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  • 22.10.19
El otoño siempre ha sido la estación en la que se reinicia la actividad cotidiana del año (laboral, política, educativa...) después de la inevitable interrupción del verano y las vacaciones. Ese inicio de la actividad podía ser en calma o en tensión. De ahí que, por la gravedad de los asuntos a los que hacer frente, haya prosperado la expresión “otoño caliente” cuando la conflictividad era lo más destacado en tales problemas.



Pero este año, más que caliente, el otoño se pronostica hirviente, puesto que parece hervir por la ebullición de una problemática diversa y compleja que amenaza con empeorar si no se atiende como exigen los afectados. Y es que el curso que arranca en otoño presenta problemas de tal magnitud que bien podrían desestabilizar aún más la situación política y fracturar la convivencia pacífica en España.

El más inquietante de los problemas de este otoño es, sin duda, el de las reacciones a la sentencia del Tribunal Supremo en el juicio a los políticos catalanes encausados, condenados a penas de cárcel e inhabilitación de hasta 13 años.

Los partidos políticos soberanistas, el Gobierno de la Generalitat, organizaciones civiles afines y los partidarios de la independencia venían esperando el fallo y estaban preparados para organizar una respuesta tumultuosa en las calles que, mediante manifestaciones, bloqueos de infraestructuras y servicios públicos, enfrentamientos con las fuerzas del orden y algarabías de diverso grado, pudiera interpretarse, por su extensión e intensidad, como expresión de rechazo del conjunto de la población de Cataluña.

Como alumnos aventajados de los noticiarios, sus organizadores –una anónima plataforma que se oculta bajo el nombre de “tsunami democrático”– intentaron emular a los manifestantes de Hong Kong y paralizar el aeropuerto de Barcelona, cosa que consiguieron durante unas horas el primer día de protesta.

También pretendieron imitar la violencia vandálica protagonizada por los “chalecos amarillos” que arrasaron la capital y otras ciudades de Francia hace unos meses, destruyendo escaparates, provocando fuegos, lanzando piedras, vallas y botellas con ácido a los policías, etc. La verdad es que lo tenían fácil porque ejemplos a copiar no faltaban.

Sin embargo, la gravedad de estos hechos no radica en las manifestaciones ciudadanas –derecho consagrado en la Constitución–, sino en la actitud ambigua del Govern por alentar (“apretad”, pedía el presidente Torra a los comandos de los CDR)) este tipo de comportamientos que tienden a descontrolarse y desembocar en delitos y atentados contra la seguridad ciudadana, mientras al mismo tiempo ese Govern es responsable de mantener el orden y la convivencia en la Comunidad, además de garantizar el respeto y el cumplimiento de las leyes.

Con semejante actitud contradictoria, será prácticamente imposible llegar a un entendimiento que permita encauzar el conflicto catalán por vías políticas y de diálogo, que precisan de la mutua confianza y de la lealtad institucional entre ambas Administraciones del Estado.

No hay duda de que la configuración territorial del Estado va a estar sometida, este otoño, a fuerzas antagónicas que, por un lado, ejercen una presión centrífuga que conlleva el riesgo de desprendimiento de una parte del mismo, y, por otro, una presión centrípeta que tiende hacia desnaturalización de las autonomías y a la recentralización.

Dependiendo de cómo se aborde el conflicto catalán, el otoño hervirá por la colisión entre ambas fuerzas con inaudita virulencia política y social. Ya los radicales se encargan de encender el fuego, metafórica y literalmente hablando.

Además, por si fuera poco, un Gobierno central en funciones, después de años de inestabilidad, vuelve a confiar en la repetición electoral para que los ciudadanos decidan lo que los elegidos en abril no pudieron, no supieron o no quisieron acordar: pactar la constitución de un Ejecutivo en torno a la minoría parlamentaria mayoritaria. Nos hallamos, así, con un Gobierno que, este otoño, estará más atento a asegurarse su continuidad en el poder que en solucionar ningún problema.

Y sin Gobierno, sin Presupuestos y sin planes a medio y largo plazo, la coyuntura política es la idónea para que este otoño endemoniado arda con la gasolina de la confrontación partidista, la parálisis institucional, la división social y la inacción ante conflictos de todo signo que no son o no pueden ser atendidos.

Se trata, justamente, de la situación más favorable para que los populismos de derecha e izquierda emerjan con sus promesas fáciles y simples que todo lo solucionan, aprovechándose del “cabreo” de la gente con unos políticos que se muestran ineficaces ante los grandes retos, también ante los pequeños obstáculos, a los que debemos enfrentarnos, como son la migración, el empleo, la seguridad, la educación, las infraestructuras, la pobreza y hasta las pensiones o un feminicidio que no cesa.

Nada parece rebajar la temperatura porque, en vez de contribuir a la calma, el propio Gobierno y la crispación política son comburentes del fuego que hace hervir a este otoño con más intensidad que nunca. Unos partidos enfrascados en una confrontación estéril, que no dudan en utilizar los problemas para desacreditar al adversario, y un Gobierno provisional, sin capacidad para afrontar con eficacia ningún asunto que no sea de ordinaria y burocrática resolución, son los responsables en buena medida de la conflictividad ardiente que se pronostica para el otoño.

Incluso los pensionistas, que han emprendido desde los cuatro puntos cardinales del país una marcha hasta Madrid para exigir a todo pulmón, ante el Congreso de la nación, la seguridad de unas pensiones dignas, van a alimentar las llamas que harán arder este otoño preñado de problemas.

Llevan años reclamando que se les restituya el derecho a recibir las pensiones por las que han cotizado durante toda su vida laboral. Y por que no se les utilice como apuntes contables que sirven para cuadrar las cuentas del Estado, ni se les utilice como datos demográficos de fácil seducción electoralista.

Su grito en defensa de las pensiones, gobierne quien gobierne, surge del hartazgo de sentirse siempre manipulados por Ejecutivos de todo color, y de ver cómo sus pensiones, en vez mantener su poder adquisitivo, menguan cada año, con cada gobierno y con cada problema de la economía que los administradores políticos no han sabido prever ni solventar sin echar mano de la “hucha” de las pensiones y otras partidas del gasto social. Se manifiestan, gritan y contribuyen a hacer hervir este otoño con toda la razón del mundo. Y porque no consienten que se les arrebate su dignidad, aunque estén a punto de morirse.

Es enervante que la política se entretenga en mirarse el ombligo mientras el país sufre las consecuencias. Un país en el que un 26,1 por ciento de la población está en riesgo de pobreza o exclusión social. Es decir, más de 12 millones de personas en España no disponen de los mínimos de renta necesarios, ni trabajos estables o justamente remunerados, ni posibilidad de acceso a bienes materiales o servicios, como la calefacción, que indican los riesgos de padecer pobreza o exclusión, según un reciente informe elaborado por la Red Europea de Lucha contra la Pobreza con datos de 2018.

Tales indicadores miden la magnitud escalofriante de una condición que se suele confundir con la indigencia y, sin embargo, está instalada en la mayoría de las ocasiones en hogares aparentemente normales, en los que el trabajo precario o el desempleo, la desestructuración familiar o familias monoparentales, la discapacidad o el cuidado de alguno de sus miembros y hasta la dificultad para acceder a una vivienda en propiedad o alquiler, materializan los múltiples rostros de la pobreza.

Personas privadas de recursos o excluidos de la sociedad por culpa de una crisis económica que ha ahondado las desigualdades y ha eliminado las posibilidades de prosperar y huir de las garras del infortunio. Por mucho que las soflamas gubernamentales se vanaglorien de haber superado la crisis económica, lo cierto es que los datos del INE y Eurostat colocan a nuestro país entre los países peor situados de la UE en cuanto al número de personas que están en riesgo de pobreza o exclusión.

Mientras unos y otros se enfrentan por cuestiones de identidad y privilegios, se desgañitan por poltronas y prebendas, una cuarta parte de la población lucha por tener una vida digna, libre del azote de las privaciones, sin que nadie se manifieste por ella ni haga uso de la violencia para obligar a socorrerla. A pesar de todos los problemas que nos acucian, este otoño no hervirá por los realmente necesitados, cuando debería ser el principal motivo para coger la antorcha.

DANIEL GUERRERO
  • 20.10.19
De todos es sabido que actualmente en nuestro país el profesorado ha perdido bastante de la autoridad que tiempo atrás poseía. Y no podemos centrar únicamente en una sola causa las razones por las cuales se ha llegado a esta situación, ya que los cambios familiares y sociales han sido lo suficientemente grandes en las dos últimas décadas como para que entendamos que es un problema relevante que se ha enquistado en el cuerpo social.



Así, cada cierto tiempo, saltan a los medios de comunicación noticias en las que leemos que niños o adolescentes, en el colegio o instituto, han agredido a profesores o profesoras de distintas maneras. Y lo que es peor aún, en ocasiones, sus conductas se han visto reforzadas por el apoyo que han recibido de sus padres que se las han justificado.

Este deplorable panorama, que refleja la indefensión en la que se encuentra el profesorado, como producto de la carencia de autoridad dentro de una sociedad altamente permisiva, puede llegar a conocerse, puesto que se expresa en lugares públicos como son los centros de enseñanza. Sin embargo, hay otras formas de agresión y violencia que estos pequeños dictadores las ejercen sin que salgan a la luz pública ya que se desarrollan en el ámbito familiar, espacio que es el germen de estas actitudes.

Sobre este problema, psicólogos y pedagogos buscan las causas, las razones por las que menores de edad llegan a desobedecer, menospreciar, insultar e, incluso, ejercer la agresión física contra sus padres, especialmente contra la madre, convirtiendo la vida de estos en verdaderos calvarios. Y, lógicamente, después la trasladan al ámbito educativo.

Para comprender estas situaciones, acudo a dos autores relevantes que han abordado la psicología y comportamientos de estos niños y adolescentes. Uno de ellos es Vicente Garrido, psicólogo criminalista y profesor titular de la Universidad de Valencia; el otro, Javier Urra, psicólogo que fue el primer Defensor del Menor en España.

Puesto que este trabajo lo divido en dos partes, en esta primera acudo a Vicente Garrido, autor de Los hijos tiranos, quien nos dice lo siguiente:

Son pequeños tiranos, niños que desde pequeños insultan a los padres y aprenden a controlarlos con sus exigencias, hasta convertirse en una pesadilla para ellos. Cuando crecen, los casos más graves pueden llegar a la agresión física. Este tipo de violencia contra los padres, ocultada por la vergüenza y el sentimiento de culpabilidad de los propios progenitores, comienza a ser un fenómeno cada vez más visible. Los padres están desbordados, no saben qué hacer con estos niños”.

Tras la lectura de su obra, y tomando como referencia las razones que expone el profesor Garrido, describo cinco causas generales que me parecen fundamentales para comprender este fenómeno:

a) En la actualidad nos encontramos con una forma de vida en la que la pretensión de satisfacer los deseos de forma inmediata y sin restricciones se ha convertido en algo común, debido al avance de una sociedad que aspira cada vez a mayores comodidades.

b) Se fomenta el ‘vivir muy deprisa’, sin obligaciones, buscando las metas a cualquier precio. Además, a los jóvenes se les retrasa la adopción de roles de responsabilidad, actitud fomentada por los padres, por su deseo de formación cultural para adaptarse a las fuertes exigencias de la actual sociedad.

c) Esas fuertes exigencias del mercado laboral, muy inestable actualmente, añade más presión a los padres; inseguridad que años atrás no existía. Por otro lado, el paro y la precariedad laboral en los que viven los jóvenes desalientan a los hermanos menores.

d) La falta de entendimiento en el modo de educar a los hijos. Esto puede apreciarse en ciertos casos de rupturas matrimoniales o de parejas, en las que las madres se suelen llevar el peso de las responsabilidades, teniendo que compaginar su trabajo con el cuidado y la educación de sus hijos.

e) No podemos olvidar que la sociedad consumista en la que nos movemos conduce a la pérdida de ciertos referentes morales (valor del esfuerzo, austeridad en la propia vida, proyectos a medio y largo plazo, etc.) por lo que se desatiende la formación en valores sólidos, por lo que no se suele tener claro lo que está o no está bien.

Puesto que por mi parte llevo las investigaciones a través del dibujo, para que veamos cómo se expresan los rasgos autoritarios y agresivos de los niños y adolescentes he seleccionado como ilustración del artículo el dibujo de Andrés, de 13 años, realizado en la clase y sobre el tema de la familia.

Como podemos observar, comienza por él mismo, como signo de autoridad y de afirmación personal; le sigue su hermano en tamaño muy pequeño, y que, tal como apunta detrás de la lámina, es “muy malo”; más alejada, está su madre; y, finalmente, su padre, empequeñecido y sin importancia para el autor.

Queda claro que el autor se ve a sí mismo como un personaje grande, fuerte y agresivo. Para ello, acude a la estética de los cómics o mangas japoneses para retratarse con todos los atributos de los protagonistas de las artes marciales. Como detalle significativo, había escrito por detrás de la lámina que su padre le había regalado una pequeña moto.

Conviene indicar que el que un padre le haga este tipo de regalo a un hijo, al que no es capaz de controlar y con el fin de ‘ganárselo’, no deja de ser una manifestación de haber perdido la autoridad que tenía que haber ejercido con su hijo desde que era pequeño.

A pesar de ello, su hijo lo menospreciaba, tal como se manifiesta palpablemente en este trabajo. Y todo ello como resultado de los errores en los que incurren padres que no han ejercido una autoridad responsable con sus hijos desde que son pequeños, por lo que pueden acabar siendo víctimas de los propios hijos cuando han crecido, encontrándose impotentes para intentar modificar unas conductas que ya se vuelven insoportables.



He indicado que, en ocasiones, las rupturas de las parejas pueden conllevar a un claro desajuste de los criterios a adoptar en la educación de sus hijos e hijas, dado que los conflictos entre ambos pueden dejar en un segundo plano los criterios educativos de los hijos.

Esto se manifestaba claramente en los comportamientos de Eva, una niña de 6 años, inteligente, caprichosa e irascible, que en la clase y en el recreo respondía y agredía a sus compañeras con bastante frecuencia. Estas conductas comenzaron cuando se produjo la separación entre sus padres. Tengo que apuntar que tanto ella como su hermano pequeño quedaron bajo la custodia de su madre, quien se vio desbordada en la nueva situación, siendo excesivamente permisiva con su hija por los sentimientos de culpa que le aparecían, al responsabilizarse de los males de su hija.

Como podemos observar, la niña, a la hora de realizar el dibujo de la familia, se representa en primer lugar, lo que es indicio de un elevado nivel de autoestima, rayano en el narcisismo. Se traza con una corona como si fuera una reina. Por otro lado, en la boca aparecen dibujados los dientes, que es una clara manifestación de agresividad.

Una vez que acabó con su imagen, pasa a representar a su hermano menor subido en una pequeña mesa. Posteriormente, plasma una mesa con útiles encima. Acaba con el trazado de la casa y su madre en el interior de ella, en tamaño pequeño y con escasa relevancia. La figura de su padre no aparece, lo que es indicio de que la pequeña autora no lo tiene en consideración al no darle importancia.

Ni que decir tiene que los comienzos de Eva, aun siendo pequeña, apuntan a una personalidad caprichosa, autoritaria y agresiva, y, dado que las raíces de la personalidad se forman en los primeros años, acabará siendo bastante difícil de soportar si no hay un cambio de actitud por parte de sus progenitores.



En la actual sociedad se dan grandes paradojas en algunas familias, dado que por un lado, se encuentran con verdaderos problemas para llegar a final de mes, pero, por otro, no se privan de gastos que deberían quedar fuera de sus niveles económicos.

Así, en los trabajos de investigación que dirijo he podido observar que a niños muy pequeños cuando llegan las Navidades sus padres les regalan móviles, como si fueran juguetes que deben estar al alcance de cualquiera.

En este segundo caso que comento, de Iván de 9 años, no era exactamente un móvil, sino los videojuegos en los que continuamente estaba inmerso este chico tremendamente agresivo en la clase con su profesor y sus compañeros. Y la razón de esta conducta agresiva la pudimos encontrar cuando se les propuso en clase el dibujo de la familia.

Una vez que hubo terminado el dibujo, le invitamos a que nos lo explicara, puesto que él se había dibujado en medio de su madre y su padre, coloreados de azul, y con forma de ‘muñecos’, muy simples para su edad. Junto a ellos, unas especies de máquinas que eran las protagonistas del grupo.

Lo cierto es que para complacerlo y aplacar sus malos modos, sus padres le compraban los videojuegos que a él le gustaba, todos ellos muy violentos. De este modo, creían que concediéndole sus caprichos le calmarían, cuando lo que lograban era que el niño entendiera que la agresividad y la violencia son formas normales de la vida.

AURELIANO SÁINZ
  • 19.10.19
Tengo la suerte de saber dónde están enterrados mis familiares. De hecho, puedo ir a visitarlos el Día de los Santos. Sabemos que no están allí pero, para mucha gente, su memoria sí. No le ocurre lo mismo a mi amiga Maribel. Nunca conoció a su abuela: un tiro se la arrebató y aún hoy no sabe dónde se encuentra su cuerpo. El delito de la mujer fue tener un hijo republicano, un hijo que pensaba que los reyes no habían sido buenos para España.



Cuando terminó la guerra empezaron las persecuciones familiares. Durante la contienda fratricida se hicieron barbaridades por ambos bandos. Y si no, que se lo digan al periodista Chaves Nogales, que lo vio con sus propios ojos.

Pero la guerra no se cerró con un acuerdo de manos, sino que se instauró una férrea dictadura que nos aisló del mundo y se dedicó a perseguir a todo aquel que no comulgara con sus ideas y formas. Republicanos de derechas e izquierdas tuvieron que huir de su patria para no terminar en una cuneta perdida.

A la abuela de Maribel vinieron a buscarla y la mataron, sin explicaciones ni derecho a réplica. Y la tiraron en cualquier sitio, como si fuera basura y no un ser humano. A mi amiga le gustaría encontrarla, darle cristiana sepultura junto a sus hijos y poder, por fin, hablar con esa abuela a la que nunca pudo abrazar.

A mi amigo Juanma, católico comprometido y buen demócrata, le gustaría que sacaran del Valle de los Caídos a sus dos tíos abuelos, que fueron matados allí, también por ser republicanos. Ahora son, simplemente, una de las miles de piedras que forman parte de ese mausoleo en honor a una persona que no escuchó ni al Papa y que fusiló a cuantos pudo.

El Santo Padre actual, el Papa más evangélico que he conocido, lo ha dicho: "Para cerrar heridas se tiene que desenterrar a los muertos". No es una cuestión política: es una cuestión de humanidad, para poder dejar atrás el pasado. Pero no, hay seres que se empeñan en mirar hacia otro lado, a hacer como si nunca hubieran existido fusilamientos contra las tapias de los cementerios.

Desenterrar a los de los dos bandos, devolver a sus familiares sus restos y pertenencias. Cerrar heridas y mirar hacia un nuevo presente. Pero en este país es imposible: somos una jovencísima democracia en la que aún huele a rancio pasado. Democracia es respetar las opiniones del otro sin humillarlo y ser un buen cristiano es empatizar con el dolor ajeno. Mis amigos sufren por un pasado que no han podido enterrar en un pasado que sí existió.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 18.10.19
“Que la ponzoña que acecha en el fango salga a la superficie”, dictamina el emperador Claudio, beodo y enigmático, en Claudio, el dios, y su esposa Mesalina, de Robert Graves. Avisado por una profecía, había decidido propiciar que lo peor de Roma saliera a la luz para dar paso a su ansiada República. Consiguió lo primero, pero no lo segundo. Porque como le diría su hijo, ya nadie creía en la República. “Nadie, excepto tú”.



En España, hemos llegado a ese momento. Es el momento de llevar el Procés a su límite. Que todos los actores políticos se muestren tal y como son, tanto de un lado como del otro. Si es que podemos hablar de dos bandos, claro…

Los fanáticos más violentos han salido a la superficie. Siempre han estado ahí, pero ya los podemos distinguir de los pacifistas, supremacistas, sí, pero pacifistas. Ya podemos encontrar al auténtico enemigo que hay que combatir sin contemplaciones.

También podremos ver a víctimas, mutados en verdugos. Junto a los Comitès de Defensa de la República (CDR) hay muchos manifestantes que son jóvenes, estudiantes en su mayoría, producto del adoctrinamiento en las aulas. Personas a las que se les ha dicho que acosar a un españolista es cosa de buen patriota. También ellos son víctimas.

No vemos trabajadores reivindicando una sociedad más igualitaria, ni vemos a personas ordinarias golpeando a policías. Vemos supremacistas y rebeldes de medio pelo. Los que se han cargado la convivencia en Cataluña. No porque muchos no piensen lo mismo, sino porque ya no dan más de sí.

Pero no solo es el momento de identificar y combatir a los radicales que están boicoteando la convivencia en las calles. También es el momento de meter mano a los que han provocado esta situación. No solo los sediciosos, que no son más que una pequeña muestra. Personajes como Elsa Artadi deben ser identificados y anulados de la vida política –democráticamente hablando– antes de que terminen de romper la convivencia en Cataluña. Y también habrá que buscar responsabilidades entre los empresarios que han financiado el Procés. ¿Lo veremos algún día?

No tengo muchas esperanzas puestas en el Kennedy español. Es en un momento como este donde hay que demostrar capacidad, determinación e inteligencia. Y Pedro Sánchez no tiene ninguna de las tres cosas. Tampoco sus rivales políticos han demostrado mucha inteligencia. No dan para más. Esa ponzoña también saldrá a la superficie.

También vemos la mediocridad de un sector de la Izquierda, que condena la violencia, pero se queja de la “represión del Estado”. Esta pandilla también es peligrosa, y es momento de denunciarlo. No se puede estar con la víctima y el verdugo. Y si hay una víctima aquí, es el catalán no independentista, que no ha hecho ningún mal a nadie, que tiene miedo a hablar e, incluso, a salir a la calle.

¿Cómo puede un progresista rechazar la sentencia del Tribunal Supremo? Es lo que tiene el postureo, que no entiende de coherencias. Si la mitad de las energías invertidas por los supremacistas y los progres ‘equidistantes’ en atacar al Estado las hubieran invertido en reivindicar el Estado del Bienestar, España estaría a la altura de Suecia en servicios sociales.

Es un hecho que el Procés en sí “ya no da para más”, como ha señalado el filósofo independentista Bernat Dedéu. No es que todo vaya a acabarse en cuestión de horas, hay para largo. Pero los últimos cartuchos importantes del independentismo se están quemando ahora. La decepción es demasiado grande entre las propias filas.

El propio Joaquim Torra se ha visto obligado a condenar los actos vandálicos de los CDR, a los que tanto ha apoyado. Con más de un centenar de mossos heridos, por no hablar de agentes de otros cuerpos. No ha podido hacer otra cosa. La presión interna es demasiado grande.

Me quedo con que, en este momento, si observamos bien, todos los males del país van a salir a flote. Hay que aguantar el tirón, sin sobreactuaciones y templanza. No es momento para el artículo 155. Hay que dejar que la llama se extinga sola, que se agoten impactando contra el muro de la Ley y el orden.

Y después, hacer lo necesario, que va a ser mucho y doloroso. Y si tiene que ser la aplicación del artículo de marras, bien estará. Pero ahora hay que aguantar y demostrarles que todo lo que están haciendo por esta vía no les servirá de nada.

Mientras que Cataluña siga disponiendo libremente de la competencia en Educación, la ponzoña no hará más que aumentar hasta envenenar toda Cataluña y, con ella, al resto del país.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 15.10.19
¿Qué hay en común entre Franco, Trump, el procés y el Brexit? Pues que son asuntos que acaparan nuestra atención en un momento especialmente decisivo, cual es la repetición de elecciones generales en nuestro país. Son tantas las incertidumbres que penden sobre nuestro voto que el resultado de las urnas será inevitablemente insatisfactorio, en el sentido de que no contentará a nadie y volverá a estar abierto a cuantas interpretaciones se le quiera dar, dependiendo del prisma particular con el que se enfoque.



Por un lado está la exhumación del dictador Francisco Franco, una anomalía política y una deuda ética que debían resolverse pese a que los franquistas las consideren una profanación. Añádanse a este ambiente preelectoral las provocaciones del ínclito Donald Trump, el presidente más imprevisible, visceral y mentiroso de la historia de Estados Unidos, capaz de hundir la economía de cualquier país, como el nuestro, mediante un exabrupto escrito en su cuenta de Twitter con el que impone aranceles a las importaciones que se le antojen, y de traicionar a sus aliados en guerras periféricas a causa de un cambio repentino en su estado de ánimo.

Por si fuera poco, el caótico Brexit por el que Inglaterra pretende abandonar la Unión Europea (UE), ya sin apenas tiempo para hacerlo de manera ordenada y pendiente únicamente de una prórroga, que el premier británico se niega solicitar, que evite un descortés portazo por parte de un socio que nunca estuvo contento de su pertenencia al club.

Todos estos asuntos, entre otros muchos, son aristas de una realidad, tanto nacional como internacional, que nos afectan de pleno e influyen a la hora de elegir, por segunda vez este año, un Gobierno en España que haga frente a una coyuntura compleja y entrelazada, sin que nos ocasione “daños colaterales”.

En medio de todo ello, explosiona la sentencia del procés, como traca final que llena de ruido un escenario de incertidumbres, justamente antes de ir a las urnas. Por tanto, no resulta exagerado decir que, en esta ocasión, con la papeleta del voto nos jugamos nuestro futuro en una partida de carambolas a varias bandas. Y toca tirar.

Por lo pronto, ya hay dos hechos en vías de solución: Franco acabará en el cementerio de El Pardo, como corresponde a los que fallecen en ese municipio, y los autores del desafío catalán de otoño de 2017, cuando celebraron un referendo ilegal y proclamaron fugazmente una república, acaban de ser condenados en plazo y forma, tras un escrupuloso procedimiento judicial del que, guste más o menos, no puede decirse que haya sido arbitrario ni que obviara las garantías y derechos de los imputados, conforme se espera de la Justicia en un Estado de Derecho.

Ambos asuntos, ya solventados, tendrán no escasa influencia en la orientación de nuestro voto, y así procurarán recordárnoslo los partidos en liza electoral, bien para echárnoslo en cara, bien para atraer nuestra confianza. Porque, que Franco descanse definitivamente en una sepultura privada, será valorado de oportunismo por toda la oposición, al objetar de electoralista una medida que el Gobierno en funciones ha concluido precisamente en el momento actual, y no se reconocerá que se trata de una iniciativa que venía de antaño, precedida de un acuerdo parlamentario, una decisión gubernamental, unos recursos judiciales y, a la postre, un resultado final que solo podía ser el de la exhumación: sacar los restos del dictador de un mausoleo público en el que era enaltecido para que reposen en una tumba privada y exclusivamente familiar.

Pero también, no por esperada menos trascendente, la sentencia del Tribunal Supremo, que condena a los inculpados catalanes por delitos de sedición a penas de hasta 13 años de prisión e inhabilitación para ejercer cualquier cargo público, provocará la visceralidad acostumbrada en las calles de minoritarios pero ruidosos sectores soberanistas de la política y sociedad catalanas, y también la insatisfacción de quienes esperaban castigos todavía mayores, como los que se reservan para los delitos de rebelión, que exige el uso expreso de la violencia para quebrantar la Constitución.

Los políticos catalanes encausados han sido condenados después de un proceso judicial ejemplarmente desarrollado, que ha fallado una sentencia firmada por unanimidad del Tribunal, en un caso que ha supuesto el mayor desafío a nuestro sistema constitucional y a la legalidad democrática que de él aflora.

De unos y de otros, los que toman la sentencia como una “venganza” como los que la consideran demasiado “benigna”, se espera simplemente que la acaten y pasen página, sin perjuicio de que los condenados dispongan de la posibilidad de recurrir al Tribunal Constitucional y otras instancias europeas. Y que todos comprendan que la primera exigencia de la democracia es el respeto a ley, puesto que sin la una no es posible la otra, y viceversa.

Algo que deberán asumir los condenados y sus partidarios a la hora de perseguir o propugnar objetivos políticos por vías que quiebran el ordenamiento legal de nuestro país. A partir de esta sentencia, los políticos y colectivos independentistas de Cataluña –o de cualquier otra región– podrán legítimamente luchar por sus ideales de manera libre, pero con respeto a la legalidad constitucional. Es lo que diferencia a un demócrata de un subversivo radical en cualquier país democrático.

No obstante, no se puede descartar que esta sentencia sea utilizada como munición electoralista por las formaciones que se enfrentan en los próximos comicios. Y no deberían hacerlo porque, entre otros motivos, ni el Gobierno del Partido Popular ni el del PSOE, ambos partidos con responsabilidad en este conflicto, han hecho dejación de sus funciones.

Por el contrario, han defendido desde sus respectivas posiciones la Constitución y las leyes, en la medida y la fuerza en que han creído oportunas, ya sea intentando dialogar o aplicando la suspensión de una autonomía. Es decir, ni Sánchez (presidente en funciones) es un traidor anticonstitucionalista por explorar vías de diálogo, ni Rajoy (anterior presidente) era un autoritario centralista por aplicar el Artículo 155 en Cataluña.

Han actuado conforme a prerrogativas establecidas, aunque no hayan acertado en cada una de sus decisiones. Los adalides de la legalidad deberán confrontar otros asuntos y dejar el conflicto soberanista donde la Justicia lo ha ubicado. Habrán de ser otros, por tanto, los temas que deberían centrar el debate en las inminentes elecciones generales.

Incluso el Brexit, que podría depararnos sorpresas desagradables a nivel económico, pero también político (no olvidemos que mantenemos frontera directa con una colonia inglesa), debería inferir en el sentido de nuestro voto el próximo 10 de noviembre. El turismo, los intercambios comerciales y los nacionales residentes en Reino Unido son aspectos de la cuestión que nos preocupan, de igual modo que la sinceridad europeísta de nuestro país con el proyecto común al que nos unimos recién restaurada la democracia en España.

Es verdad que existen formaciones, afortunadamente residuales, que abogan por un aislacionismo populista, al estilo de Trump y su ideólogo Bannon, y por la unilateralidad en las relaciones entre los Estados, como fórmula mágica que resolvería todos nuestros problemas, sean migratorios como comerciales, incluyendo en el mismo saco las tensiones territoriales, la “ideología” feminista y ese “progresismo” intolerable que relativiza la “buena” moral de la sociedad.

Solos no se está mejor que unidos, por mucho que Inglaterra pregone lo contrario. La UE en es un competidor formidable que puede hacer frente, gracias a la fuerza de su conjunto, a las amenazas y retos no sólo de EE UU, sino de la irreversible globalización de la economía y el mercado.

Y los valores que Europa representa, que descansan en la libertad, la democracia, los Derechos Humanos, la igualdad y la solidaridad, y que hacen de esta parte del mundo el mejor sitio para vivir, no pueden ponerse en cuestión en la disputa electoral del próximo 10 de noviembre, aunque apelen a nuestras emociones con “cantos” de sirena a la seguridad, nuestra identidad y a los miedos que nos insuflan con falsas alarmas catastrofistas. Son otras, nuevamente, las cuestiones que deberían decidir nuestro voto.

Por consiguiente, no es Trump, ni el Brexit, ni el procés, ni Franco lo que nos debe mover al colegio electoral para cumplir con nuestro deber democrático de elegir a nuestros gobernantes, sino las propuestas que nos ofrezcan credibilidad sobre el futuro inmediato de nuestro país, las iniciativas para fomentar el empleo de calidad y en cantidad, las ideas para recuperar una enseñanza rigurosa y sin sectarismos ideológicos que permita a nuestros hijos estar mejor preparados en un mundo sin fronteras y competitivo, los anuncios viables de estabilidad y seguridad del sistema público de pensiones, las garantías de una sanidad acorde con los avances de la medicina al servicio de toda la población, el fortalecimiento de nuestro Estado de Bienestar y sus sistemas de protección a los más desfavorecidos, la reordenación de las ciudades para hacerlas más humanas y seguras, la protección del medioambiente y la sostenibilidad de nuestros procesos industriales, y la progresiva ampliación de derechos y libertades que haga más justa, equitativa, igualitaria y plural a nuestra sociedad y nuestro modelo de convivencia.

Estas cuestiones, por señalar algunas, han de constituir las preocupaciones que nos impulsen a depositar nuestra confianza en los partidos que merezcan nuestro voto en las próximas elecciones, y nos hagan desconfiar de quienes intentan atraernos con los Franco, Trump, el Brexit y el procés de sus propagandas. Ya no han engañado muchas veces.

DANIEL GUERRERO
  • 13.10.19
En un reciente encuentro con unos amigos en la cafetería de la Facultad, y en medio de la charla que manteníamos sobre la situación en la que se encuentra nuestro país, uno de ellos, refiriéndose al estado crítico de un sector de la economía, dejó caer la expresión ‘la espada de Damocles’ que pendía sobre ese sector. Al momento de oírla, la mente se me detiene en ella, dado que hacía poco había estado escribiendo sobre un pintor inglés, Richard Westall, que fue conocido, de modo muy especial, por el lienzo que llevaba por título precisamente La espada de Damocles.



Una vez que acaba quien tenía en ese momento la palabra, le hago notar ha utilizado una expresión que, como bien sabemos, su origen se remonta a la mitología grecolatina.

“¿Os habéis parado alguna vez a pensar la cantidad de expresiones que procedentes de las mitologías de la Grecia y la Roma clásicas utilizamos de modo habitual, y, aunque sabemos sus significados en nuestra lengua, desconocemos sus orígenes concretos o no hemos entrado a averiguarlos?”, les indico con la intención de que nos detengamos un momento en esta cuestión y seamos capaces de memorizar algunas de ellas.

Estuvimos de acuerdo en que el significado de ‘la espada de Damocles’ está bastante extendido en la población, y que se emplea cuando se alude al grave riesgo que pende sobre una persona o un grupo y que puede caer sobre sus cabezas en cualquier momento.

Puesto que, tal como he manifestado, tenía muy reciente el comentario sobre el lienzo de Westall, les indico que la expresión ‘la espada de Damocles’ la conocemos por el uso que hicieron de ella los escritores romanos Cicerón y Horacio, que la tomaron prestada del griego Timeo de Tauromenio.

En el relato de Cicerón y Horacio se nos habla de Damocles, un ciudadano de Siracusa que envidiaba al soberano de la ciudad siciliana. El rey, conocedor de este hecho, le propuso ocupar su lugar un día para que conociera los agobios y los riesgos que se asumen cuando se ejerce el poder. Cuando Damocles, tras aceptar la propuesta, se sentó en el trono observó que una espada, sostenida por la crin de un caballo, pendía de punta sobre su cabeza. De este modo, este envidioso ciudadano comprobó que al placer de gobernar lo rodea una atmósfera cargada de amenazas y presiones.

Tras comentarles brevemente su origen, le indico a un compañero que mire un momento su móvil, ya que lo tiene sobre la mesa, para que podamos ver el cuadro de Richard Westall.

Al rato aparece la imagen de La espada de Damocles. La observamos y realizamos algunos comentarios sobre la misma. Por otro lado, los datos referidos a su autor nos indican que fue realizado por el pintor británico Richard Westall, nacido en Reepham en el año 1765, habiendo fallecido a la edad de setenta y años en Londres. Como aspecto a retener, conviene apuntar que Westall se destacó por sus pinturas de corte historicista y las de temas literarios, aunque la fama le llegaría por este cuadro y los retratos que le hizo a Lord Byron.

Por otro lado, en la obra, que se encuadra abiertamente dentro una estética neoclásica, parece que asistimos a una escena teatral, ya que muestra a los personajes como si fueran esculturas congeladas por una instantánea.

Además, el lienzo presenta una particularidad: en la escena se han sustituido a los valerosos jóvenes, descritos por Cicerón y que rodean a Damocles, por vírgenes, quizás por el deseo del pintor de resaltar el lujo y la ostentación con los que convivía el monarca de Siracusa.

La conversación que mantenemos en la cafetería ahora ya se centra de lleno en esta temática. Muy pronto, como era de esperar, uno de los contertulios apunta a ‘el talón de Aquiles’, dicho popular que solemos utilizar para aludir al punto débil de una persona o de una cosa, significado con cierta proximidad con el primero que hemos comentado, ya que ambos anuncian ciertos riesgos que no se tienen en cuenta por quienes pueden sufrirlos.

Brevemente, quisiera apuntar esta expresión proviene de la mitología griega, ya que al nacer Aquiles, hijo del rey Peleo y de Tetis, la diosa del mar, su madre lo intenta hacer inmortal sumergiéndolo en las aguas del río Estigia. Pero su madre no tuvo en cuenta que lo sostenía con la mano por el talón derecho, por lo que acabó siendo vulnerable precisamente en esta zona que quedó sin ser bañada por las aguas.

Continuamos pensando en las posibles expresiones de orígenes grecolatinos. De pronto, y relacionándolas con el nombre de una antigua alumna, le pregunto a una de las compañeras de la tertulia: “¿Te acuerdas de aquella alumna rubia de pelo largo que tuvimos un par de cursos atrás y que se llamaba Ariadna? ¿Sí…? Te lo digo porque, aparte del nombre que nos remitía a la antigua Grecia, yo la relacionaba con la expresión ‘el hilo de Ariadna’ que lo utilizamos cuando nos referimos a una serie de explicaciones y razonamientos que conducen hacia la solución de un problema que parece no tener una salida clara”.

Sería esta compañera la que se lanzara a explicarnos el origen etimológico de la frase: “La expresión nace de Ariadna, personaje mitológico griego e hija del rey Minos de Creta, lugar en el que se encuentra el Minotauro dentro de un laberinto. Cuando llega Teseo para librar a la ciudad del monstruo, al que tenían que entregar anualmente siete hombres jóvenes y siete doncellas como tributo, Ariadna, enamorada del héroe, le facilita una espada y un hilo para encontrar la salida del laberinto, una vez que le hubiera dado muerte al Minotauro”.

El tiempo se nos está acabando, puesto que se acerca la hora en la que tenemos que retomar las clases. El suficiente para que alguien apuntara una cuarta expresión que, por ahora, parecía una forma geométrica perfecta, pues nos recordaba a los cuatro vértices de un cuadrado imaginario que encerraba dentro de sí un conjunto de problemas que amenazantes condicionaban el rumbo de muchas vidas. Se trataba de ‘la caja de Pandora’ que en medio de la charla terminó por salir a colación.

“La caja de Pandora”, comentó uno de los contertulios, “la solemos utilizar cuando de pronto salen a la luz todos los problemas y conflictos que han quedado ocultos durante tiempo”.

“Su origen etimológico hay que buscarlo en uno de los mitos griegos, aquel que tiene su origen en la valentía desplegada por el titán Prometeo, el mismo que provoca la furia de Zeus, el mayor de los dioses del Olimpo, cuando arrebata el fuego de los dioses para entregárselos a los hombres”.

“Ante semejante osadía”, continuó con su explicación, “Zeus convoca a los dioses del Olimpo, de modo que cada uno de ellos le entrega una desgracia para ser guardado en la caja que se le entrega a Pandora. Esta, una vez casada con Prometeo, y debido a su ingenuidad, destapa la caja para ver qué contiene, de modo que se esparcen todos los males entre los hombres”.

Miramos el reloj, de gran tamaño, que hay en la pared enfrente al lugar en el que nos encontramos y nos damos cuenta de que faltan solo unos minutos para las doce del mediodía, hora en la que tenemos que reanudar las clases. En esos momentos me viene a la mente la expresión ‘el nudo gordiano’, pero ya no teníamos más tiempo. Nos levantamos, pues, y caminamos hacia la puerta con la sensación de haber penetrado en un mundo bastante ajeno al que ahora tenemos que abordar con los alumnos.

AURELIANO SÁINZ
  • 12.10.19
El río refleja igual lo nuevo que lo antiguo: él no nos juzga, nace y muere en silencio. Si acaso, alguna risa entre piedras pulidas. No se cuestiona nada. Calla, pero conoce miles de historias. Nos ve pasar cada mañana sobre su puente. No hace alarde de nada. Su belleza es eterna pero fugaz para los que andamos movidos por la obligación, con los ojos cerrados al día.



Serenidad que se escapa por no contemplarla. Cuando quieres darte cuenta de las horas de agua, estas han llegado al mar. Mezcla de sal y azúcar, olas que van y vuelven. Curioso que todos los ríos necesiten un mar en el que reposar, en el que dejarse mecer, en el que abandonarse y no correr más.

Decía el poeta que nuestras vidas son los ríos que van a parar a la mar. Hay miles de mares: lo importante es encontrar el tuyo, sumergirte y aparecer en una playa en la que poder contemplar todo con perspectiva. Un sitio donde no juzgar, donde no haya una vida clara u oscura, donde haya miles de colores que amar.

Pero yo ahora necesito cruzar el puente. No puedo dejarme acunar por la corriente silenciosa que refleja esta torre de piedra que no se achica ante la nueva vigía de la ciudad: el pintalabios gigante de espejos comparte los colores de la tardía noche.

Es la hora justa de la calma. Lorenzo apenas se vislumbra, ni se ha desperezado. Los miles de pájaros guardan silencio en sus nidos y solo los humanos andamos de pie para ganarnos el pan con el sudor de la frente. Las sábanas blancas son un recuerdo lejano. Y yo deslizo mi mirada sobre el espejo de agua y despierto a la belleza.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 10.10.19
Seguimos inmersos en las turbias aguas de los títulos, las tesis doctorales escamoteadas, el engaño a cara descubierta. Este tema es más llamativo de lo que podamos pensar. Llamativo porque se da entre personas públicas que se significan con dichas “mentiras”. ¿Cuántas más personas anónimas pueden estar metidas en dicho saco?



En lenguaje coloquial y con sobrecarga despectiva, la definición de “titulitis” viene a decir que es una “valoración desmesurada de los títulos y certificados de estudios como garantía de los conocimientos de alguien” (sic). Quien sobrevalora y se ufana es el sujeto que “supuestamente” se ha ganado dichos títulos y alardea de ello.

La ostentación de un título o de toda una ristra y pavonearse de ellos no garantiza los conocimientos que pueda poseer el titulado. En otras palabras, la titulitis solo es una manera de vender la burra a los demás. La valoración académica desmesurada no la hace quien certifica tales conocimientos sino el propio sujeto que se ufana de poseerlos.

En las últimas semanas han brotado nuevos casos de falsedades académicas contra las que se ha podido bramar pero que ahí siguen. El personal suele preguntarse cuál es la razón para que dicho asunto siga en marcha. ¿Dimisiones? Aquí no dimite nadie.

El daño ya está hecho y quien puede sufrir las consecuencias de tales desmanes es la Universidad que se aviene a entrar en dicho juego, que no cubre la gotera abierta en su tejado. ¿Se han preguntado por qué hay tan pocas universidades españolas en la lista de las más importantes del mundo? Supongo que ésta debe ser una razón. Alguien dijo ya hace tiempo que vivimos en un país de pillos y el más listo suele ser quien manda.

Cargarle el “sambenito” a quien manda no es levantar falso testimonio contra quien manda: solo se ratifica una realidad que está revoloteando entre nosotros y no deja de hacer daño en el sentido más amplio de la palabra…

Para vanidad de muchos y regocijo de piratas, los títulos académicos pueden comprarse, falsearse sin muchas dificultades. Si a alguien le pica la curiosidad, puede entrar en Internet a curiosear cómo comprar títulos y alucinará con la oferta que existe en dicho campo. Hay todo un mercado falsificador en el que se obtienen visados o pasaportes y, de igual manera, titulaciones universitarias sin mayores dificultades.

Oficialmente es posible que algunas personas influyentes, sin asistir a las clases de tal o cual especialidad académica, puedan llegar a poseer una acreditación oficial. Algún caso, aun calentito, da fe de tales incidentes. Es otra manera, poco limpia, de conseguir dicho objetivo.

Todo el relato anterior engarza bien por la manga ancha que desde organismos docentes se pueda llevar a término sin necesidad de cumplir con todos o parte de los requisitos exigidos para obtener el plácet oficial. En resumen, que o se tiene dinero y compro tal o cual título o tengo cierta bula y me regalan el diploma acreditador porque soy o seré importante…

Entre los políticos ha habido y sigue apareciendo mucho “gato por liebre” en este asunto y en otros muchos. El tema de falsear méritos académicos es amplio y no solo ocurre en nuestro país. Si hacemos memoria vendrán a colación engaños académicos varios que van de Pernambuco a Jauja.

Copiar trabajos o fusilar tesis doctorales son liebres que saltan de cuando en cuando. En algunos países, el cazado o cazada renuncian al puesto por incuestionable falsedad. En otros, callan y siguen con el tongo y, los menos, disimulan mirando para otro lado.

¿Es necesario que el político ostente títulos universitarios? Si los tiene, estupendo. Entra dentro de una lógica general el hecho de que mientras más preparado se esté en un tema, mejor rendimiento daremos y mayores beneficios podremos ofrecer a los demás. Hasta aquí, ejemplar. Si se es buen profesional, los títulos pasan a segundo plano.

Embustes, fraudes y mentiras se agarran del brazo como un matrimonio bien avenido y, cómo no, la “titulitis” nos visita un día sí y al otro también; los enchufes y el nepotismo son otro terreno bien regado en este compás de espera, callejón en el que nos ha metido la eventualidad política.

Pero no nos engañemos. Ni beneficiados ni sufridores de tales despropósitos: la deuda por enchufismo o por nepotismo hay que pagarla. O por el donador o por el receptor. “No te preocupes, ya me la pagarás cuando llegue el momento”. El enchufado suele ser una “persona aduladora y servil” (sic), es decir, un “lameculos” que prefiere el peloteo y la sumisión antes que el esfuerzo personal. El padrino, un listillo.

Un ejemplo sin mayor importancia. En el momento que escribo estas líneas, en el Ayuntamiento de Móstoles iban ya por siete los casos de nepotismo muy sonados. La hermana y el tío de la alcaldesa son dos de ellos. Claro que todo esto puede ser “pecata minuta” (error o falta leve) si lo comparamos con grandes dosis de dinero evadido desde algún punto del país, con comisiones recibidas por honorables personas. Y una larga estela de chanchullos.

Empecemos por la cabeza. Una moción de censura da el poder al PSOE. Así tenemos un presidente de Gobierno legal pero no salido de las urnas. Democráticamente estamos en una situación anómala. Las posibilidades de continuidad son pocas. Sánchez anunció en su momento (mayo de 2018) que las elecciones generales serían "cuanto antes". No tarda en mover ficha, cambia de opinión y anuncia que terminará la Legislatura.

La idea era resistir en el poder más allá de lo razonable y así culminaría la Legislatura. El siguiente paso fue convocar nuevas elecciones que salieron frustradas en abril de 2019. Era la convocatoria a Cortes Generales para la XIII Legislatura. Para los supersticiosos, el número 13 trae mala pata. Vuelta a empezar.

Elecciones ¡ya! Para llegar a dichas elecciones hemos pasado unos pocos-bastantes meses. ¿Ha mejorado el escenario? Sinceramente creo que no. Políticos anunciando hoy un plan de pactos para estabilizar la situación y que mañana cambiaron de opinión.

Yo pacto, ¿tú pactas, pactamos? Hemos vivido la duda deshojando la margarita: si, no, si, tal vez… Esperemos que en noviembre se aclare por fin el tema, gane quien gane. La verdad es que apostillar de sabios a los políticos actuales, sean del color que sean, suena a choteo para unos e ironía para muchos. Mientras tanto, los listillos y las listillas siguen haciendo su agosto.

Vivimos en tiempos confusos. Nuestro entorno se había acostumbrado a subsistir sin grandes contratiempos, sin demoledores huracanes que destrozan lo que encuentran al paso. Y vivir en la bonanza de la mano de la paz era todo un lujo.

Pero el fanatismo, la intolerancia de cualquier color, de cualquier tipo de fe –política o religiosa– cercena vidas o machaca esperanzas a la par que derrama angustias, miedo. Y de nuevo parece que apostamos por la enemistad a sabiendas de que es posible vivir en armonía, aunque nadie dijo que fuera fácil. ¿Falta voluntad y sobra egoísmo? Parece que a mayor desarrollo corresponde menor grado de humanidad. Y así nos va…

Tengamos presente que en la ausencia de la paz termina por diluirse la libertad y la carcoma agujerea a la justicia. En tales circunstancias, la democracia peligra porque no puede funcionar sin demócratas, es decir sin personas que apuesten por la tolerancia y la solidaridad desde una responsabilidad libremente aceptada.

Tengo que reconocer que la cultura del esfuerzo no está de moda, incluso se la machaca alegando que es un valor cutre, facha, porque no es solidario. Quizás el trasfondo pueda reducirse a que “hay que llegar a la meta propuesta como sea, a costa de lo que sea, pero sin esfuerzo; si hay que hacer trampa se hace y si algo puede obtenerse gratis mejor que mejor”. ¿Esfuerzo? No, gracias. No está valorado.

PEPE CANTILLO
  • 8.10.19
Entre la libertad de expresión y el respeto a una creencia religiosa, por muy ofendida que se sienta, debe prevalecer el derecho que garantiza la primera. La delicada sensibilidad que muestran los que son libres de creer en lo que quieran no puede coartar, como si gozaran de una virtud privilegiada, la libertad de expresión que la Constitución reconoce a todos los españoles, profesen o no un credo, ni brindar una protección especial que prevalezca sobre el ejercicio de cualquier otro derecho, como el de opinión o la libre expresión.



Es lo que se espera del juicio, que hace unos días ha quedado visto para sentencia, al que se han enfrentado tres activistas que participaron en la “procesión del coño insumiso”, celebrada el 1 de mayo de 2014 en Sevilla, en la que pasearon en andas una enorme vagina de plástico como si fuera el paso de una Virgen, con objeto de denunciar la precariedad laboral que sufre la mujer y en un momento en que el Gobierno pretendía recuperar una ley del aborto más restringida.

Independientemente del objeto y contexto de la manifestación, cualquier referencia o simulación de prácticas o rituales religiosos no constituye, por sí mismo, una burla, escarnio o mofa de los sentimientos religiosos, puesto que ningún credo ni sus fieles disponen de la exclusividad de expresar públicamente, a través de procesiones que portan imágenes y objetos o en reuniones y actos también de carácter público, su particular adhesión o compromiso con lo que Kierkegaard definía por su irracionalidad, es decir, con creencias que contradicen las evidencias y la razón, como es la fe, toda fe.

Ni por ello, por muy libres que sean para abrazar el credo que elijan, exigir de la sociedad el privilegio exclusivo de que su fe y sus modelos de vida y moral sean aceptados en la esfera pública como si de verdades absolutas e irrefutables se trataran, arrogándose el respeto de una intocabilidad que los blinda de toda crítica o cuestionamiento, cosa que no se concibe con las “verdades” de la ciencia, siempre expuestas a revisión.

Es por ello que cabe confiar, sobre todo en un Estado garantista de derechos y supuestamente aconfesional, en una sentencia que absuelva a las procesadas. Y no sólo por resolver la aparente colisión de derechos fundamentales a favor del de mayor preponderancia social y más profunda raíz democrática, como el de libertad de expresión ante supuestas ofensas de subjetivos sentimientos religiosos, sino también para aclarar jurídicamente la errónea consideración de que, por el mero hecho de creer en afirmaciones sobrenaturales o ancestrales supersticiones, se disfruta del privilegio de ser “intocable o incuestionable”.

Flaco favor harían los creyentes a su creencia si apelan a que ésta deba de ser protegida por subterfugios legales –una intromisión de la iglesia en el Código Penal– más que por el convencimiento o la solidez que la fe debería proporcionar al devoto.

Una especial protección ante la crítica que no reclama ninguna otra institución social, como los partidos políticos, los sindicatos, las ONG o cualesquiera asociaciones culturales, artísticas, deportivas, económicas, etc., que se expresan en el ámbito público. Únicamente las religiosas exigen –y hasta ahora consiguen– el blindaje legal ante la sátira o el cuestionamiento.

Los integrantes de una comunidad de intereses religiosos, como en puridad son los creyentes católicos, están acostumbrados a disfrutar de indulgencia pública, de dinero público, de prerrogativas para el adoctrinamiento –colegios religiosos, asignatura religiosa evaluable– y de respaldo legal para que sus creencias se consideren preeminentes e indiscutibles en la sociedad.

Y por el arraigo que confiere tanto apoyo estatal, no toleran que se les trate como a cualquiera que afirme su convencimiento absoluto en hadas, duendes y seres sobrenaturales, algo muy respetable a nivel privado, pero expuesto a crítica, sátira o divertimento a nivel público, sin que ello suponga ninguna ofensa de los sentimientos, sino libertad de expresión.

Por tanto, la única sentencia posible de un juicio que no debía haberse producido es la de la absolución de las imputadas. No hicieron otra cosa que exhibir públicamente –como hacen los creyentes continuamente sin que los no creyentes se consideren ofendidos– lo más íntimo de la mujer para exigir el respeto que merece la dignidad la mujer en todos los ámbitos de la sociedad, incluido el religioso, donde, por cierto, se relega a la mujer a un papel subalterno y servil en una iglesia cuya jerarquía, aunque vista faldones, es radicalmente patriarcal y misógina. Como para no mofarse de las supersticiones.

DANIEL GUERRERO
  • 6.10.19
A principios de diciembre del pasado 2018, se celebró en Katowice, Polonia, la cumbre COP24 (Conferencia de las Partes) de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, en la que se abordaban algunas iniciativas para reducir la emisión de gases de efecto invernadero y frenar el cambio climático.



En ella participó la joven sueca Greta Thunberg, que entonces tenía solo 15 años, y que se ha convertido en un icono del movimiento juvenil por la protección del medio ambiente y la lucha contra el cambio climático, ya que ella fue la iniciadora de Fridays For Future, iniciativa que ha conseguido arrastrar a chicos y chicas de todo el mundo preocupados por el deterioro global en el que se encuentra nuestro planeta.

El discurso de Greta fue bastante contundente, pues no hay tiempo que perder ya que nos encontramos ante las puertas de un hecho irreversible. Del mismo, extraigo las siguientes palabras: “Decís que amáis a vuestros hijos y, sin embargo, les robáis su futuro”.

Creo que a estas alturas, con los veranos tan calurosos que vivimos, los inviernos climáticamente reducidos, los temporales, como ha sucedido recientemente con la gota fría que en el mes de septiembre inundó partes considerables del levante español, con los enormes daños sufridos por la población, los pueblos y los campos, a los que habría que añadir las muertes de personas, la situación nos enfrenta a un problema de dimensiones globales que hay que tomarse muy en serio si no queremos que las alteraciones que sufre el planeta acaben siendo irreversibles.

En días pasados, tras las numerosas marchas que se produjeron en distintos puntos del planeta, encabezabas especialmente por jóvenes, Greta Thunberg tuvo ocasión de intervenir en la Cumbre del Clima en la sede de las Naciones Unidas de Nueva York. Allí se topó con ese personaje despreciable llamado Donald Trump, que como es habitual en él despreció a esta chica que ahora tiene 16 años con una de sus memeces a las que nos tiene acostumbrados. Esto es en cierto modo, lógico, puesto que Estados Unidos es el país con mayor índice de contaminación junto con China.

Sin embargo, tuvo que escuchar la frase que Greta dijo en su discurso, cuando en tono abiertamente enfadado dijo a los presentes: “Me han robado mis sueños y mi infancia con sus palabras vacías (…) Nos están fallando. Pero los jóvenes están empezando a entender su traición. Los ojos de todas las generaciones futuras están sobre ustedes. Y si eligen fallarnos, nunca los perdonaremos”.

En la actualidad, la figura de Greta Thunberg resulta ser el paradigma de la toma de conciencia de los más jóvenes acerca de la educación medioambiental. Una educación que bastantes de ellos ya conocen en sus aulas, necesitándose trasladarla a la práctica y no quedarse meramente como algo de lo que se habla, pero, que en la realidad, no implica cambios de los hábitos de consumo que tenemos. Y esta toma de conciencia real debe darse desde los niveles más próximos, como es la familia, pasando por la localidad en la que se vive, ampliándola hasta que pudiera alcanzar un nivel global.

Hablando de la toma de conciencia de esta problemática, debo apuntar que son muchos los docentes de diferentes niveles -Infantil, Primaria y Secundaria- que desde hace años trabajan en la formación y sensibilización de sus alumnos en sus centros, de modo que quienes trabajamos dentro de la Educación Artística no hemos tenido problemas a la hora de plantear experiencias educativas basadas en la realización de actividades (collages, carteles, dibujos) para que ellos, libremente, dieran rienda suelta a su imaginación sobre la protección del medio ambiente.

Sobre estas experiencias, de los numerosos trabajos que dispongo he seleccionado siete dibujos de chicos y chicas del ciclo superior de Primaria para que veamos cómo es posible la utilización de la Plástica como medio de expresión de sus ideas acerca de los valores ecológicos.

La propuesta planteada en las clases fue lo suficientemente amplia para que representaran escenas en el contexto familiar, el urbano o relacionadas con la propia naturaleza. He aquí, pues, algunos de sus trabajos.



En los trabajos gráficos de los escolares es habitual la plasmación de dos imágenes contrapuestas: la que se logra responsabilizándose del medio ambiente y su contraria, es decir, la que resulta de no mostrar ninguna sensibilidad ante el mismo contaminando el entorno. Así, el autor del dibujo anterior, un chico de 11 años plasma esta contraposición mostrando un campo limpio en un día soleado y otro sucio en un día lluvioso, de modo que ambos están separados por un contenedor lleno de residuos. Ilustra su trabajo con dos frases: “¿Es tan difícil?” y “Reciclar está en tu mano”.



Uno de los problemas medioambientales habituales durante los veranos son los fuegos que acaban arrasando cientos o miles de hectáreas de la naturaleza. Sobre estos deterioros medioambientales nos informan puntualmente los medios de comunicación; pero se ha comprobado que, a pesar de los avisos habituales, siguen apareciendo, incluso, cuando es la mano del hombre el origen del problema. De nuevo, otro chico de 11 años acude a la contraposición de las imágenes para advertir visualmente del daño que causan los incendios.



Los ciclos vitales de la naturaleza ya los conocen los escolares del ciclo superior de Primaria. Saben que la tala de árboles que se lleva a cabo, por ejemplo, en la Amazonía con la aprobación entusiasmada del presidente de Brasil Jair Bolsonaro es un verdadero problema para el mantenimiento de los ecosistemas de esta zona, al tiempo que este inmenso territorio es un “verdadero pulmón” de nuestro planeta que hay que conservar. Es lo que de modo muy sencillo plasma en su dibujo un chico de 10 años, muy sensibilizado sobre la tala de árboles que se produce en zonas boscosas de distintos países.



Uno de los problemas cíclicos que por el tiempo de verano suele aparecer es el de la sequía, especialmente en los años en los que ha habido pocas lluvias. Entonces se suele recomendar un uso moderado del agua, un bien de la naturaleza limitado. De todos modos, el uso racional del agua debe ser una constante y no limitarse a los momentos de alerta. Sobre esta cuestión trata el dibujo de esta niña de 10 años, al presentar a una chica derrochando agua, dado que deja los grifos abiertos sin importarle la cantidad de líquido que está gastando inútilmente, tal como apuntaba la autora.



La sensibilización que se les fomenta en el aula acaba siendo asimilada por los escolares cuando comprueban, al observarlo directamente, que aquello que se les dice es verdad. Puesto que la educación medioambiental, tal como he indicado, se les presenta de manera amplia, es frecuente que en los dibujos de los escolares aparezcan escenas del deterioro urbano. Es lo que hace la autora del dibujo anterior, que muestra los muros de la esquina de un entorno urbano llenos de pintadas de todo tipo. Precisamente su denuncia va en el sentido de que mayoritariamente son adolescentes los que realizan grafitis sin importarles los lugares que deterioran.



Cuando hablamos de medio ambiente y de cambio climático no debemos pensar exclusivamente en la naturaleza, puesto que los entornos urbanos también son núcleos abiertamente contaminantes. Esto es indicio de que en la clase se había debatido este tema, por lo que los escolares estaban sensibilizados ante la falta de civismo de cierta gente que cuando se encuentran al mando de los volantes de vehículos se convierten en auténticos agentes de contaminación acústica. A este problema, la autora le añadía la suciedad y la violencia urbana, por medio de la escena de un atraco, añadiendo algo tan sorprendente como es un niño abandonado junto a una botella rota y un cigarrillo encendido.



Para cerrar, acudo a otra escena de ámbito urbano, que presenta algunas semejanzas con el dibujo precedente ya que fue realizado por otra chica de 12 años que se encontraba en la misma aula. La autora nos muestra todo un conjunto de violencias y agresiones que padecen las grandes ciudades, quizás influida por los medios de comunicación que suelen abrir los informativos cargados de noticias negativas: agresiones, violencias, robos, contaminación, accidentes, inseguridad de la población, etc., dando lugar a que en el imaginario colectivo acabe configurándose un panorama pesimista, cargado de tensiones, sobresaltos e incertidumbres hacia el futuro.

AURELIANO SÁINZ
  • 5.10.19
Oler a jazmín es volver a tener 10 años y volver a bajar por las escaleras, dando los buenos días al San Antonio que colgaba en la pared con el niño Jesús en brazos y unos labios muy sonrosados. Es oler a cal blanca, aceite de oliva virgen denso; a comer chorizos fritos para merendar.



Me lleva a las tardes de verano donde recogía los jazmines, aún cerrados, con una puntita blanca que prometía aromas junto a la almohada. Siempre he creído que esta pequeña flor olorosa espanta a los mosquitos. Si mi abuela decía que lo hacía, será verdad. Ella no mentía y me enseñaba cosas de la vida, sencillas, pero que alegraban el día día.

Saber encontrar la raíces de los hinojos para chuparlas, como si fuera la mejor de las chucherías. Reconocer la hierbaluisa, con la que ella se preparaba aquellas infusiones digestivas que tanto le gustaban tomar después del almuerzo. Coger romero y tomillo para hacer conejo al ajillo. Todo era natural, lejos de la rigidez de los internados. Había risas en la mesa y abrazos y mimos.

¿Y aquellos jeringos colgados de un junco? Por muchos años que pasen estarán en mi memoria: el mejor de los desayunos que he probado nunca. La sencillez de las cosas, esa que ahora anhelo y que solo encuentro cuando me alejo del “ mundanal ruido”. Como este fin de semana pasado.

Dormir hasta tarde en una casa castellana de piedra; visitar antiguas ciudades que se congelaron en el tiempo y pasear por una alameda que escondía un riachuelo donde las mamás ciervas bajaban al atardecer a dar de beber a sus pequeños.

Un ciervo joven corriendo y haciendo virguerías con sus patas traseras. Sentirme como la protagonista de alguna historia antigua de hadas y elfos. Mirar el color tierra de las montañas mientras el sol se aleja por la vía de un tren que tuvo mejores épocas. Respirar aire puro, sentir el sol, oler a naturaleza salvaje y todo ello cogida de la mano de mi compañero de vida. La felicidad tiene que ser algo como esto…

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
  • 3.10.19
Las verdades a medias son peligrosas. Un arma de propaganda y desinformación masiva. Su lógica se ha aplicado con atino desde los tiempos antiguos y todavía hoy es el instrumento de manipulación más afectivo para los populistas.



Este hecho se debe a que tienen una parte de verdad –o, al menos, desde un punto de vista intencional–, y otra que es inexacta, silenciada o, incluso, mentira. ¿Por qué funcionan tan bien? Porque permite a cada uno quedarse con lo que prefiera. Y siempre será la parte que quieran escuchar. Cataluña es buen ejemplo.

Ya avisé de que la violencia en Cataluña (y en España en general) era una cuestión de tiempo y, por ello, no me sorprendió en absoluto saber que una pandilla de fanáticos estaba preparando explosivos caseros. Tampoco comprobar que aumentan las agresiones a periodistas. Sin embargo, hay cuestiones que no me cuadran.

El independentismo catalán tiene un marcado carácter supremacista que se sustenta, entre otras virtudes y excelencias, en la superioridad moral del buen patriota. Por ello, una mayoría de catalanes se oponen a todo tipo de violencia. Es más, resulta su único argumento contra su supuesto Estado opresor. Dicho de otra manera, el independentismo catalán es supremacista, pero no violento. Es más partidario de la imposición, de la marginación del contrario y del acoso. Pero no es violento desde un punto de vista físico.

Pero los fanáticos, los que no necesitan excusas para hacer barbaridades, están en todos los bandos, y son ellos los que condicionan al resto. Tan cierto es que unos impresentables agredieron a Laila Jiménez, periodista de Telecinco, como que otros independentistas hicieron de barrera para ayudarla a salir de donde estaba.

En lo que respecta a los miembros de los Comités de Defensa de la República (CDR) detenidos, la información que se está filtrando tiene una dimensión política seria. Conexiones activas entre las CDR, la Generalitat y los fugados, la posible existencia de una célula terrorista, objetivos para atentar supuestamente confirmados por los propios detenidos…

Como suele ocurrir en estos casos, ante el secreto de sumario, la información filtrada viene avalada por atribuciones on background, o sea, fuentes señaladas, pero indeterminadas: “personas cercanas a la investigación”, “fuentes judiciales”… Por supuesto, nadie se responsabiliza de la información ofrecida.

Es posible que todas estas informaciones se confirmen cuando se levante el secreto de sumario. Mientras, lo único que de verdad sabemos, por las imágenes ofrecidas, es de la existencia de cuatro parias influidos por la kale borroka que pretendían hacer ruido con explosivos caseros. Nada más.

Lo más extraño del asunto es que, a la luz de estas informaciones, el presidente del Gobierno en funciones ha dado un giro, –otro más–, a su discurso, y ahora promete aplicar la Ley de Seguridad Nacional y, llegado el caso, el artículo 155 de la Constitución en Cataluña si fuera necesario para garantizar el orden. Con ello, no solo calienta el ambiente en todos los frentes ante las próximas elecciones, sino que le quita a Ciudadanos su único argumento ante el electorado más moderado.

Muy raro todo. Pedro Sánchez y su equipo son populistas baratos, cínicos y manipuladores que se creen inmersos en una especie de House of cards. Juegan con la ciudadanía como si fueran cartas de mus y, encima, se creen grandes estadistas por ello. ¿Quién nos asegura que no han aprendido de los supremacistas vascos y catalanes que la mejor manera de manipular a la población es con verdades a medias? Mucho suponer es eso.

Sin embargo, hay una serie de realidades evidentes. Carles Puigdemont y Joaquim Torra son unos conspiradores, pero no necesitan de las CDR para estar conectados. Y las CDR, por mucho fanático que tenga entre sus filas, no es ETA, ni tiene el apoyo en su territorio que sí tuvo la banda terrorista en Euskadi.

No descartemos que, tras el levantamiento del secreto de sumario, se desinflen muchas de las acusaciones vertidas contra los fanáticos presos. Pero, para entonces, las elecciones habrán pasado. Hoy, más que nunca, cuidémonos de las verdades a medias, que las cargan los populistas, y pueden provocar heridas irreversibles.

RAFAEL SOTO
  • 1.10.19
Estaba pendiente el último trámite judicial y ya se ha resuelto. El Tribunal Supremo ha avalado por unanimidad la decisión del Gobierno de sacar los restos del dictador Francisco Franco de su cripta de la basílica del Valle de los Caídos para su inhumación en el cementerio de la localidad madrileña de El Pardo-Mingorrubio, donde la hija del dictador compró una sepultura.



Exhumar a Franco era la iniciativa más simbólica del Gobierno socialista de Pedro Sánchez que, debido a los recursos interpuestos por los familiares del líder fascista, no se había podido llevar a cabo con la celeridad que el Ejecutivo pretendía.

Ahora, tras el aval del Supremo, solo resta completar los trámites y aprobar en Consejo de Ministros el traslado definitivo de la momia de Franco al sitio que le corresponde, si la autoridad eclesiástica permite el acceso a la basílica de Cuelgamuros para la exhumación.

Aunque el cura Santiago Carrera, prior de la basílica –un lugar público que se financia con dinero público–, se niega a conceder tal permiso, sus superiores en el Vaticano han asegurado que mantienen su postura de no oponerse, si el fallo de la Justicia, como es el caso, avala la exhumación.

La aparente “neutralidad” del Vaticano tiene por objeto evitar que la momia del dictador sea inhumada en la cripta de la catedral de la Almudena, única opción que contemplaba la familia Franco, y convertir al templo del centro de Madrid en un santuario para la exaltación del único líder fascista de Europa enterrado en una catedral.

La familia del dictador, liderada por el abogado Luis Felipe Utrera Molina –hijo de un ministro falangista de la dictadura–, procura por todos los medios (piensa seguir recurriendo sentencias) que los restos de Franco continúen vinculados a una Iglesia que, en vida, lo paseaba bajo palio como forma de preservar la "dignidad" del personaje.

Un personaje, no hay que olvidarlo, que lideró un levantamiento militar contra el Gobierno legítimo de la República e inició una guerra civil para instaurar una dictadura en España que, no solo prohibió derechos y libertades hoy afortunadamente recuperados, sino que asesinó sin juicio previo o tras juicios sumarísimos a centenares de miles de españoles inocentes, acusados de haber sido leales a la República, albergar ideales izquierdistas y progresistas o, simplemente, no manifestar con la debida convicción su adhesión inquebrantable al “Movimiento Nacional” que impuso Francisco Franco.

Ahora, pues, España recobra la moral y la normalidad democráticas de situar en su sitio –como hizo Alemania con Hitler, Italia con Mussolini, Argentina con Videla o Chile con Pinochet– a aquellos personajes que protagonizaron las páginas más negras de su historia. Y no es revanchismo, como acusa la ultraderecha, sino ser consecuentes con la veracidad histórica.

DANIEL GUERRERO
  • 29.9.19
No creo descubrir nada nuevo si indico que, por estas fechas, la sociedad española está cansada, aburrida y hastiada del marco político en el que nos movemos. Hay una enorme decepción y me temo que, si no cambia el rumbo, va a ser un tanto complicado recuperar el entusiasmo de la gente, puesto que existe la sensación de que no se les dice las cosas con claridad, que las medias verdades, por no decir las mentiras encubiertas, están presentes en los discursos políticos.



Como apunta el gran sociólogo polaco Zygmunt Baumann, vivimos en una modernidad o ‘sociedad líquida’ en la que no hay nada sólido, dado que los valores son cambiantes y que la verdad y la mentira se entremezclan según los intereses ocultos que no conviene que se conozcan. Y lo más curioso de todo es que, en esta sociedad, las estrategias de la publicidad comercial y de la propaganda política se han mezclado de tal manera que es casi imposible separarlas: ambas conviven con un perfecto maridaje.

Una y otra se confunden, de manera que los enormes avances persuasivos que se han logrado dentro del campo publicitario en la promoción de los productos se traspasan a esos nuevos centros de control de la mente de los ciudadanos como son los equipos de asesores de algunos partidos políticos que diseñan con todo cuidado las estrategias, y que van cambiando según marquen los resultados de las encuestas. Todo ello con la finalidad de planificar cuidadosamente y buscar los modos de convencer a los potenciales electores, por lo que electores y consumidores terminan siendo equivalentes para estos estrategas políticos.

Puesto que no soy en absoluto derrotista, considero que, a pesar de todos los problemas desalentadores con los que nos encontramos, conviene siempre ir a votar lo mejor informados posible, puesto que estar bien enterados de lo que apoyamos nos hace más libres y responsables de nuestros actos. Pero, junto a la información, es necesaria la formación y la reflexión, es decir, saber los modos de funcionamiento de la comunicación política y social de estos tiempos tan acelerados que vivimos.

Así pues, y con el fin de que veamos cómo funciona la propaganda política en nuestros tiempos, podemos remontarnos al primer tercio del siglo pasado, puesto que en él se configuran algunas de las estrategias básicas de la persuasión política que, con el paso del tiempo, se irían perfeccionando hasta llegar a los sutiles modos que se utilizan en el mundo de Internet en el que actualmente nos movemos.

Aunque a algunos pueda parecerles chocante, es necesario acudir a un personaje de la Alemania nazi para ubicarnos en el punto de partida del uso de las estrategias desarrollas por las potentes agencias publicitarias de los países más avanzados económicamente (Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania) para aplicarlas al campo político en las sociedades democráticas en las que los gobiernos se forman a través de las elecciones dentro de los partidos contendientes.

Y ese personaje fue Joseph Goebbels, quien fuera responsable del Ministerio para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich alemán entre 1933 y 1945. Este último año sería en el que se suicidaría ante la inminente derrota de la Alemania nazi.



Hemos de tener en cuenta que Joseph Goebbels se había doctorado en Investigación en la Universidad de Heidelberg a los 24 años, por lo que conocía perfectamente los mecanismos de la comunicación y la publicidad y la propaganda de su época, lo que daría lugar a que él perfeccionaría, posteriormente, los medios de propaganda política, integrando todos los avances que la publicidad había sido capaz de lograr hasta entonces.

Para comprender el éxito de Goebbels, acudo a un párrafo del investigador mejicano Eulalio Ferrer, quien, en uno de sus libros dedicados al estudio de la publicidad y la propaganda políticas, decía lo siguiente: “Hitler reunió en su entorno a un grupo de fanáticos que entienden que la propaganda es la más efectiva de sus armas, sin ocultar su desprecio por las masas que convoca y moviliza, convencido de que estas tienen una capacidad limitada para la absorción de ideas argumentadas y una capacidad de olvido muy grande”.

Es decir, sirve de poco razonar y argumentar ante una parte significativa de la población, por lo que se hace necesario apoyarse en eslóganes o frases cortas (‘ideas-fuerza’ se llaman actualmente), en puestas en escenas, creación de símbolos, apoyo y exaltación del líder, en la constante presencia en los medios de comunicación… para que los mensajes, explícitos y subliminales (aunque este término se utilice posteriormente), penetren en las mentes y, especialmente, en campo emocional de la gente.

No debemos olvidar que estas estrategias planificadas y llevadas a la práctica por Joseph Goebbels ayudaron a Adolf Hitler a alcanzar el poder en Alemania por medio de las urnas, dado que contó con un amplio apoyo de una población enfervorizada, como en la actualidad sucede con Donald Trump en Estados Unidos.

Sus biógrafos nos dicen que comenzó su andadura como propagandista político organizando una de las más espectaculares concentraciones que se habían producido en la ciudad de Colonia. El acto debería culminar con el toque de las campanas de la magnífica catedral que posee esta ciudad. Como el arzobispo de Colonia le negó el permiso, recurrió a la grabación del sonido de las campanas, logrando el efecto buscado al ser transmitido por los altavoces y la radio sin que el truco pudiese ser advertido

Otra de sus hazañas fue seleccionar de entre las pinacotecas nacionales y los museos particulares 650 pinturas y dibujos considerados ‘sacrílegos’ y ‘antipatrióticos’, supuestamente projudíos, con el fin de ridiculizarlos y encender la campaña que habría de culminar con el exterminio de millones de seres humanos.

Paso a paso, la compenetración entre Goebbels y Hitler cada vez fue a más, de modo que el primero se gana la confianza total del Führer, ya que aquel ve a este como el auténtico mesías carismático que necesita el pueblo alemán, para, entre otras cuestiones, resarcirlo de las humillantes condiciones firmadas en el Tratado de Versalles, tras la Primera Guerra Mundial.

Goebbels lo halagará cuidando sus representaciones públicas a una hora adecuada de la noche para situar mejor los reflectores, a veces con antorchas encendidas; elige los fondos con música de Wagner; crea un clima de expectación para la llegada de su jefe, entre redobles de tambores; mide los silencios, calcula los aplausos, intercala los gritos con los lemas de la multitud enardecida, que repite una y otra vez: ¡¡¡Führer… Führer…Führer…!!! Crea un espectáculo impresionante, montado con gigantescas banderas y miles de banderines en los que ondea la cruz gamada.

En el año 1933, finalmente, Adolf Hitler es nombrado canciller de Alemania tras ganar las elecciones. Su triunfo se basa, entre otros aspectos, en que no tiene que improvisar una política de propaganda, dado que lo que hace es poner en práctica los planes e ideas que se han estudiado y discutido minuciosamente tiempo atrás, supervisados por el nuevo ministro de Propaganda, que, a fin de cuentas, resulta ser el antecedente a los actuales asesores políticos.



Esta planificada propaganda la expone de modo detallado el periodista alemán Emil Dovifat en su libro Política de la Información. En él encontramos esta frase de Joseph Goebbels: “La propaganda fue nuestra arma más afilada en la conquista del Estado y continúa siendo nuestro poder más fuerte en el afianzamiento y en su construcción. Por eso, la propaganda es una función vital e imprescindible del Estado moderno”.

Una vez que Joseph Goebbels asume el cargo del Ministerio de Propaganda, se le otorga nada menos que el diez por ciento del presupuesto total del Gobierno alemán. Además, a los cuatro meses de haber tomado posesión de su cargo, concibe una insólita ley, que será promulgada el 4 de octubre de 1933, en virtud de la cual se transforma a los periodistas en servidores del Estado. Se hace, pues, necesario el control de la información, para que llegue una sola voz a la población alemana.

Para comprender las estrategias de comunicación y persuasión diseñadas por Goebbels, extraigo algunos lemas que son la síntesis de su pensamiento:

a) “No es preciso que una idea política esté avalada por una buena filosofía, si se dispone de una magnífica propaganda”.

b) “Nada es absoluto, todo es relativo. Las verdades duran lo que una imposición las hace durar”.

c) “Una buena propaganda es lo más cercano a la verdad, aun cuando sea la mentira misma”.

Aparte de esas tres frases que nos indican el descarado uso de los medios con tal de conseguir lo fines propuestos, aporto otras tres que han llegado hasta nuestros días:

d) “Quien dice la primera palabra al mundo es quien tiene la razón”.

e) “No basta con mentir, debes decir la mentira más grande para que se crea”.

f) “Una mentira repetida mil veces acaba siendo una verdad en la mente de la población”.

Quizás la última frase sea la más famosa de Goebbels, ya que se ha extendido tanto que casi nadie recuerda quien la formuló. Es por ello que en nuestros días, en los que las redes sociales funcionan a tope, se encuentre actualizada a través de las denominadas fake-news, es decir, falsas verdades que funcionan a nivel de vértigo en un mundo en el que la publicidad, la propaganda, las noticias y las tertulias televisivas se han entremezclado de tal modo que resulta muy difícil saber dónde se encuentra la verdad y la información planificada cargada de medias verdades o, llanamente, de mentiras. Esta es, a fin de cuentas, la compleja realidad en la que vivimos.

AURELIANO SÁINZ
  • 28.9.19
Sus padres la esperaban como agua de mayo. Y su madre soñaba con ella: con sus ojos, con sus manitas, con su cuerpecito y con su olor de bebé. Pero ella no llegaba; se resistía a llenar la casa de los jóvenes casados. Iba pasando el tiempo y cada vez se la quería con más fuerza. A su joven madre –era casi una chiquilla cuando se casó– se le iban la vista y los suspiros detrás de cada bebé. A ella le encantaban las personitas pequeñas que tratan de imitar tus gestos y huelen a pura vida.



Después de unos años en los que la esperanza había desfallecido un poquito, llegó Mercedes. Vino con el principio del otoño y fue a nacer en la capital del reino. Sus padres eran muy felices y su madre daba gracias a Dios por aquel angelito que dormía arrullado por el cariño familiar y por las mantitas, que ya en la meseta empezaba a refrescar.

Quizá fue un fallo humano o quizá tenía que pasar, pero una de sus caderitas no ajustaba bien y ningún médico lo vio... Su madre no se movió de la cunita del hospital durante aquel año en que estuvo escayolada. Tan pequeña y con las piernas fijas. Con lo que a ella le hubiera gustado moverlas.

Todo esto cambió cuando empezó a andar. Mercedes era una niña fuerte y decidida a seguir su camino. Corría como una bala con un aparato en una de sus piernecitas. Tenía carácter, el carácter de quien sabe que los obstáculos no le impedirán caminar.

También tuvo que ser operada de corazón. Quizás el exceso de amor de sus padres hizo que sus latidos fueran dobles. Le arreglaron el músculo y decidió que ella iba a ser farmacéutica.

Crecía llena de amor, con unos progenitores entregados y una familia que celebraba cada uno de sus logros. Un día de noviembre, la cigüeña le trajo una hermanita de rizos pequeñitos, que se convirtió en su muñeca primero y, luego, en su mejor amiga. Ya no necesitaba aquella muñequita negrita a la que tanto paseaba en su minicarrito.

La determinación que le permitió correr, a pesar de todo, es la misma que la llevó a la universidad y terminar con su título de Farmacia. La fuerza que habita en ella hace que los obstáculos la zarandeen pero no la dejen caer. Ella siempre ha mirado hacia adelante.

¿Y ahora estás triste porque los años corren? Porque llega un nuevo cumpleaños. Mercedes, tú no puedes estar triste. No puedes. Eres el regalo que tus papás desearon siempre. Mírate en el espejo y ve a la gran mujer en que te has convertido. Disfruta de la vida y de los momentos. Para eso sirven los años: para valorar lo bueno. ¡Feliz cumpleaños!

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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