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DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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  • 29.7.22
De la misma manera que para alimentarnos bien no es necesario comer demasiado, para evitar el empacho informativo deberíamos reducir y administrar el consumo diario de noticias. Conocer lo que ocurre es imprescindible para situarnos y para movernos saludablemente en el mundo que habitamos, pero, como ocurre con las medicinas que nos curan de los trastornos digestivos, la información ha de ser dosificada porque, igual que con el azúcar, el alcohol, la leche, la carne, el calor o el frío, los seres humanos poseemos un determinado nivel de tolerancia informativa que, si no lo respetamos, nos genera reacciones orgánicas y trastornos mentales.


En la actualidad, la excesiva y la permanente información de episodios nos afecta tanto a nuestra salud corporal como a nuestro equilibrio emocional. Estar informados sobre lo que ocurre a nuestro alrededor es una necesidad fundamental de todo ser humano –y de los animales– desde los tiempos de las cavernas. Recordemos cómo las artes rupestres fueron el medio de comunicación de las personas de aquellas épocas prehistóricas.

El ansia de información está determinada por nuestro interés de responder a las preguntas sobre la naturaleza, el origen y las consecuencias de los hechos inesperados que ocurren en nuestro alrededor o en nuestro interior. Lo hacen hasta los niños cuando exploran un juguete nuevo.

La novedad nos despierta curiosidad, preguntas e interés. En la situación actual –y reconociendo la evolución que han experimentado los medios de comunicación– las personas requerimos saber del acontecer diario en las diferentes circunstancias.

Pero la saturación informativa, debido a esa creciente proliferación de canales, nos genera hastío, aburrimiento y cansancio y, en vez de alimentarnos, nos satura y nos enferma por sobredosis. No tenemos más remedio que decidirnos a buscar, a elegir y a prescindir de canales transitados durante mucho tiempo y, para eso, es saludable que descartemos, desechemos y suprimamos algunas de las fuentes que, por muy prestigiosas que hayan sido, en la actualidad nos atiborran, nos hartan y, a veces, nos emborrachan. Sí, querida amiga y querido amigo, hoy te invito a que leas menos y a que elijas mejor.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 22.7.22
Aunque algunos piensen que no es necesario aprovechar esta oportunidad para leer un libro sobre la ola de miedo que nos invade, nos contagia de un malestar paralizante y nos genera indecisiones, errores y fracasos, he decidido leer y comentar Miedo líquido (Barcelona, Paidós), una obra en la que Zygmunt Bauman nos explica de manera clara, profunda y detallada el miedo y los miedos que todos experimentamos.


Estoy seguro de que quienes se decidan a abrir sus páginas encontrarán claves interpretativas y, sobre todo, fórmulas prácticas para desactivarlos. Fíjense en su manera clara de afirmar que “el miedo constituye, posiblemente, el más siniestro de los múltiples demonios que anidan en las sociedades abiertas de nuestra época. Pero son la inseguridad del presente y la incertidumbre sobre el futuro las que incuban y crían nuestros temores más imponentes e insoportables”.

El miedo, un sentimiento de defensa común a todos los animales, en los seres humanos es un mecanismo racional y psicológico necesario para la supervivencia, aunque a veces lo nieguen quienes lo confunden con la “cobardía”. El autor nos advierte cómo los peligros se encargan de recordarnos su realidad a pesar de las medidas de precaución que se han adoptado y cómo “regularmente son desenterrados de las mal cavadas tumbas en las que han sido enterrados (apenas unos centímetros por debajo de la superficie de nuestra conciencia) y son brutalmente arrojados al candelero de nuestra atención” (p. 26).

Estoy de acuerdo en que, en el fondo, el miedo es el vértigo originado por la oscuridad ante el abismo de lo extraño, de lo insólito y de lo desconocido, y en que brota del conocimiento de nuestra propia fragilidad y, en consecuencia, del temor a la muerte.

En mi opinión, es especialmente oportuna su advertencia sobre el miedo generado por el crecimiento de nuestra capacidad humana para autodestruirnos de una manera total. Me ha resultado agudo el análisis de la contradicción que se produce cuando ese riesgo de destrucción se origina mediante los esfuerzos desarrollados para proteger a poblaciones privilegiadas pero que su consecuencia directa es que aumentan las “agresivas desigualdades”.

Si la idea de una “sociedad abierta” representó originariamente la determinación de una vida libre y orgullosa de su apertura, es constatable que hoy evoca la experiencia aterradora de unas poblaciones vulnerables que, abrumadas por fuerzas que no pueden controlar ni comprender plenamente, se sienten horrorizadas ante su propia indefensión y obsesionadas con la inseguridad de sus fronteras y de la población que reside en su interior.

La descripción detallada de la serie de miedos actuales y las preguntas concretas que Bauman nos formula a nosotros en estos momentos es, a mi juicio, una manera lúcida y saludable para orientarnos en las tareas permanentes de descubrir las fuentes comunes de nuestros diferentes miedos, y unas pautas prácticas para que analicemos los obstáculos y para que descubramos las maneras de desactivarlos. Como el mismo autor nos dice, “es una invitación para que pensemos y para que actuemos”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 15.7.22
Aunque, como es sabido, las relaciones entre el cuerpo y el espíritu fueron objeto de las discusiones filosóficas ya desde los filósofos presocráticos, ha sido en la actualidad cuando el estudio de la interdependencia del organismo y la mente está adquiriendo una dimensión estrictamente científica.


Es cierto que ya Diderot, en el siglo XVIII, afirmaba que era muy difícil hacer una buena metafísica y una buena moral sin ser anatomista, naturalista, fisiólogo y médico, pero es hoy cuando los análisis de las Neurociencias están siendo objeto de múltiples y, a veces, de apasionadas controversias entre los diversos especialistas de las Ciencias Humanas.

Algunos autores expresan sus temores de que los temas de sus respectivas disciplinas –sobre todo, de la Psicología y de la Psiquiatría– vayan perdiendo su autonomía al pasar por “la máquina de las neuroimágenes”, otros juzgan, por el contrario, que los asuntos relacionados con la Ética, con la Política, con la Estética e, incluso con la Retórica y la Poética, pueden ser ventajosamente abordados desde la perspectiva del funcionamiento del cerebro sin restar protagonismo a los análisis de dichas Ciencias Humanas.

En mi opinión, en la actualidad es imprescindible y legítimo fomentar la colaboración recíproca entre las ciencias naturales y las humanas siempre que respetemos las respectivas competencias de cada disciplina y a condición de que establezcamos una convergencia entre los estudios de la mente, del lenguaje y del cerebro.

Doy por supuesto que los progresivos trabajos de las Neurociencias, gracias a las nuevas herramientas de investigación, pueden aportar nuevas luces a las conclusiones extraídas por los análisis filosóficos, psicológicos, éticos, estéticos, poéticos y retóricos que se han desarrollado a lo largo de toda nuestra milenaria tradición.

Estoy convencido, además, de que la Ética –considerada tanto en su práctica como en su teoría– constituye en la actualidad un tema de permanente y de honda preocupación para los ciudadanos y el objeto de conversaciones entre padres, educadores y sociólogos, y espero que despierte el interés de los comunicadores y de los políticos de las diferentes ideologías con el fin de que, en la práctica, orienten nuestras maneras de sentir, de emocionarnos, de pensar, de hablar y de actuar.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 8.7.22
El oportuno, detallado y riguroso análisis de la situación científica, económica, social y política actual que Gerard Bronner nos proporciona en Apocalipsis cognitivo (Barcelona, Paidós, 2022) constituye, a mi juicio, una denuncia valiente y una propuesta razonable para que, en la medida de lo posible, se eviten las consecuencias devastadoras de las actuaciones irracionales, de las cegueras ideológicas y de los intereses nacionales e individuales tan generalizados en estos días.


Su reflexión nace de un hecho cierto: la pandemia mundial del covid-19 nos ha demostrado que “la coordinación internacional y la atención a los avances científicos son más necesarios que nunca”. Este estudio parte del supuesto de que el cerebro es la herramienta más compleja del universo conocido, y se asienta en la convicción de que su mayor disponibilidad abre –podría abrir– muchas –todas– las posibilidades de un progreso realmente humano, aunque en la práctica se pueda desvirtuar e incluso malversar de diversas maneras.

Constata cómo, en la actualidad, se ha generalizado la sensación de que el tiempo corre demasiado, de que la historia avanza de manera vertiginosa y de que los acontecimientos se suceden sin que seamos capaces de asimilarlos. Estamos –insiste– en una situación inédita y revolucionaria.

Otro hecho innegable –explica– es que cada vez hay más “tiempo de cerebro disponible” para aumentar el control de las grandes incertidumbres humanas, gracias a la productividad del trabajo, a la mayor esperanza de vida, a los permanentes progresos de la medicina y de la higiene y, sobre todo, debido a la externalización de nuestros trabajos físicos mediante el empleo de las máquinas

En su opinión, también debemos reconocer que el auge de los populismos y de la fragmentación del bien común en favor de los intereses particulares disminuye la posibilidad real de coordinarse con el fin de alcanzar una decisión ventajosa y conduce a una irracionalidad colectiva.

A pesar de ese aumento del tesoro de nuestro tiempo de “cerebro disponible”, estamos aún lejos de imaginar todos los peligros con los que nos amenaza y, más aún, de oponerles resistencia. Por eso estoy de acuerdo en que debemos estar atentos para preservar unas condiciones sociales y económicas que permitan el desarrollo de las ciencias, de las humanidades y de la tecnología y, por supuesto, la promoción de la igualdad de oportunidades.

No se trata, ni mucho menos, de regresar a un despotismo ilustrado sino de advertir la necesidad de cumplir con la obligación que contraen los políticos de las diferentes ideologías y de las distintas administraciones para mantenerse atentos y para informarse, asesorarse y orientarse con las conclusiones de las actuales ciencias y tecnologías, incluso de las ideas que ofrecen las ciencias humanas para impulsar el crecimiento personal y extender el bienestar social.

Pienso que, como mínimo, los políticos y los científicos podrían aprovechar estos días de descanso para leer y para releer este oportuno libro.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 1.7.22
“Proclamar” el sentido humano de la economía es, sencillamente, repetir con un tono enfático una obviedad ya conocida por todos nosotros y frecuentemente olvidada en los análisis de los profesionales, en los programas políticos y, sobre todo, en las prácticas financieras de las grandes empresas.


No siempre se suele tener en cuenta esta dimensión humana que debería servir para frenar el “natural” e injusto crecimiento de las desigualdades inhumanas y el permanente aumento de la pobreza. Tengo la impresión de que no somos conscientes de sus elevadas consecuencias políticas y sociales en las vidas individuales, familiares, nacionales e internacionales.

En mi opinión, la desigualdad sobre la que descansa nuestra “normalidad” representa un problema grave que, aunque de forma diferente, nos afecta a todos incluso a los que, engreídos y endiosados, estamos convencidos de que somos omnipotentes.

El estudio El coste de la desigualdad (Barcelona, Ariel, 2022) –un oportuno, serio y detallado análisis sobre “el coste de las desigualdades”– pone de manifiesto cómo las élites de los económicamente poderosos influyen de manera permanente y decisiva en los políticos de diferentes opciones ideológicas y en los periodistas de distintos medios. Sus detalladas informaciones, de manera clara y concluyente, nos muestran cómo esta influencia determinante pone en peligro hasta la misma democracia.

A mi juicio, el examen detallado de las consecuencias políticas que generan las desigualdades en América Latina constituye un aviso persuasivo de los peligros graves que nos acechan en los países convencionalmente considerados como democráticos: “la elevada desigualdad, el bajo rendimiento económico y las políticas antisistema pueden convertirse fácilmente en la norma, más que en una excepción, y serán muy difíciles de revertir. Si no actuamos ahora, las cosas pueden ir de mal en peor a lo largo del siglo XXI”.

Tras explicarnos los costes económicos, políticos y sociales que generan las desigualdades, Diego Sánchez Ancochea, catedrático de Economía del Desarrollo de la Universidad de Oxford, llega a la conclusión de que las experiencias latinoamericanas pueden resultar orientadoras para, además de plantear adecuadamente los problemas que están surgiendo en nuestros países, prevenir posibles vías de solución huyendo de planteamientos simplistas o de ideas revolucionarias. Propone, por ejemplo, generar unas condiciones políticas adecuadas profundizando en los principios democráticos, renovando el funcionamiento de los partidos políticos y fortaleciendo los movimientos sociales.

En mi opinión, es importante tener conciencia de que esta creciente desigualdad económica influye de manera negativa en nuestras maneras de trabajar, en las condiciones de la vida familiar y de la convivencia social. Si no se abre de manera rápida la posibilidad de un reparto más justo y equitativo de los bienes económicos, cada vez será más difícil la convivencia familiar, social y política. Los análisis del funcionamiento meramente mecánico de la economía explican la esquizofrenia del funcionamiento inhumano de los mercados y de la política institucionalizada de nuestros países del primer mundo.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 24.6.22
Todos conocemos la abundante bibliografía que existe sobre el arte de hablar y de escribir en contraste con la reducida cantidad de obras que tratan sobre el arte de escuchar y de leer. Quizás una de las razones de ese desequilibro de ofertas sea la convicción generalizada de que la escucha y la lectura son destrezas sencillas de practicar y fáciles de aprender. En mi opinión, sin embargo, tanto la escucha como la lectura son habilidades importantes que requieren un concienzudo adestramiento.


El hecho constatable es que escuchamos poco y leemos mal. No solemos tener en cuenta que es imposible comprender los comportamientos y las palabras de las personas a las que nos dirigimos sin escuchar, interpretar, valorar y comprender sus comportamientos y sus explicaciones. No advertimos que escuchar y leer son operaciones más complejas que la simple audición de unos sonidos o la visión superficial de unos comportamientos.

En mi opinión, muchas de nuestras palabras son meros sonidos vacíos por el simple hecho de que no responden a las expectativas ni a los intereses de nuestros interlocutores. No hemos caído en la cuenta de que hablar es responder y, por eso, lo primero y lo más importante es escuchar previamente las preguntas, identificar los problemas e interpretar las inquietudes de las personas con las que convivimos.

Es inútil, por ejemplo, tratar de consolar a una madre sin escuchar con interés su sufrimiento tras haber perdido a un hijo, o sintonizar con un padre que lucha por encontrar un trabajo, o interpretar los llantos inconsolables de los niños que viven en el terror de una guerra cruel.

Escuchar, pues, no es "oír" con los oídos sino sentir con el corazón. Solo escucha quien es capaz de redescubrir la necesidad de acercarse al otro para escuchar el latido del corazón, allí donde realmente suena la voz de los que sufren.

Solo vale la palabra de quien, en vez "decir algo", "escucha a alguien". La auténtica comunicación no se reduce a la yuxtaposición de dos monólogos, sino que requiere que el "yo" y el "tú" estén en sintonía, tendidos el uno hacia el otro. Escuchar es el primer e indispensable ingrediente del diálogo y la condición necesaria para establecer una buena comunicación.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 17.6.22
El punto de partida de Verdad. Una breve historia de la charlatanería (Barcelona, Editorial Paidós, 2022) es la constatación de unos hechos: que, “como humanos, nos pasamos nuestra vida nadando en un mar de sandeces, de medias verdades y falsedades descaradas, y cómo nuestra vida social depende de un flujo constante de mentiras piadosas”.


El autor nos propone que cada uno de nosotros nos preguntemos cómo puede avanzar la humanidad hacia un futuro más veraz. Tom Phillips, periodista y editor de Full Fact, empresa de comprobación de datos, nos muestra cómo en la actualidad la verdad y las verdades se están devaluando en la vida individual y colectiva debido a ese cúmulo de mentiras que socaban las convicciones que deberían sustentar y orientar las tareas profesionales, las relaciones sociales, las ideologías políticas y las convicciones religiosas.

Explica detalladamente las diferentes formas ingeniosas con las que la humanidad, a lo largo de la historia, ha logrado evitar la verdad porque “siempre que ha habido dinero fácil de ganar y personas crédulas a las que engañar, ha habido alguien dispuesto a interpretar creativamente los hechos para sacarles los cuartos a la gente”.

Tras esta categórica afirmación es comprensible que le preguntemos sobre el origen, sobre la gravedad y sobre las consecuencias de este hábito tan universal y tan permanente que tiene mucho que ver con nuestras vidas individuales y con nuestro bienestar colectivo: con la bondad, con la belleza y, por lo tanto, con la vida humana o, en otras palabras, con el bienestar.

Las consecuencias más visibles y, al mismo tiempo más peligrosas, son las generalizadas convicciones de que nada es verdad o de que todo es mentira, una conclusión que conduce a un peligroso escepticismo y a un dañino nihilismo que amenazan el equilibrio y nuestro bienestar personal, y perturban la convivencia y la colaboración social.

En sus diferentes capítulos explica “el origen de lo engañoso”, examina los orígenes de nuestro insaciable deseo de noticias, explora las consecuencias de la desinformación, de la fascinación que provocan los estafadores y, finalmente, llega a algunas conclusiones sobre las actitudes y los comportamientos que deberíamos adoptar para lograr un futuro más veraz.

A mi juicio, esta obra divertida, amena e inteligible es oportuna por la actualidad de los problemas serios que plantea y práctica por la serie de orientaciones concretas que nos proporciona para que identifiquemos y para que nos defendernos de las destrezas retóricas de algunos de nuestros hábiles líderes políticos actuales asesorados por sus nutridos gabinetes propagandísticos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 10.6.22
La variedad de hábitos culturales, la pluralidad de partidos políticos e, incluso, la diversidad de creencias religiosas son condiciones inevitables, respetables y positivas y, a mi juicio –cuando se expresan y se viven de manera correcta y respetuosa– contribuyen al enriquecimiento humano individual y al bienestar social.


En mi opinión, en la actual situación globalizadora es imprescindible que se elabore y se practique una Ética Mundial que ampare, defienda y oriente las conductas de todos los ciudadanos del mundo, que haga posible la convivencia en paz y la colaboración mutua para lograr el bienestar necesario y posible de todos los seres humanos y, además, un compromiso global con las personas y con el planeta. Me refiero a esos principios, criterios y pautas de comportamiento que a todos nos deben obligar, con independencias de las diferencias culturales, religiosas, políticas, artísticas e, incluso, deportivas.

Es necesario que, para salvarnos de un naufragio colectivo y para mejorar la vida de millones de personas, además de exigir el respeto a la serie de derechos comunes, todos cumplamos las mismas obligaciones que se derivan de la dignidad de todos los seres humanos. Deberíamos empezar por tener muy en cuenta que todos somos mutuamente dependientes y todos estamos inexorablemente conectados.

Este Mundo Global padece hoy unos problemas graves que exigen soluciones importantes, globales y urgentes. Es necesario, por lo tanto, que creemos una red mundial de respeto y de solidaridad que, por ejemplo, defienda y proteja nuestra tierra común para los habitantes actuales y para las nuevas generaciones.

Alcanzar este objetivo solo será posible si asumimos esa Ética Global como cauce y denominador común imprescindible. Podríamos empezar preguntándonos cada uno de nosotros cómo actuamos y a qué estamos dispuestos a comprometernos para hacer responsablemente lo que está en nuestras manos.

En mi opinión, este es el momento adecuado para que filósofos, psicólogos, sociólogos y científicos reflexionen conjuntamente para esbozar los contenidos fundamentales e imprescindibles que definan e impulsen una educación ciudadana orientada hacia una sociedad mundial diversa e inclusiva más respetuosa con nuestro planeta.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 3.6.22
Para saber si un dibujo, una pintura, una escultura, una melodía o un texto literario son artísticos es imprescindible que respondamos de manera clara y acertada a la siguiente pregunta: ¿Qué es el arte? Esta cuestión es fundamental e interesante para los profesores, para los críticos, para los coleccionistas y, en general, para todos los amantes de las creaciones artísticas.


Las respuestas que han dado los historiadores, los filósofos y los artistas han sido muy diferentes a lo largo de nuestra historia de la civilización y, en la actualidad, también se siguen proponiendo definiciones simplistas y discutiendo propuestas antiguas, a veces, con excesiva pasión.

En Qué es el arte (Barcelona, Paidós, 2013), Arthur G. Danto, profesor, crítico y teórico de la filosofía del arte del siglo XX, aplica el doble criterio de “lo posible” y “lo existente” para definir este concepto y explica e ilustra cómo la belleza, “un valor del siglo XIII”, no constituye la definición adecuada del arte.

Frente a quienes piensan que el arte imita la realidad mediante distintos procedimientos, él explica y demuestra cómo no todas las obras valoradas como artísticas cumplen la función de imitar: “Con el advenimiento de la modernidad, el arte dejó de ser un espejo de imágenes, o, mejor, dejó paso a la fotografía como pauta de fidelidad con la imagen real” (p. 18). La definición ha de ser, según él, un concepto cerrado que incluya una serie de propiedades generales que, de algún modo, expliquen por qué el arte es universal (p. 19).

En esta obra nos muestra cómo el concepto de arte posee un sentido mucho más amplio, y nos demuestra con ejemplos variados cómo la búsqueda de la verdad visual no forma parte de la definición del arte: “no es la marca del arte como tal”. Recurriendo a obras de Giotto, de Pablo Picasso, Matisse, Marcel, Warhol o Andy Duchamp, explica cómo el arte no copia la realidad como lo hace una cámara de fotos, sino que interpreta lo que sucede y, además, lanza un mensaje.

A mi juicio, sus detallados análisis sobre “Restauración y significado”, en los que justifica su valoración positiva y diferente a las críticas de otros relevantes especialistas como Twombly o Roscio, aplica su definición “filosófica” al arte y a la restauración, y muestra su convicción de que, para interpretar, valorar y disfrutar de los cuerpos o de los episodios representados en las obras artísticas, necesitamos tener en cuenta, en la medida de lo posible, la percepción científica de los biólogos y, además, la visión de la psicología popular, esa que nos descubre los significados que le atribuimos: “el cuerpo que siente sed y hambre, pasión, deseo y amor”.

Ese cuerpo que en las obras antiguas describen los hombres en la batalla, los hombres y las mujeres en el amor y en el dolor, el cuerpo que “nuestra tradición artística ha tratado tan gloriosamente durante tantos siglos, y algo menos gloriosamente en un cierto tipo de arte de perfomance en la actualidad” (p. 127).

Estoy convencido de que la lectura desapasionada de esta obra ayudará a revisar nociones anquilosadas, prejuicios tradicionales y recetas convencionales que, en la práctica y en la teoría, son parciales, arbitrarias y, también, inútiles.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 27.5.22
Es normal, razonable y positivo que, a medida en que envejecemos, nos vayamos haciendo más sensibles a los peligros que corremos. En mi opinión, sin embargo, deberíamos distinguir los temores moderados y los miedos incontrolados, esos que nos impiden vivir de una manera suficientemente tranquila.


Los que seguimos atentamente las informaciones de los medios de información, los comentarios de los críticos y las declaraciones de los políticos corremos el riesgo de sucumbir a la ansiedad, al desasosiego y al desvelo, esas emociones negativas que turban la necesaria tranquilidad para, simplemente seguir viviendo.

Estoy de acuerdo en que, para defendernos de los miedos –un arma utilizada por los que aspiran a alcanzar o a mantenerse en el poder– es importante que nos informemos, pero también que, además, analicemos los mensajes que contienen y reflexionemos sobre sus explícitas intenciones.

Para evitar que las personas o los grupos políticos, económicos, sociales y religiosos nos asusten con sus amenazantes augurios, no tenemos más remedio que, en la medida de lo posible, aplicar el sentido crítico a sus, a veces, alarmantes mensajes.

Como primer paso, empecemos por desconfiar de quienes solo anuncian ruinas, solo pronostican pobreza, solo prevén desastres, y, en especial, de quienes solo alientan el temor al mundo, el miedo a la modernidad y el terror al infierno.

Con realismo, miremos el mundo de una forma más amable y comprensiva, y abordemos los problemas con serenidad: “Ni el mundo es tan malo como nos imaginamos, ni nosotros tan buenos como nos creemos”. Admitiendo que algunas conductas son perversas y denigran la condición humana, tomemos conciencia de lo que pasa, utilicemos la cabeza, desarrollemos la inteligencia y apliquemos la razón. Busquemos procedimientos para controlar esos temores irracionales con el fin de evitar que se conviertan en miedos paralizantes.

El miedo, ese estremecimiento incontrolado por lo que todavía no ha pasado y quizás nunca pasará, ese vértigo originado por la oscuridad ante el abismo de lo extraño, de lo insólito y de lo desconocido, solo se alivia por la presencia reconfortante, estimulante y consoladora de las personas próximas, de los seres queridos, de los familiares y de los amigos. No confundamos, por favor, el miedo con la cobardía.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 20.5.22
Como es sabido, el contenido de los relatos históricos depende, en cierta medida, de la situación desde la que se cuentan y de la perspectiva que adopta quien los escribe. Esta obviedad también es aplicable a la Historia de la Ciencia. Tengamos en cuenta que, por muy rigurosos que sean los historiadores, en sus “narrativas” influyen sus convicciones políticas, sociales, éticas y religiosas y, por supuesto, sus prejuicios culturales.


Recordar esta evidencia es importante para valorar la importancia de Horizontes. Una Historia Global de la ciencia (Barcelona, Crítica, 2022), una obra de James Pokett que muestra, explica y demuestra cómo los relatos escritos “durante cualquier periodo” se han centrado exclusivamente en Europa.

James Pokett, profesor de Historia de la Ciencia, admite que los científicos actuales ya reconocen el carácter internacional de los progresos científicos, pero nos muestra cómo lo aplican solo a los estudios del siglo XX y no a “algo que empezó hace más de quinientos años”. Demuestra, además, cómo las contribuciones científicas realizadas fuera de Europa también deben formar parte del “apogeo” de la ciencia moderna.

Si la mayoría de los historiadores defienden que la “ciencia moderna” se inició en Europa durante los siglos XVI y XVIII, él explica cómo, más que un producto de la cultura europea, ha sido el resultado de la unión de personas y de investigaciones de todo el mundo como, por ejemplo, de las noticias que llegaban en las caravanas que viajaban a lo largo de la Ruta de la Seda y de las informaciones que proporcionaban los galeones que navegaban por el océano Índico.

Defiende que los momentos clave de la historia global de la ciencia han condicionado su desarrollo y, con sus minuciosos análisis de los hitos más importantes, demuestra cómo los descubrimientos de la nueva astronomía del siglo XVI hasta la genética del actual siglo XXI y el desarrollo de la Ciencia Moderna están determinados por los intercambios culturales globales.

Tras sus investigaciones sobre los cuatro periodos en los que se produjeron los cambios mundiales condicionantes del desarrollo de la Ciencia Moderna, llega a la conclusión de que “estamos viviendo otro momento clave de la historia global y que los científicos de todo el mundo se encuentran en el centro de un conflicto geopolítico que mantiene enfrentados a China y a los Estados Unidos”.

Importantes, a mi juicio, son los detallados análisis que hace de los tres ámbitos principales de la investigación científica actual: la inteligencia artificial, la exploración espacial y la ciencia climática. Me atrevo a aventurar que las aportaciones más sustanciales de esta obra son las pistas orientadoras que proporciona a historiadores, periodistas, críticos, políticos y a todos los ciudadanos interesados por las ciencias, por la historia y por el conocimiento para que analicemos los problemas actuales de los diferentes ámbitos económicos, sociales y culturales, y, sobre todo, para que discernamos, en la medida de lo posible, las diferentes sendas del futuro. Estoy de acuerdo con él en que el conocimiento y la mejor compresión del “pasado global” es indispensable para responder a la pregunta que todos nos hacemos: ¿hacia dónde nos dirigimos?

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 13.5.22
Los dos “instintos humanos” más primarios y, por lo tanto, los más irreprimibles, son el de supervivencia (individual y colectiva) y el de identidad (individual y colectiva). Mientras tenemos vida, en el sentido más elemental de esta palabra, nos sentimos enérgicamente impulsados a conservarla y, en la medida de lo posible, a prolongarla.


Podríamos afirmar que estamos dispuestos hasta a perder la vida con el fin de lograr los medios indispensables para mantenerla. El otro instinto, no mucho menos irrefrenable, es el de la identidad, y consiste en un impulso a ser uno mismo y a exigir respeto a la propia condición personal y colectiva.

En la actualidad, debido a la movilidad y a los permanentes cambios de residencia, el conocimiento de los complejos mecanismos psicológicos y sociológicos que intervienen en la composición de las identidades colectivas alcanza una importancia decisiva porque tiene graves y complejas repercusiones en la convivencia social y en las relaciones políticas. Tengo la impresión de que los gobernantes y los líderes de opinión caen en una ingenua, inútil y, a veces, peligrosa simplificación.

No suelen tener en cuenta la variedad de identidades a las que pertenecemos de forma simultánea –naturaleza humana, origen, nacionalidad, religión, sexo, profesión, aficiones, etc.– ni reconocen que la elección de las identidades prioritarias no depende exclusivamente de cada uno de nosotros porque, a veces, son los demás quienes nos la asignan.

Las identidades –sobre todo las culturales, las religiosas y, a veces, las deportivas– son fuentes de orgullo legítimo y de lícita alegría, pero también están en el origen de la mayoría de las dolorosas exclusiones sociales y de los sangrientos conflictos políticos que, debido a sus efectos disgregadores, terminan haciendo del mundo un lugar cada vez más peligroso.

Cuando no somos capaces de dominar la potencia del instinto de identidad y la fuerza de las inclinaciones tribales podemos caer en un discurso patriotero y en una amenaza para una sociedad que, inevitablemente, es y seguirá siendo cada vez más plural y más cosmopolita.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 6.5.22
En esta ocasión me permito expresar mi convicción de que la lectura de Ordenar el mundo. Cómo 4.000 años de leyes dieron forma a la civilización (Barcelona, Crítica, Editorial Planeta, 2022), de Fernanda Pirie, será notablemente útil para los estudiosos de las diferentes Ciencias Humanas que pretendan profundizar en las raíces hondas de nuestra actual civilización.


Es posible que, como ocurrió en 1497, tras el viaje de Vasco da Gama cuando dobló el cabo de Buena Esperanza, algunos lectores también se asombren al conocer el “rico y sofisticado mundo de Asia con sus importantes avances comerciales y tecnológicos, con sus complejas estructuras de gobierno y con sus detalladas leyes”. Eran unos momentos en los que los europeos carecían de sistemas políticos, educativos y jurídicos tan minuciosos y tan sistematizados.

Aunque Fernanda Pirie acepta que “los sistemas jurídicos nacionales que existen actualmente en todo el mundo se basan en su totalidad en los elaborados por las naciones europeas en los siglos XVIII y XIX”, también reconoce que las diferentes leyes fundacionales de Mesopotamia, China y la India, “aportaron las formas que han adoptado todas las legislaciones posteriores”.

Lo más importante, a mi juicio, es su conclusión de que, aunque, a veces, las leyes han servido para consolidar el poder de los poderosos, para ampliar sus dominios o para disciplinar a las poblaciones, también han ayudado a establecer un orden y una justicia que hicieran posible la convivencia social.

La profesora Fernanda Pirie detalla en la primera parte de esta obra el surgimiento y la caída de los sistemas legales que sustentaron los antiguos imperios y las tradiciones religiosas en Mesopotamia, en Grecia y en Israel. Explica los contenidos de las leyes relativas al culto, a los ritos y a los sacrificios religiosos, y analiza las pautas que orientaban los comportamientos sociales e, incluso, las normas que servían para conservar la salud del cuerpo y del espíritu.

También nos cuenta cómo, tanto en el cristianismo como en el islamismo, fueron los reyes, los sacerdotes, los jueces y los juristas quienes elaboraron los principales sistemas jurídicos del mundo, aunque, a veces también, algunas personas que vivían al margen de las instituciones, aportaran sus propios proyectos y ambiciones, inspirándose en costumbres y en tradiciones. Tras estos análisis llega a la conclusión de que “lo que verdaderamente une a los seres humanos es nuestra fe en que las leyes pueden producir justicia, combatir la opresión y crear un orden a partir del caos”.

En mi opinión, esta obra constituye una herramienta imprescindible para que los profesionales del Derecho, de la enseñanza y de la política ahonden en las raíces de las pautas que deben orientar las actividades políticas, sociales, laborales y familiares con el fin de que el mundo actual, tan entrelazado y tan interdependiente, sea, simplemente, más habitable: si queremos valorar la importancia de la ley y cómo se puede regir nuestro mundo, no tenemos más remedio que conocer la Historia.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 29.4.22
Aunque no podemos afirmar que los estilos literarios coinciden necesariamente con el perfil humano de sus autores, a través de la lectura de Rincón de sombras (España y México, Editorial Kolaval, 2022) podemos identificar los contenidos y los ecos más hondos de las vivencias interiores de José Joaquín León, un poeta que nos descubre los significados sugerentes del paisaje y que nos orienta y nos estimula para que amemos la tierra, para que salvemos la humanidad y, sobre todo, para que vivamos la vida.


Gracias a la transparencia de sus palabras, podemos sentir y con-sentir, las vibraciones íntimas de los episodios vitales y los fondos misteriosos de su conciencia humana. En mi opinión, la calidad poética de estos textos radica en la agudeza con la que penetra en el misterio de su conciencia e indaga en el sentido de sus trascendentes aspiraciones.

Desde sus primeros versos en los que expresa cómo la vida humana es la asunción y la superación de la esencial paradoja entre el todo y la nada, entre la afirmación y la negación, entre la ficción y la realidad, entre los valles y las montañas, entre el cielo y el infierno, nos descubre cómo la vida se define por la muerte y la muerte por la vida.

Esta obra –que aplica los procedimientos estilísticos de las creaciones clásicas– nos descubre y nos describe cómo la literatura es la constatación y la superación de la paradoja humana: un puro misterio de contradicción.

Fíjense en la habilidad con la que opone, conjuga y armoniza el “nacimiento” y la “muerte”, el “frío” y el “calor”, el “tiempo” y la “eternidad”, el “océano” sin “agua”, el “cielo” y el “infierno”, la “ficción” y la “realidad”, la “guerra” y la “paz”, la “gloria” y la “humillación”, el “amo” y el “esclavo”.

La razón profunda de las sorpresas y de las emociones que nos generan estos versos es la fuerza con la que nos muestran esa contradicción vital que, en última instancia, es trascendida por la unión –“misterio de comunión”– que hace posible el “fuego frío” porque “el sabor entre almibarado y ácido borra la distancia/antaño lejanísima de la virtud y el pecado”.

Ésta es, a mi juicio, la clave que explica ese interés vital que sus versos nos despiertan acertando con los senderos que conducen directamente a nuestras entrañas. No es extraño, por lo tanto, que mediante estos “latidos luminosos”, logre abrir unos surcos generosos que conectan con nuestras diferentes sensibilidades y son capaces de serenar nuestros ánimos.

Este poemario constituye, a mi juicio, una muestra de poesía, de la poesía de siempre y, por lo tanto, de la poesía actual. Gracias a su mirada aguda, los espacios y los objetos se transforman en tiempo, y el tiempo –medido, sentido y vivido– se convierte en música y en poesía. Ésta es la clave por la que este es un libro que nos hace latir, recordar e imaginar porque, efectivamente, aunque:

El paisaje es anacrónico, histérico,
con una carga natural que rezuma belleza,
eleva, mantiene y desciende el ánimo
al compás fijo de su lenta cadencia.

Lucecita titilante en una noche húmeda,
creada para gozarla acompañados.
Yo con ella, ella conmigo,
y el amor en el centro, entre ambo
s.

Estos versos constituyen estimulantes bocanadas de aire saludable que purifican nuestro espíritu y nos ayudan para que, repasando y repensando nuestras vidas, reflexionemos sobre las cosas importantes, esas que nos hacen sentir y emocionarnos, disfrutar y sufrir, llorar y reír.

Son enjundiosas y saludables píldoras que, elaboradas con los jugos extraídos de las experiencias cotidianas y procesadas con unos extractos que el autor ha alambicado a través de una serena meditación, contienen una notable energía nutritiva y un singular poder curativo. Con este Rincón de sombras José Joaquín nos regala una fórmula para desentrañar e interpretar el misterio de la vida humana: “una creencia armoniosa y desgarrada,/ pasión incontenible que rezuma amor”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 22.4.22
En mi opinión, El marinero (Madrid, Hermida Editores) resulta –puede resultar– esclarecedor para los conocedores de la obra poética de Fernando Pessoa (1888-1935) y orientador para los que aún no han leído sus creaciones. A los primeros les descubre las raíces de su concepción teatral y a los segundos les proporciona las claves de sus propósitos como artista, como intelectual, como creador y como pensador.


Tengamos en cuenta que El marinero no es un simple libreto, un mero guion destinado a la representación escenográfica sino un texto que nos lo ofrece para que lo leamos, lo escuchemos y lo pensemos en la soledad y para que lo interioricemos en nuestra conciencia íntima. Es un conjunto de sugerentes ideas que, además de sorprendernos, nos hacen dudar de nuestras convencionales certezas y, a veces, a sospechar del significado de nuestras palabras usuales.

Como acertadamente indica Pablo Javier Pérez López, en su imprescindible y agudo prólogo, el teatro de Pessoa es “extático” porque ahonda en el fondo misterioso del alma humana, porque “denuncia el desequilibrio del teatro entre la acción y el pensamiento” y “estático” porque, en vez de movimientos espaciales, revela los ecos secretos y misteriosos que las palabras despiertan en el espíritu: en el suyo y en el nuestro.

Esta obra estimula nuestra reflexión sobre la realidad y sobre la irrealidad de los tiempos pasados, presentes y futuros, sobre las verdades y sobre los errores de la vida, sobre los significados de los sueños mientras dormimos o mientras estamos despiertos, y sobre los significados de las palabras y de los silencios, de esos silencios que toman cuerpo, hacen cosas y nos envuelven como una misteriosa capa. Los sueños que crean y cincelan en la materia del alma los paisajes, las calles, los callejones, los barrios, las murallas de los muelles, los puertos e, incluso, a las gentes porque, en resumen, todas las cosas, todas las vidas son soñadas.

El cuarto oscuro de un castillo antiguo, en el que se celebra la conversación, los cuatro faroles en las esquinas, la ventana desde la que se ve, entre dos montes lejanos, un pequeño espacio de mar, y, sobre todo, las tres doncellas que, vestidas de blanco, velan el cadáver de otra joven depositada en un ataúd colocado sobre un catafalco desvelan la personalidad del poeta Fernando Pessoa, expresan la esencial contradicción de la vida humana y constituyen el resumen del principal recurso de su obra: la paradoja.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 16.4.22
En esta ocasión me permito confesar que, desde hace más de quince años, tenía curiosidad de leer El día de la langosta (Madrid, Hermida Editores, 2022), de Nathanael West, una obra a la que aludía el crítico Harold Bloom en aquel libro provocador titulado El canon occidental, “un catálogo de libros preceptivos” en el que, como es sabido, nos ofrece una relación crítica de los escritores más representativos e influyentes de nuestra literatura.


Reconozco que Nathanael West era uno de los autores cuyas obras yo desconocía totalmente y cuya búsqueda ha sido baldía hasta que, finalmente, Hermida Editores ha publicado una traducción española de El día de la langosta, publicada en 1939 y que fue llevada al cine en 1975 con el mismo título.

El relato se desarrolla en Hollywood, California, durante la Gran Depresión, y plantea la desasosegada convivencia de quienes merodeaban en los alrededores de la industria cinematográfica. En mi opinión, uno de los mayores alicientes de esta obra de ficción es la eficacia con la que, a pesar de que nos traslada a un mundo alejado del nuestro, temporal, geográfica y culturalmente, nos explica unas actitudes y unas conductas que, en diferentes grados, son análogas a los comportamientos que, en la actualidad, son frecuentes en ambientes próximos a nosotros.

También aquí y ahora, por ejemplo, gran parte de la gente viste ropa deportiva que no es para hacer deporte sino, simplemente, son “disfraces” para dar a entender lo que no somos, pero deseamos serlo. También aquí y ahora, “es difícil reírse de la necesidad de la belleza y del romance”. Tengo la impresión de que, en gran medida, ilusionarnos con las apariencias y con las aspiraciones es, simplemente, vivir.

Como es sabido, las peripecias humanas que narran las novelas –las buenas novelas– poseen un fondo de convicciones y de convenciones que, de manera más o menos explícitas, se repiten en las diferentes épocas y en las distintas culturas.

Gracias a la descripción de los escenarios en los que se desarrollan los diversos episodios, a los escuetos dibujos de los personajes y, sobre todo, a la hábil narración de los sorprendentes episodios, la lectura de esta obra me ha generado la sensación de que yo también participaba como un espectador privilegiado en aquel mundillo.

Estoy convencido de que aquí, muy cerca de nosotros o, al menos, en algunos programas de televisión, podemos reconocer, aunque con diferentes nombres, a personajes como, por ejemplo, el pintor Tod Hackett, el exencargado de contabilidad en un hotel, Homer Simpson, o la aspirante a actriz Faye Greener, esos seres originales que merodean por los alrededores de las salas de cines, de las plazas de toros o de los estadios deportivos buscando oportunidades.

A mi juicio, uno de los valores literarios de este relato es la habilidad con la que el autor Nathanael West estimula sensaciones y emociones que, en conjunto, proyectan una realidad humana que sigue vigente en nuestra sociedad actual.

Todos hemos escuchado reiteradas veces que la literatura nace de un conflicto con el mundo, de un choque de conductas, de una puesta en cuestión de la realidad que vivimos. Esta novela explica nuestra reacción ante situaciones adversas, nos abre vías para expresar emociones negativas o para mostrar sentimientos positivos y, a veces, para manifestar el malestar interior por acciones inmorales que tienen lugar aquí mismito, a nuestro lado.

Parto del supuesto, sin embargo, de que la estética y, más concretamente, la literatura, poseen la autonomía de la imaginación del lector que interpreta, que valora y que disfruta con los relatos desde la profundidad y desde la originalidad de su yo. Curiosamente, Tod Hackett que había acudido para buscar inspiración para su pintura, descubrió un nuevo rumbo en medio de las violencias de las escenas finales.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 8.4.22
El hecho de que el pensamiento y el lenguaje expresen nuestro modo de comprender, de explicar, de transformar y de estar en el mundo justifica el interés con el que los filósofos, los psicólogos, los pedagogos y los lingüistas han analizados sus complejas relaciones.


Las diferentes explicaciones han puesto de manifiesto que la acción de los sentidos está en el origen de los procesos de comunicación y en la base sobre la que se asientan las operaciones de simbolización pero que, en ellas, intervienen además las emociones, la imaginación, la voluntad y, por supuesto, las operaciones tradicionalmente calificadas como “lógicas”.

El lenguaje muestra nuestra capacidad para hacer visible lo invisible, para decir lo indecible y para traducir la realidad material en la sustancia del espíritu que late en el fondo de todos los seres de la naturaleza y para convertirlos en contenidos de las conciencias de los hablantes.

En Pensamiento y lenguaje (Barcelona, Paidós, 2022), Lev Vygotsky, un teórico de la literatura, de la estética y de la filosofía, aborda desde la perspectiva psicológica las relaciones entre el pensamiento y el lenguaje partiendo del supuesto de que esta es la vía más adecuada para “descubrir los orígenes de las formas más altas de la conciencia humana y de la vida emocional”. Afirma categóricamente que “las obras de arte, los argumentos filosóficos y los datos antropológicos no son menos importantes que las pruebas directas de la psicología”.

Tras someter a un detallado análisis crítico las teorías contemporáneas más ricas, nos proporciona las conclusiones de sus estudios experimentales de, por ejemplo, la relación del lenguaje escrito con el pensamiento o con el habla interna –nuestra permanente conversación con nosotros mismos– basándose siempre en las raíces genéticas del pensamiento. Deja suficientemente claro que sus diferentes estudios se orientan convergentemente hacia el objetivo de describir la relación entre el pensamiento y la palabra hablada.

En mi opinión, sus conclusiones arrojan abundante luz para descubrir, por ejemplo, las claves profundas de los poderes persuasivos y artísticos que poseen las imágenes sensoriales –no solo las visuales– y para comprender las razones de su permanente utilización en las diversas épocas y en los diversos géneros literarios, artísticos y periodísticos.

Sus reflexiones sobre la acción de los sentidos, por ejemplo, facilitan la compresión de su propuesta, según la cual las ideas poseen unos “cuerpos” dotados de dimensiones y de cualidades sensibles y de que, por otro lado, las realidades materiales se llenan de significados artísticos y literarios.

Estoy convencido de que la lectura atenta de esta obra resultará orientadora no solo para los psicólogos, sino también para los filósofos, para los teóricos y críticos del arte y de la literatura, y, por supuesto, para los periodistas y comunicadores. Son unos conceptos que nos sirven de base para desarrollar nuestras propuestas sobre los análisis descriptivos y valorativos de los procedimientos artísticos, de los recursos literarios y de los mecanismos persuasivos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 1.4.22
Por supuesto que repruebo la bofetada que Will Smith propinó a Chris Rock en la gala de los Oscar, pero también estoy en contra de la desafortunada broma que éste le gastó sobre el pelo rapado de su esposa Jada Pinckett Smith, quien había reconocido abiertamente que sufre alopecia.


El fácil recurso de provocar la risa refiriéndose a los defectos físicos de los demás, además de molestar y de agredir, revelan una falsa superioridad y un provocador desprecio. El humor, el buen humor, ejerce funciones terapéuticas, incluso cuando se refiere a vulnerabilidades y a deficiencias corporales, solo si despierta la comprensión y la compasión.

Pero, cuando no se expresa con amabilidad y con delicadeza, el humor aumenta los daños y los sufrimientos de quienes se sienten agredidos, y descubre la hinchazón y la vaciedad de quienes lo emplean. En esos casos, el humor no es un procedimiento para distraernos de la realidad sino una forma contraproducente de ocultar las propias carencias: es una manera burda de molestar o de herir.

Existe una clara distinción entre reírse con… y reírse de…, entre la diversión civilizada y las risotadas vulgares. Recordemos cómo Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, insiste en la diferencia entre el humor de las personas educadas y “el mal ángel” de la gente maleducada.

En esta obra asigna un distinguido lugar al ingenio y lo sitúa al lado la amistad y de la sinceridad como una de las tres virtudes sociales, pero este tipo de habilidad a la que él se refiere tiene mucho que ver con el refinamiento, con las buenas maneras y, en resumen, con la educación como, por ejemplo, cuando empleamos la “fina ironía”. Platón, en su República, también denuncia la costumbre de hacer reír acudiendo a las conductas groseras, incorrectas o vulgares.

La broma, cuando es amable y respetuosa, puede ser un regalo, pero cuando ofende, insulta o desprecia se convierte en burla que, como es sabido, es dañina, dolorosa y humillante: las chanzas son agresiones, insultos y, a veces, escarnios dolorosos.

No perdamos de vista que el humor, además de ser un juego de palabras gratas, es un festejo de nobles sentimientos, dos mecanismos de supervivencia de la vida humana, dos ingredientes que, aunque en distinta proporción, deberíamos administrar con habilidad, con tino y con gracia.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 25.3.22
En la actualidad, la mayoría de nosotros, a no ser que nos veamos sorprendidos por una enfermedad mortal o por un accidente trágico, nos encaminamos con relativa rapidez hacia una dilatada ancianidad. A mi juicio, debería ser normal que nos preguntáramos cómo estamos viviendo o cómo viviremos ese último recorrido que, si lo preparamos con habilidad, con esmero y con sabiduría, podría ser el tiempo adecuado para recuperar oportunidades, para aprender y para emprender los caminos de una longevidad lo más grata posible, para abrir puertas a lo desconocido, para escribir páginas aún en blanco, para extraer enseñanzas de las dolencias y de las limitaciones físicas y, en resumen, para vivir, para disfrutar y para celebrar lo que nos queda de vida.


Tengo la impresión de que, en contra de la opinión generalizada, el futuro, más que de los jóvenes, puede ser de los mayores porque, como revelan las estadísticas, el número de los nacimientos está descendiendo mientras que la cantidad media de vida de los ancianos está aumentando.

En contra de las apariencias, rendir culto a la juventud es una práctica engañosa que nos conduce a desarrollar unos esfuerzos inútiles y frustrantes. Por muchos que nos afanemos, nunca lograremos disimular totalmente las marcas corporales del paso del tiempo.

A veces, lo único que conseguimos es engañarnos a nosotros mismos con esas maneras ingenuas y contraproducentes, y lo único que hacemos es acentuar el inútil rechazo de la vejez. Esos procedimientos se convierten en manifestaciones claras de nuestros miedos a parecer lo que somos. Son formas infantiles de engañarnos y de falsificar el paso del tiempo.

Con esos comportamientos ingenuos ponemos de manifiesto que no somos capaces de advertir que la edad humaniza el paso del tiempo ni que la pretensión de una eterna juventud, repetida desde la mitología griega y romana, y un tema en las canciones populares, es un recurso publicitario mentiroso y contradictorio. Es una manera burda de mentir y de mentirnos. Por eso aplaudo a quienes, en vez de disimular, presumen de sus canas.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 18.3.22
Puedo estar equivocado. El camino hacia el verdadero bienestar (Barcelona, Ariel, 2022) es una autobiografía que nos descubre las cuestiones más palpitantes de nuestras vidas y nos estimula para que cultivemos los valores humanos más liberadores.


Christian Bobin Björn Natthiko Lindeblad nos proporciona unas pistas saludables para que nos acerquemos y nos alejarnos de la realidad, nos orienta para que penetremos en nuestro interior y, desde allí, contemplemos y disfrutemos del mundo que nos rodea.

El autor nos hace pensar y reflexionar, sentir y emocionarnos, recrearnos y sufrir, llorar y reír, y, nos sirve para que humanicemos nuestras relaciones con las personas y con las cosas. Es una invitación amable para que leamos, interpretemos, valoremos y disfrutemos con nuestras vidas.

Esta es la conclusión a la que he llegado durante la lectura de esta obra en la que el autor, con sencillez, con claridad y con belleza, nos relata cómo, tras abandonar su profesión de economista, experimentó una profunda y grata sensación de libertad, y cómo, tras sus primeras experiencias de meditación –una senda directa para reencontrarse consigo mismo, con los otros y con las cosas– se hizo monje budista en la selva de Tailandia.

Fue allí donde, a pesar de las escasas peripecias, fue descubriendo la importancia vital de la soledad, del silencio, de la luz y, en resumen, cómo existe otra vida escondida, sencilla y hermosa, en la que conocemos la persuasiva dulzura de los días sin gloria y el esplendor abandonado de lo invisible que nos rodea.

Nos explica cómo, a los ocho años en casa de sus abuelos, en una isla en las afueras de Karlskrona, sintió por primera vez “de verdad” que el planeta era su propia casa. Fue entonces cuando advirtió que los pensamientos, los sentimientos y las sensaciones corporales nos descubren nuestra intimidad y la de nuestro entorno.

Paradójicamente, se sorprendió cuando comprobó que el encuentro con su propia impotencia era la llave que volvió a abrir la puerta del bienestar, y que la mayor parte del sufrimiento psicológico que experimentamos es “voluntario y autoafligido”.

Importantes y concretos son, a mi juicio, sus análisis sobre, por ejemplo, los hábitos de culpar a los demás de nuestras frustraciones, y la conclusión a la que llega de que “nadie ni nada tienen que cambiar para que seamos y para que actuemos con autenticidad”: “Hay un nivel de conciencia humana al que le gusta mucho culpar de todo a los demás”, y aferrarnos a pensamientos que nos atormentan. Me permito invitarles a que, precisamente en estos momentos de agitación, de inseguridades y de temores, lean este libro que nos dibuja diferentes caminos convergentes para salir de los presentes atolladeros.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

GRUPO PÉREZ BARQUERO


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