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Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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  • 18.11.22
Estoy de acuerdo en que, igual que para conducir un automóvil de manera segura son necesarios los espejos retrovisores bien reglados –esas extensiones de nuestros ojos que nos proporcionan una mayor visibilidad de lo que sucede detrás y a los lados del vehículo–, para seguir caminando por los complejos senderos de la vida es imprescindible que tengamos en cuenta las experiencias acumuladas en el depósito de la historia.


Esta afirmación, sin embargo, no debilita la importancia de la necesidad de mantener firme la mirada hacia adelante y a lo lejos, para leer las señales de tráfico que nos orientan hacia nuestro destino y que nos evitan chocar con obstáculos que amenacen nuestra supervivencia.

Por supuesto que me uno a las voces de esos agentes culturales que, entusiastas, claman para que recuperemos, interpretemos, adaptemos y difundamos nuestro valioso y fértil legado histórico, pero a condición de que el recuerdo y el estudio del pasado los convirtamos en oportunidades para analizar el presente y en estímulos para proyectar un futuro mejor.

Las conmemoraciones, además de rescatar trozos de las experiencias históricas, nos deben servir para construir un porvenir más justo, una sociedad más equilibrada y un bienestar mejor compartido. Es cierto que la cultura del olvido nos borra el sentido de nosotros mismos y el significado de nuestras acciones; destruye los fundamentos de nuestra historia y erosiona los cimientos de nuestra propia biografía, pero también es verdad que, para vivir el presente plenamente, hemos de divisar, aunque sea de una manera borrosa e imprecisa, un futuro mejor cimentado en valores humanos.

Los actos conmemorativos no deberían conformarse con ser meros transmisores de información, sino que, también, podrían ser invitaciones para la reflexión sobre la realidad actual y sobre su necesaria transformación, estímulos para la autocrítica del pasado y para la creación del futuro.

Conscientes de que los rápidos avances tecnológicos, científicos, artísticos y culturales alteran todos los aspectos de nuestras vidas y transforman el mundo, es imprescindible que los aniversarios propicien encuentros con diferentes especialistas que nos ayuden a atisbar, al menos, la manera de la que los permanentes e imparables cambios multilaterales afectan a nuestra realidad actual y a nuestros proyectos del futuro.

Parto del supuesto de que la cultura no es un patrimonio de ningún partido, no pertenece en exclusiva a la izquierda ni a la derecha, no son solo competencias de las ciencias o de las letras, sino ámbitos abiertos a la libertad de la creación “crítica”, científica, literaria y artística.

Estoy convencido de que, para conseguir que estas evocaciones del pasado nos ayuden a avanzar, tanto los grupos políticos de una o de otra ideología, como las asociaciones científicas, literarias y artísticas, además de ayudarnos a recordar nuestra historia, deberían pensar en la necesidad de promover una cultura integradora capaz de una transformación individual y de unas reformas sociales más humanas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 11.11.22
Con la lectura de La Comedia humana. Volumen XVI (Madrid, Hermida Editores) he disfrutado y he aprendido, me ha enganchado, me ha hecho preguntas y me ha sugerido respuestas. A mi juicio, la publicación de este volumen que reúne trece obras de La Comedia humana de Honoré de Balzac (1799–1850), autor reconocido como uno de los grandes narradores universales, es oportuna porque nos demuestra que la narración de los hechos y su descripción de las situaciones concretas encierran unos análisis psicológicos e ilustran unos compromisos morales, políticos y humanitarios que tienen que ver con muchos de los problemas actuales. En resumen, nos muestran cómo la literatura –la buena literatura– es el mejor instrumento para entender la mente humana y para interpretar la cultura que define a una sociedad, sí, a nuestra sociedad de aquí y de ahora.


El denominador común de esta colección de trece relatos de diferentes extensiones y de distintos contenidos es la denuncia de unas contradicciones y de unas injusticias sociales y, también, la profundización psicológica de unos comportamientos que hunden sus raíces en convicciones ideológicas determinadas por situaciones familiares que hoy mantienen una plena vigencia.

Los dibujos de estos personajes guardan una sorprendente analogía con esos otros seres de carne y hueso con los que nosotros convivimos diariamente, y los episodios narrados tienen mucho que ver con los comportamientos que hoy presenciamos en ambientes próximos o en otros lejanos contados por los medios de comunicación.

En sus enunciaciones filosóficas se combinan las críticas sociales con los análisis teóricos sobre las creaciones artísticas y sobre las diferentes capacidades intuitivas del ser humano. A veces, sobre todo en sus interpretaciones estéticas de la música o de la pintura, nos descubren otras facultades mentales que, sin ser creativas en un sentido artístico, nos ponen en contacto con personajes de mundos inmateriales que experimentan unas vivencias análogas a las actuales.

En mi opinión, la lectura de estos relatos nos confirma que la habilidad para “recrear” los modelos de comportamientos humanos es un arte permanente y universal que, nacido en aquellos antiguos relatos universales, orales o escritos, sigue siendo válido en la actualidad para interesarnos, para divertirnos y para transmitirnos diferentes modelos de mundo y distintas concepciones de la vida humana.

Estoy convencido, además, de que estos relatos, que cuentan episodios sorprendentes de una manera tan interesante y tan amena, pueden orientar a quienes estén decididos a crear novelas actuales y originales, pueden ayudar a desarrollar la habilidad de contar “episodios nuevos” y, sobre todo, a narrarlos de forma “nueva”. Ese es, recordemos, el origen etimológico de la palabra “novela”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 4.11.22
Es ya muy sabido que, en nuestra sociedad actual, la actividad de las redes sociales es indiscutible, es permanente y es relevante. Aunque la empleamos en la enseñanza, en la economía, en el trabajo, en el deporte y en la política, tengo la impresión de que deberíamos controlarla hábilmente para evitar que generen serias consecuencias personales y sociales.


Estas tareas son, en la actualidad, tan vitales y tan extendidas que no podemos concebir la mayoría de las actividades humanas sin tener en cuenta los poderes de las conexiones virtuales. La digitalización de nuestras vidas es ya un hecho tan imprescindible que nos hace dependientes incluso para interactuar con nuestros familiares, amigos y compañeros.

Uno de los aspectos más importantes y, en mi opinión, menos atendidos, son los profundos efectos que el impacto de estos medios causan a nuestra identidad personal y colectiva, a la psicología de cada uno de nosotros y a la cultura de nuestros grupos y pueblos.

De manera rápida están transformando nuestra personalidad, nuestras maneras de pensar, de sentir y de actuar, e influyen en los cambios de nuestras tradiciones populares. Pienso que, debido a la rapidez con la que diluyen los espacios privados y mezclan los ámbitos íntimos, familiares y sociales, al mismo tiempo que nos proporcionan ayudas pueden hacernos más vulnerables.

Es cierto que las conexiones tecnológicas facilitan vivir y formar parte de un mundo más compartido, nos ayudan para que nos comprendamos y para que comprendamos a los otros, pero también hacen posibles los ataques y las agresiones al espacio sagrado de nuestra privacidad.

El uso excesivo e incontrolado de las redes sociales está generando un fenómeno contradictorio que, en mi opinión, puede tener unas consecuencias graves para nuestro equilibrio emocional y para nuestras relaciones familiares y sociales.

Me refiero a esa paradoja tan generalizada de ‘intimidad pública’, a esa facilidad con la que se anulan los espacios, los tiempos y las cuestiones personales y, por lo tanto, “sagradas”, a esas fronteras, a esas puertas y ventanas que nos protegían de quienes pudieran robarnos nuestros tesoros más personales, esos que nos configuran como seres individuales, diferentes y únicos, esos que definen nuestros proyectos vitales y consolidan nuestra identidad y que, justamente, son los que proporcionan a la persona, a la familia y a la sociedad la riqueza de la diversidad y hacen posible la convivencia, la colaboración y la amistad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 28.10.22
El antropólogo David Graeber y el arqueólogo David Wengrow, tras minuciosos análisis de las aportaciones de diferentes culturas indígenas, nos descubren en El amanecer de todo. Una nueva historia de la humanidad (Barcelona, Editorial Ariel, 2022) unos datos que, articulados con una singular coherencia y explicados con una sorprendente claridad, nos sirven para acercarnos a una nueva interpretación de la historia de la humanidad.


Nos ofrecen una serie de respuestas a preguntas que, quizás, muchos de nosotros, los especialistas en la historia de la humanidad y los que no lo somos, nos hayamos hecho alguna vez como, por ejemplo, por qué el mundo es un desastre o por qué los seres humanos nos tratamos tan mal unos a otros.

En sus propuestas, diferentes a las que se han venido repitiendo desde el siglo XVIII, nos explican y nos demuestran cómo las comunidades prehistóricas eran más cambiantes y menos torpes de lo que todavía piensan algunos antropólogos e historiadores actuales.

Tras descubrir que, por ejemplo, los principios básicos de las tareas agrícolas se conocían mucho antes de su explicación y de su aplicación sistemática, y que se conservaban y se transmitían a través de juegos y de formas de representación teatral, llegaron a la conclusión de que en la historia de la humanidad los rituales han actuado como lugares privilegiados para la experimentación social y como enciclopedias de proyectos sociales.

Es posible que seamos muchos los que, en algún momento, nos hayamos preguntado sobre las razones profundas de tantas guerras, todas ellas fratricidas, de la continua explotación o de la generalizada indiferencia ante el sufrimiento ajeno.

Pero, a mi juicio, la cuestión fundamental que los dos autores analizan es si esa inclinación permanente al desorden, al desgobierno, a la desigualdad y, en resumen, a la maldad, es una propiedad natural de los seres humanos o es la consecuencia fatal de algún comportamiento perverso en cierto momento de nuestra milenaria existencia.

Me resulta especialmente clarificador el análisis comparativo que los autores hacen de las tesis de Rousseau y de Hobbes, y su conclusión de que las dos propuestas son “sencillamente falsas, tienen terribles implicaciones políticas y hacen del pasado algo innecesariamente aburrido” (p. 14).

Es estimulante que los autores comiencen a contar otro relato más esperanzador tras reunir abundantes pruebas proporcionadas, sobre todo, por la arqueología, por la antropología y por diferentes modelos del desarrollo de las sociedades humanas a lo largo, aproximadamente, de 30.000 años. Sus propuestas –afirman– desmienten la narración tradicional, tras llegar a la conclusión de que la “gran imagen de la historia no tiene nada que ver con los hechos”.

Frente a la interpretación mantenida desde la Ilustración, Graeber y Wengrow proponen que “los avances más importantes desde las sociedades neolíticas, más que a un genio masculino, se basaban en un cuerpo de conocimientos colectivos acumulados, a lo largo de los siglos, sobre todo por mujeres, en una infinita serie de descubrimientos en apariencias humildes, pero, en realidad, enormemente importantes. Muchos de estos descubrimientos neolíticos tuvieron el efecto acumulativo de dar forma a la vida cotidiana de un modo tan profundo como lo hicieron el telar a vapor o la bombilla eléctrica” (p. 661).

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 21.10.22
Junto a las estadísticas sobre las dispares –y a veces disparatadas– subidas de los sueldos de los políticos, deberíamos colocar de vez en cuando las pagas medias de los españoles y, sobre todo, las de algunos profesionales tan cualificados como son los médicos y el personal sanitario.


Acabo de leer en varios periódicos las cantidades que cobran los facultativos, tanto de la asistencia privada como de la pública, y no acabo de creerme que, por esas cantidades, se vean obligados a los esfuerzos permanentes que suponen tantas horas del día y de la noche entregados a unas tareas tan delicadas, a tensiones personales, a sacrificios familiares, a riesgos profesionales y, a veces, a las incomprensiones sociales que sus delicadas actividades comportan.

A mi juicio, sería saludable que, en el balance económico global de sus tareas –como en las de otras profesiones similares–, incluyéramos el gasto de tiempo, el consumo de energías físicas, los riesgos de contagios, la perturbación de la tranquilidad, el desequilibrio de la vida familiar, el sacrificio del descanso, la supresión de la lectura sosegada de los libros de sus respectivas especialidades, la dificultad para el disfrute de otros bienes culturales o, simplemente, la posibilidad de pasear por un parque o de dormir una prolongada siesta reparadora.

Podríamos añadir más datos que definen la riqueza alternativa que muchos de ellos se pierden y que, a mi juicio, es superior al patrimonio que medimos exclusivamente con los criterios convencionales de la economía.

No es, ni mucho menos, que, influido por la poderosa publicidad, considere que el dinero es la medida del bienestar; no es que llegue a la conclusión de que el nivel de prosperidad es el que marca el termómetro que evalúa los sueldos, pero he llegado a la conclusión de que los administradores de esta empresa que es nuestro país –también llamado “nación”– deberían compensar un poco mejor a los encargados de proteger, de cuidar y de recuperar nuestra salud y, por lo tanto, de alargar nuestras vidas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 14.10.22
Lo menos que podemos exigir en la sociedad actual, en la que tanto alardeamos de “lo políticamente correcto”, es que respetemos los valores de las “cosas sagradas” en el sentido en el que lo utiliza Durkheim y que encontramos de muchas formas en la vida cotidiana. Tengamos en cuenta que lo “sagrado” no se limita al ámbito religioso, sino que aparece también, y de manera permanente, en el mundo secular de todos los tiempos.


Sagrados son esas series de valores en los que, solidariamente, nos sentimos vitalmente adheridos y, por lo tanto, identificados: son partes vitales de nuestra existencia humana personal, familiar y colectiva. Sagrados son los rasgos que constituyen y fortalecen nuestra identidad personal y social; sagrados son los caracteres que nos hacen ser nosotros mismos y que, por lo tanto, deben ser reconocidos y respetados. Sagrados son nuestro origen y nuestra historia común que, como es obvio, no dependen de nosotros, pero que generan unos vínculos y unos compromisos de respeto y colaboración mutua.

Esta reflexión tan elemental se me ha ocurrido al tener noticias de la polvareda agresiva que ha levantado la confesión verdadera o falsa –es lo mismo– de un personaje que se declaraba “gay”. En mi opinión, los que han reaccionado con rabia o con humor –“mal humor”– contra la condición social, familiar o personal de ese hipotético ciudadano han mostrado exclusivamente su incontenible y canallesca agresividad y sus maneras ilusorias de sentirse fuertes para abusar de los seres que ellos erróneamente consideran débiles o inferiores.

Mofarse de los homosexuales, de las mujeres o de los negros, por ejemplo, con la intención de ridiculizarlos, humillarlos, escarnecerlos o menospreciarlos, es intentar desposeerlos de su dignidad, el bien más valioso y más sagrado que poseemos los seres humanos. Esas agresiones, por muy “graciosas” que a algunos puedan parecerles, son simplemente la demostración de la propia indignidad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 7.10.22
Estoy convencido de que los que se decidan a leer Naturaleza sagrada (Barcelona, Planeta, Crítica, 2022), una importante obra de la ensayista británica Karen Armstrong, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2017, se sentirán sorprendidos, agradecidos y, sobre todo, esperanzados por la novedad y por la oportunidad de los valientes análisis que hace sobre la gravedad de los peligros con que todos estamos amenazados y por la originalidad de sus propuestas para que adquiramos conciencia de nuestra responsabilidad.


Gracias a las reiteradas informaciones científicas que recibimos por los diferentes canales de comunicación, todos conocemos las consecuencias graves que, para la naturaleza y para nosotros –los seres humanos–, se derivan del crecimiento de las emisiones de partículas, de la elevación de los niveles de contaminación y del aumento de los agujeros en la capa de ozono.

Hoy todos somos conscientes de que asistimos a unos cambios cada vez más rápidos y de que las temperaturas del globo y el nivel de los mares siguen subiendo a un ritmo alarmante. Y todos sabemos, además, que el cambio climático ha dejado de ser una inquietante posibilidad para convertirse en una realidad terrible como consecuencia de nuestra irresponsable actividad humana. Pero también es cierto que “no percibimos que estamos engarzados con nuestro entorno natural y que la enfermedad de la naturaleza determina nuestras dolencias humanas”. ¿Por qué?

La respuesta de Karen Armstrong es clara y categórica: “Aunque resulte esencial reducir las emisiones de carbono y prestar atención a las advertencias de los científicos, lo cierto es que no solo tenemos que aprender a actuar de otro modo, sino que también es imprescindible que concibamos de distinta manera el mundo natural”.

Debemos recuperar el sentimiento de veneración que siempre nos ha inspirado la naturaleza y que, durante miles de años, hemos cultivado con mimo los seres humanos. Sin esta “conciencia”, nuestra preocupación por el entorno natural será, simplemente, una mera emoción superficial.

Es cierto que cada vez nos estamos distanciando “progresivamente” de la naturaleza, pero, como la autora afirma, no es suficiente con que nos acerquemos físicamente, sino que, además, debemos modificar la totalidad de nuestro sistema de valoraciones y de creencias.

Si hemos saqueado la naturaleza tratándola como un recurso, es porque “en los últimos quinientos años hemos cultivado una cosmovisión muy distinta a la de nuestros antepasados”. No se trata de creer o no en una doctrina religiosa, sino de incorporar a nuestras vidas una serie de percepciones y de prácticas que, transformando nuestras mentes y nuestros corazones, cambien nuestro trato a la naturaleza.

Estoy de acuerdo en que es urgente que, para volver a vincularnos con aquellos lazos emocionales con los que convivíamos en y con la naturaleza, deberíamos aprender de esas culturas que, como la india o la china, concebían la naturaleza como una fuerza “sagrada”, como una realidad que es digna de ser respetada, amada y reverenciada.

Podríamos empezar acercándonos poco a poco para observarla atentamente, para escuchar los sonidos de los vientos, los movimientos de las nubes, la fluidez de los arroyos y para, como dice ella, “percibir la vida corriente que fluye en todas las cosas y las trenza en una armoniosa unidad”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 5.10.22
Tras recibir la noticia del fallecimiento del periodista Jesús Quintero varios amigos me acaban de preguntar cuál es la clave de éxito que, tanto en la radio como en la televisión, él alcanzó. De manera rápida les acabo de responder que, a mi juicio, su eficacia comunicativa residía, al menos, en su habilidad para estar pendientes de los interlocutores, en concederles el protagonismo y, en dejarlos hablar.


Gracias a sus oportunas y a veces largas pausas, permitía que sus preguntas fueran parecidas a las que muchos de los oyentes les hubiéramos hecho. Sus entrevistas nos servían para acercarnos y para alejarnos de la vida de los otros, para penetrar en nuestro interior e, incluso, para contemplarnos desde fuera.

Nos hacían pensar y reflexionar, sentir y emocionarnos, disfrutar y sufrir, llorar y reír, y, en cierta medida, nos ayudaban para que humanizáramos nuestras relaciones, aunque a veces la usáramos para deshumanizar a la sociedad. En mi opinión, poseía una singular habilidad para elegir a unos interlocutores que, parecidos o diferentes a nosotros, expresaran nuestras recónditas aspiraciones.

En resumen, ha muerto un gran profesional que tuvo la capacidad para hacer visibles esas personas que piensan, hablan y, sobre todo, sienten como muchos de nosotros. Que descanse en paz.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 30.9.22
La soledad y el silencio a veces nos resultan molestos porque, simplemente, nos da miedo vernos por dentro a nosotros mismos. El mundo de hoy nos ha hecho más activos que contemplativos y hemos emprendido tal carrerilla hacia fuera que nos resulta difícil frenar para advertir que, por ejemplo, estamos envejeciendo.


En la actualidad, la mayoría de nosotros, a no ser que nos veamos sorprendidos por una enfermedad mortal o por un accidente trágico, nos encaminamos con relativa rapidez hacia una dilatada ancianidad. A mi juicio, debería ser normal que nos preguntáramos cómo estamos viviendo o cómo viviremos ese último recorrido que, si lo preparamos con habilidad, con esmero y con sabiduría, nos ofrece la oportunidad para que nos planteemos de manera razonable las cuestiones fundamentales de la vida humana como, por ejemplo, si deseamos vivir mucho tiempo o vivir de una manera razonable, intensa, generosa y provechosa.

Me permito invitarles a que intenten concebir la propia ancianidad y que cada uno ensaye sus fórmulas personales para vivirla de la manera más grata posible. En la actualidad, la vida de la mayoría de nosotros ha dejado de ser tan breve como el trayecto de un vehículo que pasa rápidamente. La esperanza de vida ha aumentado considerablemente, el recorrido es bastante más largo y, durante el mismo, podemos detenernos, bajarnos y volver a subirnos en cada una de sus diferentes paradas.

Ese último recorrido que, ya desde ahora, y si todos lo preparamos con habilidad, con esmero y con sabiduría, puede ser el tiempo adecuado para recuperar unas experiencias que, quizás, se nos hayan escapado, para aprender y para emprender los caminos para abrir puertas a lo desconocido, para escribir páginas aún en blanco, para extraer enseñanzas incluso de las dolencias y de las limitaciones físicas y, en resumen, para vivir y para celebrar lo que nos queda de vida.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 23.9.22
A los lectores a los que les agrada y les interesa plantearse las cuestiones relacionadas con el bienestar y con el bienhacer, es posible que Estoicismo. De la Estoa a Marco Aurelio (Madrid, Hermida Editores), que reúne las reflexiones de los pensadores estoicos Epicteto, Séneca y Marco Aurelio, les resulte oportuna, interesante y práctica.


Me atrevo a adelantar que, incluso, es probable que algunos se sorprendan por la sencillez, por la claridad y por la profundidad con la que plantean unos problemas que hoy nos siguen inquietando como, por ejemplo, nuestra radical interdependencia, las hondas raíces de nuestros deseos, las influencias inevitables de las opiniones ajenas o los agudos sufrimientos que nos generan las pérdidas.

En mi opinión, resulta especialmente acertado reunir las reflexiones de un emperador, de un cortesano y de un esclavo romanos sobre unas ideas que surgieron en Grecia en unos momentos de desconcierto, en una situación histórica que guarda cierta analogía con nuestros problemas actuales.

Las explicaciones de Epicteto en su Manual de vida sobre, por ejemplo, las dependencias, los deseos, las opiniones, la espera o la enfermedad son totalmente actuales. Lo mismo ocurre con las Meditaciones de Marco Aurelio sobre el hábito de procrastinar los asuntos importantes, sobre la brevedad de la vida o sobre la administración del tiempo.

Las “Consolaciones” con las que Séneca trata de aliviar los pesares, de “arrancar el dolor” de Marcia o de explicar a Lucilio cómo es posible que ocurran tantas desgracias en un mundo gobernado por una providencia son especialmente oportunas en estos momentos.

Si, simplificando y exagerando, podemos afirmar que la última meta de los pensamientos filosóficos, de las investigaciones científicas y de los trabajos técnicos es lograr el bienestar personal y colectivo, y, si ese es el fondo de todas nuestras aspiraciones y de todas nuestras tareas, es razonable llegar a la conclusión de que estas reflexiones constituyen una invitación para que los investigadores de las distintas disciplinas científicas y técnicas, los profesores de las diferentes ciencias humanas y los lectores preocupados por los problemas sociales y políticos actuales lean estas reflexiones que profundizan en nuestras cuestiones “vitales”.

Es posible que la lectura o la relectura de estas obras clásicas nos ayuden descubrir unas fórmulas renovadas para tratar unos asuntos que ya habían preocupado y ocupado a unos pensadores que sembraron las semillas del frondoso bosque de nuestra cultura occidental.

Esta obra constituye una oportuna invitación para que los profesionales de los diferentes territorios del pensamiento actual, los críticos periodísticos y los creadores de opinión dirijan sus miradas hacia esos maestros que siguen iluminando las cuestiones que nos preocupan hoy a los ciudadanos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 16.9.22
De manera sencilla, clara y amena, Johnjoe Mcfadden, científico y profesor de Genética Molecular de la Universidad de Johnjoe Mcfadden, nos da la razón a quienes estamos convencidos de que nuestras dificultades para comprender las ciencias, la filosofía y, a veces, la historia, radican, más en la oscuridad con las que nos las explican que en nuestra incapacidad para entenderlas.


Todos hemos tenido experiencias de lo bien que hemos comprendido y lo mucho que nos han entusiasmado unas cuestiones teóricas cuando un “experto en la comunicación pedagógica” nos las ha “contado” de manera sencilla, clara y amena.

Con detalles, con precisión y con habilidad, el profesor Mcfadden nos relata en La vida es simple (Barcelona, Paidós, 2022) los principales descubrimientos científicos que, durante la milenaria historia de las ciencias, han seguido unos procesos sencillos y “simples”.

Original me ha parecido el arranque de sus explicaciones en la idea del filósofo, lógico, teólogo y fraile franciscano inglés Guillermo de Ockham (c. 1288-1349), defensor del principio metodológico de la “economía” según el cual no debemos multiplicar las explicaciones sin necesidad.

Oportuno es, a mi juicio, el análisis que el autor efectúa para mostrarnos cómo los prejuicios ideológicos, sobre todo los religiosos, han oscurecido, complicado y, a veces, frenado los descubrimientos y las explicaciones de los fenómenos más importantes de la naturaleza.

Partiendo del supuesto de que la ciencia es una, nos recuerda cómo sus raíces se ahondan en los trabajos de las diferentes civilizaciones como la antigua Mesopotamia, China, Grecia y norte de África. Llega a la conclusión de que “cientos de lugares, innumerables épocas y millones de personas han contribuido a la construcción de ese extraordinario sistema de pensamiento que hoy denominamos ciencia moderna”.

Con claridad y con detalles nos explica “cómo todos los grandes avances científicos se han logrado gracias a unos cálculos que “implicaban una simplificación”. Nos recuerda que Roald Hoffmann, premio Nobel de Química, siguió aquella lógica occamista para llegar a la hipótesis cuántica y cómo, en aquella época, todos los científicos mostraban ya su preferencia por las soluciones sencillas.

Estoy de acuerdo, al menos, en que optar por una teoría compleja cuando se puede recurrir a otra más sencilla es, para cualquier investigador moderno, simplemente “anticientífico” y, por supuesto, antipedagógico.

Resulta llamativo que esa preferencia por la sencillez en la ciencia, que es relativamente reciente, tenga su origen en las ideas de Guillermo de Occam, aquel fraile franciscano “que rompió las polvorientas telarañas de las doctrinas medievales para dejar espacio a un pensamiento más ágil y más perspicaz”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 9.9.22
Tengo la impresión de que, en la práctica, algunos (¿muchos?) de los políticos actuales ignoran que los mensajes se transmiten, sobre todo, con la expresión del rostro, con los gestos de las manos y con los movimientos de los brazos. No advierten que cualquier palabra, como, por ejemplo, “gordo”, “bonito”, “abuelo” o “parienta”, puede sonarnos a piropos o a injurias, dependiendo del tono con el que las pronuncien.


No suelen ser conscientes de que el lenguaje corporal –el más sincero y el más directo– es la clave con la que, de manera inconsciente, expresamos e interpretamos los significados de las palabras. Por muy buenos discursos que le preparen sus asesores, si en la “pronunciación” el político emplea un tono irritado, dirige a los oyentes unas miradas violentas y hace muecas crispadas, las palabras suaves y las razones convincentes producirán el mismo efecto que el impacto de unas piedras que nos golpean en lo más íntimo de nuestra sensibilidad.

Es una pena que no caigan en la cuenta de que, a veces, sus discursos nos suenan como ladridos de perros asilvestrados que pretenden asustarnos; otros, por el contrario, nos transmiten la impresión de que son gatos acobardados que temen ser capturados e, incluso, no faltan quienes nos parecen unos lobos que, disfrazados de ovejas, pretenden seducirnos.

Es cierto que cada uno tiene su voz peculiar, pero también es verdad que, igual que ocurre con la imagen corporal, si aplicaran los cuidados adecuados, podrían mejorarla y sacarle un asombroso partido. No deberían olvidar que la voz, igual que la piel, exige que la aseen, la tonifiquen y la mimen, sin olvidar que, como la piel, la voz es –más que una envoltura– un cristal transparente que descubre el fondo íntimo de nuestras conciencias donde palpitan las emociones, las esperanzas y los temores y, sobre todo, los rencores.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 2.9.22
Está claro que también nosotros, los ancianos, a veces nos asustamos con lo que está pasando. Pero, en mi opinión, es importante que distingamos los temores razonables y controlados de los otros miedos paralizantes de quienes están permanentemente asustados, de quienes, ante el menor cambio, sienten un desmedido pavor.


Es normal que, conscientes de nuestra fragilidad, experimentemos temor a las enfermedades y a la muerte. Es explicable que sintamos desconfianza por los cambios que nos obligan a variar nuestras costumbres y a cometer errores.

Pero deberíamos buscar procedimientos para controlar esos temores irracionales y para evitar que se conviertan en unos miedos paralizantes que nos impidan alcanzar, mantener y aumentar nuestro bienestar. En el fondo, el miedo es esa preocupación, ese estremecimiento incontrolado por lo que todavía no ha pasado y quizás nunca pasará.

El miedo es el vértigo originado por la oscuridad ante el abismo de lo extraño, de lo insólito y de lo desconocido y que solo se alivia por la presencia reconfortante, estimulante y consoladora de las personas próximas, de los seres queridos, de los familiares y de los amigos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 26.8.22
El decimoséptimo aniversario del fallecimiento de nuestro filósofo Mariano Peñalver me brinda la oportunidad de reflexionar sobre las guerras en unos momentos que, sin duda alguna, son especialmente oportunos. En mi opinión, de acuerdo con los antropólogos más cualificados, los dos “instintos humanos” más primarios –y, por lo tanto, los más irreprimibles– son el de supervivencia (individual y colectiva) y el de identidad (individual y colectiva).


Mientras tenemos vida, en el sentido más elemental de esta palabra, nos sentimos enérgicamente impulsados a conservarla y, en la medida de lo posible, a prolongarla. Paradójicamente, podríamos afirmar que estamos dispuestos a perder la vida con el fin de lograr los medios indispensables para mantenerla.

El otro instinto, no mucho menos irrefrenable, es el de la identidad, un impulso que consiste en ser uno mismo y en exigir respeto a la propia condición personal y colectiva. Ahí radican, a mi juicio, los gérmenes y la explicación de la agresividad y de las guerras.

En la actualidad, debido a la movilidad y a los permanentes cambios de residencia, el conocimiento de los complejos mecanismos psicológicos y sociológicos que intervienen en la composición de las diferentes identidades individuales y colectivas alcanza una importancia decisiva, ya que, como sabemos, tienen graves y complejas repercusiones tanto en la convivencia social como en las relaciones políticas.

Tengo, sin embargo, la impresión de que, tanto los gobernantes como los líderes de opinión, en sus análisis de las múltiples situaciones y en la adopción de las medidas para encauzarlas de manera razonable y justa, caen, con excesiva frecuencia, en una ingenua, inútil y, a veces, peligrosa simplificación.

Especialmente acertada es la distinción que establece Mariano Peñalver entre la agresividad personal y la violencia institucional. Él se pregunta si la primera es consecuencia de una baja o de una alta autoestima. Para responder a esta compleja cuestión, parte del supuesto de que la violencia institucional es el resultado no solo de las decisiones de los poderosos sino también de las respuestas que éstos obtienen de sus destinatarios o de sus víctimas.

Establece una clara diferencia entre la violencia tiránica, que no se fundamenta en el principio de la obediencia debida, y la violencia institucional que, a veces, se excede impulsada también por las pasiones. Duda de que hayan existido guerras limpias y opina que una de las claves de la agresividad y de la violencia se ahonda hasta ese fondo psicológico en el que se aloja nuestra impaciencia.

Llama la atención sobre el actual regreso a las promesas medievales de los “paraísos celestiales”, le sorprende la creciente manera de excitar la venganza y de alimentar el resentimiento hacia los poderosos, y rechaza el uso de la violencia como un medio adecuado para alcanzar cualquier fin estimable.

También él explica cómo los políticos, además de administrar los bienes de la colectividad, deberían ejercer una labor pedagógica estimulando el control (¿ascético?) de las pasiones y la protección frente a la codicia propia y ajena.

Condena por igual todos los terrorismos y nos pone en guardia ante los fundamentalistas de cualquier creencia. Peñalver nos advierte con claridad e insistencia cómo las consecuencias de la violencia, además de truncar vidas sanas, destruye la tranquilidad de las familias, despierta la rabia y la indignación en los padres, y el desánimo y la inquietud entre los hijos e, incluso, perturba la conciencia de las ciudades.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 19.8.22
Hay que ver cómo las redes sociales están ampliando la distancia física entre las personas y, por lo tanto, dificultando la convivencia y la comunicación humanas. Parto del supuesto de que la convivencia y la comunicación no consisten solo en estar próximos ni en proporcionar informaciones, sino que son procesos complejos que exigen la participación en las vidas de los otros: que “comulguemos” con los sentimientos que fundamentan, alimentan y orientan nuestras vidas. El verano y las vacaciones pueden proporcionarnos oportunidades para que, además de mirar y admirar el paisaje y los monumentos, prestemos una mayor atención a las personas con las que convivimos.


No es lo mismo “coexistir” que “convivir”. “Convivir” significa concurrir en un mismo tiempo, coincidir en un mismo espacio y, además, participar en las vidas de los otros. Es cierto que, gracias a los medios de comunicación virtuales, podemos enviarnos mensajes sin la necesidad de la presencia física. Pero, para convivir humanamente, es necesario que, en la medida de lo posible, intervengan, además de nuestros sentidos, nuestras emociones y nuestros pensamientos.

Aunque se realicen los negocios, las clases, los exámenes, las amistades, las compras, las consultas médicas, las intervenciones quirúrgicas y hasta el amor a distancia, no podemos decir que estamos realizando una verdadera convivencia humana si no participamos en las vivencias emocionales, en las esperanzas y en los temores; en las alegrías y en las tristezas.

Para convivir necesitamos vernos, oírnos y tocarnos; trabajar, aprender, disfrutar y sufrir unidos y reunidos. Convivir es intercambiar sensaciones y comunicarnos nuestras emociones en estos espacios comunes, en estas calles y en estas plazas en las que participamos del calor y del frío, por las que pasamos y paseamos, en esos espacios comunes de los juegos y de las fiestas.

Permítanme que les cuente mi tristeza al escuchar a unos amigos que me han expresado la soledad que están sintiendo durante estas vacaciones recluidos en las residencias de ancianos. No olvidemos que la comunicación humana, la participación en las vidas de los otros, es tan indispensable como los alimentos y la respiración en todas las edades.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 12.8.22
En mi opinión, descansar de manera adecuada es una habilidad que nos exige un permanente y un correcto aprendizaje. Tengo la impresión de que los animales lo hacen mejor que nosotros, los seres inteligentes humanos. Para descansar, en el sentido etimológico de esta palabra, es imprescindible, en primer lugar, que estemos cansados y, por eso, no es posible hacerlo cuando no nos lo pide el cuerpo ni lo aconseja el espíritu.


Pero también es cierto que no podemos descansar adecuadamente cuando hemos trabajado o descansado excesivamente. Aceptemos al menos que, igual que la alimentación, el descanso requiere que desarrollemos habilidades para administrarlo de una manera saludable.

Para descansar necesitamos, en primer lugar, "desconectar" física, mental y afectivamente de las ocupaciones y de las preocupaciones cotidianas. El descanso nos alimenta cuando nos ayuda a contemplar nuestras vidas desde el silencio y desde la intimidad, cuando paramos el reloj interior, ese mecanismo mental que nos impulsa a seguir la carrera frenética de nuestras agendas. Para descansar debemos volver a aprender a detenernos para mirar a los ojos a las personas, a contemplar la naturaleza y, sobre todo, a regenerarnos en el diálogo –nunca alcanzado plenamente– con nosotros mismos.

Todos, con independencia de la edad que hayamos cumplido, debemos estar en guardia para evitar la tentación de dejarnos llevar por el frenesí de la hiperactividad, de caer en la trampa del activismo con el fin iluso de sentirnos unos protagonistas absolutos.

El aprendizaje del descanso nos ayuda a cultivar la mirada contemplativa, a mantenemos en contacto con nosotros mismos, a reemprender nuestras tareas de una manera razonable y provechosa sin anestesiar nuestra mente por falta de aliento, y sin devorarnos mutuamente.

Un descanso adecuado nos ayudará a estar más conscientes de nuestras vidas, a mejorar nuestro rendimiento y, probablemente, a evitar el mal humor y la irritabilidad que enrarece la atmósfera y amarga las relaciones con nosotros mismos.

En mi opinión, quizás la fórmula más fácil sea compartir el tiempo con los que nos quieren, disfrutar con nuestros amigos, con nuestros familiares y, sobre todo, con nosotros mismos. Este mes de agosto nos proporciona otra oportunidad para descansar el cuerpo y el espíritu, para vivir la vida e, incluso, para, superando la pereza, seguir creciendo con independencia de la edad, de las creencias, de las posibilidades económicas e, incluso, del estado de salud, a condición de que evitemos el aburrimiento, esa desagradable sensación de desgana, de cansancio y de fastidio que nos produce la rutina.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 5.8.22
El conocimiento humano y, por lo tanto, su aprendizaje son procesos complejos en los que intervienen diferentes facultades. Para informarnos de los significados de los objetos y para interpretar los episodios que forman parte de nuestras vidas necesitamos ejercitar todas nuestras capacidades sensitivas, imaginativas, emocionales y racionales.


Sí, es indispensable que usemos la vista, el olfato, el oído, el gusto y el tacto. Como afirma Antonio Machado: “Hay que tener los ojos muy abiertos para ver las cosas como son; aún más abiertos para verlas otras de las que son; más abiertos todavía para verlas mejores de lo que son”. Me atrevo a decir que, sin el uso adecuado de los sentidos, no es posible que funcione ni la imaginación, ni el sentimiento, ni la inteligencia.

En El arte y la creación de la mente (Barcelona, Paidós, 2022), su autor, Elliot W. Eisner, nos explica el papel de las artes en la transformación de la conciencia y cómo el cultivo de las artes orienta –y a veces determina– nuestra comprensión de los episodios cotidianos.

¿Por qué y para qué? Porque “refina nuestros sentidos” para aumentar nuestra capacidad de experimentar el mundo en el que habitamos y “para que podamos imaginar lo que realmente no podemos ver, saborear, tocar, oír u oler”. Nos explica con claridad cómo la imaginación es una forma de pensamiento que “engendra imágenes de lo posible y que también desempeña una función cognitiva de importancia fundamental”.

Oportuna, a mi juicio, es su detallada explicación de los principios, criterios y pautas que hemos de seguir con el fin de determinar los objetivos, la metodología y los usos educativos de la evaluación en la enseñanza efectiva de las artes plásticas, y especialmente oportuna, en mi opinión, es su detallada descripción de los beneficios que proporciona a los alumnos y a los profesores la enseñanza artística.

Elliot W. Eisner, profesor de arte de la Universidad de Standfort, parte del supuesto de que todas las formas poseen cualidades que expresan o suscitan sentimientos o emociones y de que todas ellas se someten –o se pueden someter– al control inteligente de la experiencia y de la técnica.

Explica con detalle y con claridad cómo, si para ver es imprescindible aprender a ver, el arte es un cauce directo para educar el gusto y para orientar la vista y los demás sentidos: “Las artes nos invitan a prestar atención a las cualidades de lo que oímos, vemos, saboreamos y palpamos para poderlo experimentar”.

A mi juicio, es una obra oportuna y válida para que los docentes de las diferentes disciplinas científicas, humanas y artísticas revisemos algunas de nuestras teorías y prácticas pedagógicas y para que nos preguntemos si es conveniente y necesario adoptar algunas de estas ideas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 29.7.22
De la misma manera que para alimentarnos bien no es necesario comer demasiado, para evitar el empacho informativo deberíamos reducir y administrar el consumo diario de noticias. Conocer lo que ocurre es imprescindible para situarnos y para movernos saludablemente en el mundo que habitamos, pero, como ocurre con las medicinas que nos curan de los trastornos digestivos, la información ha de ser dosificada porque, igual que con el azúcar, el alcohol, la leche, la carne, el calor o el frío, los seres humanos poseemos un determinado nivel de tolerancia informativa que, si no lo respetamos, nos genera reacciones orgánicas y trastornos mentales.


En la actualidad, la excesiva y la permanente información de episodios nos afecta tanto a nuestra salud corporal como a nuestro equilibrio emocional. Estar informados sobre lo que ocurre a nuestro alrededor es una necesidad fundamental de todo ser humano –y de los animales– desde los tiempos de las cavernas. Recordemos cómo las artes rupestres fueron el medio de comunicación de las personas de aquellas épocas prehistóricas.

El ansia de información está determinada por nuestro interés de responder a las preguntas sobre la naturaleza, el origen y las consecuencias de los hechos inesperados que ocurren en nuestro alrededor o en nuestro interior. Lo hacen hasta los niños cuando exploran un juguete nuevo.

La novedad nos despierta curiosidad, preguntas e interés. En la situación actual –y reconociendo la evolución que han experimentado los medios de comunicación– las personas requerimos saber del acontecer diario en las diferentes circunstancias.

Pero la saturación informativa, debido a esa creciente proliferación de canales, nos genera hastío, aburrimiento y cansancio y, en vez de alimentarnos, nos satura y nos enferma por sobredosis. No tenemos más remedio que decidirnos a buscar, a elegir y a prescindir de canales transitados durante mucho tiempo y, para eso, es saludable que descartemos, desechemos y suprimamos algunas de las fuentes que, por muy prestigiosas que hayan sido, en la actualidad nos atiborran, nos hartan y, a veces, nos emborrachan. Sí, querida amiga y querido amigo, hoy te invito a que leas menos y a que elijas mejor.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 22.7.22
Aunque algunos piensen que no es necesario aprovechar esta oportunidad para leer un libro sobre la ola de miedo que nos invade, nos contagia de un malestar paralizante y nos genera indecisiones, errores y fracasos, he decidido leer y comentar Miedo líquido (Barcelona, Paidós), una obra en la que Zygmunt Bauman nos explica de manera clara, profunda y detallada el miedo y los miedos que todos experimentamos.


Estoy seguro de que quienes se decidan a abrir sus páginas encontrarán claves interpretativas y, sobre todo, fórmulas prácticas para desactivarlos. Fíjense en su manera clara de afirmar que “el miedo constituye, posiblemente, el más siniestro de los múltiples demonios que anidan en las sociedades abiertas de nuestra época. Pero son la inseguridad del presente y la incertidumbre sobre el futuro las que incuban y crían nuestros temores más imponentes e insoportables”.

El miedo, un sentimiento de defensa común a todos los animales, en los seres humanos es un mecanismo racional y psicológico necesario para la supervivencia, aunque a veces lo nieguen quienes lo confunden con la “cobardía”. El autor nos advierte cómo los peligros se encargan de recordarnos su realidad a pesar de las medidas de precaución que se han adoptado y cómo “regularmente son desenterrados de las mal cavadas tumbas en las que han sido enterrados (apenas unos centímetros por debajo de la superficie de nuestra conciencia) y son brutalmente arrojados al candelero de nuestra atención” (p. 26).

Estoy de acuerdo en que, en el fondo, el miedo es el vértigo originado por la oscuridad ante el abismo de lo extraño, de lo insólito y de lo desconocido, y en que brota del conocimiento de nuestra propia fragilidad y, en consecuencia, del temor a la muerte.

En mi opinión, es especialmente oportuna su advertencia sobre el miedo generado por el crecimiento de nuestra capacidad humana para autodestruirnos de una manera total. Me ha resultado agudo el análisis de la contradicción que se produce cuando ese riesgo de destrucción se origina mediante los esfuerzos desarrollados para proteger a poblaciones privilegiadas pero que su consecuencia directa es que aumentan las “agresivas desigualdades”.

Si la idea de una “sociedad abierta” representó originariamente la determinación de una vida libre y orgullosa de su apertura, es constatable que hoy evoca la experiencia aterradora de unas poblaciones vulnerables que, abrumadas por fuerzas que no pueden controlar ni comprender plenamente, se sienten horrorizadas ante su propia indefensión y obsesionadas con la inseguridad de sus fronteras y de la población que reside en su interior.

La descripción detallada de la serie de miedos actuales y las preguntas concretas que Bauman nos formula a nosotros en estos momentos es, a mi juicio, una manera lúcida y saludable para orientarnos en las tareas permanentes de descubrir las fuentes comunes de nuestros diferentes miedos, y unas pautas prácticas para que analicemos los obstáculos y para que descubramos las maneras de desactivarlos. Como el mismo autor nos dice, “es una invitación para que pensemos y para que actuemos”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 15.7.22
Aunque, como es sabido, las relaciones entre el cuerpo y el espíritu fueron objeto de las discusiones filosóficas ya desde los filósofos presocráticos, ha sido en la actualidad cuando el estudio de la interdependencia del organismo y la mente está adquiriendo una dimensión estrictamente científica.


Es cierto que ya Diderot, en el siglo XVIII, afirmaba que era muy difícil hacer una buena metafísica y una buena moral sin ser anatomista, naturalista, fisiólogo y médico, pero es hoy cuando los análisis de las Neurociencias están siendo objeto de múltiples y, a veces, de apasionadas controversias entre los diversos especialistas de las Ciencias Humanas.

Algunos autores expresan sus temores de que los temas de sus respectivas disciplinas –sobre todo, de la Psicología y de la Psiquiatría– vayan perdiendo su autonomía al pasar por “la máquina de las neuroimágenes”, otros juzgan, por el contrario, que los asuntos relacionados con la Ética, con la Política, con la Estética e, incluso con la Retórica y la Poética, pueden ser ventajosamente abordados desde la perspectiva del funcionamiento del cerebro sin restar protagonismo a los análisis de dichas Ciencias Humanas.

En mi opinión, en la actualidad es imprescindible y legítimo fomentar la colaboración recíproca entre las ciencias naturales y las humanas siempre que respetemos las respectivas competencias de cada disciplina y a condición de que establezcamos una convergencia entre los estudios de la mente, del lenguaje y del cerebro.

Doy por supuesto que los progresivos trabajos de las Neurociencias, gracias a las nuevas herramientas de investigación, pueden aportar nuevas luces a las conclusiones extraídas por los análisis filosóficos, psicológicos, éticos, estéticos, poéticos y retóricos que se han desarrollado a lo largo de toda nuestra milenaria tradición.

Estoy convencido, además, de que la Ética –considerada tanto en su práctica como en su teoría– constituye en la actualidad un tema de permanente y de honda preocupación para los ciudadanos y el objeto de conversaciones entre padres, educadores y sociólogos, y espero que despierte el interés de los comunicadores y de los políticos de las diferentes ideologías con el fin de que, en la práctica, orienten nuestras maneras de sentir, de emocionarnos, de pensar, de hablar y de actuar.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

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