hasta que el asesino murió. Mi tío Carlos fue a asegurarse de que lo enterraban bien hondo. Solo iba acompañado de unos cuantos guardias civiles: nadie lo quería en el pueblo.

Esta historia es real y todo lo que cuento está recogido en archivos oficiales. Hoy en día no parece que esto pudiese haber pasado, pero ocurrió. Esto es la memoria histórica que jamás debemos olvidar para que no vuelva a repetirse.

Mi interés en contarlo es para que se sepa lo que le hicieron a un hombre bueno que, lo único que hizo, fue defender la legalidad democrática que había salido de las urnas. Creo que hago un poco de justicia y que, al menos, ofrezco un poco de consuelo a su hijo Carlos y a mi padre que, esté donde esté, posiblemente se sienta muy orgulloso de que su hija haya podido contar la historia de su padre. Sin miedo, tantos años callada y tan olvidada.

REMEDIOS FARIÑAS
  • 12.1.21
Eran las once de la noche del 14 de noviembre de 1937. Riotinto se envolvía en una espesa niebla, con esa capa espesa de humedad que te cala los huesos hasta el fondo. No se veía nada en un metro a la redonda: apenas se podían distinguir vagamente las sombras de los mineros que entraban al tajo en el turno de noche. Pobres hombres, con sus viejos trajes, con unas ropas sobre otras, sin más abrigo que las manos en los bolsillos y la raída gorra. Iban con las cabezas gachas, tiritando de frío y con el hambre en sus ojos. 


A esa hora, la pareja de guardias civiles sacó de su casa a Joaquín Fariñas, mi abuelo. Estaba a punto de salir para su trabajo. Desde su casa al cuartel de la Guardia Civil había unos escasos quinientos metros. Se cruzó con varios mineros que, viendo a la pareja de agentes, se pasaron a la otra acera. 

Cuando llegaron al cuartel, a mi abuelo se le cayó el alma: los guardias se quitaron las capas y uno de ellos se marchó del pequeño habitáculo dejando a Tomás P. C. que, además, soltaba la pistola en el cajón de un raído escritorio con dos sillas desvencijadas que componían todo el mobiliario.

La primera patada fue a su bajo vientre y así continuó hasta que lo dejó tirado como un guiñapo ensangrentado en un rincón. Mi abuelo no podía respirar: la sangre que salía de su boca y de su nariz se lo impedía y no sentía ya nada de medio cuerpo hacia abajo a causa de las cientos de patadas que había recibido.

El torturador quería que le dijese el nombre de los compañeros de la UGT que habían ido junto a él en un camión a Fregenal de la Sierra, a confiscar trigo para hacer pan y repartirlo entre los más necesitados del pueblo. El atestado decía lo siguiente:

“Que sobre las veintitrés horas del día 14 de noviembre del año 1937 y acompañado de los guardias segundos Tomás Penis Corchado y Miguel Romero Banda se procedió a requerir al vecino de esta barriada al ser individuo que estuvo afiliado al deshecho Frente Popular para averiguar la actuación que pudo tener antes y durante el movimiento rojo, a cuyo efecto fue interrogado”.

Mi abuelo declaró que pertenecía a la UGT, que no ostentaba cargo alguno, que no salió en ninguna columna a luchar contra las tropas nacionales, que no quemó iglesias y que fue a desarmar a los guardias civiles con un grupo numeroso de personas porque se lo ordenó un individuo apodado “El comunista” que se encuentra fugado. Procedió al desarme del guardia segundo, Tomás Penis Corchado, que vivía fuera de la casa cuartel y le intervino el fusil y las municiones. Lo echaron en una camioneta y lo llevaron al sindicato.

También dijo que marchó a la sierra en una camioneta a buscar trigo que, posteriormente, cambiaron por harina que llevaron a la panificadora de la viuda de Centeno en la que se elaboraba el pan para la población y que estaba incautada por el comité.

Hay dos testigos que comparecen para ir en contra de Joaquín: Juan Acosta Gallego, que declara que pusieron unas banderas blancas para recibir a las tropas nacionales –y Joaquín, de malas formas, se lo afeó a los vecinos que las pusieron– y otro testigo, Pedro Gómez Gallego, de profesión practicante, que dice que le curó los pies llenos de espinas del monte por formar parte de una columna que iba a combatir a los fascistas.

Hubo un valiente, una buena persona, que a riesgo de que pensasen que era “rojo”, dio la cara por Joaquín: fue José Wert Mora. Este vecino declaró que Fariñas se presentó diciéndole que sabía que iban a registrar las casas para recoger ornamentos de culto y como su hermano había sido sacerdote y estaba muerto, pues se ofrecía a guardárselos él en su propia vivienda. Por lo tanto, sabiendo Fariñas que los tenía el sindicato, no los intervino, con lo que se concluye que Joaquín Fariñas no le delató.

En el resumen de las diligencias explican que el sujeto Joaquín Fariñas Mallorca tomó parte muy activa en el movimiento marxista, interviniendo en el desarme de la Guardia Civil; además, tomó parte de grupos que salieron a la sierra en busca de trigo y harina, como igualmente salió en columnas par combatir a las tropas nacionales, como consta en la declaración del mismo y de los testigos, siendo un sujeto de ideas muy avanzadas y peligroso. 

Se procede a su detención e ingreso en el Depósito Municipal de esta localidad, dando por finalizado este atestado para su remisión al teniente coronel jefe de Operaciones de Limpieza de las sierras de Badajoz. Sevilla y Huelva.

Junto a mi abuelo detuvieron a Emilio Lorenzo Salgado, Luis Lázaro Barrera y Hermenegildo Domínguez Blanco. El recuerdo que tengo de mi abuela Concepción, a la que sí conocí, es de una mujer pequeñita, muy morena, con su pelo recogido en un moño eterno y toda vestida de negro. Sus ojillos denotaban cariño y sus manos ásperas de trabajar eran las que mejores caricias daban. 

Para mi abuela, la típica frase “todo el mundo es bueno” no era un decir: realmente la representaba. Y esta mujercita recorrió cielo y tierra para que no condenaran a muerte a su marido, aunque ya lo había condenado su torturador, con dos hijos a cuestas: mi padre, de nueve años, y mi tía Concha, con siete, a la que tuvieron que cambiar el nombre porque se llamaba Libertad. 

Mi abuela fue de casa en casa pidiendo por su marido, diciendo que era un buen hombre que no había hecho daño a nadie y que, por favor, testificasen a favor para que no lo matasen. El documento del Consejo de Guerra que se celebró en Valverde del Camino dice así:

“En la plaza de Valverde del Camino, a diecisiete de diciembre de mil novecientos treinta y siete. Segundo Año Triunfal. Como secretario del Consejo de Guerra Sumarísimo y de Urgencia de la Zona, extiendo la presente acta para hacer constar que en este día se ha reunido el Consejo para ver y fallar las causas…”. 

A mi abuelo, Joaquín Fariñas Mallorca, lo condenaron a muerte junto a Emilio Lorenzo Salgado. Pero aquí no termina esta historia.

Continuará...

REMEDIOS FARIÑAS
  • 9.12.20
Nació en Riotinto, en las famosas Minas de Riotinto, que fue colonia inglesa desde 1873 hasta mediados del siglo XX. Era un republicano de izquierdas, un idealista como todos los de izquierdas de aquellos tiempos porque creían en el corazón y la bondad de las personas y en un mundo feliz donde todos eran hermanos proletarios. Vivía con su mujer y dos hijos en ese pueblo de tierras rojas, tierras que parecen bañadas de sangre: la de los hombres que perdían la vida bajo toneladas de escombros en el propio corazón de la tierra.


Las gentes que lo habitaban decían que los ingleses habían dejado cosas buenas y malas. Las malas las dejaremos para otro momento, pero las buenas eran que sus obreros debían tener una cultura: ellos no querían analfabetos en sus minas. Nada más llegar, y a la vez que construían casas para sus obreros, edificaron varias escuelas. En el siglo XIX pocos pueblos podían decir que tenían escuelas. Por este motivo, por su cultura, los mineros tenían una gran conciencia crítica y de clase.

En Riotinto se editaba y se leía prensa obrera desde la primera Revolución Industrial. Allí además se vivió el famoso Año de los Tiros, que en otro momento contaré; de modo que no se quedaron de brazos cruzados cuando el Gobierno legítimo de la República anunció la traición de unos generales y sus aliados, los terratenientes y banqueros. Más tarde, estos asesinos se alinearían con otras alimañas más peligrosas aún: los nazis y los fascistas de Mussolini.

La guerra en un pueblo minero no era igual que en otros lugares, ya que tenían más armas. Los hombres cargaban dinamita de las minas en camiones que previamente mal blindaban y salían en columnas a luchar contra las tropas franquistas. 

Una de esas columnas fue la que se dirigió a Sevilla, cargada de hombres que recogína por los pueblos que pasaban. La Guardia Civil los escoltaba, pero el capitán Haro, que dirigía la columna, los traicionó adelantándose con todos los guardias para esperarlos en Camas junto con las tropas de Queipo de Llano, el genocida que se terminó instalando en Sevilla. 

Fue una masacre: los camiones cargados de dinamita estallaron y murieron muchísimos mineros que iban a luchar por la democracia. Los que no murieron quizás lo hubiesen preferido porque, después de estar hacinados en un barco-prisión en el Guadalquivir, fueron fusilados en las murallas de la Macarena.

Pero volvamos al principio. Joaquín vivía de su trabajo de obrero en la mina. Tenía 33 años cuando estalló la sublevación. Pertenecía a la UGT y, al comienzo de todo, el sindicato reunía alimentos y provisiones para los más necesitados en el pueblo. 

En una de estas requisas participó y escoltó, junto con algunos otros, un camión que se dirigió a Higuera de la Sierra a cargar trigo que luego cambiarían por harina para llevarlo a la panadería de la viuda de Centeno y hacer pan para la gente del pueblo.

Otro día le pidieron que fuese con unos cuantos a desarmar a los guardias civiles para evitar lo que habían hecho los de Sevilla. Joaquín fue y en la Comandancia había dos agentes. A él le tocó desarmar a un tal Tomás P. C., que vivía en una casa fuera del cuartel. Y esa fue su perdición.

El 23 de agosto de 1936, las tropas traidoras entraron triunfales en Riotinto. No hubo un solo tiro pero, no obstante, empezó un periodo marcado por la crueldad y la sin piedad: mujeres y hombres torturados; sacas de las casas de madrugada para fusilamientos en la tapia del cementerio... Decenas de vidas rotas por ser leales al Gobierno demócrata. 

El pueblo quedó arrasado, pero no por las bombas ni por la lucha, porque no la hubo. Las gentes tenían tanto miedo de lo que escuchaban que hacían en otros pueblos que sacaron las banderas blancas a las ventanas y no se oyó ni un solo disparo. Lo que sí hubo fueron humillaciones y torturas. Riotinto quedó muerto con cientos de huérfanos y viudas. Y un silencio y un miedo que durarían más de cuarenta años.

Trascurrido un año seguían con las matanzas. Pero, ahora, los detenidos eran juzgados por un supuesto tribunal nombrado por ellos, por los traidores, en el que el abogado defensor formaba parte de los acusadores. Por tanto, ni era un juicio real ni, muchísimo menos, era un proceso justo.

El 17 de noviembre de 1937 Joaquín es detenido por la pareja de guardias civiles a los que les quitaron las armas. En concreto, fue esposado por Tomás P. C. quien, a la postre, se convertiría en su asesino. En el atestado se lee, literalmente, que se levanta contra “el sujeto Joaquín Fariñas Mallorca, por haber tomado parte activa en el movimiento marxista durante el dominio rojo, en esta barriada, el año anterior, el cual queda en el Depósito Municipal a disposición de la autoridad”. Por cierto, Joaquín Fariñas Mallorca era mi abuelo.

REMEDIOS FARIÑAS
  • 10.11.20
El personaje de Mafalda me conmovió siempre y, aunque parezca mentira, lo he sentido como si fuera un personaje real. Sin embargo, pensándolo bien, se trata de una niña tan perfecta que sería imposible que existiese alguien como ella.


Hace unas semanas Mafalda quedó huérfana y Quino nos dejó a todos un poco abandonados. El dibujante hizo sus tiras de comic desde 1964 hasta 1973, pero Mafalda siempre será una niña eterna, al igual que su manera de ver el mundo. Sus ideas sobre los poderosos y los humildes, sobre la libertad y la vida o sobre los derechos humanos nunca pasarán de moda. 

La característica principal de mi querida Mafalda no es otra que la de adoptar un punto de vista adulto, pero con una inocencia infantil. Esto la hace profundamente dulce y humana. Mafalda está en todas las tragedias humanas. Y mira que son muchas. Demasiadas.

La niña reflexiona de forma que hace que su propio pensamiento nos perturbe por medio de textos muy breves. Así, con “Comienza un día con una sonrisa y verás lo divertido que es ir por ahí desentonando con todo el mundo” hace una crítica feroz al mundo y a la sociedad que nos rodea. Cuando quiere ser política lo es: “Señores, no es cuestión de romper estructuras, sino de saber qué hacer con los pedazos”; o antipatriarcal: “Lo malo de la familia humana es que todos quieren ser el padre”.

La sabia Mafalda decía que “la mejor edad de la vida es estar viva”. Ella lo está y lo seguirá estando eternamente: sus tiras humorísticas siempre estarán de actualidad porque nada ha cambiado en este mundo en 56 años que cumplía Mafalda hace unos meses.

La nena terrible, simpática y muy atrevida deslumbró a jóvenes y mayores. Porque Mafalda no es una niña cualquiera: es un compromiso con la humanidad; le preocupa tanto el mundo que no entiende cómo los adultos pueden hacerlo tan mal. 

Combina la inocencia de su mundo infantil con unos altos ideales. Es una luchadora social que comunica sus ideas desde su sillita con una inocente falta de inocencia. Joaquín Salvador Lavado (Quino) reflexiona a través de su personaje del mundo y de las gentes que lo habitamos.

Mafalda nació hace más de cincuenta años, pero sus pensamientos son muy actuales. Ha sido combativa en temas relacionados con la guerra, la maternidad, la niñez y también el feminismo. Mafalda: femenino singular es una recopilación de las viñetas que hizo Quino y convierten a su personaje en una niña que lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. 

Está tan presente hoy en día como hace cincuenta años, pues todo lo que denunciaba sigue de la misma forma. El mundo que Quino, a través de su Mafalda, acusa de esa manera tan dura y triste sigue estando igual que antes, con las mismas miserias que manifestaba nuestra protagonista. Por eso está tan vigente su legado.

De niña leía las viñetas de Mafalda y el gato Garfield, de Jim Davis. Me identificaba totalmente con Mafalda: yo no era de príncipes y princesas. Aunque los temas más universales y algunas otros no los entendía, esa rebeldía y, sobre todo, esa curiosidad, esas preguntas inteligentes y con doble sentido, me acabaron acercando al personaje. 

Se hacía preguntas sobre las injusticias, los peligros que acechaban y acechan a la tierra, la relación de esta sociedad con respecto a la mujer... Lo que más me gusta de ella, ahora que no soy tan niña y sigo leyéndola, es esa impertinencia y esa divina curiosidad. Esa misma rebeldía frente a la monotonía que hacía que odiara la sopa es la que tendríamos que mostrar todos frente a las injusticias de este mundo.

Se quedó en mi corazón y en el de mucha gente, posiblemente porque trata temas cotidianos: las relaciones entre padres e hijos, entre amigos. La familia de Mafalda es como la de muchos de nosotros, con sus defectos y sus virtudes.

Gabriel García Márquez, el Nobel de Literatura, escribió sobre Quino en 1992: “Lleva muchos años demostrándonos que los niños son los depositarios de la sabiduría. Lo malo para el mundo es que, a medida que crecen, van perdiendo el uso de la razón; se les olvida en la escuela lo que sabían al nacer; se casan sin amor, trabajan por dinero, se cepillan los dientes, se cortan las uñas y, al final, convertidos en adultos miserables, no se ahogan en un vaso de agua sino en un plato de sopa. Comprobar esto en cada libro de Quino es lo que más se parece a la felicidad”. Nada más que añadir. 

REMEDIOS FARIÑAS
  • 29.9.20
El autor de la célebre frase “lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir” ha superado en cinismo a todos sus antecesores. De todos es sabida la promiscuidad de la que siempre hicieron gala los Borbones: desde la reina Isabel, que pasó por su cama a toda la Guardia Real, hasta Alfonso XIII, famoso por sus salidas secretas por los cabarets de Madrid.



La primera tenía una gran excusa y es que su marido, en la noche de bodas, llevaba un camisón con más encajes que el de ella. Pero el segundo no creo que tuviese dificultades para poder usar el lecho real con su mujer, la reina Victoria Eugenia. Sin embargo, en ambos casos, sus dos protagonistas no molestaban al pueblo. Es más: el pueblo los amaba y esas salidas de tono las alababa y hacían bromas y cancioncillas con ellas.

Hasta ahora se ha ido sobrellevando la conducta presunta –no vayamos a liarla– del emérito. Pero de un tiempo a esta parte nos hemos enterado de que pagaba a sus supuestas amantes con dinero público, siempre presuntamente. Y de que utilizaba el servicio secreto para, supuestamente, seguirlas y acosarlas, al objeto de evitar que hablasen. Siempre presuntamente, ya saben.

También las ponía a vivir, presuntamente, en palacetes del Patrimonio Nacional, incluso en el mismo recinto de La Zarzuela. Pero ¿qué es lo más lamentable? Pues que todos lo sabían: los medios de comunicación estaban al tanto de estas correrías y no, no eran "vida privada" puesto que, presuntamente, utilizaba dinero público. Pero nadie, absolutamente nadie, denunció el caso.

La Constitución del 78 había blindado a Juan Carlos I. No podía ser juzgado, ya que gozaba de inviolabilidad, por lo que, presuntamente, se limitó a hacer lo que le vino en gana sin la más mínima consecuencia. Daba igual que estuviésemos en una crisis tremenda, que muchos niños españoles solo pudiesen comer una vez al día o que algunos jubilados andasen buscando por las basuras algo que llevarse a sus bocas desdentadas y hambrientas. Daba igual: eran sus súbditos. E, igual que en plena Edad Media, el rey disponía de unos privilegios de los que el pueblo carecía. La diferencia, claro, es que estamos en pleno siglo XXI.

Cada Navidad leía su discursito para tenernos contentos y, no conforme con ello, ayudó a cerrar una serie de contratos con empresas españolas en Arabia Saudí, en los que el rey emérito era intermediario. Esa conducta ha provocado que Anticorrupción abriese diligencias y que la Fiscalía las haya elevado al Tribunal Supremo.

Los documentos que se han hecho públicos en los últimos meses apuntan a que Juan Carlos I recibió, presuntamente, una transferencia del régimen saudí de 100 millones de euros que ingresó luego en una cuenta suiza. Se cree que fue una comisión por su mediación en la adjudicación a empresas españolas de la construcción del AVE a la Meca.

Es cierto que la figura de Juan Carlos I ya estaba muy dañada tras salir a la luz su relación con Corinna Larsen y las constantes revelaciones que hizo ella en el caso Villarejo. Pero no se investiga al emérito por nada que se circunscriba a sus relaciones sentimentales, sino que lo que ahora toca dilucidar es si cobró alguna comisión y si, con ello, se pudo cometer blanqueo de capitales o algún otro delito fiscal.

Lo que parece claro es que, al final, sea declarado culpable o no de algún delito, a Juan Carlos I nadie lo librará del escándalo porque, como dice el refrán, "la mujer del César no solo debe ser honrada, sino parecerlo". Pero si después de todos estos acontecimientos el pueblo español sigue queriendo rey, entonces parece claro que no nos hemos enterado de qué va la historia. Y va de reyes y vasallos, de súbditos, de tontos que trabajan y pagan y que, además, se creen las memeces que dicen los cuatro nostálgicos de una España cateta con corona.

REMEDIOS FARIÑAS

  • 1.9.20
El altiplano granadino tiene sus colores y sus olores. Situado en la zona norte de Granada se alza Huéscar, un pueblo monumental, el más septentrional de la provincia. Con poco más de siete mil habitantes, es de esos municipios inexplorados que se encuentran escondidos como pequeños tesoros. Y este año mis vacaciones han sido en este lugar mágico. Millones de años pueden contemplarse en sus alrededores: paisajes desérticos, bosques y montañas adornan sus contornos. Tierras de los primeros pobladores europeos.



Arenisca, yeso y esparto forman un paisaje estepario que impresiona y que no deja a nadie indiferente. Dunas y dunas formando algo único. Dicen que nada es eterno, pero en estos lugares sí que se nota la inmortalidad. Hay quienes afirman que existen tantos paisajes como observadores porque cada uno de ellos contribuye al entorno con su propia percepción y nadie puede sentir la misma emoción cuando entre estas montañas se va muriendo el sol a fuerza de destellos de sus cristales de yeso.

Espacios infinitos te abrazan con un paisaje de singular belleza. Por otro lado, se alza la majestuosa Sagra, bella, solitaria y misteriosa, que parece un volcán. Es el tercer pico más elevado de Andalucía y sus cumbres permanecen nevadas casi todo el año.

Al entrar en el parque de la Sagra cambia bruscamente y por completo el paisaje. Lo que te emocionó por ser desnudo ahora aturde por lo contrario, ya que está conformado por inmensos bosques de pinos, encinas y enebros. Posee un tapiz vegetal que nos recuerda a la Sierra de Cazorla.

Es ese contraste el que hace que sientas que trasciendes de un mundo a otro, pasar de un erial a unas ricas vegas que se crearon hace miles de años alrededor de ríos, fuentes y manantiales. Junto a peñascos hermosamente desérticos parten ricas y frescas vegas con grandes alamedas que prestan sombras al caminante.

Íbamos recorriendo esas rutas con la cámara en la mano cuando, en una de las faldas de la Sagra, nos encontramos con algo muy extraño en estas tierras. No daba crédito a mis ojos cuando me acercaba y cada vez me parecía más imposible que, en medio de un claro, se encontraran dos grupos de secuoyas. Estos ejemplares fueron traídos desde California en 1839 y la más alta mide alrededor de 80 metros de altura. El diámetro de su tronco es inmenso.

Desde la lejanía diviso Huéscar, la antigua ciudad de Uskar, es la torre de Santa María la Mayor, de trazas realmente monumentales, lo que se distingue en el paisaje. Allí se alza imponente como una brújula en medio de una llanura enorme rodeada de sierras de color añil y pardo, con sus casas de color terroso, nada parecidas a esos pueblos de mi tierra natal en el otro extremo de Andalucía, los pueblos blancos.

Otra característica muy propia de estas tierras y también bastante impactante son las cuevas. Son viviendas que desde el Neolítico han llegado hasta nuestros días, mejoradas y arregladas a nuestro tiempo. Pero no por eso dejan de impresionar esas oquedades en la montaña caliza que mismamente parecen hormigueros diseminados por la tierra seca y terrosa.

En la falda de la sierra de la Encantada existe una cueva que sirve de aprisco para el ganado. Desde Huéscar se puede distinguir la oquedad: es la Cueva de la Encantada y tiene su leyenda. En la cima de la montaña había un castillo donde vivía una bella princesa que, cada mañana, bajaba a una peña que había en las faldas del castillo a peinar su cabellera de rizos de oro que le cubría los hombros y le caía como una cascada de espuma dorada por su espalda.

La princesa no dejaba de suspirar y mirar hacia occidente. Justo por allí llegó un día un trovador montado a caballo que se enamoró de esos largos rizos de oro. El jinete tuvo que marchar a la guerra y se llevó el corazón de la princesa. En prenda de su amor le dejó un anillo mágico que, cuando se frotaba, su poseedor desaparecía y se hacía invisible.

Solo la mañana del día de San Juan desaparecía el sortilegio, y aunque el anillo se hubiera frotado cuando el sol aparecía, la persona se hacía visible. Estalló la guerra y llegó al castillo. La princesa huyó frotando el anillo. Al volver al castillo vio que lo había perdido todo, que había quedado arrasado.

En su huida precipitada del castillo perdió el anillo y se quedó invisible: solo podía librarla del sortilegio el muchacho que le había jurado amor eterno. La princesa se refugió en una oquedad en la falda de la montaña. Cuando aparecen los primeros rayos de sol en la mañana del día de San Juan se la puede ver momentáneamente con un peine de concha y un espejo de plata peinando su pelo y esperando a su amado. De aquí el nombre de la sierra de la Encantada.

Sentada en la plaza del pueblo, mientras escribo estas líneas observo cómo el tiempo no trascurre por estos sitios: se congela, no hay prisas. Los minutos no se cuentan y pasan los días en un dejarte llevar por la vida.

REMEDIOS FARIÑAS
FOTOGRAFÍA: AYUNTAMIENTO DE HUÉSCAR
  • 21.7.20
Hoy quiero abordar un tema muy delicado del que se ha escrito mucho pero que hay que seguir denunciando ante la opinión pública. Me refiero a la gestión vergonzosa que algunos responsables políticos autonómicos han hecho en las residencias de ancianos durante la pandemia del covid-19.



Los geriátricos se han convertido en una trampa mortal para sus residentes, que murieron en ellos sin que al menos los trasladasen a los hospitales, en una muerte sin remedio, sin sentido. Les fue dictada la sentencia para que el político de turno presumiera de que sus hospitales contaban con mayor calidad y mejor organización. ¡Ni en el mejor de los casos tiene esto justificación alguna!

Según los datos del Ministerio de Sanidad y las consejerías de las distintas Comunidades Autónomas, el número de ancianos fallecidos en las residencias por covid-19 asciende a 19.629 personas. La mayoría de estas muertes se produjeron en Madrid y Cataluña.

La Unidad Militar de Emergencia (UME) fue la encargada de desinfectar y dar apoyo a las residencias de ancianos. Cuando entraron en ellas, las escenas que se encontraron fueron dantescas: desde ancianos abandonados en unas condiciones de salubridad nefastas hasta cadáveres conviviendo con residentes. Tanto es así que hay una investigación judicial en curso.

¡Pobres abuelos, hartos de luchar tantos años con la vida! Después de vivir en el país del miedo, fueron capaces de construirnos un país libre. Por eso no podemos consentir lo que ha pasado. Quiero recordar a través de estas pocas líneas a aquellos que murieron solos y, posiblemente, bajo un gran sufrimiento, sin recibir los más mínimos cuidados paliativos.

A las dos principales capitales españolas, Madrid y Barcelona, les desbordó la situación, en gran parte, debido a que cuentan con el mayor número de residencias privadas y, también, debido a los recortes efectuados en sanidad. Los hospitales públicos no daban abasto y faltaban material, camas y personal. Los sanitarios se contagiaban porque no tenían las suficientes medidas de seguridad y la muerte también se cebó con  ellos.

Este abandono de responsabilidades tiene diferentes vertientes de análisis. En cuanto a la vertiente ética y humana, yo me pregunto: ¿cuántos políticos han tenido que abandonar a sus padres para que murieran solos en medio de una agonía atroz? Por suerte, muchos de estos señores se escapaban del triaje que, por cierto, no hacían los médicos sino unos funcionarios de la Comunidad. El abuelo que pagaba un seguro privado contaba con un salvoconducto para una cama en un hospital. El director o directora del centro llamaba a su seguro privado y, rápidamente, una ambulancia venía a por él.

La Consejería de Sanidad de Madrid elaboró un protocolo con la intención de que sus hospitales no se colapsaran. Este protocolo consistía en realizar una criba para la hospitalización de los enfermos. Así, a las personas mayores que padecieran enfermedades terminales o eran dependientes se les excluía de la atención pública hospitalaria –cabe mencionar que una persona que necesitara silla de ruedas era considerada dependiente–.

Sin embargo, a aquellos enfermos que contaban con un seguro privado se les derivaba a cualquiera de las clínicas y hospitales privados ubicados en la Comunidad. De esta forma, no se saturaban los hospitales y, por lo tanto, el político se libraba de una mala imagen que no podía permitirse bajo ningún concepto.

Cuando algún anciano enfermaba, los trabajadores de las residencias tenían que llamar a un geriatra del hospital público para que valorase por teléfono el traslado según los síntomas o dependiendo de lo saturadas que estuviesen las Urgencias. En cambio, si tenía un seguro privado, solo tenían que llamar a la ambulancia que lo recogía y lo hospitalizaba.

La Comunidad de Madrid es, de todas las Autonomías, la que acumula más diligencias judiciales e, incluso, hay una querella elevada al Supremo para investigar a la presidenta, Isabel Díaz Ayuso. También han presentado una querella en contra del Gobierno por posible delito de homicidio imprudente a causa de la mala gestión que, según las familias, han hecho de la pandemia. Esta querella ha sido presentada en el Tribunal Supremo por un grupo de abogados de toda España en nombre de 3.000 familiares de personas fallecidas a causa del coronavirus.

Los más indefensos y los más débiles son los que han pagado el error de esos malos políticos que anteponen a su deber con la sociedad el enriquecimiento propio y malvenden lo público, que es de todos: también de esos miles de abuelos que se han ido sin despedirse y en la más atroz de las agonías. No hay perdón para tanto dolor.

REMEDIOS FARIÑAS
  • 23.6.20
Recuerdo que cuando era una niña, mi abuela, que me traía el desayuno a la cama, me contaba historias de la Guerra Civil española. Parece que estoy oyendo a mi madre diciéndole: “no le cuentes esas cosas a la niña”. Mi abuela, cada mañana, venía y hacía lo mismo. Y a mí me encantaba y, con los ojos grandes por el asombro, la escuchaba todo el rato. Creo que de escuchar aquellas historias vinieron mis ganas de contarlas y me hice periodista.



Ahora hay un cierto sopor en el ambiente, una dejadez, un querer vivir y no poder; como si se quisiera respirar y, por alguna razón, no se pudiese soltar el aire. Las personas han tenido que encerrarse y huir de un enemigo sin cara, un enemigo mortal.

Ante esta tesitura hay quien se ha comportado con solidaridad y amor al prójimo y quien, también, se ha vuelto aún más ególatra y egoísta. Estos días hemos visto a ciudadanos que lo han dado todo, incluso la vida, y también, los que aprovechando esta crisis sanitaria han querido tumbar al Gobierno.

Parece ser que las derechas, aunque se digan muy demócratas, no lo son tanto: no conciben que gobiernen los contrarios, no pueden soportar que su mano de obra barata les salga cara, que su mayordomía les exija un horario y que sus trabajadores agrarios les pidan un digno salario. De aquellos viejos lodos franquistas proceden estos barros.

En la formación del Gobierno ya se dilucidaba el sentido que iba a tener la Legislatura. Tras superar muchos escollos se consiguió́ formar un Gobierno de progreso. Y pocos meses más tarde estalló la pandemia.

No digo que este desastre no haya sacado lo mejor de nosotros pero, también, con mucha fuerza, lo peor de cada individuo ha salido a flote. El cainismo español campa estos días por todas partes: por la calle, por las redes y, sobre todo, en el Congreso de los Diputados.

Nunca he sentido más vergüenza ajena que cuando escuché el lenguaje tabernario y bronco que hace unos días se pudo oír dentro del hemiciclo. Los diputados de derechas insultaban sin el más mínimo pudor, aprovechando los horrores de la epidemia que realmente nadie vio venir y que ahora utilizan desalmadamente para desgastar al Gobierno.

Se valen de la forma más vil, utilizando a los miles de muertos, y terminan culpando a quienes están dándolo todo por intentar que los de siempre, los que para ellos no son nadie, no se queden atrás. Esos “nadíes” que el gran Galeano retrató con la maestría que le caracterizaba.

Esta misma pelea se da entre los ciudadanos de a pie e, incluso, se producen agresiones por ideas e ideales diferentes entre los unos y los otros. Se insultan igual o más que en el Congreso, se ofenden en las redes sociales y el ambiente está sumamente enrarecido.

Para rizar el rizo han introducido a la Guardia Civil en el discurso y de una sustitución por parte del ministro –que, por cierto, todos sabemos la causa– puede hasta que haya una revolución en el Cuerpo. ¡Ojalá me equivoque!

Y, para terminar, el colmo de los colmos: el Rey emérito está siendo investigado por el Tribunal Supremo. Todo comenzó el 15 de marzo, el domingo por la noche, cuando la Casa del Rey anunció que Felipe VI renunciaba a la herencia que pudiese corresponderle de su padre y que, además, a Juan Carlos I se le retiraba la asignación que cobraba del Estado. Era una manera de admitir los negocios no claros del monarca ya retirado.

Todo esto sucedía mientras toda España estaba confinada en sus domicilios, los hospitales se colapsaban y los muertos se contaban a miles. Esa democracia a medida construida, después de los años de dictadura infernal, se ha quedado corta, muy corta y muy corrompida.

Los todavía jirones del franquismo se hacen sentir: están en casi todas las instituciones más importantes de nuestro país y siguen medrando. Tenemos que salir de este pozo, respirar sin mascarilla que nos impida gritar, volver a vivir, conseguir que este país sea más progresista y más justo. Pero, volviendo a Galeano, no hay un día mágico que llueva la buena suerte por mucho que los nadíes la llamen.

REMEDIOS FARIÑAS

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