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Mostrando entradas con la etiqueta Palabra de hereje [Rafael Soto]. Mostrar todas las entradas
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  • 25.7.19
En ocasiones, usamos palabrejas cool para denominar realidades que siempre han estado ahí y estarán, porque son inseparables de la naturaleza humana. La manipulación es una de ellas. Hay innumerables casos, pero os pondré uno con el que me he encontrado recientemente.



A finales de 1619, el impresor Felipe Mey publicó en Valencia el último número de aquel año de la primera publicación semiperiódica conocida en España, La Gazeta de Roma, con el título: Relación venida de Roma en este último ordinario, que llegó a los postreros del mes de noviembre de este año 1619 (texto modernizado).

En ella, se puede leer el siguiente aviso —carta resumida o abreviada recopilada por un autor anónimo, avisar es escribir en cartas—: “Y por vía de Florencia se avisa que a los 8 de septiembre dicho rey salió de la ciudad de Tours donde estaba a recibir a la reina su madre, y a tres leguas la encontró en un jardín, donde se abrazaron y dijeron palabras muy tiernas no sin lágrimas, y acabado el rey se volvió a Tours, y en su seguimiento la reina su madre en otra carroza con la reina esposa y princesa del Piamonte” (texto modernizado).

A Luis XIII no lo quería ni su familia. Como podemos comprobar, se nos muestra una tierna escena en la que Luis XIII perdona a su madre. María de Médici, en otra hora reina regente, había intrigado contra él, y en un acto de clemencia, la perdona y le devuelve su sitio en la Corte. En concreto, María de Médici vuelve junto a su hija, Cristina de Francia, princesa del Piamonte, y la reina consorte.

El texto tiene muchas implicaciones por el contexto en que se produce, y no vamos a entrar en profundidad en el tema. En cualquier caso, el que se crea esta trola, es que no sabe nada de Luis XIII, un hombre que perdonaba, pero no olvidaba. El perdón fue cierto, en tanto que fue un hecho histórico. En cambio, la escena está ‘adornada’.

Era la ‘verdad adornada’ de la que hablaba la impresora María Pérez en 1621: “La verdad te decimos en sustancia, de cualquier suceso, y cree que ninguna relación que se imprime es inventada, sino adornada”. Por su parte, en la década de 1640, el autor italiano Torquato Acetto, influido por el entonces abominable Maquiavelo, usó la denominación “disimulación honesta” que, os confieso, en el ámbito del periodismo, es uno de mis eufemismos favoritos.

Hoy, la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales es una de esas realidades, y se denomina posverdad. Y lo hace con las bendiciones de una Real Academia de la Lengua con ganas de adaptarse a los nuevos tiempos. La escena de Luis XIII no es muy diferente de otras que vemos en el día a día. Y la invención de palabrejas tampoco es patrimonio de nuestro tiempo.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 11.7.19
Hace unos días, la Asamblea Nacional Andaluza (ANA) lanzó un comunicado en el que promovía la unidad de los andalucistas y la asistencia a los actos del 10-11 de agosto por la memoria de Blas Infante. Buenas palabras para quien no conozca la ideología que hay detrás de los grupos que conforman la ANA.



En ocasiones, Blas Infante nos recuerda a una suerte de Jesucristo. Es la fuente de autoridad preferida de los popes del andalucismo, pero nadie le hace ni puñetero caso. Jesucristo es ignorado por su propia Iglesia, e Infantes es ignorado por el andalucismo que fundamentó. Si alguien se molestara en leer el Ideal Andaluz o alguna otra obra suya, no se defenderían las necedades que algunos insensatos ladran desde su camarilla.

Hemos escrito mucho ya sobre ello. El andalucismo de Infante es universalista, humanista y filantrópico. Un nacionalismo antinacionalista. La autonomía y/o el federalismo son para él una herramienta, no un fin. Es absolutamente incompatible con los nacionalismos vasco y catalán.

Que la ANA defienda el derecho de autodeterminación no nos es extraño. Su líder, Pedro Ignacio Altamirano, ya ha demostrado de todas las maneras posibles su falta de ingenio, así como su absoluta desconexión con la realidad. Ni los supremacistas catalanes se lo tomaron en serio en la TV3. Ya es decir.



En cambio, mucho más duro nos resulta esta defensa por parte de Andalucía Por Sí (AxSí). Siempre se definió como nacionalista pero, al menos, siempre ha sido razonable y ha mantenido los pies en la tierra. El propio Infante podría considerarse una suerte de nacionalista no excluyente, si es que eso es posible —queremos pensar que sí.

Sin embargo, el reciente Reglamento de Militancia de esta organización señala en su primer artículo: “No se aceptará la afiliación en AxSí de aquellas personas que mantuvieran posiciones públicas contrarias al derecho de autodeterminación de los pueblos y la Soberanía Andaluza […]”. Esta decisión aleja a AxSí de la ciudadanía y echa a perder el magnífico trabajo que Joaquín Bellido y su equipo han llevado a cabo durante los últimos años a pie de calle.

Es cierto que AxSí sigue siendo más razonable que la ANA, así como que sigue siendo la gran esperanza del andalucismo. Está más cerca de la realidad andaluza y tiene en sus filas a personas más sensatas. Sin embargo, esta defensa de la autodeterminación se aleja de las auténticas aspiraciones de la Nación y la acerca a posiciones más difíciles de justificar.

Lo dijimos en la pasada columna y lo repetiremos cuantas veces haga falta: los andaluces quieren la simetría competencial, el bienestar dentro de la Unión Europea y España y, sobre todo, abanderar un nuevo modelo de país que ponga a Andalucía en su sitio. Las ideas de Infante sobre el pugilato de las regiones para ser cabeza de España por su progreso y del andalucismo universal siguen vigentes en la población. Nuestra gente no quiere la autodeterminación. Al revés, se opone a ella con vehemencia.

Por nuestra parte, vemos estupendo que la ANA abogue por la unidad del andalucismo. Y no estaría mal que los actos del 10-11 de agosto sirvieran para unir a los que creemos que Andalucía debe superar el autonomismo, tal y como se concibe hoy. Sin embargo, mientras que las diferentes familias andalucistas sigan actuando como las viejas camarillas ilustradas –todo por el pueblo, pero sin el pueblo–, mal futuro le vemos al andalucismo.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 27.6.19
En medio de la vorágine de negociaciones políticas para formar gobiernos, seguimos viviendo las consecuencias de la Crisis y del Movimiento 15-M. El principio camusiano de que todo revolucionario acaba convirtiéndose en opresor o hereje sigue vigente, así como la falta de un plan para el país. Nuestros políticos y medios de comunicación mayoritarios nos vuelven a marear con ese falso debate, nacido de la ausencia de ideas, que son las dos Españas, y perdemos la perspectiva de lo relevante.



En un momento en que el Capital es global y en el que las grandes potencias mundiales tienen una extensión prácticamente continental, la unión en grandes entes internacionales es una necesidad para la supervivencia. Y para hacerse oír en estas instituciones, hace falta un Estado fuerte.

En el caso de las relaciones entre España y la Unión Europea, necesitamos un Estado fuerte y con control pleno del país. Un Estado que respete la identidad y las tradiciones de sus naciones y regiones, pero que tenga control pleno de la economía, la educación y de los servicios sociales. Las competencias deben ser inamovibles, el modelo de financiación claro y, por encima de todo, simétrico, capaz de dirigirnos al ideal del Estado del Bienestar.

Mientras que seguimos encerrados en un debate anticuado y sin sentido, contemplamos que ningún partido tiene un plan claro para España. País Vasco y Cataluña son los claros ejemplos de este hecho. Habrá dos Españas, según estas personas, pero lo cierto es que en Cataluña vivimos con claridad que la Izquierda (ERC) y la Derecha (postconvergentes) se han unido para mantener su chiringuito común.

Y esa realidad es la que vivimos a diario. ‘La pela es la pela’, la ideología muta en excusa y la infoxicación nos marea. Sin embargo, el auténtico debate esencial del país es la elección entre un Estado fuerte en Europa—insistimos, dentro del respeto a las diferentes identidades—, o la balcanización y la irrelevancia. Lo demás es paja.

Mientras que sigamos encerrados en los debates de las dos Españas, solo mediocres como Sánchez, Iglesias, Abascal y compañía obtendrán beneficios. Ellos, y los dueños de los chiringuitos multilingües.

Es la asimetría entre comunidades autónomas la que ha mantenido las desigualdades en España —en Andalucía lo sabemos bien—, y si queremos un futuro para los andaluces y el propio devenir del andalucismo, el camino no es imitar a los nacionalistas. Al revés, es aportar un apoyo y una vía al Estado para imponer la simetría.

A los andaluces nos importa muy poco el supuesto derecho a la ‘autodeterminación de los pueblos’ —cosa que parece interesarle ahora bastante a Andalucía Por Sí (AxSí)—, y menos seguir el camino de los nacionalismos norteños. Lo que nos importa es un reparto justo del Presupuesto del Estado, imposible con la actual Ley Electoral, inversiones para nuestros empresarios y empleo para las personas de todas las edades. Lo demás es demagogia.

El cambio de la Ley Electoral no requiere de ningún cambio constitucional, solo la aprobación en Cortes. Ese debe ser el primer paso hacia la España simétrica y hacia la respetabilidad en Europa. No es una utopía: la Ley d’Hondt es abatible. Solo hay que tener la voluntad y el valor de hacerlo.

Pongamos el foco donde debemos, no permitamos la infoxicación y el mareo de falsos debates autoimpuestos. El auténtico conflicto de un país es su bienestar, y la gestión de nuestro bienestar se encuentra en el equilibrio entre el Estado y las regiones y naciones del país, dentro de una Unión Europea fuerte y plural. Y Andalucía es la candidata perfecta para liderar la causa.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 13.6.19
Existen varios proverbios orientales que indican que, cuando te subes a un tigre, es difícil bajarse de él. La razón es obvia, puesto que si logras bajarte, las opciones de ser mordido son altas. Y es en este lío en el que encontramos a Ciudadanos y a su líder, Albert Rivera.



Si somos justos, lo bueno de la extrema izquierda y la extrema derecha es su capacidad para ver la paja en el ojo ajeno. En una reciente entrevista, con su natural aplomo, el “clásico” Julio Anguita, exlíder de Izquierda Unida, afirmó que las tres derechas eran como la Santísima Trinidad. Cada cual tenía sus matices, pero al final los tres defendían lo mismo, por lo que resultaban uno y trino. En lo que se refiere a Pablo Iglesias, nos quedamos con la lindeza que le dedicó en sus primeros momentos en el Congreso de los Diputados: el señor Rivera es “de lo que haga falta”. Ya entonces, lo tenía bien calado.

Tanto, que hasta Santiago Abascal, líder de Vox, sigue la estela de Iglesias, denominando “veleta” a Rivera. Es más, la propia estrategia ofensiva del partido de extrema derecha se ha basado en las inseguridades de Ciudadanos. Estrategia que, ahora, demuestra estar justificada.

Cuando dos partidos opuestos se ponen de acuerdo en algo, es para hacérselo mirar. Y es que Rivera y sus compañeros de partido no han podido llevar a cabo una estrategia más errónea.

Ciudadanos era la esperanza de parte de la derecha moderada. Un partido limpio —por ahora—, que sirviera de partido bisagra y contrarrestara el populismo podemita y la ponzoña independentista. Un partido capaz de pactar tanto con PSOE como con PP, según las necesidades de España y los mercados. Y de hecho, encontró un fuerte impulso en su valiente cruzada antindependentista en Cataluña, donde la ciudadanía le recompensó con la victoria electoral. Un victoria insuficiente, debido a la Ley d’Hondt y a los iluminados que aceptaron tal aberración en la ley electoral.

Sin embargo, el endurecimiento de su discurso y su coqueteo con la extrema derecha a través de relatores, —perdón, quería decir, de intermediarios—, no solo no le han permitido desbancar al Partido Popular en las Elecciones Generales, sino que lo han puesto en serios apuros tras las Locales. Tiene que decidirse entre romper su promesa de no pactar con el Partido Socialista de Pedro Sánchez o firmar su giro a la derecha pura y dura.

En el primer caso, perdería el voto conservador y daría la razón a sus contrincantes políticos. Por otro lado, no es lo mismo pactar con un arribista como Pedro Sánchez, que renunciar a pactos locales y autonómicos con barones y personajes socialistas. Sin duda, sería arriesgado. Su única ventaja sería su posición antindependentista, que de poco le vale para los que miren a la diestra.

En el caso de priorizar los pactos a la andaluza, comenzaría una guerra a cara de perro con un partido debilitado, sí, pero con amplia tradición, como es el Partido Popular. Casado no está solo, tiene sólidos barones territoriales y asesores experimentados.

Por otro lado, esta opción le haría perder el voto moderado, pues no se puede pretender que arranque esta guerra sin un discurso populista y agresivo. Un discurso que, dicho sea de paso, no le pega a Rivera y que dará alas a Inés Arrimadas, cada vez más aclamada en el sector duro del partido.

Ciudadanos solo tiene un arma efectiva contra el PP y es peligrosa: su relativa limpieza. La moralización de la política tiene dos condiciones: la coherencia y la ejemplaridad. Ciudadanos no tiene todavía casos importantes de corrupción. Sin embargo, sí que ha tenido alguna complicación local. En especial, en algunos supuestos fraudes en primarias locales y regionales. Si juega esa carta, correrá el riesgo de la desacreditación, tal y como ha ocurrido en Podemos con las purgas, el chalé de Iglesias y otras meteduras de pata e incoherencias.

El tigre se muestra fiero y Ciudadanos ya no puede mantenerse en su lomo. Haga lo que haga, está fastidiado. En la derecha española no caben tres partidos. Eso es así. Y si conviven, vivirán una y otra vez lo ocurrido durante las Elecciones Generales: se estorbarán entre ellos. Bonito trío de violines para la decimotercera Legislatura. Se les hará larga a los naranjitos, muy larga...

RAFAEL SOTO

  • 30.5.19
Juzgar el pasado con los ojos del presente es una limitación intelectual tan seria como el maniqueísmo que impera en la sociedad española actual. En plena sociedad de la infoxicación, reducir el pensamiento y la reflexión en un puñado de eslóganes y encasillamientos es una práctica tan tentadora y rentable como cotidiana. El caso que trataremos hoy es el de José Utrera Molina y Teresa Rodríguez.



La líder de Adelante Andalucía ha sido multada con una cantidad de 5.000 euros por llamar asesino a José Utrera Molina. En concreto, escribió el siguiente tuit: “Hoy hace 44 años de la ejecución a garrote vil de Salvador Puig Antich. De entre los responsables de su asesinato Fraga fundó el PP y Utrera Molina fue enterrado el año pasado al son del cara al sol por miembros del mismo partido. Ellos siguen nosotr@s también”. Salvador Puig fue un anarquista catalán condenado por la muerte de Anguas Barragán, subinspector del Cuerpo General de Policía en Barcelona, entre otros delitos.

En lo que respecta al “asesino”, José Utrera Molina, fue miembro de lo que se llamó el ‘búnker’, ocupó diferentes carteras ministeriales durante el Franquismo y votó en contra de la Ley para la Reforma Política. En efecto, con su firma se convalidó la sentencia a muerte del último condenado a garrote vil en España. Una ejecución conforme a Ley, no un asesinato, por mucho que detestemos —y detestamos— la pena de muerte. Y así lo entendió el juez.

Desde luego, es difícil no estar de acuerdo con el hecho de que no fue un ángel de paz. Fue un falangista sin complejos que se negó a cambiarse la chaqueta, como sí hicieron otros. No seremos nosotros los que le dediquemos una apología. Ahora bien, lo que Teresa Rodríguez y el resto de “l@s que siguen” obvian es que, antes de ser un “asesino”, Utrera Molina prestó un gran servicio a la ciudadanía. Un servicio mayor de la que ellos prestarán en sus vidas, por mucho que compartan fotos por WhatsApp. Y eso también forma parte de la memoria colectiva. O debería.

Pongámonos en situación. Los años de Postguerra fueron especialmente difíciles en Sevilla. A la ruina económica se sumaron varias inundaciones. La más grave fue la del Tamarguillo, en 1961.

En la hemeroteca de ABC Sevilla se conserva el número del 28 de noviembre de 1961, donde podemos comprobar, en imágenes y cifras, la dimensión de la tragedia. De acuerdo con los datos expuestos en la época, la población afectada alcanzó las 125.000 personas. 30.176 almas quedaron sin hogar; 4.172 viviendas se inundaron; se perdieron 1.603 chabolas y 1.228 edificios sufrieron graves daños.


A PARTIR DEL MINUTO 06:04

De acuerdo con los fondos que RTVE conserva del noticiario NODO, no se informó de las inundaciones hasta el 15 de enero de 1962, mes y medio después. Como se puede apreciar en el vídeo, en todo momento se trata de dar la impresión de que fue un hecho grave, pero ya superado. Por supuesto, su mensaje era propagandístico.

Para apoyar a los afectados, la prensa lideró una campaña humanitaria que se denominó “Operación clavel”. De hecho, llegó a haber un programa de radio homónimo que, en efecto, logró concienciar a la población española de lo que estaba ocurriendo en la ciudad del Betis. Locutores y otros profesionales como Manuel Zuasti o Roberto Deglané Portocarrero, más conocido como Bobby Deglané, se volcaron con los afectados.

Ante tal panorama, el gobernador civil de Sevilla entre 1962 y 1969, José Utrera Molina, juntó a sus colaboradores, buscó apoyo en Madrid para construir viviendas de Protección Oficial para regalárselas a sus ciudadanos. Insistimos en la idea: este miembro de la ‘casta’ propuso regalar viviendas a gente humilde, chabolistas incluso, sin preguntar por su ideología.

Tras su muerte, algunos medios manifestaron que aquel gobernador civil tuvo que insistir a Franco, y que tuvo que luchar para conseguir su objetivo. Sin embargo, no hemos encontrado fuente fiable que confirme este dato, por lo que nos permitimos ponerlo en duda. Tampoco sabemos con exactitud cuáles fueron sus motivaciones.

Lo único cierto es que un lustro después de la catástrofe, el “asesino” creó, con sus colaboradores y el apoyo del Régimen, el actual Polígono San Pablo de Sevilla. Las viviendas fueron regaladas a los más humildes de Triana, la Macarena, San Bernardo y otros barrios de Sevilla. Chabolistas pudieron tener una vivienda digna y, sus familias, un futuro.

A PARTIR DEL MINUTO 1:51

De nuevo, con su característico tinte propagandístico, el NODO reflejó la entrega gratuita de los títulos de propiedad para difusión nacional. Apenas ha cambiado el Barrio A, el primero en inaugurarse, que es el que aparece en las imágenes.

Sin embargo, gracias a la dudosa interpretación del artículo 15 de la actual Ley de Memoria Histórica, el padre del Polígono San Pablo no tiene ni una placa, ni una calle, que recuerde el gran beneficio que le dio a la ciudad. Un distrito que, tradicionalmente, vota mayoritariamente a partidos de Izquierda.

Como hemos escrito antes, no vamos a llevar a cabo una apología de Utrera Molina. En cambio, sí que nos proponemos plantear la complejidad de un personaje cuyos beneficios a la sociedad superaron, con creces, a sus posturas ideológicas y sus decisiones políticas, por muy detestable que nos parezca.

La Ley de Memoria Histórica —o su interpretación y aplicación, más bien— ha permitido que algunos muertos hayan sido recuperados y enterrados con dignidad. Sin embargo, doce años después de su aprobación, por mucha calle que cambie de denominación, la mayoría de los muertos siguen en sus fosas o tumbas de lujo, según el bando.

El Valle de los Caídos sigue en pie y Queipo de Llano permanece de cuerpo presente en la Basílica de la Macarena, del mismo modo que la mayoría de los caídos republicanos en pueblos y ciudades siguen donde estaban. Su efectividad en lo más relevante sigue siendo reducida.

Los únicos cadáveres que han sido desenterrados son los de los populistas de izquierda y de derecha. Doce años después de la aprobación de la Ley, de tanto nombrar al dictador, —como si de Beetlejuice se tratara—, tenemos que ver sentados a los miembros de Vox en el Congreso de los Diputados. Y con tanta promoción de la división y de la política de bloques, hemos de soportar, entre sesiones de fotografía y peluquería, a otro cadáver político resucitado en la Moncloa. ¿Qué sería del sanchismo y de Podemos sin Franco?

La figura de José Utrera Molina es un ejemplo del sinsentido del maniqueísmo y de esa manía, tan española, de juzgar el pasado con ojos del presente. Un ejemplo de cómo la Ley de Memoria Histórica, tal y como está siendo interpretada y aplicada, solo está sirviendo para beneficiar a cadáveres políticos sin ideas, ni propuestas, ni futuro.

Desde la herejía manifiesta de esta sección, concluyo con una defensa del “espíritu de reconciliación y concordia, y de respeto al pluralismo y a la defensa pacífica de todas las ideas” que propugna la propia exposición de motivos de esta Ley de Memoria Histórica.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO
  • 16.5.19
En las pasadas elecciones andaluzas, muchos de los ciudadanos que votaron a VOX y a los otros partidos de derechas lo hicieron como castigo al Partido Socialista estatal. Un castigo motivado en buena medida por la laxitud de su postura con el sinsentido catalán. Tras las Elecciones Generales, el presidente de la Junta de Andalucía es catalán —nacido en Barcelona, para más señas—, y su secretario general de Acción Exterior, Enric Millo, antiguo miembro de Convergencia i Unió a través de la Unión Democrática de Cataluña. Llamadme "pejiguera", pero yo a eso lo denomino "karma".



Y es que la guasa del asunto no acaba ahí. De hecho, el origen de cada cual es lo de menos. Lo malo es que el Gobierno español ha prometido a Bruselas que, en esta Legislatura, promoverá un nuevo modelo de financiación autonómica. Sin embargo, como sabe cualquier persona realista, hablar de financiación supone abordar el modelo territorial a fondo.

Como nacionalidad histórica, reconocida como tal en nuestro Estatuto de Autonomía, Andalucía tiene el derecho y el deber de aportar a la encrucijada territorial. Con el PSOE no estábamos en la mesa, pero es que ahora ni estamos ni se nos espera.

Los andaluces son un ejemplo de lealtad, excesiva en muchas ocasiones, y han demostrado tener un corazón tan grande como para que quepan en ella tanto Andalucía como, con ella, el resto de España. Todo lo contrario que los supremacistas catalanes, que desdeñan con pueril rebeldía la Patria Común, con los sentimientos y las verdades a medias como único argumento.

En el término medio entre ambas posturas, antagónicas, podremos encontrar un modelo federal simétrico que garantice que cada comunidad autónoma tenga sus necesidades cubiertas y su identidad respetada sin necesidad de desgastar al Estado. Una financiación basada en la población es lo justo.

Que la Junta de Andalucía no esté dispuesta a aportar en el nuevo modelo territorial que, en los próximos años, estaremos obligados a reformar por riesgo de derrumbe es una mala noticia tanto para España, como para la Nación Andaluza.

La lección que hemos podido extraer de esta situación es que la única solución seria, si queremos un futuro para Andalucía y España, es un andalucismo fuerte, moderado y decidido, que ofrezca una solución territorial completa. Andalucía por Sí (AxSí), como principal partido andalucista, queda obligada a llevar a cabo un serio debate ideológico. Si bien es cierto que apoya el federalismo como modelo, no hace excesivo hincapié en una propuesta sistemática que pueda servir como alternativa y que garantice la sostenibilidad económica de la Nación.

Resulta positivo que haga propuestas tan interesantes como la Iniciativa Legislativa Municipal contra la Pobreza Energética, que presentó recientemente en el Parlamento. Ha hecho bien evitando coaliciones y manteniéndose independiente de otras fuerzas tanto en las Elecciones Autonómicas como en las Generales. Es un partido joven que está dando sus primeros pasos. Hay que tener paciencia.

Sin embargo, como ya hemos insistido en otras ocasiones, debe superar el municipalismo en el que se han encerrado los partidos andalucistas en los últimos años, definirse mejor ideológicamente y dialogar con el sector empresarial. Sin una visión sistémica y sin el apoyo de los que tienen el altavoz en su mano, todo trabajo se echará a perder.

Dicho de otro modo, AxSí debe dar un salto cualitativo que permita a los andaluces identificarse con su mensaje y liderarlos a una nueva realidad. Si no aprendemos de nuestros errores, este golpe que nos ha dado el karma no habrá valido para nada.

RAFAEL SOTO
  • 2.5.19
Todo parece apuntar a que el fallido golpe de Estado en Venezuela no es más que un episodio más en la lenta descomposición de la vida política, económica y social de ese país. Ya señalamos en 2014, en Camino al caos, que las fuerzas estaban demasiado parejas y que el cambio sería lento. Tan lento como la prensa escrita venezolana a la hora de ofrecer información sobre los acontecimientos de La Carlota.



Mientras que la noticia era portada o tenía espacio en todas las ediciones digitales españolas, solo 2001 y El Nacional estaban informando del hecho en Venezuela, sin profundizar en exceso. La noticia fue publicada en el diario 2001 a las 06:01 a.m. (12:01 en hora española), con el siguiente titular: “Juan Guaidó y Leopoldo López se pronuncian rodeados de militares en La Carlota”. La noticia estuvo ilustrada con una fotografía de Guaidó, mientras que, en segundo plano, Leopoldo López está retratado en un lado, y un miembro de las Fuerzas Armadas en otro.

Por su parte, a las 06:54 a.m. (12:54 en hora española), la primera entrada de El Nacional contaba con una fotografía de Leopoldo López y Juan Guaidó juntos, informándose de la liberación de López y del levantamiento de La Carlota. Justo debajo había otra información anterior titulada “Se desarrolla situación irregular en base aérea La Carlota”.

El Universal de Caracas no informó del hecho hasta las 7:09 a.m. con una noticia de Crisbel Varela, ilustrada con una fotografía de Guaidó en solitario. Ni siquiera el widget con las entradas de Twitter avisaron de la situación. El titular de la noticia anterior a la del golpe era la siguiente: “Actividad comercial en Maracaibo cayó drásticamente desde el apagón del 7 de marzo”.

Otros diarios relevantes como Últimas Noticias, El Nuevo País Zeta, Notitarde, Frontera, La Región (Miranda), El Periodiquito (Aragua) o La Voz, tampoco informaron de los hechos hasta antes de las 07:00 a.m. (13:00 hora española). Desconocemos lo que hicieron otros diarios, si bien hemos expuesto los más relevantes.

Es cierto que los sucesos acaecieron de madrugada, pero no es óbice para que en la sociedad de la información no se informe de inmediato de un golpe de Estado producido en tu propio país. ¿A qué se debió ese retraso?

Contestar a esta pregunta supone especular. Desde luego, es cierto que, como contamos en su día en Penitencia Periodística, la prensa venezolana se encuentra muy presionada por el régimen de Maduro. No sería de extrañar que muchos diarios retuvieran la información hasta que se supiera más del golpe. Otra opción viable, aunque inaceptable en los tiempos que corren, es que estos diarios no se actualizasen hasta primera hora de la mañana. Recordemos que los hechos tuvieron lugar de madrugada.

En cualquier caso, el hecho es que a las 11:30 a.m. (hora española), había más información de los hechos en la prensa digital española que en la venezolana. Así, comprobamos que no solo la revuelta va a ritmo caribeño, sino que la prensa le va al compás.

RAFAEL SOTO
  • 19.4.19
En los últimos años, Francia se ha acostumbrado a ser un foco de sustos de diferente naturaleza. Por suerte, esta vez no hemos tenido que lamentar la existencia de víctimas mortales. Notre-Dame es un símbolo francés, así como del imaginario europeo. Muchos occidentales se han volcado en redes sociales e, incluso, han donado dinero para su reparación. Todo estupendo.



Ahora bien, hay desastres mucho más graves en otros lugares del mundo que no tienen la misma repercusión. No vamos a entrar en moralinas pueriles sobre si es correcto o moral que un español se preocupe más de lo que ocurra en Australia que en Nigeria. Pero sí nos llama más la atención el hecho de que la globalización tenga unos límites tan evidentes.

La globalización se ha abierto paso como proceso natural y necesario del sistema capitalista. La libre circulación de personas —o lo que es lo mismo, tener un mercado laboral más amplio por parte de los dueños del Capital—, sumado a la hipercompetitividad impuesta por la supresión o reducción de aranceles —con las evidentes ventajas para los países con menos gastos laborales, o sea, con peores condiciones para sus trabajadores—, han impuesto un nuevo modelo de vida.

Este modelo de vida, facilitado por las mejoras en las tecnologías de telecomunicaciones y transporte, se sustenta en el aumento de las relaciones líquidas, como predijo Zigmunt Bauman, en la incertidumbre y en otros efectos negativos. Sin embargo, a pesar de que el Capital ya es global, todavía las mentalidades no lo son.

Si mañana hubiera una avalancha en la Meca y murieran cientos de personas, lo más probable es que nos enteráramos en cuestión de minutos. Sin embargo, un atentado terrorista con un par de fallecidos en Francia nos afectaría muchísimo más.

Pero vamos más allá. El país más orgulloso de su sistema económico capitalista, Estados Unidos, está en debate por el convencimiento de parte de su población de que es necesario poner muros físicos a emigrantes y ampliar los muros económicos, los aranceles, a sus competidores.

Sacamos de estos ejemplos dos conclusiones lógicas. La primera es que la globalización puede afectar a la concepción del mundo, pero tiene influencia limitada en la conformación de la identidad, por muy difusa que esta sea. La segunda, que la globalización es un arma de doble filo: aporta grandes beneficios, sin duda, pero está llevando al límite al sistema capitalista, que en su versión más liberal es incompatible, ya no solo con la vida —que es lo que menos les importa a quienes nos gobiernan—, sino con la propia sostenibilidad del sistema político-social.

Si se mantiene la versión de que el incendio de la Catedral de Notre-Dame ha sido un accidente, quedará como una mera anécdota. Sin embargo, en un momento en el que nos toca repensar sobre nuestra realidad y el proyecto de futuro de Occidente, este incendio nos da la oportunidad de reflexionar.

RAFAEL SOTO
  • 4.4.19
Las amenazas que acechan al Estado y la oleada de elecciones están dando lugar a una infoxicación con pocos precedentes en el periodismo español. Un mareo que se ve incrementado por el amplio volumen de partidos que se presentan y sus numerosas declaraciones, promesas y amenazas. Y ante esta dificultad para digerir el presente, se ha acabado el minuto de gloria que supusieron las elecciones autonómicas en Andalucía y sus funestos resultados.



El partido andalucista que mejor quedó en las elecciones fue Andalucía Por Sí (AxSí), con 22.017 votos (0,61 %). Unos resultados de mucho mérito, pues es la primera vez que se presentaba, pero que demuestran hasta qué punto el andalucismo, que sin duda está latente en la Nación, es desconocido u objeto de desconfianza por muchos andaluces.

Desde luego, las ruinas del antiguo Partido Andalucista siguen presentes en la memoria de muchos ciudadanos. Así como el radicalismo de algunos andalucistas, como el Partido Nacionalista Andaluz o el Sindicato Andaluz de Trabajadores.

Sin embargo, lo más preocupante es el desconocimiento del andalucismo por parte de muchos jóvenes, que son el futuro. El sistema educativo andaluz solo se acuerda con seriedad de Andalucía y de Blas Infante los veintiocho de febrero. No se leen con seriedad fragmentos de El Ideal Andaluz, ni se considera necesario explicar cómo fue el proceso autonómico de Andalucía, ni quién fue Manuel José García Caparrós, ni mucho menos sabrían los más jóvenes recitar el nombre de los presidentes que ha tenido la Junta durante toda su historia.

Por su parte, el repliegue de los partidos andalucistas en el municipalismo es una elección que no puede pasar de mayo. Es una táctica que fue necesaria para detener la hemorragia que supuso la implosión del Partido Andalucista. Sin embargo, los andalucistas deben presentar un nuevo modelo, moderado y atrevido, tanto para la Nación Andaluza como para el resto de España. Un modelo integrador, que sea capaz de oponerse a los supremacistas vascos y catalanes, y que atraiga a los andaluces moderados.

En cualquier caso, como no nos cansamos de repetir, es necesaria una alianza entre empresarios y andalucistas por el progreso, aprovechando el caos político en el que nos encontramos. Y debe hacerse antes de que las opciones estatales de derecha se consoliden en la Junta.

Si el andalucismo no es capaz de proponer un modelo integrador y atractivo para Andalucía y España, ni llegar a jóvenes, ni empresarios, el futuro de la Nación tendrá una triste perspectiva. Ojalá se redescubran las ideas de Infante y las letras de Carlos Cano y, con él, su esperanza: “la juerga ya se acabó, / caciques y señoritos / zapatín del zapatón / [...] ¡Viva Andalucía libre / que es hora de despertar! / ¡Y que vivan los que luchan / por darle la libertad! / Andaluz, que tu voto no migre / pa que así no migres tú. / ¡Por un poder andaluz!”.

RAFAEL SOTO
  • 21.3.19
El feminismo es un movimiento, una ideología o, si se prefiere, una perspectiva —no lo tenemos claro—, que promueve la igualdad entre hombres y mujeres. Y calificamos de "feminista" todo lo que facilite esta igualdad. A partir de ahí, todo es ideología.



Ya señalamos en Herejía feminista que el feminismo podía y debía aspirar a la totalidad, pero que era utópico pensar que podría ser homogénea. Quizá, una de las cuestiones que más contribuyen a la ruptura de esa unidad sea la postura con respecto a los trabajos vinculados con el sexo. En especial, la prostitución.

Hay unanimidad en lo que respecta a la prostitución forzada, vinculada con las mafias y con la trata de seres humanos. Sin embargo, la cuestión de la prostitución voluntaria, inherente a la legalización y la consecuente regularización de esta práctica, supone un punto de división tan relevante como visceral.

De hecho, se perdió una oportunidad excelente para debatir la cuestión cuando Pedro Sánchez negó a la Organización de Trabajadoras Sexuales (OTRAS) convertirse en sindicato, siguiendo la línea de una parte del feminismo y negando a otra la oportunidad de exponer sus argumentos.

No creemos que el colectivo Hetaira o la asociación Aprosex, por mencionar algunas de estas organizaciones, estén vendidas al heteropatriarcado, ni que sean menos feministas que las asociaciones que los tachan de estar manipulados por los proxenetas. Tampoco creemos que Amarna Miller, defensora de la legalización, sea menos feminista que la abolicionista Carmen Calvo.

No nos parece lógico defender la libertad de la mujer al mismo tiempo que se le niega hacer lo que se le venga en gana con su cuerpo. Otra cuestión muy diferente es cómo debe regularse este derecho y los controles que requeriría. Para eso están el debate y las referencias internacionales, como los modelos de Holanda y Nueva Zelanda.

A nuestro entender, la misma dimensión moral tiene la defensa de las ‘buenas costumbres’ que el abolicionismo. En un mundo ideal, la prostitución, al igual que el juego, las drogas, el alcohol u otras actividades con mala prensa, no deberían existir o no deberían ser un problema. Pero vivimos en el mundo real: siempre va a haber puteros, alcohólicos, jugadores compulsivos y drogadictos. Por tanto, no vemos razón para que una utopía postergue sine die la protección de quienes ejercen, que son los más indefensos.

El feminismo es plural, y así debe manifestarse en la Opinión Pública. Lo que no es de recibo es que unos cuantos se impongan sobre el resto, no siempre de buenas maneras, y reivindiquen la unidad de un movimiento que, repetimos, no puede ser homogéneo.

RAFAEL SOTO

  • 7.3.19
Aunque pueda resultar paradójico, el supremacismo catalán y el renovado movimiento independentista en Cataluña no es más que una consecuencia natural del 15-M. La indignación es un sentimiento efímero que, en aquel momento, necesitó materializarse en algo para no acabar en frustración. Y es ese último el sentimiento mayoritario tras las movilizaciones y la decepción que supuso Podemos para muchos.



Sin embargo, una parte de Cataluña, movida y manipulada con los sentimientos más bajos del ser humano, ha encontrado en la independencia una causa en la que enfocar y materializar unos sentimientos de cambio, que no encuentran lugar para arraigar en el resto del país.

Barcelona, Madrid, Sevilla… España entera vivió en 2011 una oleada de indignación que encontró su referencia en el Indignez-vous! de Stéphane Hessel. Algunos lo leímos antes del 15 de mayo. Otros, después. En cualquier caso, a todos nos llegaron las palabras con las que acababa el manifiesto: “Crear es resistir, resistir es crear”.

Tiempo después, algunos crearon un partido político, Podemos, que pretendía resistir a la ola neoliberal que muchos jóvenes vivíamos con mayor o menor amargura. Antes o después, muchos nos desencantamos por su autoritarismo y radicalidad, y la indignación acabó en frustración.

En cambio, debido a los intereses partidistas de la antigua Convergència i Unió (CiU), se activaron los sentimientos supremacistas que, desde el victimismo, el pujolismo impuso en escuelas y medios de comunicación con la connivencia del Estado, y se propuso a los catalanes un proyecto nuevo y descabellado. Y como todos los proyectos nuevos y descabellados, hizo ilusión a muchos, frente a un Gobierno que no hizo nada, salvo afirmar una y otra vez que aquello no iba a ninguna parte y que había que ignorarlo.

Hoy en día se presentan cinco partidos o coaliciones nacionales. Solo Vox y Unidas Podemos plantean un proyecto. Un proyecto difuso e informe, pero al menos suponen una propuesta. PP, PSOE y Ciudadanos no son capaces de transmitir, ya no un cambio, sino un esbozo de proyecto que ilusione a los españoles de todas las naciones y regiones del país.

Insistimos: crear es resistir, resistir es crear. Frente al interés del Partido Socialista de Pedro Sánchez y de Vox por retroceder un siglo de Historia, tanto España como Europa necesitan crear un nuevo proyecto que sea capaz de ilusionar a la población y ayudarla a resistir las arremetidas de esta crisis que se niega a abandonarnos.


RAFAEL SOTO


  • 21.2.19
Nos enfrentamos a la contradicción de que la izquierda moderada ha quedado huérfana en un momento en el que se presentan a la vez, con alta probabilidad de representación parlamentaria, hasta cinco fuerzas estatales, sin contar con los nacionalistas.



Han ocurrido demasiados cambios desde las Elecciones Generales de 2016. La política española se ha instalado en una dinámica entrópica cuyo acelerado ritmo invita a la inseguridad y al catastrofismo. En el ámbito estatal —ya sabemos que las elecciones municipales y autonómicas tienen otra lógica—, el tumor sanchista ha roto el débil equilibrio parlamentario y ya no quedan partidos que sirvan de bisagra. El populismo y la incoherencia ideológica se han instalado para quedarse.

Con todos sus defectos y todas sus limitaciones, el Partido Socialista ha sido durante décadas el garante del progresismo moderado. Hasta José Luis Rodríguez Zapatero demostró moderación en los momentos clave. Sin embargo, el sanchismo ha abocado al Partido Socialista a un discurso efectista y autocomplaciente, diseñado para la búsqueda de los “extraños compañeros de cama” que Pedro Sánchez necesita para seguir sonriendo a cámara en la Moncloa.

Hay que ser justos y decir que el presidente en funciones no es el primero ni, con toda probabilidad, será el último en pactar con el nacionalismo. No olvidemos que fue el Partido Nacionalista Vasco, y no otro, el que garantizó el gobierno de Mariano Rajoy hasta que se decidió a apoyar la moción de censura. Sin embargo, pactar para gobernar un país con quien declara sin complejos que quiere destruirlo fue llegar demasiado lejos.

Si Pedro Sánchez hubiera convocado elecciones tras la moción de censura, todavía podríamos hablar de equilibrio parlamentario. En cambio, la descarada búsqueda del apoyo del supremacismo catalán y la clara ausencia de realismo político durante su Legislatura hacen imposible un pacto con Ciudadanos.

También participa de la misma incoherencia de Unidos Podemos. No es coherente defender el Estado del Bienestar a la vez que se reniega o se daña al Estado en sí. No es que sea negativa la descentralización, pero tiene que ser ordenada. Y por desgracia, no lo es. El Estado del Bienestar que tanto hemos reclamado muchos durante años requiere de un Estado fuerte y ordenado para afrontar los gastos que genera la asistencia a sus ciudadanos y para poder explotar sus beneficios.

Tampoco es coherente defender la igualdad a la vez que se defiende como algo natural la desigualdad entre los ciudadanos de un mismo país. El cálculo del concierto vasco y el reparto presupuestario acrecientan la desigualdad entre españoles.

Sin equilibrio, los votantes progresistas moderados se ven entre dos bloques, no sintiéndose representados por ninguno de los dos. Este votante sabe que votar a Ciudadanos es promover un nuevo pacto a la andaluza y eso es demasiado para su hígado endurecido. Sin embargo, sabe que la alternativa es votar al Partido Socialista y, con ello, el bloque con Podemos, de capa caída, y los nacionalistas-supremacistas. Es volver a la casilla de salida.

Por tanto, solo le quedan cuatro salidas honorables: la abstención, romper la papeleta como protesta, votar en blanco o pasar por el aro sanchista. El trasvase de votos a Ciudadanos, aunque posible, lo vemos improbable, o al menos en grandes cantidades de votos. El 28 de abril lo confirmaremos. Lo que sí podemos decir ya es que la principal víctima del sanchismo es el votante tradicional del Partido Socialista.

RAFAEL SOTO
  • 7.2.19
Cada vez que Rajoy abría la boca, los independentistas ganaban un voto. De la misma manera, cada vez que Pedro Sánchez o sus ministros hacen una declaración, Vox gana diez votantes. Porque hace falta mucha contención y mucho sentido común para reprimir lo que sale de la tripa. Y si hay algo que ha demostrado el conflicto catalán es que despierta las reacciones más viscerales.



Mientras que Pedro Sánchez permite que el independentismo abuse del Estado, Vox llama a la línea dura. Con Podemos no contamos y el discurso de Ciudadanos empieza a parecer blando a sus propios votantes. No son pocas las voces que piden un mayor protagonismo de Inés Arrimadas ante la ‘moderación’ de Albert Rivera. Voces debatibles, pero respetables.

Del mismo modo que la Iglesia ha ocultado o pasado la mano en los abusos a niños y monjas, el Estado ha tapado demasiadas injusticias, durante mucho tiempo, en Euskadi y Cataluña. Con el tiempo, las futuras generaciones nos reprocharán cómo pudimos permitir y financiar la persecución, la marginación y el supremacismo.

El independentismo catalán que se ha impuesto en las aulas y en los medios públicos desde la Transición ha calado con la connivencia de los gobiernos de turno, sea por cuestiones políticas o económicas. Hay que denunciarlo alto y claro. Desde el victimismo, ha construido un discurso supremacista que no solo amenaza la unidad nacional, que en sí es muy relativa, sino la propia calidad democrática de Cataluña.

Mientras los supremacistas hablan de derechos y presos políticos, promueven la marginación del que no comparte sus ideas y abusan de sus privilegios. La libertad de manifestación se ve coartada por las manifestaciones “antifascistas”; reclaman libertad de expresión mientras imponen, incluso en locales privados, lazos amarillos y banderas so pena de encontrarse destrozado el local el día siguiente. Los Comités de Defensa de la República (CDR), que se autodenominan “personas de paz”, revientan la convivencia y cualquier manifestación “españolista”. Hablan de exiliados mientras redactan listas negras, incluso, en el Sector Público.

Por desgracia, tengo conocidos que han sufrido estos males. Te permiten ser “españolista”, siempre y cuando te quedes calladito en casa. Si sales a la calle, te encontrarás una manifestación “antifascista”. Y eso si tienes suerte y no te han golpeado o marginado en la escuela, o bien marginado en el trabajo, en caso de tener jefe indepe.

Si eres andaluz y vas a buscar piso en Cataluña, hay quien te puede intentar colar un suplemento por “extranjero”. Y si sois xarnegos y os negáis a ser más catalanes que los de Girona, más os vale quedaros bien callados. Esta es la situación real en Cataluña, por más que progres baratos a lo Jordi Évole lo nieguen en los medios.

Sin ánimo de parecer marxista, admito que en los medios tradicionales me falta una explicación con perspectiva de clase en toda esta barbaridad. Se ha permitido el abuso en favor de una burguesía y una clase política que no solo controla Cataluña, sino que también España. Una auténtica casta que pregona un progreso que hemos pagado otros y una superioridad cultural difícilmente asumible si se ve en perspectiva.

Unos empresarios que han pagado campañas, publicidad en medios de comunicación y todo lo que ha sido necesario para ganar o mantener su inmenso poder. Una casta que cuenta con todo el apoyo diplomático del país para obtener la inversión exterior y las ayudas propias del Estado que puedan necesitar.

El independentismo es un monstruo que se les ha escapado de las manos, es cierto. Tanto, como que sacarán buen provecho de ello si logran mantener a Cataluña en España. Provisionalmente, claro. Pues todos sabemos que el plan a largo plazo es seguir formando en el odio a España en las escuelas y en el desprecio a quien no comparte las tesis independentistas. Y, con ello, obtener el apoyo social que todavía les falta.

Si Pedro Sánchez hubiera tenido algo de vergüenza, hubiera aceptado convocar elecciones en cuanto logró echar a Rajoy de la Moncloa. Cualquier cosa antes de unirse con los enemigos del Estado. No lo hizo. Y si hubiera sido inteligente, hubiera aceptado modificar la legislación para facilitar un referéndum, a cambio de otra modificación para permitir la devolución de competencias.

La aceptación o no por parte del independentismo de esta propuesta hubiese sido irrelevante, pues el punto era proponer algo que llevar a Bruselas. Pero la cabeza no le llega para eso. Solo para sonreír a la cámara y cuidarse de que le hagan primeros planos de las manos en el avión presidencial.

Somos conscientes de que el Estado no lo ha hecho todo bien. Ha permitido demasiado y no ha sabido responder ante ciertas situaciones. Pero lo que no se puede permitir es que la Generalitat de Cataluña margine el castellano, que empieza a necesitar de protección, desprestigie al Estado a través de embajadas, no teniendo competencias para tenerlas, y lo acuse de robarle, mientras que mantiene un trato de favor por parte del Fondo de Liquidez Autonómico (FLA).

Y todo esto se permite y se financia, amparándose en la debilidad de un pusilánime y en las mismas leyes que los supremacistas desprecian, cuando no niegan. Pedro Sánchez ha propuesto un aumento significativo de la inversión en Cataluña y ahora propone a un “relator” que dé fe de las negociaciones con el independentismo.

“Que nos llamen fachas”, como dicen los miembros de Vox. Pero todo esto nos parece una barbaridad. Quien te insulta, te desprestigia, te chantajea, te desprecia y persigue a los tuyos es un enemigo. Así de sencillo, así de simple, así de complejo. Y al enemigo hay que combatirlo por lo civil, por lo penal y, si es menester, por lo militar. No colmarlo de prebendas. Se pueden buscar acuerdos para favorecer la convivencia, pero no capitulaciones.

Es cierto que la actitud dadivosa de Pedro Sánchez, digna del Chamberlain más mediocre, le está dando oxígeno al supremacismo independentista. Pero a quien más está beneficiando es a la extrema derecha, a quien está regalando votantes. Por más que cocine su amigo José Félix Tezanos, las encuestas del CIS no van a evitar un largo gobierno de derechas a la andaluza. Y todo por la falta de dignidad y sentido común de la izquierda moderada, que tiene en su presidente al mejor aliado de Vox.

RAFAEL SOTO
  • 24.1.19
El arte de la estrategia es una de las mayores expresiones de la inteligencia humana. Suma la capacidad de concentración, de análisis, de disponer, mover y emplear los recursos disponibles (táctica) y de actuar de manera disciplinada. Quizá sea la cualidad que más respetemos, más allá de cómo se usen esas habilidades.



Es por eso que respeto a Puigdemont, que ganó sobradamente a un Rajoy sin ideas, sin compartir en lo más mínimo sus fechorías. Es por lo que respeto al Partido Nacionalista Vasco, a mi entender, el más serio del Congreso de los Diputados, sin dejar por ello de pensar que son un cáncer para el Estado. Y es por eso que respeto a Íñigo Errejón, a pesar de no compartir muchas de sus ideas.

Ya advertimos en La violencia que viene, mucho antes de que volviera a las portadas, que el ignorado Errejón había sido el que mejor había leído la situación actual en España. Compartimos casi en su totalidad los análisis que, desde el ascenso de Vox, ha publicado en El País sobre la situación de España y la Izquierda. No compartimos sus fórmulas, o al menos en su totalidad, pero había dado muestra de una lucidez significativa.

Y no es solo una cuestión de raciocinio, sino de empatía y actitud. Errejón no está de acuerdo con el votante de Vox, pero se ha parado a ponerse en su lugar. Ha intentado entender las razones que ha llevado a una parte de una nación a virar a la derecha tras casi cuarenta años de gobierno socialista. Fue el primero en decir que no había 400.000 fascistas en Andalucía. En cambio, Iglesias lanzó a sus descerebrados a la calle y se sumió todavía más en el ensimismamiento. Ya solo habla a los suyos y riñe, por no decir que ladra, a quien no se encuentra a gusto con sus tesis.

Sin embargo, digámoslo claro: Iglesias y Errejón piensan exactamente lo mismo. El ignorado no es un santo ángel de moderación. Tampoco Julio Anguita lo era en su tiempo. Y, sin embargo, su lucidez y su capacidad de sentarse a hablar y razonar hizo que se ganara el respeto de la mayoría. Errejón no le llega a Anguita ni a los bajos del pantalón, es cierto, pero en comparación con el vocero morado, es alguien que transmite confianza.

El autoritarismo pablista ha dinamitado el partido. No olvidamos la invitación de Echenique a Teresa Rodríguez a que abandonara la formación morada, ni las piedras en el camino que le pone a diario. Ojo, una mujer con ideas mucho más radicales que él y que, sin embargo, sabe transmitirlas de otra manera. Tampoco la negativa a que Andalucía tuviera su partido propio porque no lo permitían sus estatutos. Ese es un privilegio del Norte… No nos olvidamos de Bescansa, ni de otras víctimas del líder y su implacable compañera, Irene Montero, sectaria donde las haya.

El ensimismamiento de la extrema izquierda va contra los principios fundacionales de Podemos y fomenta los bloques. Ya no se trata de convencer y buscar alianzas, sino de luchar contra el mundo. Errejón lo ha visto claro y ha buscado el amparo de una persona que ya había sufrido el autoritarismo pablista y que había demostrado ser una persona razonable, Manuela Carmena.

Tanto Carmena como Errejón han logrado impedir los manejos de Ramón Espinar, fratricida político por antonomasia, le han devuelto el golpe al pablismo y han ofrecido una alternativa con lo mejor de la formación morada. Todo ello, sin hacer algo tan diferente a lo que ya hizo Teresa Rodríguez, que ha sido buscar una alternativa al autoritarismo pablista sin abandonar su formación política. Pero es que esto es ya una cuestión personal.

Lo bueno de los cadáveres es que ya están muertos. A Errejón, que había sido defenestrado, le da lo mismo la caza de brujas de Montero, Echenique y compañía. No tiene nada que perder, y lo tiene todo por ganar. Y se escuda en el mejor valor de Podemos, que es la gestión de Carmena en la Alcaldía de Madrid. Una gestión mejorable, como todo, y con alguna excentricidad, pero que en términos generales ha sido razonable y que ha mejorado las endeudadas cuentas de la Capital.

Y España puede ganar también con una alternativa que, aunque defenderá lo mismo que Unidos Podemos, con toda probabilidad ofrecerá una posición más cercana a lo que, antes de su suicidio colectivo, había sido el ala progresista del PSOE. Gran estrategia, que se tendrá que enfrentar con otras y que tiene un largo recorrido por delante. Con toda seguridad, no compartiremos buena parte de sus ideas. Pero, por lo pronto, nuestros respetos al estratega Errejón.

RAFAEL SOTO
  • 10.1.19
Los cronistas romanos, que tenían muy mala uva, cuentan que la tercera esposa de Julio César, Pompeya, había introducido a su amante, Clodio, en un templo consagrado a la diosa Bona. Disfrazado, profanó un recinto que solo podía ser pisado por mujeres. Cuando se supo, se produjo un escándalo que acabó en los tribunales. César defendió la inocencia de su mujer, a la vez que le pidió el divorcio. Ante la contradicción, el juez que instruía el caso le pidió razones, obteniendo como respuesta que la mujer del César no podía estar mancillada ni siquiera por una sospecha.



De este hecho histórico proviene el dicho popular de que la mujer del César no solo debe ser honrada, sino que también debe parecerlo. Y es esta expresión la que se me viene a la mente cuando pienso en lo que ha hecho Ciudadanos en Andalucía. O debería ser Madrid, pues es desde la Capital donde se ha decidido el futuro de la colonia andaluza.

Hay un matiz importante. El pacto entre PP y Ciudadanos no ha sido para favorecer la gobernabilidad de la nación andaluza. El partido naranja obtendrá consejerías y, por tanto, será parte del Gobierno. Por ende, nos parece hipócrita la actitud que ha mantenido con Vox.

Desde un principio, mantuvo una actitud distante con los extremistas de Derecha. No ha querido mantener reuniones con ellos y, desde el primer minuto, ha puesto en duda la posibilidad de un Gobierno alternativo. Todo ello en el ambiente teatral que ya es costumbre. Ni una foto que pueda dar la impresión de que comparten algo más que medio programa electoral. Que los programas no se leen, pero los periódicos sí.

Una mojigatería absurda, en el momento en que aceptan de buena gana las consejerías y la vicepresidencia. Y más inexplicable todavía, si se plantea que buena parte de su electorado no lo ve con buenos ojos. Si hubiera aceptado el apoyo sin más gestos innecesarios hubiera dado otra imagen. El Partido Socialista no hubiera dejado de pactar con ellos por eso en otros territorios en el futuro. Y más con el arribista que lo dirige ahora.

Por más que lo ha intentado, Ciudadanos ni es ni parece honrado. Y no se entiende a cuento de qué, pues no hubiera tenido consecuencias significarse. En cualquier caso, entendemos que la ambición de Ciudadanos ha sido excesiva.

Si su intención era mantener las distancias con Vox de cara a los indecisos, la estrategia más adecuada hubiera sido apoyar el Gobierno de Moreno sin participar en él. Hubiera creado un Gobierno débil al que hubiera sido fácil manejar y hostigar. Recordemos que estamos en año electoral. Sin embargo, se ha sentado en la mesa como si no conociera al cocinero y se ha comido de buena gana su plato de lentejas.

Aceptando el apoyo de Vox y entrando en el Gobierno de Moreno Bonilla, no solo ha quedado en claro la falta de ‘honradez’, volviendo al dicho popular, de Ciudadanos. También ha demostrado una ambición de poder cortoplacista muy española, que sin duda lo comprometerán en lo que queda de año.

RAFAEL SOTO
  • 27.12.18
Debido a circunstancias personales, me he visto obligado a recorrer la Península Ibérica de norte a sur en menos de una semana. En concreto, he tenido que viajar a Pamplona. Era la primera vez que viajaba a esta ciudad y ha sido toda una experiencia. Sin embargo, tras mi regreso a mi puesto de trabajo en Madrid, me sorprendió escuchar a una persona que sostenía que Pamplona era una ciudad demasiado “provinciana” para su gusto. Un calificativo que alguna vez habían usado en mi persona. Ahora, en la Ciudad del Betis, retomo esa afirmación y me planteo qué supone ser ‘provinciano’.



En el diccionario de la Real Academia de la Lengua se aportan cuatro definiciones. Dos de ellas se pueden considerar neutras, descriptivas si lo preferimos. En cambio, los otros dos tienen un uso despectivo. En primer lugar, se indica que el provinciano es la persona que está “excesivamente apegada a la mentalidad o a las costumbres de su provincia”.

Por otro lado, también define a alguien “poco elegante o refinado”. Se puede reflexionar mucho sobre las implicaciones sociológicas de ambas definiciones, si bien nos quedamos con la primera que hemos expuesto.

¿Es malo estar “excesivamente” apegado a la mentalidad o a las costumbres de tu tierra? ¿Quién establece lo que es excesivo? Zygmunt Bauman afirmó que la sociedad global iba a sufrir un doble proceso, contradictorio en apariencia. Por un lado, que las sociedades estarían interconectadas y que las fronteras serían cada vez más “líquidas”. Sin embargo, al mismo tiempo, se viviría un auge de lo local.

A mi entender, esta realidad se está cumpliendo. De acuerdo con la lógica, esta creciente preocupación por los localismos, con sus evidentes implicaciones directas en la conformación de la identidad personal y colectiva, debería suponer un aumento de ese provincianismo, en el sentido del apego a la mentalidad y costumbres locales. Un hecho contradictorio en cuanto a que tiene que convivir con la globalización y su tendencia a la homogeneización social.

Entiendo que uno de los muchos retos de la sociedad postmoderna es encontrar ese equilibrio entre lo local y lo global. Reconozco que esta reflexión me vino a la mente paseando por las calles de Pamplona. Bella ciudad, orgullosa de sus tradiciones y de su historia. Un lugar donde se puede comprobar con claridad cómo conviven opciones ideológicas antagónicas, escarmentadas por la violencia pasada.

Y no solo me refiero a la política. Es una población que ha sido capaz de mantener sus tradiciones, sus fueros y su identidad sin cerrarse a la modernidad. Tiene sus retos, por supuesto, pero salí encantado de tan interesante ciudad. De vuelta a la Patria andaluza, me he planteado si hemos sido capaces de lograrlo. Por desgracia, no ha sido así.

No es que hayamos perdido las tradiciones o que no seamos capaces de abrirnos a la modernidad. Los andaluces arrastramos un sentimiento de culpa por el mantenimiento de nuestras tradiciones. En ocasiones, nos transmiten y perpetuamos la idea de que el andalucismo, las tradiciones populares de origen religioso e, incluso, nuestro dialecto y sus hablas son propios de ese provincianismo y, por ende, de nuestro retraso.

Son muchas las causas que nos impiden conciliar lo global con lo local. Sin embargo, entiendo que tienen un carácter más psicológico y social que material. Somos una nación histórica que no reclama nada, a diferencia de los nacionalismos vasco y catalán. Nos decimos que no tenemos idioma propio, despreciando nuestro dialecto y sus implicaciones y, lo que es más importante, no existe una reflexión sobre las auténticas causas de nuestra economía colonial. De hecho, ni somos capaces de asumirla como tal.

Mientras que los andaluces sigamos asumiendo el estigma del provinciano, en el peor de los sentidos, no seremos capaces de abordar con garantías nuestro futuro. Por lo que a mí respecta, yo recojo el guante y asumo el calificativo de ‘provinciano’ con orgullo. Y lo hago desde la conciencia de que Madrid y Barcelona no han sido capaces de digerir bien la globalización, y les va a pesar.

Esta última afirmación requeriría de una explicación más profusa. Dejémoslo ahí. Lo que sí deseo proponer a los andaluces como propósito de Año Nuevo es reflexionar sobre sus propios complejos y viajar. Sobre todo, viajar a otros lugares de España. Veamos la situación de nuestros iguales y, quizá, nos sorprendamos de nuestras limitaciones autoimpuestas.

RAFAEL SOTO
  • 13.12.18
Advertimos hace tiempo que el desprecio deriva en fascismo. Y ahora prevenimos del siguiente estadio: la violencia. El fascismo y la frustración no tienen otro camino salvo que se corte a tiempo. No nos atrevemos a afirmar que volveremos a los tiempos de los pistoleros callejeros, pero la escalada de tensión es innegable.



El ascenso de la extrema derecha más rancia era previsible y no debe escandalizar a nadie, en el momento en que aceptamos que la extrema izquierda entrara en las instituciones y la aplicación suave del artículo 155 en unos organismos controlados por el supremacismo catalán. Quizá, lo más escandaloso haya sido la incapacidad de diferentes sectores sociales de llevar a cabo un análisis realista e, incluso, de encajar la situación.

Tan mal ha sentado el golpe que supone la irrupción de Vox, que proliferan datos estadísticos en las redes para ver qué ciudades, pueblos y barrios los han votado. Estos datos siempre se comparten en unas elecciones, pero ni siquiera con la aparición de Podemos hubo un interés semejante. Algunos los miran para interpretar y comprender. Otros para buscar culpables. “¿Cómo ha podido pasar esto?”, se escucha en las calles.

Por otro lado, es notable la respuesta antidemocrática de Podemos al resultado de unas elecciones libres. El partido que firmó en Vistalegre II su viraje hacia la extrema izquierda más descerebrada, lejos de aceptar los resultados y hacer autocrítica, tal y como propuso un Íñigo Errejón ignorado, ha movilizado a sus borregos más inconscientes para manifestarse contra los resultados de unas elecciones libres y democráticas. Todo ello, a la vez que pedía mesura y sentido común. Una coherencia debatible.

Errejón ha ido por la buena dirección al afirmar que “no hay 400.000 andaluces fascistas”. A nuestro entender, los andaluces han votado de forma mayoritaria en clave estatal y han lanzado dos mensajes clarísimos. En primer lugar, la abstención cuenta, pues no es solo la de aquellos que pasan de la política por dejadez, esperando que ‘alguien’ solucione sus problemas. La mayor parte de las abstenciones provienen de personas que han bajado los brazos y que se han arrinconado, esperando a que hagan con ellos lo que deseen. Son los que desprecian tanto a Vox como a Podemos, los que gritaron el “a por ellos” cuando la Guardia Civil se dirigió a Cataluña para poner orden. Son los que ya están hartos y no creen posible un cambio positivo.

Pero el mensaje más relevante, el que parece ser ignorado por todos, es la llamada al orden. Ha calado el mensaje de que “Vox no es un partido de extrema derecha, sino de extrema necesidad”. Y Santiago Abascal sabe mejor que nadie que la mayor necesidad de un país es el orden. Cosa difícil con el arribista que tenemos de presidente del Gobierno, las insensateces de Podemos y las posiciones del supremacismo catalán, cada vez más violento.

La extrema derecha es un giro al pasado ante la incertidumbre del presente y la falta de confianza en el futuro. España necesita la vuelta de un Partido Socialista renovado o un equivalente, que permita el progreso racional y moderado. El lugar que debió ocupar Podemos, en vez de convertirse en la versión 2.0 de Izquierda Unida.

Hay que volver al centro. Y Andalucía necesita un partido andaluz moderado que sea capaz de pactar con el empresariado andaluz y que sirva de llave para una nueva España. Es tiempo de reformistas, y solo contamos con advenedizos de medio pelo que nos empujan al populismo.

De lo que hay ahora, solo cabe esperar violencia. Es una afirmación dura. Pero es lo que hay. Es una cuestión de tiempo que los descerebrados de Vox y Podemos acaben a golpes en las calles, en las presentaciones de libros, en los edificios públicos… Si no son los supremacistas catalanes, que ya abogan por la violencia de manera inequívoca. Algo tiene que pasar. Será una minoría, por supuesto, pero es la minoría que se mueve y nos arrastra a todos. La suerte que tenemos es que no hay acceso fácil a armas.

Este año que viene tiene un claro carácter electoral. Y como ocurre siempre, la tensión aumentará entre partidos. Es previsible un fortalecimiento de Vox en las elecciones municipales que aumente sus ingresos. Y con el dinero, viene la influencia política. Será en las elecciones generales donde comprobaremos si los españoles están dispuestos a aprender de su propia historia y volver a la moderación. Con sinceridad, lo dudo.

RAFAEL SOTO
  • 29.11.18
La población andaluza supone casi el 18 por ciento de la población española, con más de ocho millones de habitantes, sin contar con los emigrados a otras comunidades autónomas (en especial, Madrid y Cataluña) y los residentes en el extranjero. Dicho de otro modo, dos de cada diez españoles son andaluces.



Un hecho que contrasta con la escasa representatividad de este colectivo en las instituciones nacionales y, sobre todo, con el hecho de que esté en la cola del desarrollo en España y Europa. ¿Es posible una España avanzada con una Andalucía a la que se le impide a salir del siglo XX?

Ya hablamos del nacionalismo andaluz y de la necesidad que tienen los andaluces de unirse para hacer frente a los desafíos de España. Mientras el empresariado vasco y catalán sea fuerte en Madrid a través de los partidos nacionalistas y de su poderío económico, Andalucía no podrá cambiar de rumbo.

En lo que respecta a estas elecciones, salvo que Andalucía por Sí (AxSí) o cualquier otro partido andalucista den la sorpresa, veo una oportunidad perdida. Los andalucistas están empezando a madurar y estoy convencido de que ganarán fuerza en los espacios rurales en las próximas elecciones municipales. Sin embargo, hay que dar un paso más allá.

Los partidos andalucistas deben ponerse serios y alcanzar un pacto con el empresariado andaluz para recuperar de manera paulatina el control de sus recursos naturales y desarrollar tanto la industria como el comercio. A su vez, el empresariado debe apoyar por el bien de todos, incluido el suyo, el ascenso de los andalucistas a Madrid para que puedan luchar por los intereses comunes. Pero no desde el egoísmo traicionero del Norte, sino desde la conciencia de que Andalucía debe liderar el cambio de España. Siempre desde el ideal del nacionalismo universal propuesto por Blas Infante.

El sueño andalucista es posible. Ahora toca que, en algún momento, alguien tenga la voluntad y la seriedad de hacerlo realidad.

RAFAEL SOTO
  • 15.11.18
Existe una línea muy fina entre la incompetencia y la negligencia, si bien ambas situaciones son causa o consecuencia de la mediocridad. El incompetente es el que no tiene capacidad para hacer algo. En cambio, el negligente es aquel que no cumple con corrección sus funciones por falta de cuidado o aplicación.



En el caso del actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, no podemos saber con seguridad si es una persona competente o no para sus funciones. En cambio, tenemos argumentos suficientes para considerarlo como un absoluto negligente, irresponsable, cobarde y, por ende, mediocre. Y lo argumentamos.

A Pedro Sánchez le gustaría ser un Kennedy a lo español, pero con más arte y salero. Es un deseo razonable en política. Por desgracia, apenas llega al nivel de un delegado de clase de la ESO. Y ni eso, porque los chavales suelen tomarse sus funciones en serio. Al Kennedy español, ni eso. Y de los dos, sus compañeros se ríen igual.

Su última negligencia (si de aquí a que se publique este artículo no hace otra de las suyas, pues vamos a varias por día), ha sido la elección del presidente del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Nada extraño si no fuera por el hecho de que este presidente ha sido escogido antes que los vocales que, conforme a Derecho, deberían haberlo elegido. Todo ello, en un momento en que la Justicia española está en el punto de mira de la prensa internacional por obra y gracia del independentismo catalán.

Sánchez es un negligente y todos lo sabemos. No sería el primero en Política. Lo peor es que ni siquiera trata de disimularlo. Así como su ambición y su cobardía. Se le suele alabar por su supuesto valor cuando quisieron defenestrarlo en 2016. Mucho valor, teniendo en cuenta que no se decidió a buscar el apoyo de Podemos hasta que, perdidas varias elecciones, vio que le quitaban el cargo. ¿Implica valor el tomar decisiones arriesgadas cuando no tienes nada que perder?

¿Dónde estuvo el valor del Kennedy español cuando se arrastró ante el Comité Federal de su propio partido? No lo vamos a acusar de haber destrozado el Partido Socialista. En un suicidio colectivo, la responsabilidad es de todos. No le reprocharemos siquiera su golpe al Gobierno, pues mucho se había tardado en tumbar a un partido tan corrompido.

Sin embargo, si su insistencia en volver a la Secretaría General del PSOE no demostró de manera suficiente su desmedida ambición, pudo demostrar lo que era una vez más cuando, en vez de convocar elecciones tras defenestrar a Rajoy, decidió mantenerse en La Moncloa; así como demostró su falta de luces apoyándose en los golpistas catalanes, los herederos de ETA, los extremistas de Podemos y el PNV que, con todo, es el único partido medio digno que queda en el Congreso de los Diputados.

¿Es de cuerdos pactar para gobernar un país con aquellos que quieren destruirlo? Fue un acto cobarde, pues era consciente de que con los resultados que le auguraban las encuestas a duras penas podría llegar a líder de la oposición. Poco le importó, a pesar de saber que, tarde o temprano, los golpistas catalanes le pedirían algo que no podría otorgar. Ni una amnistía gratis les vale. Le ha dado igual, hasta el punto de convertir a un radical como Pablo Iglesias en su vicepresidente de facto y mandarlo a negociar los Presupuestos Generales del Estado en una cárcel.

Su falta de decoro (o de seso) a la hora de ocultar su ambición lo ha llevado a tomar decisiones polémicas para aparentar que puede hacer algo con su minoría parlamentaria y, de paso, poner en evidencia a los demás partidos por no seguirle el juego.

Hablamos de cambiar a Franco de sitio, creando más problemas que los que solucionaría con la medida (junto al cachondeo catalán, la medida detonante del regreso de la extrema derecha a este país); de medidas que levantan mucho polvo, pero que no puede aprobar, como la nueva Ley de Educación; de gestos baratos sin contenido, como ha demostrado con los autónomos. Despropósitos y dislates varios que socavan la dignidad de la Jefatura del Gobierno y de España como país.

El Kennedy español es el responsable principal del regreso de la extrema derecha a este país, del enquistamiento del dislate catalán (corresponsable junto a Rajoy y su 155 blando), de la degradación de la imagen de este país y de sus instituciones, y de profundizar en la división y radicalización de la población.

Esperamos no tener que acusarlo también, algún día, de sentar las bases de un largo gobierno de partidos de derecha. Pero largo se lo fiamos al Kennedy español, que bastante tiene con vivir al día en un país con necesidad urgente de medidas para asegurar el largo y el medio plazo. Y es que al hombre le gusta vivir al límite. Mientras se puedan prorrogar los Presupuestos, hay vida. Y después... Ya se lo resolverá alguien.

RAFAEL SOTO
  • 1.11.18
El ascenso de los extremismos es un hecho que ya no podemos obviar como una amenaza lejana. Ya no caben advertencias porque, al más puro estilo Poltergeist, podemos afirmar que ya están aquí. Acaban de ganar el Gobierno de Brasil, pero ya hace mucho que rondan en Europa. En este momento, la novedad es que los tenemos gobernando en Italia, con representación parlamentaria en Francia y en ascenso en Alemania. En España tenemos a Podemos por la extrema izquierda y el ascenso de Vox por el lado opuesto es cuestión de tiempo. ¿Qué queda por hacer ante lo inevitable?



Una seria complicación es la ausencia de un proyecto de futuro por parte de la elite política y financiera mundial. Una Europa arrasada por la Segunda Guerra Mundial y al borde de la inanición tuvo una mayor capacidad de reacción que una generación sobrada de calorías.

Las opciones moderadas no han estado a la altura de las circunstancias y ya no inspiran confianza ni a sus propios votantes. En cambio, los extremismos dan algo en lo que creer y se expresan con un lenguaje sencillo, que cualquiera puede entender. Definen un enemigo contra el que volcar ese sentimiento universal que es el odio y son capaces de movilizar a varios sectores de población.

Desde esta reflexión, podemos comprender lo que ha sido en España la aparición de Podemos y su cruzada de chalé contra la ‘casta’, y entendemos ahora lo que supone Vox. “Dicen lo que realmente se piensa en la calle”, afirma Antonio del Castillo, padre de Marta del Castillo, mientras anuncia su apoyo abierto al partido de extrema derecha. Esto es lo que nos espera.

Las actuaciones del actual Gobierno populista no ayudan. No hace falta ser un genio para saber que, a este ritmo, Sánchez-Iglesias serán a la extrema derecha lo que Rajoy al supremacismo catalán.

Si las elites políticas y financieras desean acabar con los extremismos en Occidente, lo primero que deben proponer es un nuevo Estado del Bienestar. La población busca seguridad y se rebela cuando se siente amenazada. Pero para eso tendrían que desear revertir la situación, y esa no parece ser su idea.

Las elites han aprendido del pasado y saben que, como dice el dicho, “a río revuelto, ganancia de pescadores”. Del mismo modo que parte de la izquierda defiende la revolución permanente, lo que estas personas nos proponen ahora es la crisis permanente. Y les está funcionando.

RAFAEL SOTO

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