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DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA

CLÍNICA PAREJO Y CAÑERO - ÚNICO HOSPITAL DE DÍA DEL CENTRO DE ANDALUCÍA

Mostrando entradas con la etiqueta La vida empieza hoy [José Antonio Hernández]. Mostrar todas las entradas
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  • 27.8.21
Os confieso –queridas amigas y amigos– que cada vez valoro más la importancia de las personas normales. Reconozco que admiro a los mártires, a los caudillos, a los héroes, a los santos, a los sabios, a los genios, a los líderes y, sobre todo, a los profetas pero –permitidme que os lo diga– cuando están lejos. Cuando los contemplo de cerca, muchos de ellos me asustan.


Creo que, a veces, son necesarios para dinamizar la sociedad, para despertarnos del letargo y de la apatía; son imprescindibles para mover nuestras conciencias, para defender los grandes principios y para fortalecer a los débiles.

Acepto que estos seres extraordinarios estimulan el seguimiento, la admiración, la imitación, la obediencia, la entrega y la devoción. Estoy convencido de que ellos son los que, en muchas ocasiones, nos sacan las castañas del fuego: las castañas de nuestros derechos, intereses, ideas y sentimientos; el fuego de la arbitrariedad, de la fuerza, de la habilidad, de la mentira o de la injusticia.

Pero, repito, los carismáticos, los fundamentalistas, los radicales, los perfectos, los puros y los puristas, los íntegros y los integristas me producen una profunda sensación de temor (y, también, de honda pena). Cuando escucho las proclamas en favor de la aristocracia espiritual, de la hidalguía intelectual y hasta de la nobleza de cuna, recuerdo lo que sufría Sebastián al pensar en aquellos que han trabajado para pagar los heroísmos del héroe.

“Me duelen –me decía– las muertes de quienes han derramado la sangre en las guerras del excelente; me entristecen las manchas de barro de quienes velan para que los puros sigan limpios; me apenan los sufrimientos de quienes son atormentados para proporcionar el placer de la finura a unos pocos afortunados aristócratas”.

Tengo un amigo a quien le hubiera gustado vivir en la Edad Media pero, por supuesto, no como simple siervo, colono o miembro de la gleba, sino como emperador, rey, marqués o conde. Si a los ricos los hacen los pobres, a las verdades llegamos por las sendas de los errores, y a la bondad por el camino de los defectos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 20.8.21
¿Saben que la palabra “verano” es una abreviación de la expresión latina veranum tempus, que significa el “tiempo primaveral”, y que abarcaba lo que hoy llamamos primavera, verano y otoño? Deriva de la palabra ver, veris, que quiere decir “primavera” y, metafóricamente, “juventud” o “primavera de la vida humana”.


Hasta el Siglo de Oro, en la Lengua Castellana se distinguió entre el “verano” y el “estío”. La primera palabra (“verano”) era el fin de la primavera y el principio del nuestro verano; y la segunda (“estío”, del latín aestivum tempus) el tiempo del calor y del fuego. El verano también se denomina “canícula” (diminutivo femenino de canis, que significa “perrita”, la forma de la estrella Sirio, visible durante esta época).

El tópico publicitario dice que, en la actualidad, el “verano” es la época de las vacaciones, el paréntesis de las tareas laborales, el tiempo del descanso y del ocio, la ocasión para el cambio de costumbres, de actividades, de vestidos, de comidas y de bebidas; el período en el que vivimos con mayor libertad, relajamos los horarios, el lenguaje, las convenciones y los comportamientos.

Durante el verano, los ciudadanos que gozan de tiempo libre están de vacaciones y los que poseen medios económicos suficientes ventilan las neuronas en la playa o en el monte, viven aventuras y multiplican sus diversiones; disfrutan con los amigos y con la familia; visitan a las personas que hace tiempo no veían, leen libros sin prisas, toman refrescos en las terrazas sin necesidad de cubrirse con las “rebequitas” o los abrigos, y acuden a fiestas sin pensar en exámenes ni en trabajos.

Otros, desgraciadamente, se ven obligados a trabajar para que los demás disfruten y, algunos, a pesar de la bajada del paro, proclamada a bombo y platillo por los medios de comunicación, permanecen en un desolador, angustioso y punzante descanso obligado.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 13.8.21
El verano constituye una oportunidad para disfrutar, esa aspiración universalmente ansiada y, a veces, difícil de satisfacer. En este tiempo podemos practicar con mayor libertad el disfrute de esas actividades que son necesarias para seguir vivos, como, por ejemplo, alimentarnos, hacer deporte y descansar.


En mi opinión también deberíamos aprovechar este tiempo para entrenar las sensaciones que nos proporcionan placer. Es posible que los prejuicios contra el disfrute sensorial estén determinados por aquella interpretación errónea de la ascética, ampliamente predicada durante los tres últimos siglos o, quizás, por una reacción generalizada provocada por la ubicua y agresiva publicidad consumista actual, pero el hecho cierto es que, en algunos ambientes, existe una seria resistencia a valorar positivamente el disfrute de los sentidos. Quizás por eso, cuando nos referimos a la sensibilidad, solemos definirla como una facultad despojada de sus sustanciales dimensiones corporales.

El verano es el tiempo propicio, además, para cultivar la amistad, esa relación afectiva que ha de estar presente en las diferentes etapas de la vida, es una necesidad y una fuente de beneficios de elevados valores terapéuticos y cuya importancia es vital, sobre todo, en la ancianidad. Los amigos son los que, por su proximidad y por su semejanza, mejor nos comprenden, aunque no tengamos que darles muchas explicaciones.

El verano nos proporciona nuevas oportunidades para disfrutar. Sí –queridas amigas y amigos– necesitamos no solo descansar sino, también, disfrutar para seguir caminando, para superar el conformismo y para progresar.

Todos, con independencia de la edad, de las creencias, de las posibilidades económicas e, incluso, del estado de salud, necesitamos disfrutar, gozar y deleitarnos para no desfallecer y para vencer el aburrimiento, esa desagradable sensación de desgana, de cansancio y de fastidio que nos produce la rutina.

Recordemos que la palabra “aburrir” procede del verbo latino “abhorrere” que significa tener aversión a algo, y que éste deriva de “horrere” que quiere decir “erizarse”, “ponerse los pelos de punta” a consecuencia del malestar corporal que producen las ideas, las palabras y las conductas desagradables. El aburrimiento –cuya expresión externa es el bostezo– tiene, efectivamente, algo o mucho de disgusto, de fastidio, de molestia y de hastío. Descansemos y disfrutemos para, por favor, no aburrirnos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ
  • 6.8.21
¿No os llama la atención, queridos amigos, lo poco valorado que está, tanto en la prensa como en nuestras conversaciones entre amigos, hablar bien de las demás personas? ¿No tenéis la impresión de que se cotiza más hablar mal, despotricar y vestir de limpio a los que piensan o actúan de maneras diferentes a las nuestras?


Algunos están convencidos de que “criticar” es censurar, protestar y murmurar. Cuando digo “hablar bien”, no me refiero a la adulación o a hacer la pelota, sino al simple reconocimiento de las cualidades y de los méritos de los otros.

Comprendo que se reproche la adulación porque a veces esconde intenciones retorcidas, pero es doloroso y preocupante que haya personas que sufren cuando leen o escuchan elogios y que disfruta cuando leen o escuchan insultos. Son los que confunden la crítica y la injuria.

La crítica es una tarea positiva, útil y necesaria, es una actividad humana importante y difícil que consiste en analizar los comportamientos humanos para identificar sus orígenes y sus consecuencias, sus valores y sus fallos.

Pero murmurar es diferente: es quejarse, despotricar y vestir de limpio, sobre todo, a los que no están presentes. Es insultar, es desprestigiar, calumniar y, a veces, injuriar. Las murmuraciones, las burlas y las difamaciones nos revelan más el talante de quienes las emplean que los defectos de los que son objetos sus comentarios. A veces son síntomas evidentes de una irreprimible tendencia a atribuir a los demás los propios defectos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 31.7.21
Este mes, que está a punto de concluir, se llama así porque está dedicado a Julio César, de quien recibió su nombre tras su muerte. Creador y primer emperador de Roma dio también nombre de César a sus sucesores. Fue uno de los arquitectos más determinantes de nuestra Civilización Occidental.


Nació el doce de este mes y fijó de nuevo los treinta y un días que actualmente tiene. Julio César fue un guerrero, un político y un historiador que nació cien años antes de Cristo, el 653 después de la fundación de Roma. Sometió a los celtas, a los galos, a los germanos y a los helvecios, y realizó una expedición a la Bretaña.

El quince de marzo murió asesinado por Bruto, a los pies de la estatua de Pompeyo, tras recibir veintitrés puñaladas. Su obra político-militar quedó reflejada en los Comentarios de la Guerra de las Galias y en los de la Guerra Civil, dos obras literarias e históricas que convierten a Julio César en uno de los grandes escritores en lengua latina. Julio César fue, sobre todo, un contador y un constructor de la Historia.

Julio, el mes en el que -según las Etimologías de San Isidoro- el verano es el tiempo de la siega y de la recolección en los países menos cálidos; es actualmente la época de las rebajas en los centros comerciales y –mientras lo permitía la covid– de los cursos universitarios de verano, del Tour de Francia, de la fiesta de los Sanfermines pamplonicas o de las veladas sevillanas del Señor Santiago y de Santa Ana, una fiesta grande de Triana que se remonta al siglo XVII.

Éste es el primer mes de las vacaciones de los estudiantes y el tiempo de descanso para los trabajadores que trabajan porque “es el mes en el que menos trabajan los que trabajan”. En este mes se empezaban los baños de sol y de mar tras tomar un purgante de Aguas de Carabaña o de Aceite de Ricino, y duraban de Virgen a Virgen: de la Virgen del Carmen (16 de julio) a la Asunción de la Virgen (15 de agosto). Os deseo –queridas amigas y amigos- que descaséis y disfrutéis.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ
  • 23.7.21
Aunque a primera vista nos sorprenda la afirmación, es posible que, si lo pensamos un poco, lleguemos a la conclusión de que la finalidad principal de los viajes es regresar a nuestra ciudad y, sobre todo, a nuestro hogar.


¿Cuántas veces, queridas amigas y amigos, al llegar a nuestro hogar tras un viaje hemos repetido que no hay un hotel en el que nos encontremos como en nuestra propia casa? Es posible que los viajes, además de descubrirnos lugares exóticos e inimaginables, nos sirvan para redescubrir y para revalorar ese rincón de nuestra casa en el que leemos o cosemos o, incluso, ese butacón desde el que, soñolientos, leemos la prensa, vemos el telediario, los partidos de fútbol o los programas del corazón.

En mi opinión, viajamos, también para comparar nuestros espacios con otros lejanos: nuestras playas con las de la Costa del Sol o con las de las Antillas; nuestra catedral con la de Notre Dame de París o con la de San Pedro de Roma; nuestro clima con el del norte de España o con el del Centro Europa.

Los viajes nos abren unas vías de acercamiento a los demás y, al mismo tiempo, unos cauces de aproximación a nosotros mismos: viajar es una forma de alejarnos y de aproximarnos a nuestros lugares y, por lo tanto, una manera de salir y de entrar en nosotros mismos y de revalorar nuestras cosas.

También viajamos para reconocer los lugares y las gentes contados por los pintores, por los escritores y por los amigos. Viajamos, efectivamente, para disfrutar contando nuestras peripecias. ¿No es cierto que uno de los mejores momentos de los viajes lo disfrutamos cuando, reunidos con los amigos, relatamos nuestras experiencias y las ilustramos con las fotografías y con los videos, esas imágenes que expresan y repiten las sensaciones y los sentimientos de los tiempos y de los lugares, esos paisajes, personas, culturas, costumbres e historia reales o imaginadas?

Los viajes son unas oportunidades para recuperar el significado de las pequeñas cosas. Una simple comida de un lugar alejado puede convertirse en experiencias inéditas y nunca imaginadas. A lo mejor el aliciente mayor de los viajes estriba en la posibilidad de alejarnos de nosotros mismos para volvernos a encontrar.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 16.7.21
No tengo inconvenientes –estimado Vicente– en responder a tu pregunta sobre la relación que en la actualidad han de mantener los políticos con los científicos y con los técnicos. Vaya por delante, en primer lugar, que no defiendo el despotismo ilustrado, ni siquiera el que protagonizó Carlos III de España a pesar de que reconozco que contribuyó al progreso cultural.


Declaro de manera clara que el pueblo es el sujeto de la soberanía y, por lo tanto, él debe ser el protagonista en la orientación para solucionar los asuntos culturales, sociales, económicos y políticos. Pero, teniendo en cuenta la complejidad de los problemas de estos tiempos, opino que es imprescindible que los políticos tengan en cuenta los conocimientos de los científicos y de los técnicos que conocen la complejidad de los asuntos relacionados con el bienestar que todos se proponen lograr.

Si el desarrollo científico y tecnológico siempre ha determinado los cambios que ha experimentado la sociedad, en estos momentos en los que la comunicación es instantánea su influencia en la economía y en la cultura es directa e imparable.

Reconozco que los principios, los criterios y las pautas que orientan a los políticos son diferentes de los que siguen los científicos y los técnicos pero, en mi opinión, el desarrollo científico, las bases éticas y los fines sociales de sus trabajos deberían ser, al menos, convergentes con las metas de los políticos.

Ya sé que los responsables públicos se apoyan en la voluntad de los ciudadanos mientras que los científicos y lo técnicos se basan en datos comprobados, pero todos parten –deberían partir– de conocimiento de los problemas reales para orientar la búsqueda de las soluciones más eficientes, más correctas y más justas.

Es posible que la dificultad mayor para lograr el entendimiento razonable y la colaboración eficaz estribe en la diferencia de sus respectivos apoyos porque, mientras los políticos se sustentan en los deseos, en las creencias y en las voluntades de los ciudadanos, los científicos y los técnicos asientan sus búsquedas y sus conclusiones en la razón y en la comprobación empírica.

Sirva de ejemplo ilustrativo los despistes, las contradicciones y los errores cometidos por las diferentes administraciones cuando han desoído las indicaciones que han hecho los profesionales de la medicina durante esta ya larga pandemia del coronavirus

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 9.7.21
Es importante –pienso que imprescindible– que, durante toda la vida, cultivemos la amistad, una forma del amor, una relación personal que, además de generosidad, nos exige imaginación, reflexión, paciencia y esfuerzo. La amistad ha sido considerada por los filósofos, por lo médicos y por los psicólogos como una fuente de salud y como un vivero de bienestar.


La Iliada nos cuenta la profundidad de la amistad que une a Aquiles con Patroclo, y Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, afirma que “la amistad no sólo es necesaria, sino que es bella y honrosa. El cariño que se dispensa a los amigos nos parece uno de los más nobles sentimientos que el corazón puede abrigar”. Recordemos que también en nuestra tradición cristiana la amistad es la manera peculiar de relacionarnos con Jesús de Nazaret: “a vosotros os llamo amigos” (Juan 15, 13-15).

Es cierto que la amistad –como relación afectiva– está presente en las diferentes etapas de la vida, es una necesidad y una fuente de beneficios de elevados valores terapéuticos pero, por favor, no olvidemos que, en la ancianidad, su importancia es vital.

Mi amigo José Carlos me dice que los mayores necesitamos amigos porque ellos son los que, por su proximidad y por su semejanza, mejor nos comprenden aunque no tengamos que darles muchas explicaciones.

A esta edad, cuando ya nos hemos despojado de uniformes, de hábitos, de insignias y de títulos, cuando nos hemos bajado de las tribunas y de las poltronas, gozamos de mayores facilidades para expresarnos con nuestra peculiar manera de ser y para comunicar con confianza nuestras inquietudes y nuestros sentimientos comunes.

Mi amigo Julio –arquitecto, intelectual, escritor y artista– define el cielo como ese lugar privilegiado en el que viviremos, celebraremos y disfrutaremos de la delicada, frágil y valiosa planta de la amistad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 28.6.21
Es cierto que, gracias a las reiteradas campañas publicitarias, en España se reconocen los derechos de las personas LGTBI. Es verdad que la protección legal de la orientación sexual es notable en Europa. Pero no olvidemos, por favor, que aún sufren discriminación en muchos aspectos de sus vidas.


No hay derecho a que, debido a unas convicciones convencionales, a unos prejuicios culturales y a unas pautas de comportamientos tradicionales, algunas familias y algunas instituciones sigan sin reconocer la realidad, ni, mucho menos, que consientan la dolorosa situación de quienes son rechazados e, incluso, que se empeñen en hacerlos cambiar.

Todos conocemos a personas que no se atreven a mostrarse como son porque están convencidos de que no serán comprendidos por sus padres, que serán objeto de las burlas y de los desprecios de sus amigos, y que serán apartados de algunas tareas en sus trabajos.

Reconozcamos que aún quedan muchos reductos en los que no son aceptados con naturalidad y acogidos con respeto. A veces, incluso, sufren trastornos psicológicos debido a los esfuerzos baldíos que se ven obligados a realizar por respirar una atmósfera asfixiante de incomprensión.

Esta constatación me obliga a aplaudir las iniciativas que tienen la finalidad reivindicativa de estimular una reflexión sobre el derecho a manifestar su propia identidad, sobre los obstáculos con los que tropiezan en la vida cotidiana y sobre la discriminación y la desigualdad que experimentan los que se sienten menospreciados.

Trabajemos –queridas amigas y amigos– para favorecer la normalización, para propiciar la aceptación social, para defender el honor, para proclamar el derecho a que cada uno y cada una de los seres humanos se muestren y actúen como se sienten y como son.

Hoy es una nueva oportunidad para que todos, tú y yo, declaremos nuestro reconocimiento de la dignidad de todos los seres humanos y, sobre todo, para que rompamos los crueles discursos de la incomprensión, del desprecio, de la falta de respeto, de la burla y del odio a quienes, como seres humanos, tienen la necesidad de afecto y de cariño, y el derecho de expresar sus personales maneras de pensar, sentir, desear, amar, hablar y de vivir.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 25.6.21
En contra de lo que piensan algunas personas, me atrevo a opinar que el tiempo por sí solo, desgraciadamente, no resuelve los problemas, no cura las enfermedades, no proporciona conocimientos, no desarrolla las facultades, no confiere sabiduría, no otorga dignidad ni siquiera madura a las personas. Un objeto que sólo es antiguo o un ser humano que sólo posee mucha edad son, simplemente, viejos.


La historia mal contada y la ciencia mal explicada nos ha habituado a medir la importancia de los objetos y a calibrar el valor de los acontecimientos por su dimensión temporal: el cosmos se describe por la distancia que separa a las estrellas de nosotros, el átomo por sus inaprehensibles oscilaciones, los acontecimientos sociales por su antigüedad y la vida humana por su edad. La existencia y la vida están configuradas, efectivamente, por el tiempo, pero no son sólo ni principalmente tiempo.

El tiempo, la antigüedad y la edad son simples continentes: frágiles vasijas de diferentes dimensiones y de distintas formas que han de ser colmadas con experiencias vitales; cofres decorados destinados a albergar tesoros; cauces abiertos por los que han de discurrir las corrientes de energías; hilos conductores de la savia vital; pero todos ellos pueden encerrar también una inútil basura o unos inservibles desperdicios e, incluso, pueden estar simplemente vacíos.

Para que el tiempo sea vida, ha de poseer sentido y hemos de reconocer que lo que de verdad proporciona sentido humano es el amor, la amistad, el trabajo y el servicio a los demás; la mera suma de años o la simple acumulación de bienes no aumenta la estatura humana, de igual manera que la simple ingestión de alimentos no asimilados no hace crecer ni fortalece el cuerpo. Sólo la comunicación y la entrega a alguien ensanchan, ahondan y elevan la vida humana. Cualquier vino no se hace más rico con el tiempo.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 18.6.21
Reconozco que me ha sorprendido gratamente el breve libro titulado De la lectura y del arte de escribir, obra de Rafael Tomás Caldera y editado en Madrid por Rialp en este mismo año 2021. Y me ha sorprendido por la importancia y por la utilidad de sus oportunas explicaciones para ayudar a los profesionales a desarrollar las tareas informativas, críticas y literarias.


Me ha llamado la atención, en primer lugar, la manera clara de la que el autor aplica las pautas para la lectura y para la escritura. A pesar de que apoya sus orientaciones metodológicas en las doctrinas de las poéticas, retóricas y preceptivas clásicas, la lectura me ha resultado especialmente grata y práctica porque constituye una muestra ejemplar de la utilidad de sus orientaciones, y una demostración lúcida del valor de sus oportunos comentarios. Nos demuestra que no es necesario el uso de los tecnicismos, un lenguaje que puede ser adecuado para los especialistas pero que es oscuro y a veces incomprensible para los lectores no profesionales.

De manera breve y exacta, el profesor y escritor Rafael Tomás Caldera nos orienta para que mejoremos la calidad de nuestras lecturas, para que, además de entender y de comprender los textos, situemos sus asuntos en sus contextos, valoremos sus expresiones y ahondemos en sus mensajes. ¿Cómo? Llevando a cabo tres operaciones sucesivas y complementarias: el análisis, la síntesis y la crítica, tres tareas imprescindibles para lograr la “asimilación” –la digestión– consiguiendo que las sustancias más nutritivas alimenten nuestras vidas.

Importante también, a mi juicio, son sus propuestas para orientar el aprendizaje y el perfeccionamiento de los diferentes géneros de la escritura. Partiendo del supuesto de que es una tarea práctica y compleja, nos anima para que empecemos a practicarla y para que sigamos creciendo como escritores: “Lo esencial es escribir” pero a condición de que, de manera inmediata y repetida, corrijamos, enmendemos y mejoremos nuestros "borradores”.

Valiosas y útiles, por supuesto, son las pautas que nos dicta para que dotemos a nuestros escritos de contenidos importantes, interesantes y provechosos. Sus breves indicaciones sobre las partes, el título, la articulación de los contenidos, sobre la búsqueda de informaciones, sobre la unidad, coherencia y énfasis de los textos, y sobre la sencillez, la claridad y las fuerzas de las palabras constituyen, en mi opinión, una estimulante y amable invitación para que nos decidamos a iniciar esa apasionante aventura de la escritura.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 11.6.21
En mi opinión, los lectores y los escritores deberíamos profundizar en la estrecha relación que existe entre el cultivo de las letras, el trabajo con las sensaciones, emociones, pensamientos y palabras, y la agricultura, las labores con la tierra, con la lluvia y con las plantas en el campo. Cicerón, en sus cinco libros titulados Tusculnae Quaestiones, así llamados porque los escribió en Tusculum, afirma que la filosofía es la cultura del espíritu.


Con esta definición Cicerón explica que en las tareas culturales no es suficiente que sembremos buenas semillas sino que también es necesario que la tierra sea la adecuada y que, de vez en cuando, la removamos, la renovemos, la limpiemos de esas hierbas que crecen espontáneamente e impiden el cultivo de las plantas saludables y bellas.

La cultura también alimenta y salva –puede salvar– vidas, sanar las heridas y garantizar un futuro mejor. Los desequilibrios culturales, de manera análoga a los desórdenes alimenticios, generan deformidades e hipertrofias, y pueden producir unas consecuencias tan peligrosas como la desgana, la apatía, las repugnancias, las arcadas, la desnutrición o el raquitismo.

Si pretendemos alimentarnos culturalmente para que crezcan armónicamente las diferentes dimensiones que nos definen como seres humanos, hemos de ampliar el abanico de nuestros gustos y, sobre todo, hemos de cultivar nuestra sensibilidad para ser capaces de analizar y de disfrutar con las creaciones artísticas antiguas y modernas, las elaboradas y las populares. La gravedad de los desniveles culturales estriba -no lo perdamos de vista- en que perpetúan y acentúan las desigualdades económicas y sociales.

Cuando afirmamos que la cultura es "alimento" que sostiene, no elaboro una sugerente metáfora poética, sino que formulo una definición comprensiva y comprensible del ser humano, y declaro mi profunda convicción de que el hombre no puede vivir plenamente con un simple pedazo de pan, o, en otras palabras, manifiesto mi convicción de que, para sobrevivir –para "realizarnos", como se decía hace unos años– necesitamos cubrir también otras exigencias vitales y perentorias: la de una cultura que, arraigada en nuestra tierra, abra la posibilidad de intervenir en nuestra sociedad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 4.6.21
Estoy convencido de que respetar y ser respetado es el soporte necesario sobre el que hemos de edificar las virtudes y los valores personales que hacen posibles la convivencia pacífica familiar, social y política. La raíz íntima de esta consideración reside en el reconocimiento de la dignidad “civil/sagrada” de los seres humanos. Su aceptación ha de ser absoluta porque no depende de ninguna circunstancia ni de ninguna cualidad añadida.


La dignidad de las personas no la otorgamos nosotros ni está en nuestras manos retirarla o disminuirla. Por eso, merecen nuestro respeto los niños, los adultos y los ancianos; los varones, las hembras y los homosexuales; los cultos, los sabios y los ignorantes; los creyentes, los agnósticos y los ateos.

Nuestros comportamientos morales, familiares, sociales y políticos, en vez de privilegiar las cualidades como el sexo, la edad, la sabiduría, la riqueza y, sobre todo, el poder, deberían conceder la suprema valoración a la dignidad humana: éste debe ser el principio ético del que se derivan todos los demás.

Este valor civil/sagrado de la dignidad humana constituye la razón del respeto con el que hemos de relacionarnos con todas las personas. No se trata, por lo tanto, de un acuerdo al que, de manera explícita o implícita, ha llegado una sociedad sino de un deber que es independiente de nuestra voluntad individual o colectiva.

Por eso mismo, aún en el caso de que toda la sociedad decidiera por consenso dejar de respetar la dignidad humana, ésta seguiría siendo un derecho exigible por cada uno de los ciudadanos, incluso, de los que sean juzgados y condenados como delincuentes.

En nuestras sociedades civilizadas aceptamos este principio en la teoría y lo proclamamos con pomposas palabras y con tonos solemnes, pero los hechos cotidianos nos confirman, de manera mucho más elocuente, que no siempre lo tenemos en cuenta. Fíjense en los programas televisivos, en los debates parlamentarios, en las tertulias radiofónicas, en las gradas de los estadios, en las aulas escolares e, incluso, en los consultorios médicos.

En mi opinión estamos sufriendo un proceso acelerado de degradación de aquellos “buenos modales” que expresan el respeto que nos merecen nuestros interlocutores. Quizás estos cambios de hábitos respondan, en muchos casos, a una progresiva depreciación del valor más importante de nuestra sociedad: la persona humana. La falta de respeto no la justifica ni siquiera la defensa de la verdad, de la justicia o de la moralidad.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ
  • 27.4.21
El Día Internacional del Libro –una “fiesta” destinada a fomentar la lectura y a homenajear a los autores, a las editoriales y a las librerías– nos ofrece cada 23 de abril una oportunidad para que nos animemos a descubrir la importancia y el placer de la lectura, y para que valoremos las contribuciones de quienes, con sus relatos, con sus versos, con sus ideas y con sus palabras, han impulsado y siguen impulsando el crecimiento personal, el progreso cultural, el deleite estético y el bienestar social de la humanidad.


La lectura nos sirve para tender puentes, romper muros, sembrar semillas del mutuo entendimiento. Nos ayuda a entender y a conectar con personas diferentes y a vivir, con el pensamiento, con la imaginación y con las emociones, nuevas experiencias: nos alarga y nos ensancha nuestra existencia.

Nos puede servir también para que actualicemos unos valores tan necesarios hoy como el respeto a los derechos humanos, el buen trato a los animales, el fomento de la paz, la disminución de la violencia y, en resumen, el fortalecimiento de unos principios morales que orienten nuestra capacidad para analizar, para criticar y para mejorar la vida actual.

Puede hacernos más conscientes de la vida y, también, para evitar que nos anestesiemos ante el dolor ajeno. Los libros nos ofrecen oportunidades para ponernos en el lugar de los otros, de los que han vivido en otros tiempos o en otros lugares, para entender las vidas, los sentimientos, las creencias, los pensamientos, los deseos y los temores de las personas con las que convivimos.

Nos orientan y nos estimulan para que mejoremos nuestros lenguajes y para que expresemos nuestra peculiar manera de entender la vida y para interpretar cómo la entienden otros, esos seres desconocidos que, quizás están a nuestro lado o viven en mundos alejados.

Leer no es solo deletrear letras sino, también, profundizar en los sucesos, adentrarnos en nosotros mismos y acercarnos a los otros; es escuchar y hablar; es ser otros sin dejar de ser uno mismo. Leer es realizar un viaje de ida y vuelta a lugares lejanos o a rincones recónditos, es regresar al ayer o adelantarnos al mañana.

Los libros son ventanas y balcones abiertos a la inmensidad, al infinito y al misterio. La lectura nos educa el gusto, nos intensifica el paladar –los sentidos y las emociones– para saborear los placeres estéticos de la luz, de la oscuridad, del calor, del frío, de la soledad y de la amistad, del miedo, de la esperanza o del amor; ensancha nuestra capacidad de sentir, de evocar, de pensar y de soñar.

Para paladear esos jugos deliciosos que nos alivian, nos animan, nos vivifican, nos tonifican y nos divierten. Nos invita a que volvamos a caminar, a pasear y a viajar para que descubramos mundos insospechados. Nos dibuja sendas por las que penetrar en el fondo secreto de las realidades humanas, claves para interpretar el sentido profundo de los episodios y, en resumen, para vivir de una manera más plena.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 23.4.21
Tras mi denuncia clara de la violencia generada por la entrada en prisión por condena de Pablo Hasél, debida, según los jueces, al enaltecimiento del terrorismo, expreso mi reflexión sobre la necesidad, la obligación y la urgencia de indagar el origen complejo y las causas múltiples de esas reacciones tan agresivas. Estoy convencido de que la simplificación de los problemas impide su solución.


Pienso que estos desórdenes ponen de manifiesto también el malestar de fondo y el hartazgo de una considerable parte de la juventud por los problemas serios y complejos que tienen planteados quienes, a pesar de la preparación profesional, no pueden acceder al mercado laboral o sólo logran unos trabajos muy precarios.

Algunos carecen incluso de perspectivas para marcharse del hogar familiar. Por eso algunos explican que la detención de Hasél fue solo una excusa más para expresar su malestar acumulado durante demasiado tiempo y su impotencia para encontrar una salida a una situaciones dramáticas.

Tengamos en cuenta, además, que estos episodios ocurren en medio de una nube de corrupción de los poderosos, de promesas incumplidas, de enfrentamientos en el Parlamento y de agresividad en los medios de comunicación. No podemos perder de vista la atmósfera tan contagiada de crispación mediática, de individualismo feroz, de desigualdades crecientes y de conformismo complaciente entre los que, precisamente, aprovechan estas crisis para lograr pingües beneficios.

Los problemas son múltiples, difíciles de solucionar y, sobre todo, graves para quienes los sufren. Por eso es indispensable y urgente que todos, en especial los que detectan poderes políticos, financieros, sociales y mediáticos, se reúnan y busquen soluciones.

De lo contrario, todos saldremos perdiendo. Recordemos aquel principio clásico que, después explicó Leibniz: “nada ocurre sin las razones suficientes”. Pero, en mi opinión, hemos de separar la explicación del origen de los hechos y su justificación ética e incluso política de los comportamientos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 16.4.21
La situación de extrema necesidad en la que he encontrado a una persona amiga durmiendo en un banco de los jardines del Parque, hace que me sienta conmocionado y obligado a pensar seriamente y a escribir sin rodeos sobre los graves e injustos problemas psíquicos, personales, familiares, sociales y religiosos que sufren los transexuales.


Transcribo algunas de las palabras que pronuncié en la presentación del último de sus libros: “Sabes muy bien que esos ratos compartidos en nuestro Club de Letras constituyen estimulantes bocanadas de aire saludable que purifican nuestro espíritu y nos ayudan para que, repensando nuestras vidas, reflexionemos sobre las cosas importantes, esas que nos hacen sentir y emocionarnos, disfrutar y sufrir, llorar y reír.

Te agradezco la habilidad y la delicadeza con la que nos has enseñado a los demás miembros del Club de Letras a humanizar nuestras relaciones, a defendernos de los ataques de la vulgaridad de la sociedad, de la brutalidad de los poderosos y de la crueldad institucional
”.

No hay derecho a que, debido a unas convicciones convencionales, a unos prejuicios culturales y a unas pautas de comportamientos tradicionales, sigamos sin reconocer la realidad ni, mucho menos, que permanezcamos consintiendo la dolorosa situación de quienes son diferentes e, incluso, que nos empeñemos en hacerlos cambiar.

Me ha contado que desde la infancia toda su familia conocía su identidad pero que la única que trataba de comprenderla era su madre. Incluso experimentó unos trastornos psicológicos serios debido a los esfuerzos baldíos que realizó por no aceptar su manera de pensar, de sentir y de ser.

Desde muy pronto se sintió fuera de lugar respirando una atmósfera asfixiante, experimentando el rechazo de los más próximos, de los miembros de la familia, de los compañeros y de los amigos. Siempre ha sido objeto de burlas y, a veces, víctima de violencia física.

Los médicos le diagnosticaron una enfermedad mental, aplicándole un tratamiento que aún hoy sigue observando porque, efectivamente –me confiesa– “el origen del trastorno que sufro no sé si se debe a mi identidad transgenérica, si es la consecuencia de mi propia incomprensión o el resultado del odio, del rechazo, de la violencia, de la discriminación de todos los que me rodean y, por lo tanto, del aislamiento en el que he vivido durante toda mi vida”.

Tras el fallecimiento de su madre, le ha invadido el deseo irreprimible de desaparecer y se siente en el fondo de un abismo de vergüenza, de desprecio y de deshonra por ser de una manera que ella no ha elegido y que no puede cambiar.

Al contemplarla en esta dolorosa situación, recobran valor las palabras de aquella presentación en la que expliqué mi convicción de que sus relatos habían nacido de su necesidad de expresarse y de su ansia honda de dibujar unos seres que, parecidos o diferentes, mostraran sus recónditas aspiraciones. Te aseguro que todos nosotros te respetamos y te queremos.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 9.4.21
Estoy convencido de que las situaciones límite que estamos viviendo desde hace ya un año pueden conducirnos, al menos, a que nos replanteemos algunos aspectos de la vida y a que nos decidamos a humanizar más nuestras vidas personales, familiares y sociales. Deseo que, a partir de ahora miremos con otros ojos a los crucificados de la historia, a los esclavos de todos los tiempos, a los pobres, oprimidos, marginados, inmigrantes y refugiados, a los ahogados en el Mediterráneo o en la travesía a Canarias, y a todos los que han muerto soñando y luchando por otro mundo más justo y humano


Espero que, tras derrotar a la pandemia, muchos de los que podamos contar sus efectos devastadores tendremos muy en cuenta algunas de las lecciones que hemos aprendido. Sin caer en ingenuos optimismos, buscaremos fórmulas eficaces para evitar que la desolación pesimista nos contagie y tiña toda nuestra existencia con los colores lúgubres de los que carecen de esperanza.

Lucharemos para encontrar acicates en los que agarrarnos y claves que nos ayuden a interpretar los signos de esperanza que lucen en medio de ese oscuro paisaje. Si las sombras y los nubarrones pueden servir para resaltar las luces y para aprovechar mejor los días soleados, la correcta interpretación estos dolores y de los errores que hemos cometido nos puede ayudar para que descubramos el germen vital que late en el fondo de nuestra existencia humana individual y colectiva.

Para hacer este pronóstico, no me apoyo en ideologías, en teorías filosóficas ni siquiera en consideraciones psicológicas sino, simplemente, en la observación de la Naturaleza. Los marineros saben que, tras la tempestad, llega la calma; los labradores conocen que al invierno le sigue la primavera y el verano; los psicólogos nos explican que la esperanza es la receta imprescindible para evitar la depresión, los fieles de las diferentes creencias se consuelan con la vida futura y los cristianos fundamentan sus vidas en su fe en la resurrección de Jesús de Nazaret.

Pero yo me conformo, querido Pepe, con recordarte esa frase que tanto te repite tu madre: “Siempre que has sufrido algún contratiempo, han surgido insospechados beneficios”. Estoy convencido de que las situaciones que estamos viviendo pueden conducirnos a un replanteamiento del sentido de la vida.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 2.4.21
La saeta, ese género de cante flamenco que se interpreta en nuestra Semana Santa andaluza, constituye una manifestación propia de nuestro arte popular religioso. Es un grito desgarrado que tiene resonancias árabes, judías y gregorianas y que deriva de la siguiriya y de las tonás gitanas. Expresa el sentir hondo de nuestro pueblo que rememora y vive la Pasión y la Muerte de Jesús de Nazaret y que acompaña el sentimiento de dolor de su madre María.


La “saeta” es una manera elemental de adentrarse en el misterio del dolor humano y una forma espontánea de asumir la muerte: es un modo de dolerse con el dolor de los otros y de penar con las penas de los demás.

La palabra “saeta”, más culta y más antigua que la palabra “flecha”, la usan autores tan importantes como el poeta medieval Gonzalo de Berceo, Juan Ruiz -el Arcipreste de Hita-, autor del Libro de Buen Amor, y Don Juan Manuel, autor del El conde Lucanor, es el dardo que hiere y que, destrozando el corazón, nos transporta los sentimientos del amor.

¿Dónde nació? ¿En el barrio de Triana de Sevilla, en el barrio de Santiago de Jerez o en el barrio de Santa María de Cádiz? Es igual: lo importante es que brota de la fuente original del alma en carne viva de un pueblo que, por haber sentido la amargura de la soledad, de la pena, del desprecio, del desamparo, del hambre, de la sed o de la pobreza, vive la grandeza de la misericordia, la alegría del perdón, el alivio de la fe, el consuelo de la esperanza y la fecundidad del amor.

La “saeta flamenca” es grito, clamor, llanto, gemido, queja, lamento, piropo, cante, culto, fervor y oración; es poesía y es música; es amor y es lástima; es arte y es pasión.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 26.3.21
Nuestra Semana Santa –una manifestación popular en la que participan activamente ciudadanos de diferentes edades, de distintos niveles culturales e, incluso, de diversas convicciones ideológicas– es menospreciada por algunas élites políticas, sociales e, incluso, religiosas.


Algunos políticos la califican de mera superstición, ciertos agentes sociales la interpretan como simples expresiones folklóricas y no faltan sacerdotes que la valoran como elementales devociones locales alejadas de la liturgia y, a veces, como opuestas al espíritu de recogimiento que debe imperar en las celebraciones eclesiales.

En mi opinión, nuestra Semana Santa posee, al menos, dos valores humanos. En primer lugar, son portadores de valores humanos importantes en nuestra cultura decisivos para lograr la felicidad individual e imprescindibles en la conservación del bienestar familiar y social como, por ejemplo, la paciencia, la humildad, el perdón, la misericordia, la paz, el amor, la compasión, la esperanza, el silencio, la palabra, la caridad o la gracia.

En segundo lugar, son el resultado de la inspiración, del ingenio y de las habilidades de nuestros artistas y de las destrezas de nuestros artesanos. La amplia gama de la imaginería, de bordados, de ornamentos, de orfebrería –faroles, ciriales, candelabros, ánforas– o la sobriedad de las marchas fúnebres, la hondura de las saetas, la agudeza del toque de clarines e, incluso, el rotundo sonido de los tambores, las luces, los colores, los sonidos, las melodías, los ritmos y los silencios transmiten unas sensaciones que se asocian a los sentimientos y éstos conectan con los pensamientos que orientan y estimulan nuestros comportamientos: configuran diferentes modelos de vida y distintas concepciones del bienestar y de la felicidad. Es sabido que las sensaciones, las emociones y las ideas influyen en las actitudes y en las conductas personales y sociales.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
  • 19.3.21
¿Tiene sentido que, de vez en cuando, ayunemos? Tengamos en cuenta, en primer lugar, que los nutricionistas nos dicen que el ayuno voluntario y controlado nos puede servir para desintoxicar el organismo, para perder peso e, incluso, para mejorar el funcionamiento de la mente y para que, controlando nuestros gustos y nuestros disgustos, evitemos el insomnio.


Estoy convencido de que el ayuno vivido como experiencia de privación nos puede ayudar a comprender a los que cerca o lejos de nosotros carecen de los medios necesarios para la subsistencia. Sentir un poco de hambre, de vez en cuando, nos ayudaría a experimentar la inquietud de quienes carecen de medios para, simplemente, sobrevivir: para comprender el sufrimiento de quienes tienen hambre, para recordar que, en la actualidad esta lacra la sufren 800 millones de personas en todo el mundo, la gran mayoría niños, y para ser conscientes de que esa desigualdad es una amenaza grave porque hipoteca el futuro de naciones y de continentes enteros.

El ayuno podría servirnos para que no olvidemos que el hambre mata más que la pandemia, y que la pandemia agravará las condiciones de vida de buena parte del mundo.

En mi opinión, el ayuno carece de su sentido más importante si no está movido y si no tiene como fin estimular la solidaridad con los hambrientos, con los pobres y con los necesitados de nuestro entorno, de nuestra ciudad, de nuestro de nuestro país o del mundo entero.

El ayuno podría incluso convertirse en una frívola diversión si no nos estimula para que compartamos nuestros bienes con los que padecen una cruel e injusta hambruna. Ya sabemos que el hambre no es contagiosa, pero no olvidemos que mata, y mata mucho más que la covid-19, que el sida y que otras enfermedades.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO

GRUPO PÉREZ BARQUERO


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