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Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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  • 25.6.21
En contra de lo que piensan algunas personas, me atrevo a opinar que el tiempo por sí solo, desgraciadamente, no resuelve los problemas, no cura las enfermedades, no proporciona conocimientos, no desarrolla las facultades, no confiere sabiduría, no otorga dignidad ni siquiera madura a las personas. Un objeto que sólo es antiguo o un ser humano que sólo posee mucha edad son, simplemente, viejos.


La historia mal contada y la ciencia mal explicada nos ha habituado a medir la importancia de los objetos y a calibrar el valor de los acontecimientos por su dimensión temporal: el cosmos se describe por la distancia que separa a las estrellas de nosotros, el átomo por sus inaprehensibles oscilaciones, los acontecimientos sociales por su antigüedad y la vida humana por su edad. La existencia y la vida están configuradas, efectivamente, por el tiempo, pero no son sólo ni principalmente tiempo.

El tiempo, la antigüedad y la edad son simples continentes: frágiles vasijas de diferentes dimensiones y de distintas formas que han de ser colmadas con experiencias vitales; cofres decorados destinados a albergar tesoros; cauces abiertos por los que han de discurrir las corrientes de energías; hilos conductores de la savia vital; pero todos ellos pueden encerrar también una inútil basura o unos inservibles desperdicios e, incluso, pueden estar simplemente vacíos.

Para que el tiempo sea vida, ha de poseer sentido y hemos de reconocer que lo que de verdad proporciona sentido humano es el amor, la amistad, el trabajo y el servicio a los demás; la mera suma de años o la simple acumulación de bienes no aumenta la estatura humana, de igual manera que la simple ingestión de alimentos no asimilados no hace crecer ni fortalece el cuerpo. Sólo la comunicación y la entrega a alguien ensanchan, ahondan y elevan la vida humana. Cualquier vino no se hace más rico con el tiempo.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 18.6.21
Reconozco que me ha sorprendido gratamente el breve libro titulado De la lectura y del arte de escribir, obra de Rafael Tomás Caldera y editado en Madrid por Rialp en este mismo año 2021. Y me ha sorprendido por la importancia y por la utilidad de sus oportunas explicaciones para ayudar a los profesionales a desarrollar las tareas informativas, críticas y literarias.


Me ha llamado la atención, en primer lugar, la manera clara de la que el autor aplica las pautas para la lectura y para la escritura. A pesar de que apoya sus orientaciones metodológicas en las doctrinas de las poéticas, retóricas y preceptivas clásicas, la lectura me ha resultado especialmente grata y práctica porque constituye una muestra ejemplar de la utilidad de sus orientaciones, y una demostración lúcida del valor de sus oportunos comentarios. Nos demuestra que no es necesario el uso de los tecnicismos, un lenguaje que puede ser adecuado para los especialistas pero que es oscuro y a veces incomprensible para los lectores no profesionales.

De manera breve y exacta, el profesor y escritor Rafael Tomás Caldera nos orienta para que mejoremos la calidad de nuestras lecturas, para que, además de entender y de comprender los textos, situemos sus asuntos en sus contextos, valoremos sus expresiones y ahondemos en sus mensajes. ¿Cómo? Llevando a cabo tres operaciones sucesivas y complementarias: el análisis, la síntesis y la crítica, tres tareas imprescindibles para lograr la “asimilación” –la digestión– consiguiendo que las sustancias más nutritivas alimenten nuestras vidas.

Importante también, a mi juicio, son sus propuestas para orientar el aprendizaje y el perfeccionamiento de los diferentes géneros de la escritura. Partiendo del supuesto de que es una tarea práctica y compleja, nos anima para que empecemos a practicarla y para que sigamos creciendo como escritores: “Lo esencial es escribir” pero a condición de que, de manera inmediata y repetida, corrijamos, enmendemos y mejoremos nuestros "borradores”.

Valiosas y útiles, por supuesto, son las pautas que nos dicta para que dotemos a nuestros escritos de contenidos importantes, interesantes y provechosos. Sus breves indicaciones sobre las partes, el título, la articulación de los contenidos, sobre la búsqueda de informaciones, sobre la unidad, coherencia y énfasis de los textos, y sobre la sencillez, la claridad y las fuerzas de las palabras constituyen, en mi opinión, una estimulante y amable invitación para que nos decidamos a iniciar esa apasionante aventura de la escritura.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 11.6.21
En mi opinión, los lectores y los escritores deberíamos profundizar en la estrecha relación que existe entre el cultivo de las letras, el trabajo con las sensaciones, emociones, pensamientos y palabras, y la agricultura, las labores con la tierra, con la lluvia y con las plantas en el campo. Cicerón, en sus cinco libros titulados Tusculnae Quaestiones, así llamados porque los escribió en Tusculum, afirma que la filosofía es la cultura del espíritu.


Con esta definición Cicerón explica que en las tareas culturales no es suficiente que sembremos buenas semillas sino que también es necesario que la tierra sea la adecuada y que, de vez en cuando, la removamos, la renovemos, la limpiemos de esas hierbas que crecen espontáneamente e impiden el cultivo de las plantas saludables y bellas.

La cultura también alimenta y salva –puede salvar– vidas, sanar las heridas y garantizar un futuro mejor. Los desequilibrios culturales, de manera análoga a los desórdenes alimenticios, generan deformidades e hipertrofias, y pueden producir unas consecuencias tan peligrosas como la desgana, la apatía, las repugnancias, las arcadas, la desnutrición o el raquitismo.

Si pretendemos alimentarnos culturalmente para que crezcan armónicamente las diferentes dimensiones que nos definen como seres humanos, hemos de ampliar el abanico de nuestros gustos y, sobre todo, hemos de cultivar nuestra sensibilidad para ser capaces de analizar y de disfrutar con las creaciones artísticas antiguas y modernas, las elaboradas y las populares. La gravedad de los desniveles culturales estriba -no lo perdamos de vista- en que perpetúan y acentúan las desigualdades económicas y sociales.

Cuando afirmamos que la cultura es "alimento" que sostiene, no elaboro una sugerente metáfora poética, sino que formulo una definición comprensiva y comprensible del ser humano, y declaro mi profunda convicción de que el hombre no puede vivir plenamente con un simple pedazo de pan, o, en otras palabras, manifiesto mi convicción de que, para sobrevivir –para "realizarnos", como se decía hace unos años– necesitamos cubrir también otras exigencias vitales y perentorias: la de una cultura que, arraigada en nuestra tierra, abra la posibilidad de intervenir en nuestra sociedad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 4.6.21
Estoy convencido de que respetar y ser respetado es el soporte necesario sobre el que hemos de edificar las virtudes y los valores personales que hacen posibles la convivencia pacífica familiar, social y política. La raíz íntima de esta consideración reside en el reconocimiento de la dignidad “civil/sagrada” de los seres humanos. Su aceptación ha de ser absoluta porque no depende de ninguna circunstancia ni de ninguna cualidad añadida.


La dignidad de las personas no la otorgamos nosotros ni está en nuestras manos retirarla o disminuirla. Por eso, merecen nuestro respeto los niños, los adultos y los ancianos; los varones, las hembras y los homosexuales; los cultos, los sabios y los ignorantes; los creyentes, los agnósticos y los ateos.

Nuestros comportamientos morales, familiares, sociales y políticos, en vez de privilegiar las cualidades como el sexo, la edad, la sabiduría, la riqueza y, sobre todo, el poder, deberían conceder la suprema valoración a la dignidad humana: éste debe ser el principio ético del que se derivan todos los demás.

Este valor civil/sagrado de la dignidad humana constituye la razón del respeto con el que hemos de relacionarnos con todas las personas. No se trata, por lo tanto, de un acuerdo al que, de manera explícita o implícita, ha llegado una sociedad sino de un deber que es independiente de nuestra voluntad individual o colectiva.

Por eso mismo, aún en el caso de que toda la sociedad decidiera por consenso dejar de respetar la dignidad humana, ésta seguiría siendo un derecho exigible por cada uno de los ciudadanos, incluso, de los que sean juzgados y condenados como delincuentes.

En nuestras sociedades civilizadas aceptamos este principio en la teoría y lo proclamamos con pomposas palabras y con tonos solemnes, pero los hechos cotidianos nos confirman, de manera mucho más elocuente, que no siempre lo tenemos en cuenta. Fíjense en los programas televisivos, en los debates parlamentarios, en las tertulias radiofónicas, en las gradas de los estadios, en las aulas escolares e, incluso, en los consultorios médicos.

En mi opinión estamos sufriendo un proceso acelerado de degradación de aquellos “buenos modales” que expresan el respeto que nos merecen nuestros interlocutores. Quizás estos cambios de hábitos respondan, en muchos casos, a una progresiva depreciación del valor más importante de nuestra sociedad: la persona humana. La falta de respeto no la justifica ni siquiera la defensa de la verdad, de la justicia o de la moralidad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ
  • 27.4.21
El Día Internacional del Libro –una “fiesta” destinada a fomentar la lectura y a homenajear a los autores, a las editoriales y a las librerías– nos ofrece cada 23 de abril una oportunidad para que nos animemos a descubrir la importancia y el placer de la lectura, y para que valoremos las contribuciones de quienes, con sus relatos, con sus versos, con sus ideas y con sus palabras, han impulsado y siguen impulsando el crecimiento personal, el progreso cultural, el deleite estético y el bienestar social de la humanidad.


La lectura nos sirve para tender puentes, romper muros, sembrar semillas del mutuo entendimiento. Nos ayuda a entender y a conectar con personas diferentes y a vivir, con el pensamiento, con la imaginación y con las emociones, nuevas experiencias: nos alarga y nos ensancha nuestra existencia.

Nos puede servir también para que actualicemos unos valores tan necesarios hoy como el respeto a los derechos humanos, el buen trato a los animales, el fomento de la paz, la disminución de la violencia y, en resumen, el fortalecimiento de unos principios morales que orienten nuestra capacidad para analizar, para criticar y para mejorar la vida actual.

Puede hacernos más conscientes de la vida y, también, para evitar que nos anestesiemos ante el dolor ajeno. Los libros nos ofrecen oportunidades para ponernos en el lugar de los otros, de los que han vivido en otros tiempos o en otros lugares, para entender las vidas, los sentimientos, las creencias, los pensamientos, los deseos y los temores de las personas con las que convivimos.

Nos orientan y nos estimulan para que mejoremos nuestros lenguajes y para que expresemos nuestra peculiar manera de entender la vida y para interpretar cómo la entienden otros, esos seres desconocidos que, quizás están a nuestro lado o viven en mundos alejados.

Leer no es solo deletrear letras sino, también, profundizar en los sucesos, adentrarnos en nosotros mismos y acercarnos a los otros; es escuchar y hablar; es ser otros sin dejar de ser uno mismo. Leer es realizar un viaje de ida y vuelta a lugares lejanos o a rincones recónditos, es regresar al ayer o adelantarnos al mañana.

Los libros son ventanas y balcones abiertos a la inmensidad, al infinito y al misterio. La lectura nos educa el gusto, nos intensifica el paladar –los sentidos y las emociones– para saborear los placeres estéticos de la luz, de la oscuridad, del calor, del frío, de la soledad y de la amistad, del miedo, de la esperanza o del amor; ensancha nuestra capacidad de sentir, de evocar, de pensar y de soñar.

Para paladear esos jugos deliciosos que nos alivian, nos animan, nos vivifican, nos tonifican y nos divierten. Nos invita a que volvamos a caminar, a pasear y a viajar para que descubramos mundos insospechados. Nos dibuja sendas por las que penetrar en el fondo secreto de las realidades humanas, claves para interpretar el sentido profundo de los episodios y, en resumen, para vivir de una manera más plena.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 23.4.21
Tras mi denuncia clara de la violencia generada por la entrada en prisión por condena de Pablo Hasél, debida, según los jueces, al enaltecimiento del terrorismo, expreso mi reflexión sobre la necesidad, la obligación y la urgencia de indagar el origen complejo y las causas múltiples de esas reacciones tan agresivas. Estoy convencido de que la simplificación de los problemas impide su solución.


Pienso que estos desórdenes ponen de manifiesto también el malestar de fondo y el hartazgo de una considerable parte de la juventud por los problemas serios y complejos que tienen planteados quienes, a pesar de la preparación profesional, no pueden acceder al mercado laboral o sólo logran unos trabajos muy precarios.

Algunos carecen incluso de perspectivas para marcharse del hogar familiar. Por eso algunos explican que la detención de Hasél fue solo una excusa más para expresar su malestar acumulado durante demasiado tiempo y su impotencia para encontrar una salida a una situaciones dramáticas.

Tengamos en cuenta, además, que estos episodios ocurren en medio de una nube de corrupción de los poderosos, de promesas incumplidas, de enfrentamientos en el Parlamento y de agresividad en los medios de comunicación. No podemos perder de vista la atmósfera tan contagiada de crispación mediática, de individualismo feroz, de desigualdades crecientes y de conformismo complaciente entre los que, precisamente, aprovechan estas crisis para lograr pingües beneficios.

Los problemas son múltiples, difíciles de solucionar y, sobre todo, graves para quienes los sufren. Por eso es indispensable y urgente que todos, en especial los que detectan poderes políticos, financieros, sociales y mediáticos, se reúnan y busquen soluciones.

De lo contrario, todos saldremos perdiendo. Recordemos aquel principio clásico que, después explicó Leibniz: “nada ocurre sin las razones suficientes”. Pero, en mi opinión, hemos de separar la explicación del origen de los hechos y su justificación ética e incluso política de los comportamientos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 16.4.21
La situación de extrema necesidad en la que he encontrado a una persona amiga durmiendo en un banco de los jardines del Parque, hace que me sienta conmocionado y obligado a pensar seriamente y a escribir sin rodeos sobre los graves e injustos problemas psíquicos, personales, familiares, sociales y religiosos que sufren los transexuales.


Transcribo algunas de las palabras que pronuncié en la presentación del último de sus libros: “Sabes muy bien que esos ratos compartidos en nuestro Club de Letras constituyen estimulantes bocanadas de aire saludable que purifican nuestro espíritu y nos ayudan para que, repensando nuestras vidas, reflexionemos sobre las cosas importantes, esas que nos hacen sentir y emocionarnos, disfrutar y sufrir, llorar y reír.

Te agradezco la habilidad y la delicadeza con la que nos has enseñado a los demás miembros del Club de Letras a humanizar nuestras relaciones, a defendernos de los ataques de la vulgaridad de la sociedad, de la brutalidad de los poderosos y de la crueldad institucional
”.

No hay derecho a que, debido a unas convicciones convencionales, a unos prejuicios culturales y a unas pautas de comportamientos tradicionales, sigamos sin reconocer la realidad ni, mucho menos, que permanezcamos consintiendo la dolorosa situación de quienes son diferentes e, incluso, que nos empeñemos en hacerlos cambiar.

Me ha contado que desde la infancia toda su familia conocía su identidad pero que la única que trataba de comprenderla era su madre. Incluso experimentó unos trastornos psicológicos serios debido a los esfuerzos baldíos que realizó por no aceptar su manera de pensar, de sentir y de ser.

Desde muy pronto se sintió fuera de lugar respirando una atmósfera asfixiante, experimentando el rechazo de los más próximos, de los miembros de la familia, de los compañeros y de los amigos. Siempre ha sido objeto de burlas y, a veces, víctima de violencia física.

Los médicos le diagnosticaron una enfermedad mental, aplicándole un tratamiento que aún hoy sigue observando porque, efectivamente –me confiesa– “el origen del trastorno que sufro no sé si se debe a mi identidad transgenérica, si es la consecuencia de mi propia incomprensión o el resultado del odio, del rechazo, de la violencia, de la discriminación de todos los que me rodean y, por lo tanto, del aislamiento en el que he vivido durante toda mi vida”.

Tras el fallecimiento de su madre, le ha invadido el deseo irreprimible de desaparecer y se siente en el fondo de un abismo de vergüenza, de desprecio y de deshonra por ser de una manera que ella no ha elegido y que no puede cambiar.

Al contemplarla en esta dolorosa situación, recobran valor las palabras de aquella presentación en la que expliqué mi convicción de que sus relatos habían nacido de su necesidad de expresarse y de su ansia honda de dibujar unos seres que, parecidos o diferentes, mostraran sus recónditas aspiraciones. Te aseguro que todos nosotros te respetamos y te queremos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 9.4.21
Estoy convencido de que las situaciones límite que estamos viviendo desde hace ya un año pueden conducirnos, al menos, a que nos replanteemos algunos aspectos de la vida y a que nos decidamos a humanizar más nuestras vidas personales, familiares y sociales. Deseo que, a partir de ahora miremos con otros ojos a los crucificados de la historia, a los esclavos de todos los tiempos, a los pobres, oprimidos, marginados, inmigrantes y refugiados, a los ahogados en el Mediterráneo o en la travesía a Canarias, y a todos los que han muerto soñando y luchando por otro mundo más justo y humano


Espero que, tras derrotar a la pandemia, muchos de los que podamos contar sus efectos devastadores tendremos muy en cuenta algunas de las lecciones que hemos aprendido. Sin caer en ingenuos optimismos, buscaremos fórmulas eficaces para evitar que la desolación pesimista nos contagie y tiña toda nuestra existencia con los colores lúgubres de los que carecen de esperanza.

Lucharemos para encontrar acicates en los que agarrarnos y claves que nos ayuden a interpretar los signos de esperanza que lucen en medio de ese oscuro paisaje. Si las sombras y los nubarrones pueden servir para resaltar las luces y para aprovechar mejor los días soleados, la correcta interpretación estos dolores y de los errores que hemos cometido nos puede ayudar para que descubramos el germen vital que late en el fondo de nuestra existencia humana individual y colectiva.

Para hacer este pronóstico, no me apoyo en ideologías, en teorías filosóficas ni siquiera en consideraciones psicológicas sino, simplemente, en la observación de la Naturaleza. Los marineros saben que, tras la tempestad, llega la calma; los labradores conocen que al invierno le sigue la primavera y el verano; los psicólogos nos explican que la esperanza es la receta imprescindible para evitar la depresión, los fieles de las diferentes creencias se consuelan con la vida futura y los cristianos fundamentan sus vidas en su fe en la resurrección de Jesús de Nazaret.

Pero yo me conformo, querido Pepe, con recordarte esa frase que tanto te repite tu madre: “Siempre que has sufrido algún contratiempo, han surgido insospechados beneficios”. Estoy convencido de que las situaciones que estamos viviendo pueden conducirnos a un replanteamiento del sentido de la vida.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 2.4.21
La saeta, ese género de cante flamenco que se interpreta en nuestra Semana Santa andaluza, constituye una manifestación propia de nuestro arte popular religioso. Es un grito desgarrado que tiene resonancias árabes, judías y gregorianas y que deriva de la siguiriya y de las tonás gitanas. Expresa el sentir hondo de nuestro pueblo que rememora y vive la Pasión y la Muerte de Jesús de Nazaret y que acompaña el sentimiento de dolor de su madre María.


La “saeta” es una manera elemental de adentrarse en el misterio del dolor humano y una forma espontánea de asumir la muerte: es un modo de dolerse con el dolor de los otros y de penar con las penas de los demás.

La palabra “saeta”, más culta y más antigua que la palabra “flecha”, la usan autores tan importantes como el poeta medieval Gonzalo de Berceo, Juan Ruiz -el Arcipreste de Hita-, autor del Libro de Buen Amor, y Don Juan Manuel, autor del El conde Lucanor, es el dardo que hiere y que, destrozando el corazón, nos transporta los sentimientos del amor.

¿Dónde nació? ¿En el barrio de Triana de Sevilla, en el barrio de Santiago de Jerez o en el barrio de Santa María de Cádiz? Es igual: lo importante es que brota de la fuente original del alma en carne viva de un pueblo que, por haber sentido la amargura de la soledad, de la pena, del desprecio, del desamparo, del hambre, de la sed o de la pobreza, vive la grandeza de la misericordia, la alegría del perdón, el alivio de la fe, el consuelo de la esperanza y la fecundidad del amor.

La “saeta flamenca” es grito, clamor, llanto, gemido, queja, lamento, piropo, cante, culto, fervor y oración; es poesía y es música; es amor y es lástima; es arte y es pasión.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 26.3.21
Nuestra Semana Santa –una manifestación popular en la que participan activamente ciudadanos de diferentes edades, de distintos niveles culturales e, incluso, de diversas convicciones ideológicas– es menospreciada por algunas élites políticas, sociales e, incluso, religiosas.


Algunos políticos la califican de mera superstición, ciertos agentes sociales la interpretan como simples expresiones folklóricas y no faltan sacerdotes que la valoran como elementales devociones locales alejadas de la liturgia y, a veces, como opuestas al espíritu de recogimiento que debe imperar en las celebraciones eclesiales.

En mi opinión, nuestra Semana Santa posee, al menos, dos valores humanos. En primer lugar, son portadores de valores humanos importantes en nuestra cultura decisivos para lograr la felicidad individual e imprescindibles en la conservación del bienestar familiar y social como, por ejemplo, la paciencia, la humildad, el perdón, la misericordia, la paz, el amor, la compasión, la esperanza, el silencio, la palabra, la caridad o la gracia.

En segundo lugar, son el resultado de la inspiración, del ingenio y de las habilidades de nuestros artistas y de las destrezas de nuestros artesanos. La amplia gama de la imaginería, de bordados, de ornamentos, de orfebrería –faroles, ciriales, candelabros, ánforas– o la sobriedad de las marchas fúnebres, la hondura de las saetas, la agudeza del toque de clarines e, incluso, el rotundo sonido de los tambores, las luces, los colores, los sonidos, las melodías, los ritmos y los silencios transmiten unas sensaciones que se asocian a los sentimientos y éstos conectan con los pensamientos que orientan y estimulan nuestros comportamientos: configuran diferentes modelos de vida y distintas concepciones del bienestar y de la felicidad. Es sabido que las sensaciones, las emociones y las ideas influyen en las actitudes y en las conductas personales y sociales.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 19.3.21
¿Tiene sentido que, de vez en cuando, ayunemos? Tengamos en cuenta, en primer lugar, que los nutricionistas nos dicen que el ayuno voluntario y controlado nos puede servir para desintoxicar el organismo, para perder peso e, incluso, para mejorar el funcionamiento de la mente y para que, controlando nuestros gustos y nuestros disgustos, evitemos el insomnio.


Estoy convencido de que el ayuno vivido como experiencia de privación nos puede ayudar a comprender a los que cerca o lejos de nosotros carecen de los medios necesarios para la subsistencia. Sentir un poco de hambre, de vez en cuando, nos ayudaría a experimentar la inquietud de quienes carecen de medios para, simplemente, sobrevivir: para comprender el sufrimiento de quienes tienen hambre, para recordar que, en la actualidad esta lacra la sufren 800 millones de personas en todo el mundo, la gran mayoría niños, y para ser conscientes de que esa desigualdad es una amenaza grave porque hipoteca el futuro de naciones y de continentes enteros.

El ayuno podría servirnos para que no olvidemos que el hambre mata más que la pandemia, y que la pandemia agravará las condiciones de vida de buena parte del mundo.

En mi opinión, el ayuno carece de su sentido más importante si no está movido y si no tiene como fin estimular la solidaridad con los hambrientos, con los pobres y con los necesitados de nuestro entorno, de nuestra ciudad, de nuestro de nuestro país o del mundo entero.

El ayuno podría incluso convertirse en una frívola diversión si no nos estimula para que compartamos nuestros bienes con los que padecen una cruel e injusta hambruna. Ya sabemos que el hambre no es contagiosa, pero no olvidemos que mata, y mata mucho más que la covid-19, que el sida y que otras enfermedades.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 12.3.21
Estoy de acuerdo en que, a veces, es necesario gritar, llorar o protestar para desahogarnos, para aliviarnos de la presión interior que nos provoca una injusticia flagrante, un reproche inmerecido o un trato vejatorio. Las agresiones, efectivamente, reclaman una compensación que reestablezca el equilibrio emocional.


Hemos de evitar, sin embargo, que nuestra reacción, en vez de curarnos el daño causado, agrave nuestro mal y nos despierte el virus mortífero, homicida y suicida del odio cuyo germen aletargado llevamos todos en los pliegues de nuestras entrañas.

Quizás sea inevitable sentir indignación, rabia, ira, cólera y hasta furia, pero el odio es otro impulso más grave y más peligroso: es un sentimiento permanente e intenso, que nos impulsa a aniquilar de la realidad y hasta del recuerdo a quien nos ha dañado. El odio es una relación con una persona a la que deseamos destruir.

En mi opinión, es posible que no tengamos claro que, frecuentemente, nuestra visión simplificadora vierte todo el mal sobre nuestros enemigos y consideramos que nosotros somos los buenos, los que estamos libres de culpa. En los deportes, en la política y en la religión es frecuente que definamos a los adversarios –a los otros, a los diferentes– como la encarnación del mal radical y que, por eso, los demonicemos y los pintemos como figuras monstruosas.

No advertimos que las raíces del mal y del odio están también ocultas en el interior de nuestros propios corazones. Poner todo el mal en un platillo –el de los enemigos– es librarse inútilmente de un peso que cada uno de nosotros debemos soportar.

En el libro que tengo entre las manos dice lo siguiente: “Aunque no hubiese más que un solo alemán decente, él solo merecería ser defendido frente a esa banda de bárbaros y, gracias a él, no habría derecho a verter odio sobre un pueblo entero. Esto no significa ser indulgentes ante determinadas tendencias, hay que tomar posiciones, indignarse por algunas cosas en determinados momentos, tratar de comprender; pero ese odio indiferenciado es lo peor que hay. Es una enfermedad del alma”.

Estas palabras cobran todo su valor cuando sabemos que fueron escritas por Etty Hillesum (1914-1943), una joven judía que, antes de morir en Auschwitz, contó sus dolorosas experiencias y sus profundas convicciones de que, incluso ante el supremo sufrimiento, hemos de alabar la vida y vivirla “con la plenitud de sentido que la vida requiere”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 5.3.21
A falta de unas jornadas para conmemorar el día dedicado a la mujer, me siento en la necesidad y en la obligación de mostrar mi respeto, mi admiración y mi agradecimiento a una mujer concreta en la que resumo las cualidades de todas las mujeres con las que he convivido, con las que he trabajado y de las que he aprendido.


Confieso con todo descaro que de todas ellas he aprendido a vivir, a crecer y a disfrutar. Hoy –os pido que me perdonéis– no me refiero, aunque también las aplaudo, a esas mujeres que los medios de comunicación presentan como modelos ejemplares de la lucha por reivindicar sus derechos humanos.

Dedico mi homenaje a una mujer concreta que, con sus comportamientos, más que con sus discursos, me ha acostumbrado a escuchar, a contemplar y a meditar, a calibrar la importancia de los asuntos menudos y a interpretar los papeles secundarios a los que no solía dar importancia.

Hoy menciono, sin decir su nombre, a quien sin reservarse tiempo alguno y sin pretender destacar, con su lucidez, con su modestia y con su firmeza, ha contribuido, de una manera decisiva, para que realizáramos y culmináramos las tareas familiares y profesionales de las que, sin duda alguna, ella es la autora y la protagonista principal.

Lo menos que puedo hacer es reconocer cómo, a veces sólo con su mirada limpia, refleja el resplandor directo de la satisfacción que ella experimenta por el “privilegio”, como dice ella, de acompañar en los momentos de alegría compartida y participar en las situaciones dolorosas logrando que la vida en común transcurra con dignidad.

Estas son las razones que, a mi juicio, explican la marea de respeto y de cariño que, inevitablemente, desbordan mi capacidad para explicar mi alegría y mi agradecimiento. Ante su grandeza y ante su sencillez solo caben el asombro y el estremecimiento. Sobran las palabras.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 26.2.21
Con el fin de evitar que se malinterpreten mis palabras declaro abiertamente, en primer lugar, que soy un firme partidario de la libertad de información y de la libertad de opinión. En segundo lugar, afirmo sin reservas que comprendo y acepto que las creaciones artísticas –la pintura, la escultura, la música y la literatura– nos sorprendan por sus peculiares maneras de reinterpretar la realidad, por sus formas diferentes de describir los paisajes y por sus modos originales de relatar los episodios. Por eso reconozco que no es extraño que algunas expresiones estéticas sean provocadoras y nos sorprendan, nos asombren y nos incomoden.


Pero esto no quiere decir que cualquier grito estentóreo, cualquier brochazo desagradable o cualquier pedrada agresiva podamos o debamos calificarlos de artísticos ni mucho menos de aceptarlos como correctos.

Los gritos violentos que defienden el uso de la violencia, la quema de contenedores de basura, la ruptura de cristales, las agresiones a periodistas, los insultos a los que piensan de manera diferente deberían ser denunciados procedan de donde procedan y se dirijan a quienes se dirijan.

En estos momentos de especial dificultad es necesario –urgente– que los políticos, los educadores y los creadores de opinión unan sus voces y nos expliquen a coro que la violencia engendra más violencia, la mentira, más mentira, y la rabia, más rabia

En mi opinión algunas de las raíces de estos lamentables hechos tan repetidos durante los últimos días nacen de ese proceso de banalización que está creciendo en nuestra sociedad, tienen su origen en ese ejercicio irresponsable de restar importancia a unos comportamientos que son peligrosos e inaceptables, a unos valores que son necesarios para vivir y para convivir.

Deberíamos denunciar con claridad esa práctica tan extendida de reírnos de hechos que son graves y de faltar el respeto a instituciones y a personas que poseen unos derechos y una inviolable dignidad. Por favor, al menos, seamos serios.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 19.2.21
Esta semana deseo referirme brevemente al significado del Miércoles de Ceniza, un rito que, entre muchos pueblos de la antigüedad, era una señal del propósito de cambiar la vida, de mejorar los comportamientos, de ser mejores personas.


No solo los judíos, sino también los griegos, los egipcios, los árabes y otros pueblos de Oriente, se cubrían la cabeza de ceniza en lugar de rociarse con perfumes para expresar el dolor, la pena o el luto. Otras veces se sentaban en el suelo entre ceniza para expresar sus disgustos y sus protestas por las calamidades públicas.

En estos tiempos, por escasa atención que hayamos prestado a los mensajes que nos lanzan los líderes políticos, sobre todo en las vísperas de las elecciones, hemos podido advertir que coinciden en la necesidad de cambiar las cosas. Todos nos prometen que realizarán cambios importantes.

Estoy de acuerdo en que es imprescindible cambiar las leyes para mejorar el bienestar y para alcanzar mayor justicia, mayor igualdad, mayor libertad y mayor solidaridad. Pero, en mi opinión, para que se produzcan esos cambios es imprescindible que cambien cada uno de ellos y cada uno de nosotros. ¿Cómo? Cultivando los valores humanos, esos que nos ayudan a vivir una vida más saludable, más grata y más humana.

La Cuaresma es el tiempo de preparación de la Semana Santa, una manifestación popular en la que participan activamente ciudadanos de diferentes edades, de distintos niveles culturales e, incluso, de diversas convicciones ideológicas.

Es posible que muchos coincidan, al menos en teoría, en la necesidad de cultivar algunos valores como, por ejemplo, la soledad, el silencio, la lectura y, sobre todo, el acompañamiento a los que están solos y la solidaridad con los que necesitan ayuda.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 12.2.21
En primer lugar y para que no surjan dudas os confieso –queridas amigas y amigos– que me gusta el Carnaval pero también os digo que –como me ocurre con el fútbol, con la política y con el periodismo– lo vivo de una manera moderada, sin excesivo apasionamiento, sin idolatría y sin fanatismo. Por eso procuro mantener cierta distancia que me permita disfrutarlo y, además, analizarlo y criticarlo.

En mi opinión, las agrupaciones nos muestran unos espejos, cóncavos o convexos, en los que se reflejan, alargados o achatados, nuestros rostros y nuestros gestos, nuestras virtudes y nuestros defectos, nuestras aspiraciones y nuestras frustraciones.

Este año, debido a la crisis sanitaria, se han suprimido todos los actos púbicos, no saldremos a las calles y a las plazas pero podremos disfrutar con el buen humor de las coplas desde nuestros hogares gracias a la televisión.

El buen humor, aunque no está relacionado necesariamente con el amor, sí tiene mucho que ver con la amabilidad. Por eso aplaudo el humor que humaniza las relaciones humanas, ese humor al que se refieren muchos de los amigos que nos visitan, cuando nos dicen que el rasgo que más les llama la atención es el fino e ingenioso humor de los habitantes. Se refieren al humor amable que ha de constituir para nosotros un reto, un desafío y una responsabilidad.

El humor es un lenguaje que la Estética lo considera como arte, la Poética como resorte literario y la Antropología como una manifestación cultural: es la consecuencia natural de la facultad humana del lenguaje que puede servir para construir la sociedad o, a veces, para destruirla. Por eso, justamente en estos momentos de preocupación por la dichosa pandemia, nos viene bien condimentar nuestra convivencia ciudadana con algunas pizcas de la sal y de la pimienta de nuestro buen humor.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR
  • 5.2.21
En esta ocasión me permito comenzar mi comentario semanal mostrando mi agradecimiento a la editorial Hermida Editores por su decisión de editar en español la novela Distrito del Sur, publicada en inglés en 1936, unos meses después de la muerte de su autora, la periodista y novelista Winifred Holtby, a los 37 años.


En mi opinión, estos momentos de pandemia son especialmente oportunos para establecer una comparación entre los graves problemas que en esta obra se relatan y las importantes cuestiones que nos preocupan en la actualidad en España y en Europa.

Me ha llamado la atención cómo las dolorosas consecuencias de la profunda depresión que sufrió Inglaterra tras la Primera Guerra Mundial guardan una estrecha analogía con las desgracias sanitarias, económicas y sociales que estamos sufriendo como consecuencia de la actual pandemia del coronavirus.

Me ha sorprendido cómo la protagonista, Sarah Burton, una mujer dechado de lucidez, de generosidad y de coraje, se convierte en la abanderada de las batallas por la justicia y por la igualdad, en una luchadora contra “nuestros enemigos comunes: la pobreza, la enfermedad, la ignorancia, el aislamiento, el desequilibrio mental y el desquiciamiento social” (p. 8).

Tras veinte años enseñando en Londres, llega a Yorkshire y, superados los prejuicios de los directivos, Sarah logra el cargo de directora de la Escuela Superior de Kiplington impulsada por la firme determinación de transmitir a las alumnas la convicción de que el futuro les pertenece en contra de las férreas convenciones tradicionales y a pesar de las severas dificultades económicas.

Ante la esterilidad de los ciudadanos que, aunque son conscientes de que el mundo está cambiando, no se ponen de acuerdo, ella decide luchar por la educación de las mujeres y por la transformación de las situaciones extremas en oportunidades para los más necesitados económica, social y sanitariamente. Pone en práctica su convicción de que unas nuevas pautas en el régimen educativo y social pueden moldear las actitudes y cambiar los comportamientos de los individuos.

Esta obra –que responde al modelo de literatura vigente en la actualidad– muestra cómo el espíritu humano, cuando se enfrenta con episodios dolorosos, posee una estimulante capacidad para ayudarnos a “releer” de diversas maneras la vida.

Partiendo del supuesto de que la literatura –la buena literatura– nos proporciona una nueva visión de las cosas, en esta situación de honda preocupación, la lectura de esta novela puede ser un estímulo contra la apatía y un recurso contra el aburrimiento, una defensa contra el miedo y una invitación para que vivamos plenamente cada uno de los intensos segundos que componen nuestra –siempre corta– existencia.

A mi juicio, la autenticidad, la sensibilidad y el compromiso de Sarah Burton –una mujer convencida de que “la técnica adecuada de una directora de escuela consistía en quebrantar todas las reglas del decoro y en justificar la infracción”– constituyen estimulantes invitaciones para que pensemos, para que leamos, para que interpretemos y para que vivamos la vida de una manera más plena.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 29.1.21
Para leer, interpretar, valorar y disfrutar con el libro Prisionero en la cuna, publicado en la Editorial Encuentro, hemos de partir de un supuesto: la literatura nos descubre las cuestiones más palpitantes de la vida y estimula la supervivencia de los valores humanos más acreditados; nos ayuda a acercarnos y a alejarnos de la realidad, a penetrar en nuestro interior y a contemplarnos desde fuera.


Nos hace pensar y reflexionar, sentir y emocionarnos, recrearnos y sufrir, llorar y reír, y, en cierta medida, nos puede servir para que humanicemos nuestras relaciones, aunque a veces la usemos para deshumanizar la sociedad. Esta es la conclusión a la que he llegado durante la lectura de esta obra en la que Christian Bobin relata su infancia en la ciudad francesa de Creusot, conocida por sus antiguas fábricas de acero.

Las escasas peripecias de aquel niño encerrado en su casa favorecen su honda meditación sobre la importancia vital de la soledad, del silencio, de la luz, de la lectura y, en resumen, le descubren cómo las auténticas palabras encierran otra vida escondida, sencilla y hermosa, en oposición a la que proporcionan las gestas espectaculares porque, afirma, “hay muchos menos milagros encima de un escenario que en la vida corriente”.

Y es que, como él nos confiesa, “esta debilidad de permanecer encerrado en la misma ciudad durante más de cincuenta años tuvo como contrapartida “hacerle conocer la persuasiva dulzura de los días sin gloria”, el esplendor abandonado de lo invisible que nos rodea, el cielo de lo banal donde habita el Dios verdadero.

Nos explica cómo, durante la lectura, “miraba las hormigas de las letras avanzar en colonias por el desierto de la página, transparentando migas de luz”. Mientras que se lamenta de lo escaso que le enseñaron sus maestros, “acaso porque hablaban desde sus certezas y no desde la ignorancia primaveral de sus almas”.

También explica cómo él reencontraba la vida en los libros disfrutando del frescor milagroso de tal o cual frase: “un libro –nos dice– puede ser tan ancho como el cielo, y nada será nunca tan enorme como un rostro abierto por el amor”. Leer, efectivamente, es descubrir los mensajes que encierran las palabras, las nubes, las olas, las flores y, sobre todo, los rostros.

Fue en la soledad de su habitación donde aprendió a encontrar el alimento necesario para su dicha y donde identificó la secreta bondad que sostiene cada cosa y cada episodio. Nos cuenta cómo la vida de cada día, la vida simple y sin prestigio, “cansada y con algunos remiendos, como una sábana de algodón, un tanto pesada, vieja por el uso”, es la que mejor preserva la belleza y la bondad.

En esta grave situación, en la que los médicos y los expertos nos advierten sobre la necesidad de un nuevo confinamiento doméstico para doblegar la curva ascendente de contagiados y de muertos, la lectura de este libro nos resultará, sin duda alguna, además de consoladora, intensamente luminosa, estimulante y provechosa.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 22.1.21
Todos los pronósticos coinciden en que durante este primer mes y, al menos, durante el primer trimestre de este nuevo año, lo pasaremos peor que en otras ocasiones porque ya estamos sufriendo la tercera ola del covid. La cuesta de este enero está siendo más empinada porque, además de los problemas económicos, tras los dispendios de las Navidades y de los Reyes, tenemos que estar pendientes de los riegos de contagiarnos e, incluso, de perder la vida.


¿No creéis vosotros que, tras las dolorosas experiencias de la primera y de la segunda olas, deberíamos haber aprendido algunas lecciones para evitar o para paliar algunos de sus perniciosos efectos? Al menos deberíamos aceptar que hemos de cambiar algunas de nuestras formas de pensar y de vivir.

Mis amigos médicos coinciden en que no podemos ser demasiado optimistas aunque este año sea el de la vacuna y, ojalá, el de una reforma de la sanidad que destine mayores medios y, sobre todo, que proporcione un trato preferencial a los profesionales. Por eso todos hemos de seguir apostando por la salud y por la sanidad siendo más generosos que en el pasado.

La rapidez con la que se han logrado las diversas vacunas contra el covid-19 demuestra que, cuando se apoya la investigación, sus frutos nos benefician a todos. Con los datos que tenemos resulta vital que analicemos con tranquilidad lo que ha ocurrido para evitar los mismos errores si se producen rebrotes o nuevas pandemias.

También es urgente que se aumente la financiación de la sanidad pública y de la investigación para elevar el nivel de atención y de los recursos médicos. El orgullo que sentimos por nuestros médicos y por los demás sanitarios que conforman el Sistema Nacional de Salud se debe demostrar apoyando sus justas demandas.

Son urgentes mejores hospitales, bien dotados, con unos profesionales reconocidos y con mejores sueldos. Hacer fuerte nuestra sanidad, nuestra ciencia y nuestra investigación es apostar de verdad por un futuro seguro que nos haga olvidar la pesadilla actual.

Bienvenidos sean los cambios si con ellos recuperamos la calma y la tranquilidad, nuestra vida en definitiva, porque hay un antídoto que nos protegerá de este y de otros virus.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 16.1.21
"Fimosis" es un tecnicismo que está tomado del griego. Pertenece al ámbito de la Cirugía y etimológicamente significa "amordazar la cabeza del perro con bozal". Aunque practicada desde tiempos inmemoriales, en la actualidad los médicos que la efectúan y los varones que la padecen la declaran sin tapujos y la cuentan con detalles.


Los manuales explican que la fimosis es la estrechez del prepucio que dificulta el descubrimiento del glande y, a veces, la micción. No podemos olvidar, sin embargo, que la operación quirúrgica, que consiste esencialmente en la ablación circular del prepucio, es un rito que ha sido practicado de manera continuada por diferentes culturas.

La Antropología nos la describe como una práctica generalizada en algunos pueblos de América Central, como los nahuas (incluidos los aztecas) y los mayas; y en el Sur del continente americano, entre los teamas y los manaos de las Amazonas. Según testimonios de Estrabón e, incluso, de algunos viajeros modernos, también se observa en varios pueblos de África como, por ejemplo, entre los cafres.

Pero su empleo más frecuente desde la más remota Antigüedad está localizado en los pueblos de raza semítica o protosemítica. Entre los hebreos comenzó a practicarse como ceremonia religiosa por el patriarca Abraham, que fue el primero que se circuncidó, operándose él mismo en cumplimiento de una orden de Dios. Desde entonces, este rito es el signo y la condición de la Alianza hecha por Dios con el pueblo judío y se expresa en lengua hebrea por la palabra "berit", que significa "pacto".

El Islam lo ha generalizado entre los pueblos persas, indios, africanos, turcos, mongoles y en algunas comarcas chinas y malayas. Herodoto la interpreta como una medida higiénica, y el judío Filón, además de reconocer su eficacia para evitar el carbunclo, la explica como un símbolo de la pureza de corazón y como un medio que facilita una descendencia numerosa.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

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